Vladímir Putin visita a Xi Jinping: la venganza de la historia
Rusia es el socio débil y dependiente de una China que se reparte el poder mundial con Estados Unidos

El presidente ruso, Vladimir Putin, junto a su homólogo chino Xi Jinpin. | Reuters
En diciembre de 1949, Mao Zedong, que acababa de fundar la República Popular de China después de haber ganado la guerra civil al general Chiang Kai-shek, viajó a Moscú.
Stalin estaba consolidando la dictadura tras la Segunda Guerra Mundial: había derramado toda la sangre del mundo en el Holodomor, el genocidio por hambre de Ucrania (1932-1933), y en el Gran Terror (1936-1938), y estaba en su esplendor el cruel y asesino sistema de gulags (1930-1953). Estallaba la Guerra Fría: la URSS experimentó con éxito su primera bomba nuclear en el verano del 49, el mismo año en el que Moscú creó el Mercado Común del Este para explotar y controlar a los países satélites. Y en diciembre, para celebrar su 71 cumpleaños, el dictador invitó a Mao para sentar las bases de la alianza chino-soviética.
Pero Stalin no recibió al joven Mao —56 años— como el triunfador de un largo conflicto interno que había durado más de 20 años, sino como un subordinado con delirios de grandeza. Le explicó con condescendencia cómo tenía que gobernar China y luego le mandó a una dacha a las afueras de Moscú, a la espera de una segunda entrevista. Mao estuvo allí 17 días: «Yo estaba tan enfadado que en una ocasión empecé a dar golpes en la mesa», reveló años más tarde a un embajador soviético. «En esos dos meses solo pude hacer tres cosas: comer, dormir e ir al cuarto de baño» (el líder chino empleó la expresión vulgar de esta última actividad).
Más de 75 años después, todo ha cambiado. Ya en 1958, Mao se vengó de la humillación de Stalin y convocó a su sucesor, Nikita Jrushchov, a su piscina privada de las afueras de Pekín, a sabiendas de que no sabía nadar: el líder ruso tuvo que utilizar un flotador mientras Mao hacía largos a su lado. El Gran Timonel, también con millones de muertos a sus espaldas, tachó al reformista Jrushchov, responsable de la desestalinización, de «debilidad». La ruptura chino-soviética se acentuó durante la década de los sesenta y tuvo enormes repercusiones en la izquierda y la extrema izquierda de todo el mundo.
Las relaciones se repararon, aunque EEUU aprovechó —con Nixon— para meter baza, pero ahora manda China. Es uno de los dos únicos superpoderes del mundo, poco amigo de aventuras y de inestabilidad. La URSS no existe y Rusia está en declive. Putin no va a pasar unas cuantas semanas en un adosado con vistas a la Gran Muralla, pero visita Pekín esta semana con una mano tendida para seguir pidiendo ayuda y con la otra tapándose las vergüenzas de la guerra de Ucrania. Sin China —y sin la comprensión de Donald Trump, todo hay que decirlo—, Rusia estaría hoy en una situación infinitamente peor de la que está.
Xi y Putin celebrarán esta semana el 25.º aniversario del Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa y el 30.º aniversario del establecimiento de la asociación estratégica entre China y Rusia. Naturalmente, Pekín presenta esta visita, después de la de Donald Trump de la semana pasada, con una lógica aplastante: somos «el epicentro de la diplomacia mundial». El centro del mundo, vamos.
Desde luego, por lo que a Rusia respecta, no hay la menor duda. La fanfarria que recibe a Putin es mucho menor que la utilizada para agasajar a Trump, porque Pekín recibe a un dictador útil, no a un líder equiparable. Rusia está en manos de China en todos los asuntos, y pierde terreno en todos los campos. Y esa es una perspectiva difícil para Putin, por mucho que se disfrace con palabrería sobre la tradicional amistad.
En política internacional, la sangrienta invasión de Ucrania, ya en su quinto año, no ha recibido un respaldo real, material, de China. Su posición es ambigua: Pekín no ve con buenos ojos la apropiación rusa de parte de Ucrania, aunque entienda las preocupaciones de seguridad de Moscú. A la hora de la verdad, mientras Rusia gasta en la guerra un dinero que no tiene y conduce a la muerte a decenas de miles de jóvenes, China aprovecha para absorber silenciosamente el antiguo espacio de la URSS, y ya es el principal socio comercial de los países de Asia Central, desde Uzbekistán hasta Kazajistán, pasando por Tayikistán. La historia se repite al sur del Cáucaso, con las alianzas estratégicas de China con Armenia, Georgia y Azerbaiyán. En definitiva, un corredor geopolítico y comercial que conecta Europa con China sin depender de Moscú ni de Teherán.
En cuanto a Irán, Xi y Trump llegaron la semana pasada a un consenso muy importante en contra de la militarización del estrecho de Ormuz y del pago de peajes por su uso. Es normal, dada la dependencia china del crudo de Oriente Medio y de su aversión a las guerras; justo lo contrario de Rusia, que tiene petróleo y gas y cuya agenda se basa en alentar un conflicto tras otro en perjuicio de Occidente. La superpotencia china no va a arriesgar su liderazgo global por las necesidades de los ayatolás. Un claro mensaje a Moscú.
La maltrecha economía rusa vive de China. El 40% de sus importaciones proceden de allí, y el porcentaje es muy superior en sectores clave, como tecnología, comunicaciones y maquinaria. China es el principal socio comercial de Rusia, pero Rusia supone solo el 4% del comercio internacional de Pekín. Las sanciones occidentales han debilitado la economía rusa, que está casi por completo en manos chinas.
El desequilibrio político, militar y económico entre los dos países es tan grande que China no hace nada para acentuarlo. Tiene a Rusia donde quiere: en un papel de subordinación absoluta; útil para su juego con EEUU y la Unión Europea mientras no haga tonterías que desestabilicen demasiado el tablero. Por eso puede hacer concesiones en el sector que más le interesa, la energía. En 2025, Rusia vendió a China más de 100 millones de toneladas de petróleo y casi 50.000 millones de metros cúbicos de gas. Ahora busca desesperadamente aumentar este capítulo con un gasoducto de casi 3.000 kilómetros a través de Mongolia. Con las exportaciones del golfo Pérsico paralizadas por la inacabada guerra de Irán, el momento es ideal para la firma de este tipo de acuerdos.
Esta es, pues, la visita de Putin a China: la de un invitado menor. El G-2 lo forman EEUU y China: ambos compiten para dominar, para liderar globalmente. La alianza de Pekín con Moscú se mantendrá si sirve a los intereses de China, y si no supone un estorbo en su relación con Washington, que también juega —peligrosamente— con Rusia, porque el objetivo de Moscú es debilitar y boicotear a las democracias.
Ojalá EEUU entienda que la fuerza de su posición estratégica en el G-2 frente a la superpotencia china y al peligroso declive de Rusia es restaurar y relanzar el vínculo atlántico con los países europeos. Pero esa es otra historia.
