The Objective
Obituario

Garaicoechea, la esperanza frustrada del PNV

«Un político al uso de nuestra primera democracia con el que la UCD e incluso el PSOE se podían entender»

Garaicoechea, la esperanza frustrada del PNV

Carlos Garaicoechea, primer lehendakari de la democracia. | EFE

«Pasó de arruinar el ‘fuagrás Mina’ a intentar destruirnos a nosotros». Xabier Arzalluz, tan ingenioso él, retrató así al presidente del Gobierno vasco, Carlos Garaicoechea —con «c» y «h», que así figuraba en la primera composición de aquel Ejecutivo—. El «cura» Arzalluz no ahorraba sarcasmos cuando se refería al que había sido su elegido. Para él, su pecado —sabía bastante de ello en confesiones varias— no radicaba en el daño que le profesaba, sino en el crujido infinito que perpetró en el PNV. La verdad es que el acto de ruptura entre ambos lo presencié en directo. Era una noche nublada de enero y en un seminario —¿dónde si no?—, el antiguo de Artea; allí el PNV se quebró en dos facciones. Todo, según era el argumento nacionalista, por una fuerte discrepancia en una ley fundamental que se adornaba con siglas propias de una hormona: la Ley de Territorios Históricos, LTH, que trataba de articular el futuro del invento grotesco del padre fundador, Sabino Arana. Euskadi. En un lado guerreaban los partidarios de la supremacía de un poder central, la «lehendakaritza», con los que, enfrente, intentaban que fueran los territorios forales los que ostentaran la primogenitura del país. Al fin, no se engañen, la gresca era, como casi todas las que se cuecen en el seno del nacionalismo empresarial vasco, una cuestión de dinero, de pesetas entonces. La riña entre parecidos, nunca hermanos, terminó en una especie de combate nulo en el que los dos púgiles principales quedaron magullados. Allí saltó por los aires el PNV que había regresado de su exilio dorado —¿cuánto podría hablar la CIA de ello?— del brazo del dúo Ajuriaguerra-Irujo, no del decaído caballero Luis María Leizaola, que durante nuestra Transición no gozaba de otra ocupación que no fuera vender no sé cuántos tomos de la Enciclopedia Vasca. Algunos, sin éxito alguno, claro, al que suscribe.

Garaicoechea nunca fue el hijo político de Arzalluz. Lo pescaron en Pamplona cuando era directivo, o jefe supremo, del «fuagrás» Mina, un elemento untable cuya mejor virtud radicaba en que no era tóxico del todo. Garaicoechea era navarro y guapo, cosa que ni siquiera Miguel Induráin ha podido acumular. Era el contrapunto radicalmente masculino de Adolfo Suárez, con el que —ya nadie parece recordarlo— tejió los últimos pespuntes del Estatuto actual de Guernica, el que ahora el PNV quiere liquidar. El Estatuto sufrió mil vicisitudes, todas tendentes a la agonía, hasta que el jefe del Gobierno español llamó a la Moncloa al vasco converso, entonces «jeltzale» indiscutible del PNV resucitado, y en unas cuantas noches de vela dejaron visto para la sentencia del posterior referéndum que en el PNV tildaron de esta guisa: «Es solo una copita de champán y como tal hay que bebérsela». No convenció ni tras las Montañas Rocosas de Pancorbo ni Ebro abajo, entre otras lindezas porque en el peneuvismo de entonces se saldaba con heridos otra de las pendencias endógenas: la pelea a primera sangre entre los buenos, los que moraban en Vitoria y Bilbao, y los malos, los chicos de Antón Ormaza, que tenían por sede el puerto de Bermeo, los «bermeanos» de los Beitia así dichos.

Ya partido en dos el PNV, Garaicoechea, que se creía imbatible en una gran parte del electorado, fundó, enarboló más bien, una escisión a la que llamó, tras algunas dudas, Eusko Alkartasuna, un partido de acogida al que rápidamente situó en el nacionalismo radical, independentismo, vaya, y en la socialdemocracia. Él, que como nacionalista antiguo y muy europeo —«Nosotros lo somos y mucho», solían decir en el histórico Hotel Ercilla del Bocho—, había pertenecido a la democracia cristiana de los Adenauer y compañía. O sea, siguiente quebranto que el pueblo vascongado, tan apegado a sus raíces de fe, comprendió de forma contestada y alicorta. Garaicoechea cayó en Artea y fue sustituido por un militante disciplinado de «gafa limpia» como José Antonio Ardanza, extraído para la sazón desde la Diputación Foral de Guipúzcoa. Se marchó Garaicoechea con bastantes de los suyos, los que un día le recomendaron —¡fíjense cómo es la vida política incluso en el País Vasco!— que hiciera las paces solo un ratito para pactar con su feroz enemigo —el «cura» lo apodaba él— un acuerdo que reuniera en Estella, Navarra, a todos los que en el País Vasco y Navarra transpiraran nacionalismo de trinchera. El acuerdo se cerró porque los firmantes se ciscaron de miedo ante la acometida democrática del españolismo tras el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco. «¡Vienen a por nosotros!», gritaron y se pusieron a abrazarse. Bien es cierto que por entonces ya Garaicoechea respiraba más fuerte al alimón con la izquierda nacionalista, Aralar primero, y después directamente, al cabo del tiempo, Sortu y Bildu. Se situó por tanto en el «abertzalismo», una posición ultramontana muy alejada de sus tiempos de ejecutivo «bellezón» de la Plaza del Castillo pamplonesa.

Fue en su momento, ciertamente, la esperanza frustrada del PNV, un político al uso de nuestra primera democracia con el que, según se creyó, la UCD e incluso el PSOE se podían entender. Un fiasco, como hemos visto. Garaicoechea fue, en todo caso, un hombre de ademanes y voces amables que disfrazaban su enorme radicalismo posterior. Alejado finalmente de toda vanidad política, se recluyó en donde había venido y, en los últimos tiempos, muy recientes, pareció seguir un camino similar al de Arana y su pastelera «Carta a los Vascos Españoles», es decir, una retrocesión hacia la razón para la que ya no había caso: había pasado demasiado tiempo. Le recuerdo, vestido con un impecable jersey amarillo de cachemir, respondiendo de esta guisa a unos curiosos periodistas que le habíamos asaltado literalmente en Ajuria Enea: «Tú —le preguntamos—, ¿con quién vas cuando juega España?». Respondió con una media sonrisa que no trastornó su rostro de comedieta yanqui: «Mis hijos, no creáis, sí que aplauden». Garaicoechea, que se me olvidó, tenía una jefa de Gabinete nacida en Albacete.

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