La factura que paga Estados Unidos por la guerra de Irán: pierde 42 aeronaves en 40 días
La reposición de todos esos aparatos llevaría años y podrían quedar desatendidas otras misiones

Avión estadounidense derribado.
Nadie sabe a ciencia cierta qué y cuánto ganará el gobierno de Estados Unidos cuando acabe su conflicto armado contra Irán. Lo que sí se sabe es lo que está perdiendo, y está siendo una factura abultada que tiene una víctima muy concreta. Si Donald Trump arroja su puño contra Teherán, la mejilla que está más colorada de todas está siendo la de sus fuerzas aéreas, con un cómputo de 42 aeronaves perdidas. Y contando.
Porque de momento, y que se sepa, van esas. Según avanza el tiempo, otros aparatos (tripulados o no) caerán desde los cielos o sabremos que ya lo hicieron con discreción. La cuenta arrancó con un misil disparado por error desde un caza kuwaití. Ahí empezó el catálogo de pérdidas más caro que ha sufrido la aviación norteamericana en una sola campaña desde Vietnam, pero después ha habido más.
Un informe del Servicio de Investigación del Congreso, el brazo técnico y apartidista de la Biblioteca del Congreso, ha puesto número a lo que el Pentágono todavía no se ha atrevido a evaluar en sus propios términos: cuarenta y dos aeronaves perdidas o dañadas de manera incapacitante en los primeros cuarenta días de la Operación Furia Épica, la ofensiva contra Irán iniciada el 28 de febrero.
El documento, fechado el 13 de mayo, se nutre solo de fuentes abiertas, declaraciones del Departamento de Defensa e informes del Mando Central. Sus autores no han tenido acceso a las evaluaciones clasificadas de daños, y lo advierten: la cifra «puede quedar sujeta a revisión» debido a la intensa capa de confidencialidad que añaden los responsables. Con combates aún activos y problemas de atribución, esos cuarenta y dos son las pérdidas mínimas reconocidas, pero es bastante posible que acabemos conociendo más.
El amontonamiento de la chatarra más costosa del planeta arrancó el 1 de marzo sobre los cielos kuwaitíes. Un F/A-18 Hornet de la fuerza aérea del emirato confundió a tres F-15E Strike Eagle estadounidenses con aparatos hostiles y los derribó en plena vorágine de combate. A su alrededor llovían cazas iraníes, misiles balísticos y enjambres de drones, y se confundió. Fuego amigo.
Los seis tripulantes se eyectaron y fueron rescatados, pero lo del daño material es difícil de maquillar. Cada Strike Eagle cuesta unos cincuenta y tres millones de euros; tres de golpe, ciento sesenta. El problema no es tanto su factura, sino que desde que se encarga uno y vuela por primera vez pueden pasar años, muchos. Hay los que hay, y no se reponen como si se comprasen por Amazon.
Un cuarto F-15 cayó sobre Irán el 3 de abril, con sus dos tripulantes recuperados en operaciones de búsqueda separadas. Muy rara vez se pierden aparatos de cuatro en cuatro. Si estas pérdidas fueron espectaculares, no fueron las más costosas. El descalabro XXL llegó de mano de los aviones cisterna, ese aparataje discreto sin el que ningún caza suele permanecer más de un par de horas lejos de su base.
El 12 de marzo un KC-135 Stratotanker se vino abajo sobre el oeste de Irak durante una misión de reabastecimiento. Con él murieron sus seis tripulantes, las únicas víctimas mortales del recuento. El Mando Central insiste en que no fue derribo ni fuego amigo, así que todo apunta a un accidente. Dos días después, misiles y drones iraníes alcanzaron la base aérea Príncipe Sultán, en Arabia Saudí, y dañaron otros cinco aviones cisterna en tierra. Siete tanqueros tocados, a unos cincuenta y un millones la unidad de reposición, y en una flota que ya arrastraba décadas de fatiga estructural. Los contables del Pentágono cogen aire y suspiran.
La misma base saudí volvió a ser castigada el 27 de marzo, esta vez con un objetivo de mucho más fuste: un E-3 Sentry, el avión radar que coordina la batalla aérea desde las alturas. Según un informe del Washington Post citado por el propio Servicio de Investigación, el aparato estaba estacionado en una pista de rodaje sin protección alguna. El informe lo da por «dañado», pero las fotografías del fuselaje número 81-0005 cuentan una historia muy distinta: decir destruido sería más preciso. En la foto que abre este artículo puede verse «el daño».
Viejos, no obsoletos, y nada baratos
Cada uno de estos aparatos salió de fábrica a un precio de unos 223 millones de euros. Pero desde entonces el tiempo pasó, la inflación elevó su precio, y hoy la gente de Trump debería desembolsar cerca de 430 para llevarse a casa uno de estos. La fuerza aérea tenía 16 E-3 antes de la guerra, seis de ellos desplegados precisamente en Príncipe Sultán. Hoy son uno menos. De momento.
El F-35A que recibió fuego antiaéreo salió mejor parado. El 19 de marzo las defensas iraníes dieron con él sobre sus cielos, y le acertaron con su metralla. Regresó a su base, con daños de cierta importancia, pero de forma aparente se entiende que volverá a volar. Peor suerte corrió un A-10 Thunderbolt II, el venerable «jabalí verrugoso» que llevan años queriendo jubilar: cayó el 3 de abril tras recibir fuego enemigo durante una misión de rescate. Su piloto se eyectó y fue recuperado.
Dos jornadas después llegó el episodio más doloroso para cualquier contador de habichuelas militar. Durante el rescate del oficial de sistemas del cuarto Strike Eagle derribado, dos MC-130J Commando II quedaron atrapados en una pista de aterrizaje improvisada dentro de Irán. Como no podían despegar, las propias fuerzas estadounidenses les recetaron varias cargas de explosivo C-4 para que no cayeran en manos enemigas. Cada uno de esos transportes de operaciones especiales supera los ochenta y seis millones de euros. Dos helicópteros fueron alcanzados durante ese vuelo de rescate, con un tripulante herido leve en el segundo aparato.
Los helicópteros perdidos
Resulta llamativa la ausencia en dicho informe de los AH-6 Little Birds del 160 Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales: entre dos y cuatro fueron destruidos en esa misma pista iraní, junto a los Hercules. Los analistas de fuentes abiertas geolocalizaron las fotos de sus restos calcinados. No figuran porque el Mando de Operaciones Especiales jamás emitió un comunicado sobre ellos.
Pero la categoría que de verdad sangró fue la de los drones, con 25 de las 42 pérdidas. Veinticuatro Reaper MQ-9, a unos 26 millones la unidad, y un MQ-4C Triton, la auténtica joya del catálogo, derribado sobre el golfo Pérsico en lo que el Pentágono llamó «un percance». El Triton ronda los 206 millones de euros y es, junto al E-3 calcinado, el aparato más caro de toda la factura. Solo en aeronaves no tripuladas, la cifra roza los ochocientos cincuenta millones.
Lo paradójico es que esos mismos drones masacrados están siendo la estrella de la campaña. Son sacrificables, sustituibles y también mortíferos; los Reaper hicieron el trabajo sucio que ningún piloto humano quiere ejecutar. Que sean carne de cañón a veintiséis millones la pieza forma parte de su atractivo.
Un gasto mucho mayor
Sin embargo, y a pesar del valor total, todo ese desguace representa apenas un seis o un siete por ciento de la factura total de la guerra. El interventor en funciones del Pentágono, Jules Hurst, cifró ante el Congreso el 12 de mayo el coste de las operaciones en Irán en unos veinticinco mil millones de euros, tres mil cuatrocientos más de lo que él mismo había declarado apenas dos semanas antes. Y esa cantidad, advirtió, no incluye la reparación de las bases aéreas pulverizadas ni el resto de instalaciones.
El recuento del Congreso pone sobre la mesa lo que el Pentágono prefiere mantener en las sombras de lo clasificado. Cuarenta y dos aeronaves que ya sabemos, otras tantas que probablemente nunca aparezcan en ningún parte oficial, y una factura que se reescribe al alza cada quince días. Los únicos que sonríen aquí son los fabricantes de los aparatos. Saben que, con todos estos perdidos, tendrán que fabricar más. Tendrán que darse prisa.
