The Objective
Enfoque global

El fin de la «pax americana» en Oriente Próximo

«El mundo deberá operar sin un garante claro del orden internacional, en un entorno más inestable, más anárquico»

El fin de la «pax americana» en Oriente Próximo

Quema de banderas estadounidenses e israelíes en Teherán (Irán). | Majid Asgaripour (WANA via Reuters)

El pasado 7 de abril de 2026 se produjo una frenética desescalada de Trump desde su órdago genocida de «borrar la civilización persa» al régimen de los Ayatollahs hasta su posterior legitimación y reconocimiento de estos como interlocutores «de igual a igual» en una negociación en Islamabad, Pakistán. Sería 48 horas después cuando sellaron posiblemente la mayor humillación y descrédito de un presidente de EE. UU. desde Kabul en 2012 y/o Saigón en 1975.

Evitar repetir las debacles del abandono apresurado de Afganistán el 21 de agosto de 2021 por Biden, o el de Saigón (Vietnam del Sur) en abril de 1975 por Ford, ambos dejando a sus aliados, socios y compañeros de armas a su suerte, o como vulgarmente se dice, «en la estacada», debería ser el objetivo de Trump a estas alturas del conflicto. Aunque solo fuera para no repetir el consiguiente batacazo político y electoral de las administraciones Biden y Ford en 2024 y 1976 respectivamente.

De cualquier manera, hay una sensación de «déjà vu» a nivel global ante la encrucijada actual en Oriente Próximo. La misma sensación que tuvieron vietnamitas y afganos deberán estar sintiendo estos días los árabes del Golfo Pérsico y cualquier aliado en Asia, Europa o África que confió en la protección y amparo del «Coloso Americano». Un malestar que antes se sospechaba, ahora parece que definitivamente se confirma.

La decisión de Trump de retractarse de sus amenazas bíblicas, a solo dos horas de cumplirse su ultimátum, no es solo otro ejemplo de su manual de negociación empresarial inmobiliaria transaccional «Art of the Deal», con su ya acostumbrada retirada en el último momento tras declarar una «ambigua victoria» para ceder sus posiciones maximalistas iniciales, más conocida como TACO —«Trump Always Chickens Out» o «Trump siempre se rinde» en español—.

Este TACO es distinto: lo que sucedió en la semana del 7 al 14 de abril visualiza la extrema debilidad y la airada desesperación de un Trump superado ante una negociación que no controla y, sobre todo, su extrema frustración ante la imposibilidad de imponer su voluntad a un actor regional revisionista, aislado y debilitado, que él mismo no consideraba «a su altura». Esto no era China, ni Rusia, ni siquiera sus despreciados socios europeos; este es un régimen que en el pasado enero Trump definió como «agónico», un régimen que tras décadas de ostracismo y aislamiento desde su fundación en 1979, y por un reciente desgaste militar sustancial desde el 7 de agosto de 2023, él mismo decía haber vencido hacía solo diez meses, en junio de 2025 (en la guerra de 12 días).

En un desconcertante giro copernicano, Trump una vez más se contradice repetidamente y cambia totalmente los parámetros de la guerra. Ya no tiene los objetivos del 28 de febrero y el régimen de los Ayatollahs pasa de ser un enemigo a destruir a ser un socio transaccional.

El presidente, al recurrir a una frágil tregua de quince días y aceptar una negociación bilateral en Islamabad, y más aún con los servicios de mediación de Pakistán y de presión de Pekín, sin poner condiciones previas y enviando delegaciones al máximo nivel a Islamabad, ya le han indicado a Teherán su desesperación y le han otorgado al régimen no solo su supervivencia, y por tanto la «Victoria psicológica», sino la iniciativa en la fase diplomática de la confrontación.

La imagen, el protocolo y las formas son determinantes en las negociaciones en Oriente Próximo. Solo el hecho de que los americanos se desplacen a la región y que Teherán haya impuesto su veto en quién encabeza la delegación de EEUU y el formato de estas, ya indica a la audiencia regional y global el nuevo «status» del régimen jomeinista. Todo un éxito ante la audiencia incluso antes de empezar a hablar.

De facto, Trump ha elevado a Irán como la potencia hegemónica regional de Oriente Próximo con la cual ambas deciden el destino de la región, un estatus nunca concedido a nadie, ni siquiera a la URSS en plena Guerra Fría.

El reconocimiento de Washington de su impotencia no solo para poder cambiar el régimen de Teherán, sino siquiera para modificar su comportamiento y objetivos, pasará a la historia como el día en que los EEUU definitivamente perdieron ante la audiencia planetaria su credibilidad como potencia estable, socio fiable, aliado leal y, sobre todo, como garante del orden y de los espacios comunes globales. A partir de ahora EEUU vuelve al redil y será un actor más en lo que Hedley Bull denominó como «la fauna salvaje de la Sociedad Internacional Anárquica».

Se cierra un ciclo geopolítico

Esta «Pax Americana» que comenzó 109 años antes, cuando el presidente Wilson, allá por 1917, dio un giro copernicano a la tradicional estrategia de Washington e intervino en la Primera Guerra Mundial, proclamando a bombo y platillo el comienzo de una nueva era que haría «un mundo a salvo para la democracia», el cual alcanzó su punto culminante tras la Segunda Gran Guerra en 1945 cuando Henry Luce anunció en la revista Life que «El siglo XX es el siglo Americano», y que finalmente en 1991 se consolidó tras la caída de la URSS, ha concluido.

La antigua secretaria de Estado del presidente Clinton, Madeleine Albright, definió a los Estados Unidos en la era global post-Guerra Fría como «La potencia imprescindible», implicando que ningún asunto en la agenda mundial se podía resolver sin la activa participación y consentimiento de Washington.

El poder de la «Hiperpotencia americana», como lo describió el canciller francés Hubert Védrine, era tal que definía este periodo como la «Era unipolar», con comparaciones históricas que igualaban el poder omnipresente del coloso americano con el Imperio Romano o el Reino Medio Chino. Algunos analistas incluso indicaban que se había superado la hegemonía aplastante de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial en 1945, pues tras 1991 no existía ningún rival comparable a la Unión Soviética ni al decadente y obsoleto Imperio Británico. Según Fukuyama se había llegado «al fin de la Historia».

Fue en Oriente Próximo y en la Primera Guerra del Golfo en 1990-91, con la apabullante victoria sobre la tiranía de Sadam Hussein en Irak, donde se demostró ese poder y se instauraron y consolidaron las bases de esta «Pax Americana» en la región, y como aviso a navegantes en todo el planeta.

Tras esta demostración contundente, la sociedad internacional entró en lo que el presidente Bush padre subrayó en abril de 1991 como «el nuevo orden mundial», así como la era de la globalización económica y la institucionalización multilateral de intervenciones puntuales lideradas por la potencia imprescindible en todos los rincones del planeta, pero concentrándose sobre todo en el teatro de Oriente Próximo.

Lo que empezó en Irak en 1991 y con la inconclusa Segunda Guerra del Golfo, otra vez en Irak en 2003-11, además de la debacle de Afganistán 2001-21, parece concluir en esta primavera de 2026 con esta Tercera Guerra del Golfo, esta vez contra Irán (2023-2026).

La región de Oriente Próximo es tozuda e insiste en demostrarnos una y otra vez que una contundente victoria militar según los indicadores y valores occidentales no se traduce en una victoria estratégica y menos aún política. La ingeniería social de importación, sea occidental, soviética o onusiana, no puede trasladar e imponer teorías sociológicas, proyectos políticos, agendas de transición y modelos académicos de una región del planeta a otra, o de un país a otro, sin tener en cuenta su cultura, historia y condiciones específicas.

Como decía el presidente Truman, «toda la política es local», e ignorarlo produce el gran fenómeno actual de incomprensión crónica entre potencias occidentales y sus rivales, que el estratega Colin Gray calificó de «mirarse al espejo» o «la soberbia de apropiarse el monopolio de la superioridad cultural y moral de Occidente ante cualquier contrincante»; es decir, creer que unas medidas específicas y/o un castigo incremental que para un país o sociedad occidental serían brutales, insoportables y provocarían la caída del régimen o su rendición militar, iban a tener el mismo efecto sobre el contrario o «enemigo no occidental», pues no hacerlo sería irracional o incomprensible.

Esta falta de comprensión, conocimiento y confianza mutua, y la estrategia de ambos de mezclar objetivos maximalistas, una retórica errática y unas amenazas extremas, no auguran optimismo para la próxima fase del conflicto.

Tres escenarios posibles

Así pues, una vez desechado temporalmente por Trump el cambio de régimen inmediato en Teherán (aunque uno debe asumir que Trump siempre puede cambiar de opinión si las circunstancias lo exigen y se lo permiten), y desestimada una ocupación inminente militar de Irán por las fuerzas de EEUU, con o sin sus aliados regionales y/o tradicionales, a día de hoy cuenta con tres escenarios posibles para los siguientes días, semanas o meses:

1. Escenario Solución Sayfan. Como en Irak en 1991-2003, tras debilitar al régimen, se abandona por imposible reemplazarlo y se decide contenerlo, aplazando su eliminación para otra década, ¿los 2030?, y otra administración estadounidense o coalición regional. La tregua se extiende, las negociaciones se eternizan y la región explora estructuras de seguridad para Oriente Próximo que contengan a Irán y sin la implicación directa de los EEUU Orden inestable que ante un hecho puntual quiebra y resulta en otra guerra regional para culminar los objetivos no logrados en 2026. Es el escenario más práctico para Trump y los Ayatollahs, aunque es el más inquietante para todos los demás y quizás por eso el más probable hoy en día.

2. Escenario Atlantic City. La frágil tregua continúa, al modo de la tregua de Gaza, y las negociaciones prosiguen a una segunda fase que se estanca. A pesar de cesiones sobre sanciones y garantías por parte de EEUU. de no invadir, los iraníes persisten en su estrategia de victimización e intransigencia, con el objetivo de ganar tiempo y desquiciar al contrario. Interpretan la magnanimidad americana como debilidad y no resuelven ninguno de los tres puntos urgentes de los americanos: el uranio, el Estrecho de Ormuz y los socios del «eje de resistencia». Equivocadamente fuerzan un impasse con Trump al creer que su sueño jomeinista de echar a los EEUU de la región definitivamente está al alcance de sus manos.

Trump vuelve al punto de partida de principios de abril, pero más débil, con su credibilidad muy dañada, y con menos opciones —su síndrome TACO o como el relato de Andersen de «Pedro y el lobo» ya comienzan a definirle—. Ya entiende que si quiere sobrevivir políticamente ante su electorado no puede volver a ceder y decide doblar la apuesta.

Los EEUU, con una ofensiva aeronaval devastadora y una intervención puntual de efectivos en la isla de Kharg y quizás la ribera oriental del Estrecho de Ormuz y las refinerías de Abadán. Apuesta muy arriesgada que, si fracasa, dinamita su presidencia y la región y, si tiene éxito, resultará en salvar su presidencia a costa de convertir a Irán en Estado fallido, desestabilizando la región por una generación o varias.

3. Escenario Le Duc Tho 1973. Similar al escenario anterior en los dos primeros párrafos, solo que en vez de doblar la apuesta, Trump decide continuar las negociaciones paralelas con el régimen de Teherán para así buscar una declaración conjunta justificando su retirada militar de la zona y la arabización o regionalización de la seguridad de la región, con apoyo político y logístico simbólico a sus antiguos socios del Golfo, Israel y Turquía, a cambio de una promesa de no desestabilizar la región mientras dure su mandato, es decir, hasta enero de 2029.

Hay dos precedentes estimulantes a este escenario, pues ya en 1973 los Acuerdos de París entre Kissinger y Le Duc Tho, que a cambio de la retirada militar de EEUU y la vietnamización del conflicto, permitieron un nuevo orden comunista en Vietnam, o como hizo el mismo con los talibanes en Doha en 2020, que selló la retirada americana de Afganistán a cambio de aplazar la ofensiva talibán para después de enero de 2021 y causó la consiguiente debacle de Biden el 21 de agosto de 2021.

El añadido atractivo de este escenario para Trump es que en 1973 los Acuerdos de París les dieron el Nobel de la Paz a sus gestores, Le Duc Tho y Henry Kissinger. Algo que todavía ansía el empresario inmobiliario de Queens en su segundo mandato. Por lo tanto, aunque no sea probable, tampoco es imposible y no se puede descartar.

Alternativa del diablo: ningún escenario es prometedor

La sabiduría popular indica que «A la tercera va la vencida» y, tras 45 días de esta Tercera Guerra del Golfo, todo indica que nos encontramos ante un fin de ciclo y el principio del fin de la era de «Pax Americana» en Oriente Próximo, que se consolidó allá por 1991. Las próximas semanas serán decisivas y la actual incertidumbre y caos sobre la continuación o no de las hostilidades, así como sobre el futuro inmediato de este conflicto, no afecta la realidad geopolítica y estratégica a la vista de todos de lo ocurrido en las últimas seis semanas y, sobre todo, desde el pasado viernes 11 de abril en Islamabad.

A partir de ahora las cancillerías, consejos de ministros, foros académicos, juntas empresariales y las élites globales tendrán que evaluar, analizar, diseñar y actuar en un mundo sin un denominador común, sin un mínimo garante multilateral del orden y del derecho internacional. Un mundo más darwiniano, más inestable, más anárquico, más transaccional y, sobre todo, más caótico e impredecible, donde quizás, como decía el comisario de Exteriores soviético Maxim Litvínov ante la incorporación de la URSS a la Liga de Naciones en 1934, «si fracasa la Liga en esta década, la única regla imperante será que no hay reglas».

Andrew Smith Serrano es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.

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