The Objective
Enfoque global

La decapitación del Estado como estrategia de guerra

«El descabezamiento deliberado de un Estado está lleno de trampas y dificultades que envenenan los resultados»

La decapitación del Estado como estrategia de guerra

Nicolás Maduro detenido en Estados Unidos.

La decapitación del liderazgo político de una nación con la que se mantienen disputas, sean guerras u otras menores, merecería ser estudiada con las herramientas que nos da la Historia antes de ser acometida. Esa acción ha formado desde siempre parte de los sueños de cualquier dirigente enfrentado a un conflicto, pero solo recientemente la tecnología ha hecho posible planearla y llevarla a cabo con razonable confianza en el éxito. Helicópteros, misiles, localización vía satélite y comunicaciones encriptadas han permitido acciones que antiguamente eran infrecuentes —pero no imposibles— en guerras internacionales.

Porque, aunque escasos, no faltan ejemplos en la Historia que deberían ser estudiados antes de lanzarse a asesinar ayatolás o arrestar/secuestrar/aprehender/retener —póngase el verbo favorito— a jefes de Estado —bolivariano, que no se me olvide— corruptos, lo que se ha llevado a cabo sin mucha reflexión ya dos veces en lo que llevamos de año. El dilema que se trata de resolver es saber si la decapitación o descabezamiento de un Estado puede conducir a un final rápido de la guerra, si, por el contrario, genera más resistencia, o si tal vez provoca un caos que no beneficia ni al atacante ni al atacado. Veamos si algunos ejemplos históricos nos ayudan a aclararlo.

En la lista que hemos compilado evitaremos las más frecuentes decapitaciones —a menudo literales— cometidas en guerras civiles o revoluciones, o las muertes de caudillos en batalla, concentrándonos en aprehensiones —porque incluyen la coacción posterior— y asesinatos deliberados cometidos por una nación contra otra enemiga.

Francisco I

El ejemplo paradigmático de todos los tiempos fue la captura del rey Francisco I de Francia en la batalla de Pavía, en 1525, llevada a cabo por las fuerzas de Carlos I de España y V de Alemania, en concreto por el capitán Pita da Veiga. Naturalmente, parte del éxito se debió a la imprudencia del rey Francisco, que mandó personalmente una carga de caballería con indudable valentía, pero comprometiendo a su nación.

Aquella captura facilitó la firma del Tratado de Madrid —donde Francisco estuvo preso durante un año: «Todo lo he perdido salvo el honor y la vida, que está a salvo» —, en el que aceptaba la pérdida de las posesiones cuya propiedad fue la disputa que originó la guerra: el Milanesado, Génova, Borgoña, Nápoles, Artois, Tournai y Flandes. Una vez firmado el acuerdo, Francisco fue liberado, dejando a sus dos hijos de rehenes, e inmediatamente después de su regreso a Francia fue obligado por el Parlamento francés a recusar el Tratado por haber sido firmado bajo coacción, con lo que la aparente ventaja obtenida por España con su captura quedó totalmente anulada —aunque años más tarde y tras nuevas guerras, incluyendo el famoso Saco de Roma, la Paz de Cambrai lo ratificó—.

Atahualpa

De manera casi contemporánea con aquellas guerras europeas, las tropas de Francisco Pizarro capturaron por sorpresa al emperador Atahualpa, en 1532, en Cajamarca, aprovechando la guerra civil que le enfrentaba con su hermano Huáscar, y lo ejecutaron el año siguiente tras obtener un cuantioso rescate en oro y plata, y completaron la dominación del imperio inca.

El golpe de Pizarro en una sociedad de organización muy primitiva, donde todo dependía de la voluntad soberana del emperador, tuvo un éxito que difícilmente habría sido alcanzado con las solas fuerzas de los 168 hombres y 62 caballos de que disponía frente a los 80.000 incas a las órdenes de Atahualpa. El imperio inca pasó a la historia y comenzó el largo y fructífero virreinato español.

Carlos IV y Fernando VII

El 5 de mayo de 1808, en Bayona, el emperador Napoleón obtuvo bajo presión la abdicación sucesiva de Carlos IV en el príncipe de Asturias, Fernando, y la de este —que quedó cautivo en Valençay— en Napoleón, que a su vez cedió la corona a su hermano José. Creyó el emperador que con ello, y con 100.000 hombres ya desplegados en España bajo el Tratado de Fontainebleau, había conseguido su objetivo de dominar España e incorporarla al imperio, para seguidamente proceder contra Portugal como principal aliado de Inglaterra en el continente.

Lo que consiguió, sin embargo, fue el comienzo de una guerra popular —la palabra «guerrilla», guerra pequeña, ha sido adoptada por todas las lenguas desde entonces— que minó gravemente el dominio francés encabezado por el rey José, amén del considerable desorden causado por el enfrentamiento con gran componente ideológico entre patriotas y afrancesados.

La invasión por el ejército anglo-hispano-portugués mandado por el general Wellington, la reorganización y recuperación de las fuerzas regulares españolas —Bailén—, el regreso a España con ayuda británica del ejército del marqués de la Romana, hasta entonces aparcado en Dinamarca al servicio de Napoleón, y el descrédito de los afrancesados tomaron el relevo de la guerrilla y envenenaron la invasión napoleónica al extremo de que, en su exilio, Napoleón atribuyó a su decisión de invadir España todos sus males y ruinas posteriores: «Esta maldita guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia». Y Fernando VII volvió al trono de España con el remoquete de «el Deseado».

Napoleón III

En 1870 ya había quedado muy atrás la costumbre de que los monarcas tomaran parte activa en las batallas. Sin embargo, en la batalla de Sedán se dio la inusual circunstancia de que tanto el emperador de los franceses, Napoleón III, como el rey Guillermo I de Prusia —este último, además, escoltado por su canciller Von Bismarck— acompañaban a sus fuerzas. Las prusianas rodearon a las fuerzas francesas —unos 100.000 hombres— y las tomaron prisioneras, junto con el emperador Napoleón III. Ello provocó la caída del Imperio y la creación en París de una junta de defensa que proclamó la III República. Francia perdió en favor de Prusia Alsacia y Lorena —que se convirtieron en la principal fuente del revanchismo francés que condujo años después a la I Guerra Mundial—, mientras que Guillermo I fue proclamado en París káiser del nuevo Imperio Alemán. Napoleón III fue posteriormente liberado y exiliado a Gran Bretaña.

Archiduque Francisco Fernando

El archiduque de Austria Francisco Fernando era sobrino y heredero designado del autocrático emperador Francisco José I, de avanzada edad y delicado estado de salud, lo que convertía al archiduque en pieza crucial de la arquitectura política del Imperio, por lo que no parece descabellado incluirlo en esta lista.

Su asesinato en Sarajevo —Bosnia y Herzegovina—, a manos de Gavrilo Princip, miembro de la organización secreta Mano Negra, presuntamente controlada por Serbia, tenía por objeto trastocar los planes del archiduque, que incluían la creación de una tercera monarquía —además de Austria y Hungría— integrada en el Imperio, y que incluiría los países balcánicos, Serbia entre ellos.

El resultado no fue ni remotamente el esperado por Serbia y los conspiradores. Un mes más tarde del atentado, Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia, y las alianzas encadenadas —la Triple Entente y la Triple Alianza— hicieron el resto: la I Guerra Mundial comenzó, de la que Serbia emergió en el lado vencedor, pero arruinada y habiendo sufrido una de las mayores mortandades de aquella guerra. El Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que es como se organizó tras la guerra, tuvo una vida efímera, plagada de cambios estructurales, atentados y disputas internas y externas, en las que Italia reemplazó al extinto Imperio Austro-Húngaro como enemigo.

Noriega

La captura por EEUU de Manuel Noriega en 1989 en Panamá, donde era dictador de facto —pero no presidente— tras haber anulado unas elecciones que perdió, ha sido evocada como el precedente más próximo de la de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. Lo original del caso es que Noriega era considerado un activo de la CIA, pero se había vuelto errático y desafiante. Su relación, indudable e íntima, con el narcotráfico, particularmente con el cartel de Medellín; el riesgo para la estabilidad del muy estratégico Canal de Panamá, y finalmente un enfrentamiento con soldados norteamericanos, incluyendo la muerte de uno, y la «declaración de guerra» de Noriega, fundamentaron la intervención americana, que le obligó a refugiarse en la Nunciatura del Vaticano durante varios días, hasta que fue persuadido de entregarse. Su posterior periplo por los tribunales carece de interés, pero hay que consignar que Panamá cesó de estar sometido a una férrea dictadura militar y regularizó su relación con EEUU, con beneficio para ambos. El único aspecto negativo es que el incidente dejó un poso de resentimiento en los locales por la intervención externa.

Saddam Hussein

En abril de 2003, Bagdad fue tomada por fuerzas casi exclusivamente norteamericanas —la mayoría de los aliados europeos de la OTAN habían resistido la tenaz presión americana para que se unieran a la campaña, por ser fuera del área y del objeto del Tratado de Washington, además de detraer fuerzas de la ISAF, entonces formándose en Afganistán a petición del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas—. La toma de Bagdad significó la caída del régimen y la huida de Saddam. Nueve meses después fue hallado por fuerzas norteamericanas en un escondite miserable en Tikrit. Transferido a la Justicia iraquí, fue juzgado y ajusticiado tres años más tarde.

Aunque los efectos inmediatos —final del régimen baasista— parecieron positivos, en una visión estratégica fueron claramente negativos: durante años proliferaron las guerras sectarias e insurgencias —suníes, yihadistas, ISIS, kurdos—. El nuevo régimen, aunque formalmente democrático, está fragmentado, es inestable y conflictivo. No todo ello es consecuencia exclusiva de la captura y ejecución de Saddam, sino en gran medida de la torpe ejecución de la reconstrucción nacional, mal liderada por EEUU.

Muamar el Gadafi

La caída de Gadafi es el caso que más se aparta del estándar que hemos fijado de deposición o asesinato por enemigo externo, pero lo incluimos por sus evidentes similitudes con la anteriormente descrita de Saddam Hussein. En este caso fue una rebelión interna lo que desestabilizó al régimen tiránico de Gadafi y le obligó a huir de Sirte, en 2011, pero fueron aviones americanos y franceses los que bombardearon el convoy donde huía y le hicieron refugiarse en una alcantarilla. Allí fue capturado por rebeldes, maltratado y asesinado.

El resultado es probablemente el más desastroso de todos los citados. Libia, desde entonces, carece de un Estado que funcione, está fragmentada y en un continuo estado de guerra entre las facciones.

Zelensky

A pesar de haber sido fallido, el intento ruso de captura o asesinato del presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, el 24 de febrero de 2022 debe ser mencionado, pues es contemporáneo y, sobre todo, porque el fallo en la ejecución de una decapitación del Estado también tiene consecuencias, y su posibilidad debe formar parte del planeamiento y la decisión.

Como sabemos, las fuerzas rusas que invadieron Ucrania tenían entre sus misiones la captura de Zelensky y la imposición de un gobierno subordinado a Moscú, similar al de Bielorrusia. Incluso el detalle, que hoy parece risible, de que los generales que lideraron el ataque llevaban en su equipaje uniformes de gala confirma no solo aquellos planes, que son bien conocidos, sino la sobrevaloración de las fuerzas propias —cuya organización y logística eran lamentables— y la infravaloración de las fuerzas ucranianas, y sobre todo de su determinación de luchar.

Zelensky explotó hábilmente el evidente fracaso —a pesar de que Rusia negó tal intención— en su captura, compareciendo en una plaza en el centro de Kiev acompañado de miembros de su Gobierno, ridiculizando así el intento ruso y glorificando la resistencia ucraniana.

El resultado neto fue un incremento del apoyo de los ucranianos a su presidente y del aborrecimiento popular a los rusos, a pesar de lo sostenido por Putin en su famoso ensayo de 2011 «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos», aversión que los bombardeos rusos de instalaciones civiles de energía y otras han incrementado exponencialmente, y que ha dificultado enormemente las subsiguientes —menos ambiciosas— campañas rusas, y que por supuesto hará imposible en el futuro previsible ningún tipo de unión entre ambos pueblos.

Conclusión

El descabezamiento deliberado de un Estado, por prometedor que parezca, está lleno de trampas y dificultades que casi siempre envenenan los resultados. Hemos visto nueve casos en los que una potencia exterior ha intentado, y en ocho de ellos conseguido, descabezar un Estado hostil. Los resultados han sido exitosos en uno —Atahualpa— y razonablemente exitosos, al menos en el corto plazo, en dos más —Napoleón III y Noriega—. En los otros seis, el resultado ha sido claramente contraproducente respecto al objetivo de obtener un cambio de régimen favorable y estable, y ello por diversas causas, que conviene escudriñar antes de dar por buenas las recientes acciones de EE. UU. en Venezuela y en Irán —la última con la inestimable ayuda de Israel—.

La más notoria es que la suposición de que el cambio de cabeza visible supone automáticamente un cambio de régimen político es muy aventurada. Hoy las estructuras estatales son en general mucho más resilientes que en el pasado, cuando emperadores y tiranos encarnaban todo el poder. Ni el régimen teocrático de Irán ni el bolivariano —comunista— de Venezuela han colapsado por la desaparición de sus respectivos jefes supremos: ambos han sido sucedidos por los herederos previstos por el sistema, y ambos regímenes mantienen un control férreo de sus poblaciones, a pesar de la notoria desafección de estas.

En segundo lugar, en los Estados intervenidos son frecuentes las tensiones y los equilibrios —o desequilibrios— de poder complicados entre comunidades étnicas y religiosas enfrentadas. No es el caso de Venezuela, pero sí el de Irán, que, de colapsar el actual sistema, podría convertirse en otra versión del ingobernable Irak, con azeríes, kurdos, baluchis, turcomanos y otros en rebelión —varias de estas etnias, además, de afiliación suní en contraposición al chií dominante—, situación no muy diferente de lo que ocurrió en Serbia tras el asesinato del archiduque.

Además, incluso en los casos más exitosos, la tarea de reconstruir una estructura de gobierno, casi siempre enlazada con una estructura social más difícil de manejar, es un asunto difícil, penoso y de largo plazo. Ello está muy bien documentado en Irak, donde al administrador —virrey— americano Paul Bremer no se le ocurrió mejor idea que disolver el partido baasista y las fuerzas armadas, lo que automáticamente proveyó a las numerosas y coloridas milicias rebeldes de personal adiestrado y deseoso de un medio de vida que las disoluciones les habían robado. No es difícil imaginar un Irán sufriendo una suerte similar, con el agravante de que las fuerzas armadas regulares son superadas, no en número, pero sí en capacidades e ideologización, por las fuerzas de la Guardia Revolucionaria Islámica. Tampoco parece difícil imaginar una Venezuela con elementos militares, restos de la actual milicia corrupta, campando por sus respetos en contra del nuevo régimen.

La mera captura del líder, como el protípico caso de Francisco I de Francia nos ilustra, no garantiza que lo que el insigne prisionero acepta bajo coacción sea automáticamente aceptado también por el resto de sus estructuras de gobierno. En Venezuela este asunto está muy poco claro, ya que Maduro bastante tiene con defenderse personalmente de las acusaciones de tráfico de drogas como para dar instrucciones a los adláteres que dejó atrás, pero los que confiaban en que el Gobierno colapsaría con su ausencia y que la persecución, encarcelamiento y tortura de sus adversarios políticos decaerían se han visto gravemente desengañados.

Finalmente, recordemos la máxima de Napoleón —que él mismo olvidó al invadir España—: «Tout ce qui n’est point médité dans le détail ne saurait produire des résultats assurés» —todo aquello que no se considere cuidadosamente en detalle no puede garantizar resultados—. Tampoco viene mal recordar a Clausewitz: «Im Krieg ist alles einfach, aber das Einfachste ist schwierig» —en la guerra todo es sencillo, pero las cosas más sencillas son difíciles—.

Fernando del Pozo es almirante (Ret) y analista de Seguridad Internacional en el Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria

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