The Objective
Gente

El precioso pueblo que sirvió como refugio a Carlota Casiraghi en la Provenza francesa: se rodea de lavanda y arte

Carolina de Mónaco huyó hasta allí junto a sus tres hijos tras la muerte de su marido, Stéfano Casiraghi

El precioso pueblo que sirvió como refugio a Carlota Casiraghi en la Provenza francesa: se rodea de lavanda y arte

Carlota Casiraghi, en una imagen de archivo. | Gtres

La muerte de Stéfano Casiraghi, el que era marido de Carolina de Mónaco, fue un auténtico shock para toda la familia. El empresario italiano murió, de forma terrible, a primeros de octubre de 1990 tras un accidente a bordo de su embarcación. Stéfano se encontraba participando en el mundial de off-shore, uno de sus competiciones favoritas. Una noticia que llegó a la hija de Grace Kelly y Rainiero de Mónaco cuando estaba en la peluquería y un drama por el que mantuvo luto durante seis años. Para huir de su realidad, Carolina, junto a sus tres hijos, Andrea, Carlota y Pierre, se marchó hasta la Provenza francesa, a un pequeño pueblo que se convirtió en su refugio, donde volvió a encontrar la paz y se sintió más reconfortada.

Lo cierto es que esta zona de Francia, que se encuentra en la parte sur del país, es todo lo que, en ese momento, podía pedir. Su etapa allí, le proporcionó cierto anonimato y ella y sus tres hijos siguieron adelante con una vida normal, en la que se unieron más y, sobre todo, en la que pudieron desarrollarse como personas. A pesar de su deseo de seguir adelante, la pérdida de su marido, con tan solo 33 años, hizo que Carolina vivieron un episodio de alopecia nerviosa y decidió que sus hijos no podrían crecer bajo el foco del estrés de la prensa.

Carolina y sus hijos huyeron de Mónaco tras la muerte de Stéfano

Carlota Casiraghi en el Festival de Cannes 2023
Carlota Casiraghi en el Festival de Cannes 2023. | Gtres

Así, tanto Carolina como sus tres pequeños se marcharon hasta Saint-Rémy-de-Provence donde alquiló una propiedad llamada Le Mas de la Source, una casa de campo típica provenzal rodeada de olivos, lavanda y mucha privacidad. Allí no fue la princesa de Mónaco, era «la dama de negro». Los vecinos la protegieron con un pacto de silencio absoluto, negándose a dar información a los fotógrafos que intentaban localizarla. Este periodo fue, también, fundamental, para la crianza de sus tres hijos. Los niños asistieron al colegio público del pueblo. Era común ver a Carolina llevándolos ella misma en un coche sencillo o caminando, cargada con las mochilas.

Crecieron lejos del protocolo de palacio. En su día a día, montaban a caballo, jugaban en el campo y vestían ropa de algodón sencilla. Carlota, especialmente, desarrolló allí su pasión por la equitación y la filosofía que mantiene hoy. También, fue el lugar donde estos tres niños lograron recuperar la sonrisa tras la pérdida de su padre. Carolina quería que tuvieran una infancia normal, algo que ella, bajo la mirada de Grace Kelly y Rainiero, nunca tuvo del todo. Fue, también, en esta localidad donde pudimos ver la imagen más normalizada y, sobre todo, más humana, de la princesa. Apareció con el pelo cortado casi al ras —debido a la caída por el duelo— y usando pañuelos en la cabeza. Poco a poco, el aire de la Provenza la curó. Recuperó su melena y su elegancia natural, pero con un aire mucho más bohemio y relajado que el que lucía en Mónaco.

Se refugiaron en un bonito y romántico pueblo de la Provenza francesa

Saint-Rémy fue también el escenario del inicio de su relación con Ernesto de Hannover. Se les empezó a ver juntos en las terrazas de los cafés del pueblo, como el Café de la Place. Fue en 1996 cuando Carolina decidió abandonar su refugio provenzal para mudarse a Fontainebleau —cerca de París— y formalizar su vida con Ernesto, pero Saint-Rémy quedó para siempre como su lugar seguro. A día de hoy, Carolina y sus hijos siguen vinculados a la zona. Carlota Casiraghi, de hecho, se casó en secreto en la abadía de Sainte-Marie de Pierredon —cerca de Saint-Rémy— en 2019, como un homenaje al lugar donde fue feliz en su infancia.

Saint-Rémy se define por su luz. Es una claridad mediterránea que hace que los colores —el verde plateado de los olivos, el lila de la lavanda y el ocre de las fachadas— parezcan más vibrantes. Los Alpilles son los grandes protagonistas; son montañas de piedra caliza blanca que rodean el pueblo, creando un contraste dramático con los valles verdes. Es un terreno ideal para el senderismo y la equitación. Saint-Rémy tiene dos joyas arquitectónicas que resumen siglos de historia en pocos metros. A las afueras del núcleo urbano se encuentran las ruinas de Glanum, una ciudad que fue primero celta, luego griega y finalmente romana. Destacan Les Antiques; un arco de triunfo y un mausoleo —el Mausoleo de los Julios— que se conservan en un estado casi perfecto desde el siglo I a.C.

Saint-Paul-de-Mausole es otra de las joyas del lugar. Se trata de un antiguo monasterio convertido en hospital psiquiátrico es donde Vincent van Gogh se internó voluntariamente tras cortarse la oreja. Aquí pintó más de 150 cuadros en solo un año, incluyendo la icónica La noche estrellada y sus famosos lirios. Hoy se puede visitar la habitación —reconstruida— donde vivió el genio. El centro de Saint-Rémy es una isla de calles estrechas y empedradas rodeada por un bulevar circular —donde antes estaban las murallas—. La Place de la République es el centro neurálgico, llena de plátanos centenarios que dan sombra a las terrazas de los cafés. Paseando encontrarás el Hôtel de Sade o el museo Estrine, edificios que demuestran la riqueza histórica del pueblo.

La localidad celebra el Mercado de los Miércoles; uno de los más famosos de toda Francia. No solo venden comida; es un espectáculo de tejidos de lino, jabones de Marsella, cerámicas y antigüedades. La zona es famosa por su aceite de oliva con Denominación de Origen (AOP). El sabor es intenso, casi picante. También destaca su repostería, especialmente las frutas confitadas. El clima es puramente mediterráneo, pero marcado por el Mistral, un viento frío y seco que baja por el valle del Ródano. Este viento es especialmente odiado por los agricultores, pero es el responsable de que los cielos de Saint-Rémy sean de un azul tan profundo y limpio, eliminando cualquier rastro de bruma o contaminación.



Publicidad