The Objective
El rincón de Espe

Albert Boadella: «Ahora es un orgullo que te llamen facha»

El dramaturgo conversa junto a Esperanza Aguirre sobre Cataluña, censura cultural y la pérdida de sátira en el teatro

Albert Boadella (Barcelona, 1943) llega a El rincón de Espe con una biografía difícil de contener en una sola etiqueta. Fundador de Els Joglars y convertido desde los escenarios en azote satírico del poder, fue perseguido durante el franquismo y hace tiempo que su figura quedó asociada a una crítica frontal del nacionalismo catalán, culminada en su presidencia simbólica de Tabarnia durante los años más duros del procés. En esta conversación, Esperanza Aguirre —durante cuya presidencia en la Comunidad de Madrid Boadella dirigió los Teatros del Canal— y el dramaturgo hablan de la degradación de Cataluña, del papel clave del PSC en el auge del separatismo y de una cultura que, a su juicio, ha perdido capacidad crítica al quedar atrapada entre la subvención y la autocensura.

PREGUNTA.- Bueno, Albert. Muchísimas gracias por haber querido venir a El rincón de Espe. Y bueno, no sé si a nuestros espectadores, pero yo es que tengo unas imágenes de tu vida muy curiosas. Una vez que te escapaste, no me acuerdo si era de un hospital, de una comisaría o de una cárcel, uniendo las sábanas, como en las películas, y te tiraste por la ventana.

RESPUESTA.- Eso es una leyenda.

P.- Es leyenda.

R.- Me escapé vestido de médico, disfrazado de médico y con un bigote todo moreno.

P.- Sí, sí. O sea, que durante el franquismo te persiguieron, ¿no?

R.- Sí.

P.- Ahora me imagino que te llamarán «facha» y «franquista» y todas las barbaridades porque no estás de acuerdo con el independentismo.

R.- Es que ahora, que te llamen facha… uno se enorgullece.

P.- Yo les he dicho que soy la reina de la fachosfera.

R.- Que te llamen «facha» significa que vas por buen camino y a mí me han llamado de todo. Pero la gente se cansa y te dan por imposible.

P.- ¿Ya te han dejado en paz? Porque te molestaban en el sitio donde vives, el sitio maravilloso.

R.- Me hicieron toda clase de barbaridades: me cortaron los cipreses, me tiraban las basuras… Pero se han calmado. Quizás porque su revolución —aquella que tenía que llevar a esa separación del Estado que buscaban— ha fracasado. Y ahora empiezan con un tema, que este ya es esperanzador, que «todos los políticos son iguales». Bueno, algo es algo.

P.- Porque antes los buenos, los nacionalistas todavía mejores, los independentistas… Y los españoles éramos todos malos, evidentemente. ¿Tú crees que algo ha mejorado?

R.- En absoluto. No ha mejorado nada. Cataluña se ha degradado mucho en todos los sentidos.

«El PSC ha sido el máximo responsable del crecimiento del separatismo»

P.- Yo creo que el PSC tiene mucha culpa. ¿Tú qué opinas?

R.- El PSC ha sido el máximo responsable del crecimiento del separatismo.

P.- Presumiendo de que no eran separatistas. Muchos amigos míos votaron a Illa.

R.- Traicionaron a sus electores, porque el 80% de los socialistas —su mayoría en Cataluña— eran gente que habían venido al mundo de la emigración, etcétera, y por lo tanto no tenían nada que ver.

P.- Los votantes, pero los líderes… Maragall era de una familia muy conocida en Cataluña y muy reconocida.

R.- Pero no hay que olvidar que el abuelo —gran poeta, por otro lado—, ya cojeaba.

Foto: Víctor Ubiña

P.- ¿Cojeaba ya?

R.- Sí, de este lado. O sea que en el fondo…

P.- ¿Y su Oda a Espanya?

R.- Sí, bueno, pero al lado de España, Maragall es algo duro.

P.- Y luego, Montilla era un tío andaluz. Y sin embargo…

R.- Es que los conversos a veces son los más feroces.

«Ha ganado lo que llamaríamos la Cataluña rural sobre la Cataluña ciudadana. Toda esa idea del catalanismo viene de la Cataluña rural»

P.- También es verdad.

R.- Y eso en Cataluña ha sucedido muy a menudo. Se ve en los apellidos, los nombres…, la gente que ha venido de fuera y que, de golpe, han querido ser los más.

P.- En el País Vasco ha pasado también algo de esto, para que no les llamaran maquetos.

R.- Además hay que recordar otra cosa muy importante de Cataluña: ahí ha ganado lo que llamaríamos la Cataluña rural sobre la ciudadana, es decir, lo que es el mundo rural, las ideas del mundo rural —mucho más ancestrales, en cierta medida, en relación con las cuestiones catalanistas—, son las que en el fondo se han impuesto incluso sobre el mundo ciudadano. Toda esa idea del mundo del catalanismo, esa pequeña paranoia o gran paranoia con el resto de España, todo eso viene de la Cataluña rural. No existía en la Cataluña ciudadana, la de las grandes ciudades como Barcelona o Tarragona. Aunque en Gerona sí, porque siempre ha sido la más proclive al separatismo.

P.- Eso es algo que yo he hablado con mis amigos, que la mayoría de mis mejores amigos son catalanes y voy mucho a Cataluña, que mucha gente, españoles de fuera de Cataluña, se cree que los catalanes son independentistas, pero no es verdad. Entre los votos de Esquerra Republicana y los de Junts per Catalunya no llegan al 25% de los que van a votar.

R.- Pero olvidamos que las mayorías silenciosas son tremendas. En todos los países sucede lo mismo. Estas mayorías silenciosas que no dicen nada y dejan hacer, y en el caso de Cataluña…

P.- Pero dejan hacer porque yo creo que si te manifiestas a favor de algún partido español, como el Partido Popular, te cancelan.

R.- Por supuesto, pero hay un momento en que lo que importa es el voto, pero una parte importante de la mayoría silenciosa no vota muchas veces.

P.- Bueno, han votado bastantes, casi el 60%, un porcentaje muy alto.

R.- En Cataluña lo peor ha sido dejar hacer. Porque al principio no parecía nada, poco más que un juego del regionalismo, una cosa folclórica. Pero detrás del regionalismo, especialmente en Cataluña, está la idea del «nosotros somos distintos, incluso mejores que ellos».

P.- Ya dijo Pujol que el hombre andaluz era una cosa horrorosa.

R.- El hecho diferencial siempre es en función de que uno es mejor que el otro.

P.- Aquí hubo hasta racismo, que se dijeron algunas cosas… Yo creo que mucha culpa la hemos tenido los que hemos estado en los Gobiernos nacionales. Desde luego, el Gobierno de Rajoy hizo un 155 que duró muy poco tiempo. Además, teniendo 186 escaños, no quiso meter en el 155 a TV3. Y yo creo que eso no fue útil.

R.- Fue un error muy grande. Pero los hay que vienen de lejos. Y además, hay uno que es constitucional, qué le vamos a hacer, que es el de regiones y nacionalidades. Ahí empieza el asunto. Yo creo que eso no debía haber sucedido. Y otra cuestión: la autonomía, es que hay que andarse con mucho cuidado con los privilegios en un Estado. En realidad, no debería haberlos, porque si los hay, dejan de formar parte del Estado, que es clarísimamente lo que tenemos en el País Vasco.

P.- Y en Navarra.

R.- Y en Navarra, que viene heredado de muchos años, pero que había que cortar. Había un momento en que había que cortar esta situación.

P.- Y a Cataluña se le ofreció tener un concierto como el del País Vasco y Navarra —esto me lo contó a mí Anasagasti—, pero Miquel Roca dijo que no, porque lo de recaudar los impuestos era muy poco popular… Pero yo quiero hablar contigo de teatro. ¿Cómo ves el teatro de hoy? ¿Crees que se pueden seguir haciendo burlas de muchas cosas como tú has podido hacer con tanto éxito durante tantos años?

R.- Bueno, el teatro de hoy es un teatro con un envoltorio mucho mejor que el de hace 50 años, sin duda, porque hay más dinero y…

«El contenido del teatro actual es insustancial, no refleja profundamente a la sociedad. No sirve para satirizar»

P.- ¿A qué llamas el envoltorio?

R.- Envoltorio, digamos… Nada que decir de los actores, nada que decir, pero sí del contenido. El contenido es insustancial, que no refleja profundamente a la sociedad, sino en pequeñas cosas, historias de parejas, de tríos… Pero no se reflejan los aspectos profundos de una sociedad. No sirve para satirizar, porque es muy importante que el teatro satirice. Por eso yo siempre reivindicaba a Molière. Ya te decía cuando eras presidenta de la Comunidad que eras la Luis XIV a mi Molière, director de los Teatros del Canal. Siempre he reivindicado que el teatro tiene que tener una función crítica sobre la sociedad, el entorno y los auténticos poderes. Muchas veces el poder es simplemente un elemento simbólico, pero a veces el poder está escondido y el teatro tiene esta dimensión, este poder escondido que la gente no ve, el teatro es capaz de retratarlo, y eso ha desaparecido por la intervención del Estado en el teatro. Porque no digo que el Estado no tenga que construir magníficos teatros, porque difícilmente una empresa privada lo puede hacer. Una cosa es el contenido, pero una vez hecho, que se espabilen y que seduzcan al cliente, que seduzcan al espectador. Y este es el problema: que hay un cierto complejo de vasallaje por parte de los artistas. Se sienten vasallos de un Estado que reparte…

P.- Se sienten vasallos porque lo son. Ya lo ha dicho Milei. Si usted, para expresarse culturalmente, necesita que le dé dinero el Estado, ya no es usted un artista, sino un funcionario, y por lo tanto no puede criticar al que le paga.

R.- Después se depende directamente de los Gobiernos, pero ya, según el Gobierno, se reparte a uno o reparte a otro. En general, los que reparten mucho siempre han sido los de izquierdas. Por eso el 90% de mi profesión están todos a la izquierda.

Foto: Víctor Ubiña

P.- Y no solo tu profesión. Los centros de producción ideológica —las guarderías, los colegios, los institutos, las universidades, los guionistas, por supuesto de teatro, a los de las series de televisión, los productores de películas y de series de televisión, las editoriales…— tienen una ideología socialista y woke.

R.- Es que nunca antes nos habíamos encontrado en una situación en la que el sector artístico esté inclinado estrictamente hacia un lado, en un 90%. ¿Así que, qué libertad existe? Es decir, ¿cómo puede existir libertad de pensamiento y de acción en el caso de mi profesión, en una profesión que un noventaipico por ciento es de izquierdas? Que haya gente está bien, pero por lo menos el 50%, no un 90%. Eso demuestra la dependencia de las subvenciones, de los regalos que un Gobierno hace en un momento.

P.- En el mundo del cine se están dando dinerales a películas que se producen pero no se estrenan.

R.- No se estrenan porque no interesan.

P.- Y si se estrenan, no va nadie.

R.- No interesan para nada.

«La censura que yo he sufrido en los últimos tiempos no tiene comparación con la censura de la época de la dictadura»

P.- Me han dicho que el autor de una película que se llamaba Airbag, que era bastante bueno, con bastantes bromas contra todo el mundo o sátiras de la gente, no le han vuelto a encargar una sola película.

R.- Claro.

P.- Y esto debe ser de los noventa.

R.- La censura que yo he sufrido en los últimos tiempos no tiene comparación con la de la época de la dictadura. La de entonces era clara y concreta. Por supuesto que te cortaban.

P.- «Usted no se mete con Franco».

R.- En los textos te decían eso. «Eso usted no lo va a hacer». «Vale, de acuerdo». Había una ventaja: el público sabía que estábamos censurados. Pero la censura actual es a través de los programadores, que como están sujetos a concejales o a consejeros de Cultura de un determinado partido, pues no escogen cosas que creen que al concejal o al consejero no le van a gustar, que es terrible. Es una estructura dura, maligna en el fondo, porque hay una censura encubierta o, peor aún, autocensura por parte de los propios creadores, que piensan: «Si me meto en este berenjenal, voy a tener problemas».

P.- Y que le van a cancelar.

R.- Exactamente. Y este es, yo creo, el problema más grave que está sufriendo en este momento el teatro.

«Los premios Goya son un sucedáneo del PSOE»

P.- El teatro. Y yo creo que también el cine, fíjate.

R.- Yo hasta diría que el cine un poco más.

P.- Todavía más.

R.- Porque vemos los espectáculos de los premios Goya, normalmente, pues todo lo que se dice, pues en general ya sabemos de qué va. Es un sucedáneo del PSOE.

P.- Sí, sí, desde luego. ¿Y qué opinas tú del futuro de Cataluña en España? ¿Cómo lo ves?

R.- No lo veo bien. Lo veo mal.

P.- ¿Se volverá a repetir?

R.- Siempre repiten. Es cíclico. Ya montaron un cirio así en el 34. Primero en la entrada República. Pero yo pienso que el problema no está tanto en Cataluña como aquí, en el centro neurálgico del poder del Estado. Es decir, yo creo que se ha hecho mal con Cataluña. Se ha gobernado de la peor manera posible. Sobre todo porque es, primero…

P.- Y si estuviera en tu mano, ¿cómo rectificarías?

R.- ¿Cómo? Pues hubiera sido muy concreto, hay traspasos que jamás hubiera hecho. Yo no hubiera traspasado la justicia ni, por descontado, la policía.

P.- Bueno, la justicia no está traspasada. Es lo único que no está traspasado. La policía sí. Y encima la pagamos en Madrid.

R.- Bueno, lo peor de todo es la educación.

P.- Eso se hizo lo primero de todo, lo hizo Felipe González.

R.- El mayor error que se ha cometido. El mayor error. Es un error que viene de muchos años.

P.- Tengo que admitir que me considero bastante culpable, porque hice un plan de mejora de la enseñanza de Humanidades, amparada en el artículo 4 de la LOGSE, que era la ley entonces, que decía: «El Gobierno por decreto establecerá las enseñanzas mínimas comunes que todos los españoles tienen que conocer». El PSOE dijo que me iba a apoyar, pero la minoría catalana —entonces tuvieron la vergüenza de llamarse «minoría catalana»—…

R.- Pero era mejor para el resto de provincias, pero en un Estado que tiene Cataluña, el País Vasco… Esto era fatal. Era darles directamente las armas. Era casi como darles los tanques.

P.- Pero si hubiéramos podido aplicar la ley que decía que las enseñanzas mínimas comunes se tenían que enseñar en todo el territorio… Pero la minoría catalana presentó una proposición y el PSOE, en vez de decir que no, la apoyó para fastidiar al primer Gobierno de Aznar, que estaba en minoría. Y entonces, aunque la ley decía que «el Gobierno establecerá las enseñanzas mínimas comunes», ellos votaron en contra. Y yo, que era la ministra, pues no hice caso a Aznar, que me dijo: «Pero bueno, si lo hemos ganado en el Senado, tú mantenlo». Pero a mí me pareció que no podía aceptar que el Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional, votara que la ministra retirara el proyecto de decreto de enseñanzas y no hacerlo. Y me equivoqué. En la Asamblea Nacional Francesa no se hubiera admitido a trámite nunca algo que dijera que el Gobierno no haga lo que la ley le dice que tiene que hacer.

R.- Es que Francia es otro asunto distinto. En estas cosas, ha sido radical. Fíjate que incluso en los últimos tiempos, el propio Valls creó una gran región, liquidó en el fondo el Languedoc y creó una gran región para evitar cualquier idea de autodeterminación. No digo ya secesionismo, sino regionalismo. Es decir, el regionalismo es una cosa que en Francia solo sirve para la cocina y cuatro bailes, nada más.

Foto: Víctor Ubiña

P.- Pero algo tienen en Córcega.

R.- Y en España se ha cedido por una especie de complejo de la Transición: que había que restituir a Cataluña muchas cosas, como si Cataluña hubiera sido víctima del franquismo. Y eso es una falsedad total.

P.- Exacto. Cataluña y el País Vasco. Y al revés.

R.- Es que fueron los privilegiados del franquismo. O sea, mucho más…

P.- Les pusieron todas las industrias.

R.- Mucho más que otras regiones. Y sentíamos que había que restituir cosas a Cataluña, que fue un ánimo terrible.

P.- Es verdad.

R.- Y a partir de entonces, empezó a crecer y no ha habido nadie que lo haya parado. Ha habido gente que tenía la posibilidad de hacerlo. La tuvo Rajoy con un 155 en las manos, que solo lo colocó tres meses.

P.- ¿Y por qué fue tan corto el 155 de Rajoy?

R.- Yo creo que por miedo.

«Un 155 de dos años habría cambiado todo el paisaje catalán. Habrían visto que con el Estado administrando Cataluña, todo habría sido exactamente igual»

P.- ¿Pero miedo a qué? ¿A quedar mal?

R.- No, miedo a pensar que habría jaleo en Cataluña, pero no hubiera pasado nada.

P.- Pero si jaleo hubo, antes.

R.- El 155 en dos años hubiera cambiado todo el paisaje catalán. El panorama habría sido distinto, porque habrían visto que con el Estado, administrando Cataluña, todo habría sido exactamente igual: seguiría existiendo una televisión catalana, seguirían hablando catalán, habrían hecho sus cosas… Y habrían pensado que de qué les serviría pagar todo lo que pagaban. Yo creo que ese fue el momento clave, la gran pedagogía, la gran didáctica que se perdió. Se perdió y, a partir de entonces, es una deriva contra la que es muy difícil luchar.

P.- Bueno, pues si vuelve…

R.- Solo hay una solución. Estos chicos que ahora tienen 15 años les van a decir a sus padres, a sus maestros, a sus catedráticos: «No me vengas con historias. No me digas que tengo que hablar solo catalán. No me cortes mi futuro con esas historias». Eso sí. Eso va a suceder, afortunadamente. O sea, no va a ser la política, sino la naturaleza la que va a intervenir directamente en Cataluña.

P.- Qué bien. Bueno, Albert, muchas gracias por haber estado aquí. Si quieres decir algo a nuestros espectadores, es el momento de que lo hagas. Y si no es algo tuyo, pues diles cuál es tu próximo proyecto. Porque yo sé que tú siempre tienes proyectos.

R.- Bueno, yo siempre tengo proyectos en la cabeza. En la cabeza tengo un proyecto: una clase mía a un alumno, a un joven; basado en mi libro, Joven, no me cabree.

P.- ¿Joven, no me cabree?

R.- Y a través de eso haríamos una crítica profunda a la juventud. Pero al mismo tiempo también hay un acto de entrega. Pero no quiero despedirme sin decir lo mucho que siempre te he agradecido el que, de golpe, me hicieras descubrir Madrid en todo lo que representa el teatro.

P.- El exitazo de cuando fuiste director de los Teatros del Canal.

R.- Fue una ocasión extraordinaria. Y siempre, siempre te lo agradeceré.

P.- Yo te lo agradecí a ti por haber aceptado. Pues muchísimas gracias.

R.- Gracias a ti.

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