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Palco Real

La Met Gala, el reino de las celebridades donde la sangre azul es opcional

La cita más esperada del año actúa como un baile de debutantes donde realeza y celebridades compiten por el estatus

La Met Gala, el reino de las celebridades donde la sangre azul es opcional

Heidi Klum en la gala de los Met. | EP

Cada año, las escalinatas del Metropolitan Museum of Art se convierten en el escenario de uno de los rituales contemporáneos más influyentes del mundo occidental: la Met Gala. Lo que comenzó como una cena benéfica vinculada al Costume Institute ha evolucionado hacia algo mucho más amplio: un espacio donde se cruzan cultura, poder e industria.

En ese ecosistema, la presencia de miembros de la realeza ha sido siempre excepcional y significativa. Porque cuando un miembro de la realeza pisa la alfombra roja de la Met Gala, no está asistiendo simplemente a un evento de moda. Se confirma ante la nueva aristocracia mundial, renovando su compromiso con el estatus.

El bautismo de las celebridades

A diferencia de otros eventos exclusivos, como el Baile de Debutantes, la relación entre la realeza y la Met Gala es escasa y selectiva. No existe una tradición consolidada ni una participación estructural. El caso más emblemático sigue siendo el de Diana de Gales. Su aparición en 1996 no solo marcó un momento histórico, sino que definió el tono de lo que vendría después: una presencia puntual, cargada de significado y difícilmente replicable. Aquel año, unos meses antes de la Met, se produjo el divorcio formal entre la princesa y Carlos, actual rey del Reino Unido.

Una decisión complicada que marcó parte del reinado de Isabel II y que comprometió la vida de varios miembros de la Familia Real, puesto que el divorcio no estaba autorizado por la cabeza de la Iglesia anglicana.

Precisamente por eso, su aparición en la Met fue tan sorprendente. De forma física y simbólica puso una barrera entre su pasado como figura institucional y su nuevo estatus como celebridad. Un bautizo oficiado por Liz Tilberis, en aquel entonces directora de Harper’s Bazaar. En aquella aparición, Diana sorprendió con un vestido lencero de John Galliano para Dior, de color azul noche, que inspiró su elección de joyas: un juego de pendientes y collar de perlas con zafiros que le había regalado la Reina Madre por su boda con el príncipe Carlos. Un mensaje que muchos interpretaron como la confirmación de que ella siempre sería la princesa del pueblo.

Una redefinición de la aristocracia contemporánea

Años más tarde, Beatriz de York se convertiría en la segunda, y hasta ahora última, integrante de la familia real británica en asistir a la gala, en 2018. La hija del renegado Andrés y Fergie lució un vestido púrpura de la firma italiana Alberta Ferretti, que complementó con una diadema rígida con detalles joya. La temática de ese año, Cuerpos Celestes: la moda y la imaginación católica, se consideró como la ocasión ideal para poner en valor la relación de la realeza con la Iglesia, llegándose incluso a interpretar que el color escogido por la princesa era un guiño al púrpura asociado a los reyes de la Edad Media.

Por otro lado, existen figuras dentro de la realeza cuya presencia en la gala ha sido más continuada y, hay quienes dirían, muy deseada. El caso más claro es el de Carlota Casiraghi. La musa de Chanel, que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y convertir su estatus en un activo muy valioso por el que las marcas se pelean, ha acudido al evento en cuatro ocasiones, ostentando el récord dentro de la esfera monárquica. La princesa monegasca ha afianzado su compromiso con la moda y con las élites actuales en las ediciones de 2016, 2018, 2019 y 2023.

Aunque la mayoría de estos perfiles ocupan posiciones periféricas o flexibles dentro de sus respectivas estructuras dinásticas, también se ha dado el caso de ver a toda una reina posando para los fotógrafos. Rania de Jordania es bien conocida por haber construido su figura pública a imagen y semejanza de sí misma, obviando en muchos casos lo que su tradición árabe esperaba de ella. Tras una tímida aparición en 2007, Rania volvió a acudir en 2016 bajo el tema Manus x Machina: Fashion in an Age of Technology, convirtiéndose en un caso paradigmático dentro de la gala.

La gran ausencia: la línea institucional

Aunque Rania rompió la regla de que la primera línea de la realeza no acudía a eventos de este estilo, desde luego no se ha convertido en norma. Es bien sabido que la organización de la gala suele invitar a los actuales príncipes de Gales e incluso al príncipe Enrique. Coronas como la británica, salvo las excepciones ya mencionadas, conocen bien sus límites a la hora de decidir a qué eventos acudir. La imagen y el contexto lo son todo, y asistir a la Met puede suponer una incompatibilidad entre ciertos espacios de visibilidad y el papel que desempeña la institución.

La monarquía constitucional se sostiene sobre tres pilares: neutralidad, previsibilidad y control del relato. La Met Gala, por el contrario, opera bajo la lógica opuesta: individualidad, reinterpretación constante y ruptura simbólica. El peligro de estrechar demasiado los vínculos con esta aristocracia contemporánea supone el riesgo de transformar la imagen de institución milenaria en la de una celebridad.

Más allá de la moda: una cuestión de poder simbólico

El verdadero interés del fenómeno de la Met Gala está en lo que revela: la existencia de un nuevo espacio de legitimación que no depende de estructuras políticas tradicionales. Podríamos decir que es el espacio de reconocimiento más próximo a los eventos de palacio del siglo XVIII, donde la presencia de las principales familias de la aristocracia validaba una posición estratégica y exclusiva que implicaba un determinado rango de importancia. Actualmente, a través de la Met, vemos un fenómeno similar, solo que, en este caso, la sangre azul es opcional, ya que la mayoría de asistentes son personalidades del mundo de la cultura, la empresa o la moda.

En otras palabras, funciona como una plataforma de soft power global, pero con una diferencia fundamental: aquí el lenguaje no es político, sino visual. Esta nueva visión del poder y del estatus entronca con el principal desafío de las monarquías contemporáneas: mantenerse relevantes en un ecosistema mediático que ya no distingue con claridad entre instituciones y celebridades.

La gran incógnita es si esta dinámica puede cambiar. Las nuevas generaciones de herederos, más expuestas y conscientes del valor de la imagen, podrían redefinir los límites de lo aceptable. No necesariamente asistiendo a la Met Gala, pero sí incorporando parte de su lógica: la importancia del relato visual, la conexión con audiencias globales y la adaptación a códigos contemporáneos. Aunque, quién sabe, puede que incluso lleguemos a ver a princesas como Amalia de los Países Bajos, con un alto sentido de la moda, cruzando las escalinatas del Museo Metropolitano de Nueva York.

Lo que está claro es que existe un límite con el que resulta difícil jugar: convertir en espectáculo el simbolismo, algo de lo que la monarquía sigue dependiendo en gran medida para reclamar su legitimidad.

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