Declive de la seguridad occidental
«El problema geopolítico que enfrenta el mundo no es una crisis de poder, sino una crisis de liderazgo global»

Donald Trump y Xi Jinping se dan la mano frente al Templo del Cielo de Pekín. | Daniel Torok (Casa Blanca)
Durante las tres décadas posteriores al fin de la Guerra Fría, bajo la égida de la superpotencia estadounidense, tres hitos configuraron la situación global. El primero fue la creación de la entidad denominada Europa, bajo la tutela del paradigma de seguridad estadounidense, ejercida en el marco de la OTAN, lo que proporcionó la laxitud necesaria para desarrollar la arquitectura institucional y poder centrarse en la economía.
El segundo hito se relaciona con el ascenso económico de China, sin optar por un desafío directo al orden imperante, en línea con la fórmula del «ascenso pacífico» adoptada por Pekín durante décadas. El tercero se relaciona con la gestión de crisis regionales como casos aislados y separados, de modo que pudieran confinarse dentro de sus límites geográficos sin afectar al orden mundial.
Este paradigma constituyó el marco de referencia que dio forma a las políticas, estrategias y concepciones académicas durante lo que se conoció como el «fin de la historia» y el «momento unipolar». Pero la guerra actual en Irán ha puesto de manifiesto que esa concepción ya no es válida para interpretar la realidad internacional, predecir su evolución o formular políticas. La cuestión central ya no es cómo gestionar las crisis dentro de un marco sistémico estable, sino quién o quiénes poseen la capacidad de gestionar un nuevo orden internacional en sí mismo y quién establece sus reglas, normas y mecanismos de gestión.
Los europeos han tenido que asimilar una serie de recados amargos procedentes de Estados Unidos desde que el presidente Donald Trump regresó a la Casa Blanca. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se enfrenta a una crisis de identidad estratégica y a una redefinición funcional, con implicaciones para sus capacidades militares operativas, así como para la cohesión de sus miembros, su protagonismo y su supervivencia como entidad. Hoy en día, la OTAN se encuentra bajo una presión creciente, ya que las divergencias dentro de la Alianza se ven agravadas por las exigencias estadounidenses de una mayor participación europea en la respuesta a crisis superpuestas en varias regiones del mundo. Han quedado de manifiesto las diferencias entre las prioridades estratégicas estadounidenses y europeas, ya que se estima que el giro gradual de Washington hacia el Indopacífico afecta a la cohesión presente, así como al devenir a largo plazo de la Alianza.
Redefiniendo la seguridad
La mutación del concepto de seguridad representa uno de los hitos más importantes de la evolución geopolítica contemporánea. La seguridad nacional, que englobaba el poder militar, tanto nuclear como convencional, ha evolucionado hacia un concepto complejo con múltiples dimensiones integradas. Esto incluye la dimensión económica, relacionada con las cadenas de abastecimiento y las finanzas; la tecnológica, vinculada a los semiconductores y las comunicaciones avanzadas; la energética, que abarca la seguridad de los suministros y los corredores de tránsito; el ámbito informativo, relacionado con los datos y la soberanía digital; y, finalmente, el componente de inteligencia artificial (IA), decisivo para las ecuaciones de poder del futuro. Según esta definición adaptada, un Estado capaz de proteger sus redes digitales de intrusiones cibernéticas, asegurar sus cadenas de suministro contra interrupciones o coacciones y garantizar su independencia tecnológica en sectores críticos se habrá vuelto más seguro que un Estado que posea una superioridad militar abstracta sin una base económica y tecnológica sólida.
La Alianza Atlántica lleva debilitándose prácticamente desde el final de la Guerra Fría, ya que dejó de ser el instrumento de una «alianza», aunque conserve el nombre. La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto diferencias notables dentro de la Alianza sobre algunos aspectos del conflicto, entre otras circunstancias por los cambios de opinión del presidente Trump. Pero la historia es mucho más compleja y la guerra iraní impone la colaboración de ambos lados del Atlántico. Estados Unidos necesita a los aliados de la OTAN y es el líder indispensable de la Alianza en el futuro previsible.
Esta transformación modifica las fuentes de disuasión dentro del sistema internacional, ya que las Fuerzas Armadas no son los únicos actores que aportan disuasión, puesto que, a causa de la tecnología, se les añaden complejos fabriles, laboratorios de investigación avanzada, oleoductos, grandes corporaciones tecnológicas e infraestructuras digitales, que funcionan como elementos básicos en la ecuación de lo que viene a denominarse seguridad moderna.
El panorama expuesto obliga a reconsiderar el denominado «poder internacional» a partir de criterios multidimensionales que prioricen las nuevas capacidades sobre las tradicionales. Esto sugiere que los Estados de capacidad militar media podrían, bajo ciertas condiciones, ejercer mayor influencia que las grandes potencias debido a su superioridad en un sector específico de la seguridad integral.
El dilema de Europa
El cambio político radical que representó el periodo histórico posterior a la Guerra Fría se sustentó en una certeza lógica y estratégica: el liderazgo occidental poseía la capacidad estructural e institucional para regular los equilibrios internacionales y evitar la caída en el caos. Se admitía que el sistema atlántico constituía una garantía de la estabilidad global y un «gendarme» permanente, custodio fiable de las reglas del contexto internacional. Pero la respuesta internacional a la crisis actual de Irán ha puesto de relieve un notable retroceso en la capacidad colectiva de Occidente para gestionar grandes crisis, incluida la de Ucrania, poniendo en evidencia la creciente brecha entre el discurso y la capacidad real.
Europa aporta el ejemplo más claro de este repliegue estructural. El continente, cuya arquitectura de seguridad se construyó durante décadas sobre la base de la protección estadounidense y dando por hecho el aparente carácter sostenible del compromiso atlántico con su seguridad, se ha encontrado de repente ante una cuestión existencial: ¿qué sucede cuando el compromiso estadounidense con la seguridad europea se vuelve menos claro, menos dispuesto a actuar en solitario y más preocupado por las prioridades esenciales del Pacífico y su rivalidad con China?
Al gestionar la cuestión desde una perspectiva estratégica, la dimensión táctica queda subordinada. Esto obliga a una reconsideración de los fundamentos de la seguridad europea y abre la puerta a profundos debates sobre la autonomía estratégica europea, si es posible, y, en ese caso, sobre el desarrollo de capacidades de defensa autónomas. La difícil situación no afecta solo a Occidente; también afecta a las potencias emergentes, que se admite que son las más beneficiadas por el declive de la hegemonía occidental.
China y las principales potencias asiáticas, a pesar de su profunda dependencia de la energía del Golfo y la estrecha vinculación de sus economías con la seguridad de los corredores energéticos y la libertad de navegación a través de estrechos vitales, tampoco han podido ofrecer una visión estratégica integrada para garantizar la estabilidad de la región ni, más específicamente, la seguridad de los flujos energéticos mundiales. China, que importaba aproximadamente el 42% de su petróleo de la región del Golfo antes de la guerra, ha abordado la crisis principalmente desde una perspectiva económica pragmática, evitando la intervención directa en materia de seguridad y confiando en la estabilidad que proporcionan los acuerdos de seguridad.
Esta incapacidad general manifiesta una profunda paradoja estructural en el orden internacional actual: todas las grandes potencias se ven afectadas por la crisis, tanto económica como estratégicamente, pero ninguna posee la voluntad política, la capacidad operativa ni la legitimidad internacional para liderar una acción internacional coordinada y decisiva. Se pone así de manifiesto que el problema geopolítico al que se enfrenta el mundo no es una crisis de poder en el sentido de una escasez de capacidades, sino una crisis de liderazgo global para traducir las capacidades disponibles en una actuación internacional eficaz.
Las instituciones internacionales tradicionales, como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, han tenido dificultades para alcanzar un consenso sobre el conflicto, mientras que las alianzas parecen cada vez más fragmentadas. La obsolescencia de la gestión internacional es el reto de futuro inmediato que tiene la comunidad internacional.
Enrique Fojón es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria
