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Boris Johnson tiene los días contados

La probable caída a cámara lenta de primer ministro británico en el país que inventó el ‘fair play’ ofrece algunas lecciones

Boris Johnson tiene los días contados

Boris Johnson. | EP

El primer ministro británico, Boris Johnson, ha ganado tiempo con sus disculpas en la Cámara de los Comunes por asistir junto con una treintena de personas a una recepción de copas, tapas y risas en los jardines del Número 10 de Downing Street el 20 de mayo de 2020 cuando el Reino Unido se encontraba bajo estrictas medidas de confinamiento por el coronavirus, pero parece también una simple cuestión de tiempo que siga en el poder.

Descartada por el momento su dimisión, su futuro político pende del resultado de la investigación abierta por la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete, Sue Gray, sobre esa y otras fiestas durante la pandemia a la que podría unirse una indagación propia de la policía; de nuevas revelaciones periodísticas y de quien fuera su principal asesor e ideólogo, el vengativo Dominic Cummings; de que se concrete el motín del grupo parlamentario de los conservadores contra su liderazgo y de la ola de indignación de la calle  y de la oposición laborista contra su personalidad gamberra y su caótica forma de gobernar. 

La investigación que lidera Gray no es estrictamente independiente y sirve para ganar tiempo, pero no es ni mucho menos un paripé oficialista. Cuando estuvo al frente de la Oficina de Patrimonio y Ética del Gabinete, Gray impuso el cese de tres ministros, impidió la publicación de memorias controvertidas y acabó con la carrera de Damian Green, número dos de la exprimera ministra Theresa May, al desvelar sus mentiras sobre la aparición de material pornográfico en el ordenador de su oficina parlamentaria. Nadie duda a estas alturas que como mínimo las conclusiones de su trabajo, que se espera que sean públicas en los próximos días, hagan rodar cabezas en el entorno de Johnson.

Para que prospere la moción de censura interna contra el primer ministro es necesario que al menos un 15% de los diputados envíe una carta de denegación de confianza al Comité 1922, el órgano de control del grupo parlamentario. En concreto, 54 cartas del total de 361 parlamentarios con que cuentan los tories actualmente. Este procedimiento acabó desbancando en su momento a Margaret Thatcher y Theresa May, pero antes de ponerlo en marcha, lo que  solo se puede hacer una vez cada 12 meses, los rebeldes deben asegurarse de que cuentan con los votos suficientes. Después surgirán varios candidatos y estará por ver si quien finalmente se lleve el gato al agua es capaz de unificar  a las muy divididas tribus conservadoras y ser atractivo al público. 

Dada la actual incertidumbre es posible que el partido espere a las elecciones locales del próximo 6 de mayo para comprobar si Boris Johnson conserva aún su magia para vencer en las urnas como demostró cuando ganó la alcaldía de Londres en 2008 y 2016 o en noviembre de 2019 cuando logró el 43,6% de los votos, la mayor victoria de los tories desde los tiempos de Thatcher, y se convirtió en primer ministro. 

Johnson y la verdad

Johnson nunca ha tenido una gran familiaridad con la verdad. Fue despedido del Times, cuando empezaba su carrera periodística, por maquillar citas; son proverbiales sus exageraciones informativas cuando fue corresponsal en Bruselas del Daily Telegraph y años más tarde tuvo que dimitir como portavoz del Partido Conservador por mentir sobre un asunto extramatrimonial. Incluso su propia historia personal es un tanto confusa. Por ejemplo, nadie sabe a ciencia cierta cuántos hijos tiene más allá de los siete reconocidos de tres matrimonios. Pero su carisma, simpatía y el mensaje populista sacado de la ferretería ideológica de Cummings le permitieron atraer votos en el norte de Inglaterra y otros lugares donde los conservadores nunca antes habían tenido éxito.  

Ahora los tiempos han cambiado y la repetición de aquellos triunfos parece muy improbable, como quedó patente el pasado diciembre con la pérdida del escaño por North Shropshire, que había estado en manos de los conservadores desde antes del ascenso al trono de la reina Victoria. La línea entre un pillo y un sinvergüenza puede ser muy delgada y lo que un día se vio como carisma hoy puede resultar grotesco. Las últimas encuestas señalan que más del 60% de los británicos exige su dimisión y sitúan a los laboristas hasta 10 puntos por encima de los conservadores. La muerte de 150.000 personas en el Reino Unido por la covid no es ninguna broma.

Tras el escándalo de las fiestas en Downing Street y de las mentiras y payasadas de Boris Johnson se encuentran las complicaciones políticas y económicas derivadas de la combinación del coronavirus y el Brexit. La pandemia impuso fuertes restricciones, frenó el comercio internacional y exigió un gasto público de cientos de miles de millones de libras para combatirla, lo que ha obligado a rebajar drásticamente las ambiciosas inversiones en infraestructuras prometidas por Johnson, como ha sido la renuncia al tren de alta velocidad que iba a unir Londres con Leeds.  

Al tiempo, la liberación del corsé reglamentario de la Unión Europea no traído el boom comercial  ni la vuelta a una agenda thatcherista que algunos esperaban. Como  ha escrito George Parker en Financial Times, «para frustración del ala derechista de los tories, el Brexit no ha desencadenado bajos impuestos y débiles regulaciones –el Singapur en el Támesis, que algunos querían- y que muchos en la UE temían. En su lugar, los impuestos a las empresas han subido del 19% al 25% para ayudar a financiar una gran ola de gasto público, particularmente en el norte de Inglaterra». La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OBR, en sus siglas en inglés) estima que el total de importaciones y exportaciones del Reino Unido será un 15% más bajo que cuando pertenecía al bloque comunitario y pronostica que a largo plazo su salida de éste restará un 4% al PIB británico.

Además, entre otros males como la caída de las inversiones y la subida del coste de la vida, una política migratoria muy restrictiva ha supuesto una fuerte reducción del mercado laboral británico. Según la Oficina Nacional de Estadística, 1, 2 millones de inmigrantes – de ellos unos 200.000 ciudadanos europeos, incluyendo 15.000 camioneros- abandonaron el Reino Unido durante 2020 y parte del año pasado.  

La probable caída a cámara lenta de Boris Johnson en el país que inventó el fair play ofrece algunas lecciones. Prueba la buena salud del sistema democrático británico, la vitalidad del Parlamento, que los diputados se deben a sus electores y no únicamente a las cúpulas de sus partidos y la fuerza de una prensa independiente. También podría significar el fin de la moda de los líderes políticos simpáticos y caraduras que se sitúan por encima de la ley y tal vez el comienzo de una nueva demanda por parte del público de dirigentes honestos y responsables. El Reino Unido los necesita para encontrar su rumbo en el siglo XXI.

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