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Boris Johnson: tic, tac

Alexander Boris de Pfeffel Johnson (Nueva York, 1964) depende de lo que dictamine un órgano interno de control ético del propio gobierno sobre el bautizado como el escándalo del partygate

Boris Johnson: tic, tac

El primer ministro británico, Boris Johnson. | Reuters

Quizá en los próximos días sus colegas del Partido Conservador le enseñen el camino de salida del 10 de Downing Street y se tenga que marchar anticipadamente a casa con su esposa Carrie, sus dos bebés y el querido gato Larry frustrándose así su intención de ser reelegido como premier británico en 2024. Alexander Boris de Pfeffel Johnson (Nueva York, 1964), más conocido como Boris Johnson, depende de lo que dictamine un órgano interno de control ético del propio gobierno sobre el ya bautizado por los medios locales como el escándalo del partygate. Boris tiene indignado a todo el país por haber permitido numerosas fiestas en los jardines de la residencia oficial en plena pandemia y mientras apelaba a sus conciudadanos a respetar las restricciones de confinamiento y distancia social.

Ha pedido perdón sobre lo ocurrido el 20 de mayo de 2020 cuando su secretario particular invitó por escrito a un centenar de amigos y colaboradores a una pequeña fiesta en los jardines de Downing Street animándoles a portar bebida y disfrutar de una radiante e inusual tarde de primavera londinense. Más de la mitad acudieron provistos de alcohol y gozaron y bailaron al ritmo de la música mientras el resto del país estaba confinado. Johnson, con ese punto de cinismo que a veces exhibe, dijo esta semana ante el estupor de la Cámara de los Comunes que pensó que se trataba de una informal reunión de trabajo de sus colaboradores y estuvo un rato por educación. Mientras, la población no podía salir de casa y el Reino Unido se encontraba inmerso en el peor pico de la catástrofe sanitaria con numerosos fallecidos. 

La de ese día no fue la única en la que el 10 de Downing Street se convirtió en un lugar de recreo. La prensa local informa de al menos otra decena de parties (no consta que en todos él estuviera presente). The Daily Telegraph, el diario conservador donde un día trabajó Johnson como  periodista, revelaba el viernes otro de esas citas de relajo al sol justo pocas horas después del fallecimiento del príncipe Felipe de Edimburgo, el esposo de la Reina Isabel II. Resulta paradójico que el diario más próximo a los tories y aliado del premier haya decidido abrir también fuego. Detrás de ésta y de las demás filtraciones se sospecha se encuentre Dominic Cummings, quien fuera la mano derecha y principal asesor de Johnson hasta que éste lo despidió a finales de 2020 de mala manera por tener demasiado poder y haber chocado con Carrie Symonds, todavía entonces novia del primer ministro. Cummings está actuando como príncipe de las tinieblas y va filtrando a la prensa documentos y correos incómodos de su periodo en el Gobierno. Parece como si fuera un acto de venganza contra una persona de la que fue íntimo y sobre la que tenía gran ascendencia. Y a la postre también contra Symonds, una mujer periodista como él e igual de inestable, a la que la prensa británica siempre tan proclive a poner apodos, la ha bautizado como Princess Nut Nuts, una mujer loca, dominante, irascible, que fue jefa de prensa de los conservadores y que ha tenido más de una vez grandes broncas con Boris. Trasciende el chisme pues tiene gran influencia sobre el primer ministro. 

Johnson Symonds
Carrie Symonds y Boris Johnson | Foto: No 10 Downing Street (Reuters)

A Johnson le va a resultar harto complicado salir del embrollo y en cualquier caso, si se escabulle como en otras ocasiones, tiene su carrera política completamente hipotecada. De por medio afronta unas elecciones municipales en mayo donde las encuestas pronostican un mal resultado para los tories. Más de dos terceras partes de los británicos creen que el premier debería dimitir en tanto que un tercio de los votantes conservadores han perdido confianza en él. Además, los laboristas por primera vez aventajan al partido rival. Así, su jefe, Keir Starmer, un político que todavía no ha mostrado grandes dotes de liderazgo, le saca diez puntos de diferencia.

Basta con que 54 de los 360 diputados conservadores respalden una moción de censura ante el órgano interno del partido para que Johnson caiga. Así fueron  derribadas Margaret Thatcher en 1990 o Theresa May en 2019. De momento, no hay fisuras dentro del propio Ejecutivo aunque emergen ya dos ministros, Rishi Sunak, de origen indio y chancellor of Exchequer (responsable de Tesoro) y la nueva secretaria del Foreign Office, Liz Truss, como posibles sucesores. Un relevante diputado conservador ha calificado a Johnson como un cadáver político y el líder de los tories escoceses le ha sugerido que arroje la toalla.

Johnson, educado en Eton y con una licenciatura en Filología Clásica por el Bailiol College de Oxford, es un individuo culto, muy temperamental, juerguista, pero sobre todo de gran volatilidad política, lo cual está llevando al país al precipicio y al desprestigio internacional. No tiene aliados en Europa y se ha quedado sin el respaldo del que fuera su gran amigo, Donald Trump, con quien ya preparaba un acuerdo comercial entre los dos países tan pronto el Reino Unido saliera de la Unión Europea.

Y todo eso aún a pesar de que llevó al partido a alcanzar una mayoría absoluta casi histórica en 2019 teniendo como gran y única bandera la salida del Reino Unido de la UE manipulando y exagerando los supuestos beneficios del Brexit y explotando un nacionalismo de vieja época. Actualmente hay cada vez más voces dentro del Partido Conservador que consideran fue un error la salida de Europa. En el bando de los laboristas la mitad de su militancia piensa que debería celebrarse una nueva consulta tras la que convocó en 2016 David Cameron, otro penoso primer ministro y gran responsable de lo que vino después. Desde la caída de Thatcher los tories no han tenido grandes líderes pese a que regresaron al poder en 2010 tras el largo periodo de Blair y Brown.

Gozó de popularidad cuando estuvo como alcalde de Londres durante ocho años y supo recuperar la modernidad que la capital había perdido. Antes de desembarcar en la política activa se dedicó al periodismo. Trabajó en el Times. Fue despedido por inventarse una cita. Director de la revista conservadora The Spectator, donde tuvo problemas con una redactora, antes estuvo en los primeros noventa en Bruselas como corresponsal del Telegraph. En la capital comunitaria ya destacó por su euroescepticismo entre los colegas y sus duros ataques al entonces presidente de a Comisión Europea, Jacques Delors. Fue allí donde estableció una estrecha relación política con Margaret Thatcher y lo que le hizo abrazar el thatcherismo y el posterior salto a la política.

Su reciente matrimonio con Symonds, con quien ha tenido un niño y acaban de tener una niña, parece haber calmado sus debilidades falderas. Fue varias veces infiel a su anterior esposa, con la que tiene cuatro hijos y otro con una primera. A punto estuvo Johnson de morir como consecuencia del coronavirus. Fue ingresado de urgencia no mucho después de que se hubiera declarado partidario de que no hubiera restricciones de ninguna clase para así alcanzar la inmunidad de rebaño. Tuvo que rectificar y a partir de entonces fue dando bandazos. Al igual que con sus relaciones con la UE. Quiere renegociar el acuerdo del Brexit en lo que respecta al control aduanero con Irlanda del Norte, algo que está por ver que lo consiga. Está enfrentado con Macron por los derechos de pesca franceses en aguas británicas. Ya no tiene ministro del Brexit y al anterior responsable de Exteriores lo despidió. El de Sanidad tuvo que dimitir por saltarse el confinamiento para pasar una noche con su amante. Recuerda a veces esa conducta que caracterizaba a Donald Trump, que cada cierto tiempo se iba a cargando a sus ministros y los reemplazaba por otros, y así sucesivamente. Johnson se quedó sin su gurú y amigo Cummings y desde entonces no ha levantado cabeza. Al menos sus dos nuevos retoños le han inundado de pañales y juguetes la residencia oficial, que ha renovado costosamente con dinero de contribuyentes conservadores. Si finalmente se va, muchos británicos no lo echarán de menos y no pocas cancillerías europeas respirarán tranquilas.

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