«Miedo, ansiedad y ayuda psiquiátrica»: la nueva vida de Dolores Vázquez (74 años) en una ciudad medieval de Galicia
Un error judicial marcó su vida para siempre. Tras vivir en Londres, regresó a España, donde se recupera poco a poco

Dolores Vázquez | Contacto
Dolores Vázquez, injustamente condenada por el crimen de Rocío Wanninkhof, esta semana ha sido homenajeada por el Gobierno con la Medalla a la Promoción de los valores de Igualdad con motivo del Día Internacional de la Visibilidad Lésbica, que se celebra el 26 de abril. Un reconocimiento que llega más de dos décadas después de uno de los errores judiciales más graves de la historia reciente en España.
En septiembre del año 2000, Vázquez fue detenida como principal sospechosa del asesinato de Rocío Wanninkhof, hija de su expareja. El caso provocó un intenso seguimiento mediático que marcó la opinión pública y generó una fuerte presión para resolverlo todo con rapidez.
Dolores Vázquez, hoy con 74 años, fue finalmente absuelta tras la aparición de pruebas que señalaron como autor del asesinato a Tony Alexander King, detenido en 2003 por el asesinato y agresión sexual de la joven Sonia Carabantes en Coín (Málaga). King fue posteriormente condenado por ambos crímenes.
Un reconocimiento sin reparación económica
Pese al homenaje institucional, Dolores Vázquez volvió a denunciar que nunca ha recibido una compensación económica adecuada por el daño sufrido. «Es verdad que no me han compensado en nada económicamente, ni los 120.000 euros que habían dicho que me habían pagado», afirmó ante los medios antes del acto. «El Gobierno es el que tiene que decidir», añadió.
La gallega dijo, no obstante, que era «un día muy especial», marcado por el paso del tiempo —casi 26 años— y por una evolución personal evidente: «Me siento una persona distinta, sin olvidar, pero lo llevo mejor». También destacó la importancia de poder expresar ahora lo que durante años no pudo: «¿Qué más os puedo decir? Que espero que sea una medalla muy bonita porque me la merezco, ¿no? Y que siempre recordaré este día».
El peso del pasado y el apoyo psicológico y psiquiátrico
El recuerdo del proceso judicial y la presión mediática sigue presente en Dolores Vázquez, quien manifestó que durante el juicio se sentía «como un mono de feria», sometida a la constante exposición pública, lo que le provocaba «miedo» y «ansiedad». «No podía con mi alma el miedo que tenía yo a la cámara», confesó.

Las consecuencias fueron evidentes. Durante años no pudo llevar una vida normal: evitaba salir a la calle, ver la televisión o incluso realizar gestiones básicas. Tras salir de prisión, reconoce que atravesó una etapa de ira y frustración que requirió apoyo psicológico y psiquiátrico. En ese proceso, el respaldo de su familia fue clave, en concreto de sus hermanas.
El perdón como punto de inflexión
Aunque no olvida, Vázquez ha encontrado cierta paz: «He perdonado. Hace muchos años que he perdonado porque comprendí que el estar enfadada con el mundo, con la prensa, con todos… no era yo. Me estaba volviendo una persona alejada de lo que yo realmente era; no me encontraba a mí misma, estaba en un pozo y no conseguía salir, pero poquito a poco lo estoy superando».
Aun así, insistió en que el reconocimiento institucional debía de haber ido acompañado de un perdón más amplio. Al respecto, no pierde la esperanza, pues espera que ese reconocimiento llegue también desde otros ámbitos, incluidos los medios de comunicación.
Una nueva vida en Betanzos (Galicia) tras 519 días en prisión y un escarnio mediático sin precedentes
El caso se remonta al 9 de octubre de 1999, cuando Rocío Wanninkhof desapareció en La Cala de Mijas. Semanas después, su cuerpo fue hallado sin vida. La investigación derivó en la detención y posterior condena de Dolores Vázquez en 2001 por un jurado popular, pese a la ausencia de pruebas concluyentes. Pasó 519 días en prisión por un crimen que no había cometido.
Tras su excarcelación en 2002, y ya desmontada la acusación, decidió abandonar España y rehacer su vida en Reino Unido. Durante años vivió en el este de Londres, donde trabajó como coordinadora de horarios en una empresa y trató de mantenerse alejada del foco mediático. En aquel momento, llegó a lamentar que la sociedad española «la hubiera olvidado». Aunque el Ministerio de Justicia le ofreció una indemnización de 120.000 euros, Vázquez nunca la consideró suficiente y sus reclamaciones posteriores no prosperaron en los tribunales. Desde entonces, ha sostenido que se sigue recuperando de aquello.
Hace aproximadamente nueve años que regresó a Betanzos, donde reside actualmente. Allí, en un entorno más tranquilo, intenta reconstruir su vida y mantener viva la memoria de su caso para evitar que se repitan errores similares.
Betanzos es una histórica localidad situada en la provincia de A Coruña, dentro de la comunidad autónoma de Galicia. Conocida como la «ciudad de los caballeros», destaca por su bien conservado casco antiguo de origen medieval, donde sobresalen iglesias góticas como Iglesia de Santa María del Azogue y Iglesia de San Francisco. La ciudad está rodeada por los ríos Mandeo y Mendo, lo que le aporta un entorno natural muy característico. Además, Betanzos es famosa por su gastronomía, especialmente por su reconocida tortilla de patatas, considerada una de las mejores de España, y por sus fiestas tradicionales como el lanzamiento del globo de papel durante las celebraciones de San Roque.
El documental que reavivó el caso
El impacto de su historia ha resurgido esta semana por el reconocimiento. Antes, lo hizo en 2021 con el documental Dolores: la verdad sobre el caso Wanninkhof, estrenado en HBO Max y dirigido por Tània Balló. En esta docuserie, por primera vez, Dolores Vázquez relató en primera persona su experiencia: la acusación, el aislamiento social y su paso por prisión.
La producción reavivó el debate sobre el papel de los medios de comunicación y las deficiencias del sistema judicial, situando nuevamente su historia en el centro de la conversación pública. Hoy, más de dos décadas después, Dolores Vázquez vive con una mezcla de reconocimiento tardío y heridas que no terminan de cerrarse. Y quizá nunca lo hagan.
