The Objective
Enfoque global

Una «Estrategia Guam» para la OTAN

«La alternativa a la alianza es volver a unos años treinta, pero con armas no convencionales. Europa no está preparada»

Una «Estrategia Guam» para la OTAN

Ilustración generada mediante IA.

Los próximos 7 y 8 de julio se reúnen en Ankara, Turquía, los aliados de la OTAN en la que posiblemente será la cumbre más crucial de sus magníficas casi ocho décadas.

La alianza defensiva de seguridad colectiva más efectiva de todos los tiempos se enfrenta a su momento clave para decidir su supervivencia y continuidad. La tarea no es fácil: debe convencer a propios y extraños de que sigue siendo útil; que, por lo tanto, sigue estando viva; y que no es ya una quimera, meramente una ilusión nostálgica colectiva, sino una alianza todavía vigente que puede transformarse en un nuevo gran pacto transatlántico que sustituya al ya caduco de 1949.

El problema actual

La OTAN existe, pero, a todos los efectos, ha dejado de funcionar. Ya no es útil ni cumple la razón principal de su existencia como alianza de seguridad colectiva para disuadir contundentemente a sus miembros ante una amenaza externa. El énfasis está en la palabra y el concepto de «disuasión». Ya sea disuasión nuclear o convencional.

Las razones fundamentales son el cambio radical en la correlación de fuerzas global y la transformación de la geopolítica ante el auge de China, el revisionismo agresivo de Rusia, el ascenso de potencias del Sur Global, el continuo declive de Europa y la consiguiente recalibración de EEUU en el escenario global ante su cambio de prioridades y su estrategia de contención para afrontar los retos de la nueva realidad.

Europa ya no es la prioridad de Washington ni de la estrategia de EEUU —no solo plasmada en el documento de noviembre de 2025, sino ya incipiente desde la administración Obama en 2009 e incluso desde la segunda Guerra del Golfo en 2003—, ya reconducida hacia el Indo-Pacífico y la rivalidad con China y su contención. El modelo transatlántico tiene que adaptarse al auge del teatro asiático y asumir la nueva realidad geoestratégica global.

La disuasión nuclear de la Alianza hoy en día no es creíble ante la agresión de Moscú en Crimea en 2014 y, sobre todo, tras la invasión de Ucrania en 2022. Pero la retórica y los órdagos del presidente Trump hacia sus socios europeos desde que asumió su segunda presidencia el pasado 20 de enero de 2021, con su giro respecto a Ucrania, además de amenazas a socios en Groenlandia y sus constantes chantajes sobre el cumplimiento de la protección de disuasión nuclear a sus aliados según el estado de ánimo de Trump en ese momento, han dinamitado la solidez de la estrategia de disuasión extendida de la OTAN frente a sus rivales.

Lamentablemente, ante la falta de voluntad política y la disonancia cognitiva de los europeos frente a la realidad imperante desde la mencionada ocupación de Crimea en 2014, la disuasión convencional tampoco es creíble ante las claras deficiencias de las Fuerzas Armadas de socios europeos tras tres décadas y media de dividendo de la paz después de la implosión de la URSS en 1991 y de casi ocho décadas de dependencia endémica del liderazgo americano.

Como en todo proceso de transformación, el momento más vulnerable es cuando los parámetros y fundamentos del antiguo pacto entre aliados a ambas riberas del Atlántico se desvanecen y el nuevo reequilibrio entre ellos todavía no se ha consolidado ni siquiera pactado. La desconfianza aumenta y el reformador, en este caso EEUU, apremia a los conservadores del antiguo pacto, en este caso Europa, a recalibrar y asumir su protagonismo en la defensa del Viejo Continente y, ante una incipiente hostilidad, incredulidad e incomprensión mutua, ambos arriesgan más con la destrucción de la Alianza que con su transformación y adaptación a las realidades geopolíticas globales de mediados del siglo XXI.

Esta tensión, en la primavera de 2026, amenaza con dinamitar la base de la propia Alianza: la disuasión.

La disuasión ocurre en la mente del adversario, y la efectividad y credibilidad de la OTAN para disuadir a agresores potenciales reside en su poder militar, ya sea este convencional y/o no convencional; es decir, nuclear; y en la confianza de que su Artículo 5 —básicamente, su compromiso inquebrantable con la seguridad colectiva de que un ataque a un miembro es un ataque a todos— será aplicado a rajatabla y con efecto inmediato por todos los miembros de la Alianza.

En otras palabras, para que funcione la disuasión de la OTAN, tiene que haber sólidas capacidades y voluntad política de todos los aliados para cumplir sus compromisos.

Es decir, por una parte, tanto Europa como la Federación Rusa tienen que creer sin ambigüedades que EEUU cumplirá con su compromiso y acudirá en auxilio de los europeos, llegando hasta las últimas consecuencias si es necesario.

A día de hoy, ¿todavía existe alguien que crea que Washington va a venir a defender a Europa?

Por otra parte, tanto EEUU, Rusia y/o cualquier agresor potencial tienen que creer, sin ninguna duda razonable, que los europeos están dispuestos a defender sus intereses y sus valores con tal grado e intensidad que harían inviable una agresión convencional y/o híbrida. Esta defensa europea tendría una contundencia tal que la agresión no sería contemplada y, por lo tanto, sería preventivamente disuadida.

En la primavera de 2026, la pregunta es: ¿existe alguien que crea que los europeos están dispuestos a defenderse contundentemente de un agresor y proteger sus intereses militarmente?

Tristemente, la respuesta a ambas preguntas en estos momentos probablemente es negativa y definitivamente no es un contundente «por supuesto» o «sin ninguna duda», y por ello resulta altamente preocupante.

El reto de Ankara

En la cumbre de la Alianza dentro de unas semanas en el Bósforo, Turquía, americanos y europeos lógicamente deberían proponerse comenzar a reconstruir y transformar la Alianza para que ambas preguntas tengan una respuesta afirmativa y que esta sea creíble para propios y extraños.

Así pues, la OTAN regresa a su misión original de 1949 de defensa colectiva y al «gran pacto» entre americanos y europeos de entonces: el famoso «mantener a los americanos dentro, a los rusos fuera y a los alemanes dominados». Lo que no está claro es cómo, ante la realidad geopolítica imperante en el siglo XXI, la Alianza puede funcionar con unos EEUU renunciando a un liderazgo activo y delegando o subcontratando la seguridad europea a sus aliados del Viejo Continente.

Tras el fin de la Guerra Fría en 1991, el debate en Bruselas se centraba en la misión de la OTAN, es decir: «¿Qué hacer?». Ahora el foco se centra en la implementación de dicha misión, es decir: «¿Cómo hacerlo?».

El riesgo de no hallar la respuesta a la pregunta y adoptar e implementar un nuevo modelo en la relación transatlántica es que su falta de credibilidad culmine en su lenta desaparición por inanición, con todos los riesgos que ello conlleva para la estabilidad de Europa. Una posible solución es aplicar a Europa el modelo «Estrategia Guam».

El modelo «Estrategia Guam» de Nixon

El modelo transatlántico está seriamente cuestionado y debe transformarse y dar pie a un nuevo pacto entre los aliados de la OTAN hacia el modelo asiático o la conocida como «Estrategia Guam», implantada por el presidente Nixon en el teatro Asia-Pacífico a finales de la década de los sesenta ante la nueva realidad geopolítica causada por la estancada guerra en el sureste asiático y el equilibrio estratégico global con la URSS.

La «Estrategia Guam», más conocida como la «Doctrina Nixon», fue la política exterior y estrategia anunciada por el presidente Richard M. Nixon en su discurso del 25 de julio de 1969 en la isla de Guam, en el Pacífico central. En ella, Nixon declaró que EEUU esperaba y anunciaba que sus aliados asiáticos, desde Japón hasta Australia y Nueva Zelanda, se responsabilizarían y asumirían su propia defensa militar, específicamente su seguridad interna y las amenazas convencionales, mientras Washington se comprometía a mantener su posición de garante de última instancia.

Es decir, EEUU pasa de ser el garante inmediato de una disuasión reactiva de primera hora a convertirse en la póliza de seguro ante un escenario que implicara una escalada del marco convencional al no convencional mediante su disuasión nuclear extendida. El pilar de esta estrategia es que las fuerzas nucleares de EEUU son las únicas creíbles para Moscú y Pekín. Un pilar que sigue vigente hoy en día.

La estrategia se fundamentaba en tres principios:

1. Obligaciones contractuales: EEUU se comprometía a mantener vigentes los tratados multilaterales y bilaterales existentes. La novedad fue una interpretación más restrictiva de los mismos por parte de Washington.

      2. El paraguas nuclear: EEUU proporciona un paraguas nuclear a sus aliados que se enfrenten a amenazas de otra potencia nuclear.

      3. Defensa y fuerzas convencionales: ante amenazas convencionales y/o contingencias de seguridad internas y riesgos de subversión, terrorismo y crimen organizado, se espera que los aliados asuman la responsabilidad de afrontarlos con sus propios recursos materiales y de personal. Esta obligación y compromiso no excluye una colaboración y apoyo por parte de EEUU para afrontar situaciones puntuales de mutuo acuerdo.

      Una OTAN más europea o su irrelevancia y eventual desaparición

      El futuro de la OTAN y la seguridad europea se definirá por una adaptación acelerada de la «Estrategia Guam» al marco europeo, recalibrando las funciones de los aliados a ambos lados del océano Atlántico. El compromiso serio por ambas riberas del océano con la implementación efectiva de esta transformación será lo que determine el éxito de la cumbre de julio en Ankara.

      El objetivo en julio no es solo devolver la credibilidad de la OTAN como herramienta de disuasión ante potenciales agresores, sino también —y quizá principalmente— ante sus propios miembros.

      La alternativa es volver a unos años treinta, pero esta vez con armas no convencionales. Un escenario para el cual Europa no está preparada.

      Andrew Smith Serrano es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV)

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