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Elecciones en EE.UU: debilidades y fortalezas de Joe Biden

Elecciones en EE.UU: debilidades y fortalezas de Joe Biden

Analizamos las opciones y los retos a los que se enfrenta el candidato demócrata en el contexto de las inminentes elecciones en Estados Unidos

Queda menos de un mes para las elecciones presidenciales en Estados Unidos, unos comicios que enfrentarán en las urnas al actual presidente, Donald Trump, y al nominado demócrata a la Casa Blanca, Joe Biden. Con los dos aspirantes ya en capilla, los cada vez más frecuentes problemas cognitivos del candidato demócrata hacen que crezcan las preocupaciones acerca de su capacidad de, en el caso de ganar las elecciones, poder ejercer la presidencia durante los cuatro años de legislatura. 

En un país como Estados Unidos, con una cultura política sobre-mediatizada, la exposición pública de los candidatos es un básico de cualquier campaña electoral. Sin embargo, las apariciones erráticas de Biden han hecho cada vez menos frecuente su presencia en los medios cuando debería haberse intensificado. Este creciente ocultismo del candidato demócrata le ha valido el mote, invención de su rival político, de “Hiden Biden” (algo así como Biden el escondido). 

Al opositor de Trump le precede una carrera de 36 años como Senador y ocho años como vicepresidente con Barack Obama. Gracias a sus antecedentes en política, Biden contaba con el as de ser muy conocido, es decir, de tener una especial visibilidad y una notable cobertura como candidato. Sin embargo,  las apariciones de Biden en medios se han vuelto cada vez más impredecibles. Ha llegado a trabarse en mitad de un discurso, a encadenar frases sin sentido e incluso, a expresar ideas que han sido calificadas de racistas.

El pasado agosto, Biden concedía una entrevista a la Asociación Nacional de Periodistas Negros en la que hacía un comentario desafortunado, llegando a afirmar que la comunidad latina es más diversa que la negra. También, en una entrevista en la que un periodista de color le preguntaba si se sometería a un examen cognitivo, Biden contestaba: “¿Por qué debería someterme a un examen? Vamos, hombre. Es como decir que tú, antes de entrar en este programa, deberías hacerte una prueba para saber si tomas cocaína o no. ¿Qué te parece? ¿Eh? ¿Eres un drogadicto?”.

Una campaña marcada por la agenda racial

Estos polémicos comentarios han sido utilizados por Trump en un momento en el que, precisamente, los demócratas necesitan consolidar el voto de la comunidad negra. De hecho, Ramussen Reports, empresa independiente especializada en encuestas de opinión pública, revelaba el pasado 4 de septiembre que el presidente Trump alcanzaba el 45% de aprobación entre los votantes afroamericanos. Un dato de especial relevancia teniendo en cuenta que el Partido Demócrata ha sido siempre la elección predilecta de la comunidad negra, llegando a captar el 95% del voto afroamericano. Sin embargo, este patrón podría estar cambiando drásticamente a favor del Partido Republicano. 

Este cambio de tendencia se debe principalmente a que, durante los años de gobierno de Trump, los negros han alcanzado cifras récord de empleo. Por lo tanto, no es de extrañar que, habiéndose convertido la comunidad afroamericana en un colectivo de voto bisagra, uno de los temas más capitalizados por los partidos Demócrata y Republicano haya sido el movimiento ‘Black Lives Matter (las vidas negras importan).

El movimiento BLM (‘Black Lives Matter’), de naturaleza racial aunque considerablemente ideologizado, se ha convertido en el principal vector de la campaña presidencial estadounidense. Tanto es así, que Trump ha hecho de su ya famosa frase “law and order” (ley y orden), su principal eslogan de campaña. No obstante, los demócratas optaron por monopolizar el movimiento. Esto ha provocado que las cada vez más frecuentes acciones vandálicas del BLM hayan acabado perjudicando la imagen del partido de Biden. Al haberse desvirtuado el espíritu original de la causa, los demócratas podrían llegar a ser percibidos como los patrocinadores de los disturbios que, frecuentemente, han tenido como víctimas a personas negras.

Un político de otro tiempo

Por otro lado, que Biden sea el candidato de más edad —desde William Hope Harper en 1932—  elegido para las presidenciales (cumplirá 78 años en noviembre) podría no ser su principal talón de Aquiles, sino el que pueda percibirse como un político ‘démodé’ para el modelo político actual. De hecho, el hándicap de la edad lo salvó anunciando en campaña que limitaría su gobierno a un solo mandato. También, gracias a haber elegido una joven candidata a la vicepresidencia.

Biden puede también transmitir la imagen de político anticuado debido a otra tendencia que se hace cada vez más evidente y que marca esta campaña a las presidenciales. Hablamos de un cambio en el espectro ideológico en el que los ejes que definían la postura de republicanos y demócratas se están desplazando hacia una mayor polarización. Esto se manifiesta principalmente en la evolución de la narrativa. En Estados Unidos, a diferencia del resto del mundo occidental, el término liberal era utilizado en el contexto político para referirse a los demócratas, mientras que los republicanos eran etiquetados como conservadores. De esta forma, a ojos internacionales, el Partido Demócrata se percibía como progresista más por antagonismo al Partido Republicano que por tener una agenda socialista.

Sin embargo, en los últimos años, rostros nuevos en el Partido Demócrata, como el de Alexandra Ocasio-Cortez, con un pensamiento en esencia socialista, han cobrado especial relevancia dentro de la formación. La inflexión actual del Partido Demócrata también se hace evidente en que Bernie Sanders, el único político abiertamente socialista del Senado americano, haya quedado segundo en las primarias demócratas.

Biden, en cambio, ha crecido y madurado políticamente en una época en la que en unas elecciones nacionales se elegía entre dos candidatos que podrían ser considerados centristas moderados según los estándares actuales. Un panorama que dista mucho del actual, en el que ambos partidos tienden, cada vez más, a un mayor aislamiento ideológico en lugar de gravitar a un centro común.

Como senador, el actual líder demócrata ganó fama de negociador moderado gracias a logros como conseguir que los republicanos respaldaran el pack de estímulo para la crisis de 2009. Lejos de adaptarse al panorama actual, Biden se aferra a ese pedigrí político. Sin ir más lejos, en un discurso pronunciado el 18 de mayo de 2019, alegaba que el consenso con el partido opositor no es solo posible, sino que es preferible. De esta forma, el político de Scranton representa el establishment de un partido cuya mirada al futuro viene representada por una escisión cada vez más progresista y que se adapta a una actualidad política marcada por la polarización partidista.

El papel de Kamala Harris

En definitiva, a pesar de que la agenda política de Biden se podría definir como objetivamente progresista (aboga por un sistema más laxo con la inmigración ilegal, por la igualdad salarial y por los servicios básicos universales, incluyendo el programa Obamacare), se sigue concibiendo como moderado. Esto probablemente se deba también al efecto perceptivo de compararlo con sus rivales en las primarias, en especial Elizabeth Warren y Bernie Sanders.

En este sentido, la decisión de elegir a Kamala Harris como potencial vicepresidenta tiene un doble valor añadido. En primer lugar, Harris le ayuda a expandir su electorado a los votantes menos moderados. Según UCLA vote view, los votantes de Kamala pertenecen al espectro más socialista que el de cualquier otro senador, con la excepción de Elizabeth Warren. De hecho, su historial de votaciones en el Senado es aún más progresista que el de Bernie Sanders.

Por otro lado, Harris ayuda a equilibrar el ‘déficit demográfico’ de Biden. En una cultura política en la que la identidad legitima el discurso, Biden representa el pasado. Un hombre heterosexual blanco en un partido cada vez más diverso. Por el contrario, Kamala, hija de un inmigrante jamaicano y una inmigrante india, criada por su madre; no solo resulta más atractiva, sino que otorga la legitimidad necesaria al gobierno de Biden a la hora de defender una agenda política progresista.

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