Irán… ‘What happens’?
«¿Nos creemos, o no, que una guerra no es una cuestión estrictamente militar, sino, en última instancia, política?»

Columnas de humo tras explosiones registradas en Teherán. | Shadati (EP)
Las protestas masivas en Irán se acentuaron entre diciembre de 2025 y febrero de 2026. Los ataques combinados de Estados Unidos e Israel se iniciaron a fines de ese mismo mes de febrero. Antes, se dio la llamada «Guerra de los 12 días».
Lo llamativo es que, en varias de las manifestaciones habidas en Irán, previamente a la guerra vigente, aparecieran banderas monárquicas, cuando el «hombre de Washington» en Irán es Reza Pahlevi. Como su nombre recuerda, un hijo del Sha de Persia, cuyo régimen fue destruido por Jomeini, en la revolución chiita de 1979.
Las piezas del puzle encajan bien: zona gris estadounidense (e israelí) preparando esa movilización masiva de civiles, puertas adentro, que debía ser espoleada por un ataque militar que viniera desde el exterior para, debido a esa doble presión, doblegar al régimen de los ayatolás. No es la más estúpida de las estrategias que he detectado en las últimas décadas. Pero tenía flecos, y, de hecho, fallaron varias cosas. A saber:
- 1) Falta de sincronización entre los actores (patrocinadores externos y proxy interno). Es un tipo de error bastante frecuente, ya que, por un lado, no dejan de ser dos actores distintos y, por otro lado, una comunicación demasiado explícita y continuada entre ambos, por canales más o menos ordinarios, podría ser delatadora. Si las manifestaciones contra el régimen iraní no hubieran sido reprimidas antes del inicio de la guerra, lanzadas en el momento oportuno, habría habido una posibilidad real de colapso del régimen.
- 2) El candidato no era idóneo. No me refiero a sus credenciales personales, que quizá lo sean. Me refiero a su perfil… ¿Cómo unos países —Estados Unidos e Israel— que se autodefinen como adalides de la democracia, apuestan por el hijo de un dictador para terminar con un régimen político que, a pesar de tener votaciones periódicas, deja bastante que desear desde estándares liberal-democráticos? Es más… ¿Acaso no cabía esperar que la mayor parte de la sociedad iraní se acuerde de que el padre del candidato de Occidente ya llegó al poder, a su vez, en 1953, a partir de un golpe de Estado fomentado desde Occidente, contra un gobierno que sí era democrático? Son malos antecedentes. Si la política acaba siendo, básicamente, comunicación, esta no era la mejor estrategia.
- 3) Exceso de confianza en que la mayor parte de la población iraní estaba contra el régimen actual. Error grave, recurrente y que forma parte del etnocentrismo propio de Occidente. En efecto, hay gente, incluso ilustrada, que cree que la democracia constituye algo así como la normalidad histórica, y que, por ende, cualquier régimen que no encaje con los estándares democráticos occidentales es una anomalía. El problema de esta aproximación estriba en que la realidad es… Justamente, la contraria.
De hecho, por más vueltas que le he dado al tema, durante años (y alguna década) todavía no he hallado ningún caso histórico en el que se haya dado una revolución por la democracia. ¿La francesa? Para nada: hasta sus más destacados líderes, con Robespierre a la cabeza, eran monárquicos (en un contexto absolutista, detalle no menor). Para muestra, un botón. La cita siguiente es de un libro de Saint-Just, titulado El espíritu de la revolución (1791, ojo a la fecha) y remite a lo que gritaba la multitud, enfervorecida: «¡Viva Enrique IV, viva Luis XVI y mueran Lamoignon y los ministros» (pág. 11 de la edición de Malinca Pocket, de 1965).
Lo que sí había era una crisis económica galopante, mediada por un factor estructural (la ruina financiera gala tras contribuir a la independencia de las 13 colonias británicas de América del Norte) y otro coyuntural (tres años consecutivos de malas cosechas, con un encarecimiento subrepticio y exagerado del precio del pan: alimento básico de una población ya empobrecida). Y podría añadir más: las consecuencias del Tratado de Eden, con el Reino Unido, claramente sesgado en beneficio de los británicos.
En definitiva, que haya un sistema no homologable a los estándares de democracia liberal occidental no es sinónimo de falta de apoyo popular. Puede darse eso, pero son dos cosas diferentes, y no es lo usual. En todo caso, si tanta oposición popular hubiera habido, también se habrían dado sucesivas oleadas de movilizaciones populares contra el régimen del difunto Khamenei, tras la represión inicial. Pero no ha sido el caso. Eso es lo que alentaba Trump con sus discursos. No es una estupidez. Pero, por los motivos indicados, tampoco es viable.
También podría generar cierta ilusión (óptica) el hecho, muy comentado estas semanas, en círculos periodísticos, de que Irán no es una sociedad homogénea. En efecto, cerca de un 60% de su población es persa y chiita. Pero eso implica que un 40% no tiene ambos atributos, ya sea por no ser persas (los azeríes —que son cerca del 20% de la población y turcomanos—; así como una pequeña minoría árabe), o por no ser ni persas ni chiitas (buena parte de los kurdos). Ya, pero, de nuevo, frente al dato, hay que hacer dos observaciones. Una empírica y otra conceptual. La primera: ¿Cuántas sociedades y naciones en el mundo son culturalmente homogéneas? Esto haría las delicias de Karl Popper. Pero me interesa más la parte conceptual. La mente occidental está muy contaminada de nacionalismo Volkgeist. Pero no es el único posible, ni el más habitual.
Es más, de acuerdo con el teórico alternativo del nacionalismo Ernst Renan, en su obra ¿Qué es una nación? (1882), una nación (no hablo de mera sociedad ni de Estado) no se constituye necesariamente a partir de homogeneidad cultural alguna, sino, sobre todo, a partir de la «voluntad» de construir un proyecto político compartido. No cito página y editorial, porque este librito es una conferencia publicada, relativamente corta, y cualquiera la puede hallar en internet.
Dicho lo cual… ¿Cuál es el driver, que permite que sociedades culturalmente heterogéneas se conviertan en auténticas naciones, lo que implica un plus de cohesión? Siempre según Renan: el hecho de «sufrir juntos». Efectivamente, el sufrimiento común es el cemento social. De este modo, paradójicamente, Irán podría salir reforzado, como nación, gracias a los ataques de Estados Unidos e Israel. Lo mismo que Ucrania (también culturalmente heterogénea, como bien sabía Putin) está saliendo reforzada como nación (aunque esta vez sí, anulada como Estado viable), tras la invasión rusa.
Michael Novak le llama a esto «doctrina de las consecuencias indeseadas», en lo que constituye una advertencia acerca de que deberíamos ser más prudentes (esa virtud tomista) a la hora de planificar la destrucción de regímenes políticos. Lo que nos invita a ser más realistas, en el doble sentido del término (coloquial y académico). De este interesante autor les invitaría a leer, sobre todo, Libertad con justicia (1992). En la edición en lengua castellana de Emecé, pág. 53, puede leerse: «muchos actos bienintencionados provocan consecuencias, no solo distintas de las deseadas, sino, literalmente, perjudiciales».
En todo caso, para una comprensión básica de la teoría de Novak que aquí cito cabe leer un texto más corto, a saber: Errand into the Wilderness. Nueva York: The Heritage Foundation (1989).
Puede parecer de sentido común, pero no debe serlo tanto cuando erramos, una y otra vez. Se trata de uno de los pilares de la teoría política liberal-conservadora, desde los tiempos de Adam Smith y Burke, en cuyas obras del siglo XVIII ya podemos rastrear los orígenes de una modestia política obligada a tenor de nuestras limitaciones ónticas que, en las décadas posteriores, hemos ido perdiendo de vista. Y así nos va.
Hasta ahora hemos visto las cosas que se han intentado desde Estados Unidos e Israel, y que han salido mal. Así como las razones de ello. Pero hay más que añadir, incluso en un análisis corto, como éste. Porque estamos en una tregua (o algo así).
¿Cómo les puedo contar lo que sucede de modo rápido y ágil? Pues quizá planteando una pregunta retórica. Veamos…
¿Acaso no hemos visto, hace pocas semanas, que Alemania decía que ya podía suministrar más misiles Patriot a Ucrania, porque ya no tenía? ¿Acaso no hemos visto, más recientemente, que Suiza se enfadaba con Estados Unidos porque no le estaban suministrando los misiles Patriot que ya tenía contratados? Eso son hechos. Ahora viene la reflexión que los acompaña.
Hay un dicho militar que dice que, mientras los aficionados discuten de estrategia, los profesionales lo hacen de logística. La realidad es un poco más matizada: los aficionados no saben de nada. Pero se preguntan, es verdad, por la estrategia de los demás (en su caso, la de salida). Lo que no equivale a saber de estrategia.
Lo de Irán buscaba un cambio de régimen, que aceptara cancelar su programa nuclear, ante la imposibilidad de invadir militarmente un país de tamaña extensión, con unos 90 millones de habitantes y una orografía más que complicada. Punto. A lo que hay que sumar la presión ejercible desde otros lares, debida a errores del pasado (acabar con Sadam Husein propició el auge de grupos chiitas, mayoritarios en Irak, ahora dispuestos a apoyar a Irán). Para ello, se ha empleado una estrategia no tan vieja, que dio un resultado espectacular en la guerra de Irak, de 2003, pero solamente en su primera fase. Me refiero al shock and awe que el lector podrá leer, detalladamente, en el libro Shock and Awe: Achieving Rapid Dominance, de Harlan Ullman y James Wade (1996). Herederos del éxito previo de la guerra de 1991, ambos autores expusieron un modelo que permite, teóricamente, derrotar al enemigo mediante unos ataques tan rápidos como contundentes (con preponderancia del factor aéreo y/o misiles de crucero) que su capacidad de tomar decisiones racionales, de coordinar las fuerzas remanentes, y de frenar el descontento social, sea reducida a mínimos inaceptables. Esa es la estrategia y esa es la teoría. Insisto: no es ninguna estupidez. Pero ya hemos visto, al principio de este artículo, lo que ha fallado, y los motivos subyacentes.
En realidad, falla que, otra vez, nos olvidamos de los clásicos. El tratado de Clausewitz, De la guerra (1832), sigue vigente. No en sus aspectos operacionales y tácticos. Sí, precisamente, más arriba: la «trinidad» es lo importante. El problema es que puede llegar a ser más sólida en sistemas no democráticos que en sociedades liberal-democráticas. Por eso Estados Unidos perdió en Vietnam, pese a haber podido ganar esa guerra, en términos estrictamente militares. Ya, pero… ¿Nos creemos, o no, que una guerra no es una cuestión estrictamente militar, sino, en última instancia, política? Ahí está la clave de bóveda del edificio conceptual estudiado.
Entonces, estamos llegando al final de nuestro argumento, pues también lo hacemos al final del espacio disponible para este artículo. No se puede entrar por tierra en Irán porque la sociedad estadounidense no permite que lleguen miles de cadáveres de tropas propias en ataúdes. Y la UE (o algunos de sus países) ni siquiera pueden enviar buques de guerra a Ormuz, por el mismo motivo.
¿Y dónde han quedado los Patriot? Es la logística: objeto de discusión de los profesionales. Vayamos al grano: no tenemos municiones suficientes para suministrar a nuestros sofisticadísimos sistemas de armas. Porque son muy caras y no tan rápidas de producir. El coste unitario de cada misil antiaéreo oscila entre 0,5 millones y hasta 4 o 5 millones de dólares, en función, sobre todo, de su alcance. También tiene que ver con su sistema de guía, pero ahí el cálculo se complica, pues si son de guía semiactiva —algo bastante frecuente— habría que prorratear el coste, no menor, de los radares y direcciones de tiro, encargados del seguimiento y enganche, desde tierra o la plataforma naval correspondiente, de cada objetivo (lo que encarece el cálculo de costes).
Este pecado (grave) es típico de todos los países occidentales. No tanto de Rusia o de China, cuya mentalidad es distinta. Más realista, digamos. Ellos pueden tener problemas al cabo de años de guerra; en Occidente, al cabo de días o, a lo sumo, semanas, de guerra. Al final, la conclusión es paradójica: en la era del C4ISTAR, de la hiperconectividad, de la irrupción de nuevas tecnologías —y doctrinas—, vinculadas a otras tantas Revoluciones en los Asuntos Militares, volvemos a lo básico: Clausewitz, municiones y personal. O, mejor dicho, a nuestro pesar, al olvido de Clausewitz y a la falta de municiones y de personal (que pueda ejercer su misión) como variables explicativas de los fracasos. Las cosas no están cambiando tanto, no.
Josep Baqués es investigador asociado al Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria
