The Objective
Gente

El bar de Valladolid que marcó a Leo Harlem: «Prefiero estar delante de un micrófono que de una cafetera»

El cómico se sienta, esta noche, en ‘El hormiguero’ para presentar su nueva película, ‘La película Benetón +2’

El bar de Valladolid que marcó a Leo Harlem: «Prefiero estar delante de un micrófono que de una cafetera»

Leo Harlem, en una imagen de archivo. | Gtres

Leo Harlem se sienta, esta noche, en El hormiguero. «El cómico y actor estrena la película La familia Benetón + 2, secuela de la exitosa comedia familiar de Atresmedia Cine dirigida por Joaquín Mazón. La cinta llega a los cines el próximo 17 de abril», cuentan desde la web del formato. Lo cierto es que no es la primera vez que el cómico acude al programa de Pablo Motos, ya que es uno de los rostros que más ha pasado por el plató de El hormiguero. Y lo cierto es que Harlem no siempre se dedicó a la comedia; antes de eso trabajó en un bar de Valladolid.

«La hostelería es una esclavitud maravillosa, pero es una esclavitud. Yo siempre digo que prefiero estar delante de un micrófono que delante de una cafetera. La cafetera no te aplaude, como mucho te escupe vapor y te quema la mano. En el escenario, si el chiste es malo, te ponen cara rara; en el bar, si el café está frío, te lo tiran a la cara», contó en una ocasión. El bar, según sus propias palabras, es «un sitio donde se aprende de todo. Yo digo que estuve 12 años haciendo un máster de psicología aplicada detrás de la barra. Un camarero tiene que ser confesor, filósofo, economista y, sobre todo, tener una paciencia infinita con el que se pone pesado tras la cuarta caña».

El bar de Valladolid que dio nombre a Leo Harlem

Leo Harlem Precio Provincia Valladolid
Leo Harlem trabajó en un bar de copas del centro de Valladolid.

Es más, desde su posición siempre ha defendido que lo suyo era un bar «de siempre», donde se iba a comer «el pincho de tortilla y el tigre, no una espuma de algo con aire de lo otro. La gente quiere que le pongas la caña bien tirada y que le digas algo gracioso, no que le expliques la genealogía de la aceituna». Su bar, Harlem, fue un lugar de reunión para muchas personas y, también, el sitio donde se desarrolló profesionalmente. Aunque el lugar cerró hace más de una década, era un local con solera, alejado del minimalismo moderno. Tiene ese aire de pub clásico de los 80 y 90, con mucha madera, luz tenue y una decoración que rinde homenaje al jazz y al blues —de ahí el nombre de Harlem—.

Sí que es cierto que, con su nombre, quiso trasladar a sus clientes hasta Nueva York, aunque poniendo el toque más castellano. Fue allí donde Leo se inició en el mundo de la hostelería, marcando sus comienzos. Los dueños del local y los clientes habituales fueron los primeros en darse cuenta de que Leo tenía un don. Detrás de esa barra, él no solo servía copas; analizaba la actualidad y machacaba a los clientes con reflexiones surrealistas que luego se convirtieron en sus famosos monólogos. Literalmente, el bar le dio la identidad. En Valladolid nadie preguntaba por «Leo González», preguntaban por «el del Harlem».

Durante muchos años fue un lugar de referencia para escuchar buen jazz, blues y rock clásico. Es el lugar perfecto para la primera copa de la noche o un café tranquilo por la tarde. Para los vallisoletanos, ir al Harlem tenía algo de ritual. Es ese sitio donde sabes que te van a tirar bien la cerveza, que la música no te va a impedir hablar y que, si cierras un poco los ojos, casi puedes imaginar a un Leo joven, con su camisa de camarero, preparándose para soltarte una de sus parrafadas sobre por qué no se puede ser moderno en una ciudad donde en invierno se te congelan hasta las ideas.

Un pub de copas y muy tradicional que cerró hace 15 años

Leo no nació siendo artista. Durante 12 años fue camarero en el Bar Harlem de Valladolid. Su carrera empezó de forma accidental: sus amigos y clientes, hartos de reírse con sus ocurrencias tras la barra, le grabaron y enviaron una cinta al programa El Club de la Comedia. Quedó finalista en el tercer certamen de monólogos (2002), y ahí cambió su vida. Tenía casi 40 años. Su estilo rompió moldes. En una época de monólogos muy preparados y americanos, Leo trajo el humor castizo. Siempre se ha reivindicado como un hombre que odia las modernidades, el gimnasio, las dietas y los viajes de aventura.

Leo Harlem, en una imagen de archivo. | Gtres

En todos estos años como cómico ha recuperado palabras en desuso y giros castellanos que conectaron con un público de todas las edades. Sus parrafadas a una velocidad de vértigo se convirtieron en su marca personal. Leo demostró que su humor funcionaba en cualquier formato. Dio el salto a la radio gracias a La ventana, en Cadena Ser, y más tarde en Onda Cero con Alsina, donde sus comentarios sobre la actualidad desde el sentido común más bruto son legendarios. Participó en distintos formatos de televisión como La hora de José MotaZapeando y tuvo su propio espacio en Se hace saber.

A partir de 2014, su carrera dio un giro hacia el cine, convirtiéndose en el actor fetiche de las comedias familiares en España. Ha logrado cifras de recaudación que muy pocos actores alcanzan. Ha protagonizado distintas películas como Villaviciosa de al lado, El mejor verano de mi vidaPadre no hay más que uno —la saga familiar de Santiago Segura—, Superagente Makey y La familia Benetón. Casi siempre interpreta al “cuñado” entrañable, al padre desastroso o al hombre chapado a la antigua que se ve superado por el mundo moderno. Sobre el futuro, Leo ha contado que quiere llevar este 2026 con mucha calma. Ha declarado que quiere «disfrutar de la vida», volver a su Valladolid querido y dejar de vivir en una maleta.

Publicidad