La guerra de Irán se decide en Islamabad
«Irán se convierte en un teatro secundario en términos doctrinales, pero central en términos de credibilidad estratégica»

De izquierda a derecha: el vicepresidente de los EEUU, JD Vance, el presidente, Donald Trump, y el secretario de Estado, Marco Rubio. | Will Oliver (Zuma Press)
La «negociación inexistente» y la posible ruptura del alto el fuego en los próximos días marcan un punto de inflexión en la confrontación entre EEUU, Israel e Irán. Lejos de constituir un episodio aislado, este nuevo ciclo de hostilidades confirma la transición desde una lógica de guerra limitada hacia un modelo de confrontación prolongada, caracterizado por un desgaste estratégico y político, la presión económica sobre los mercados y la fragmentación del adversario iraní.
Las primeras declaraciones de Trump a inicios de marzo de 2026 apuntaban a una campaña de duración limitada, de cuatro a seis semanas. Sin embargo, la evolución del conflicto ha desmentido rápidamente esta hipótesis. La ofensiva iniciada el 28 de febrero debe interpretarse no como una operación puntual, sino como la manifestación de tensiones acumuladas entre objetivos regionales y prioridades globales de seguridad.
En particular, la implicación estadounidense en Oriente Medio entra en tensión con su Estrategia de Seguridad 2026, orientada a la competición entre grandes potencias. En este contexto, Irán se convierte en un teatro secundario en términos doctrinales, pero central en términos de credibilidad estratégica frente a Rusia y China.
El síntoma de una negociación inexistente
El episodio de Islamabad, producido en las horas previas a la posible ruptura del alto el fuego, ilustra con especial claridad la fragilidad —cuando no inexistencia— de un proceso negociador estructurado entre EEUU e Irán. La Casa Blanca había confirmado el envío de emisarios de alto nivel, incluyendo a Steve Witkoff y Jared Kushner, desde Washington DC hacia Islamabad con el objetivo de explorar vías de desescalada. Paralelamente, representantes iraníes también se desplazaron a la capital pakistaní.
Sin embargo, no se produjo encuentro alguno. La delegación iraní abandonó Islamabad antes de cualquier contacto directo, y EEUU optó por cancelar el desplazamiento de sus enviados. El resultado no fue una negociación fallida, sino algo más revelador: la ausencia de condiciones mínimas para que la negociación tuviera lugar.
Este episodio refleja varios elementos estructurales del conflicto actual. En primer lugar, la falta de sincronización entre las partes, que operan en marcos temporales y políticos distintos. En segundo lugar, la reticencia iraní a entrar en una negociación directa en un contexto de presión máxima, lo que podría interpretarse como una concesión estratégica. Finalmente, la cautela estadounidense ante el riesgo de escenificar un fracaso diplomático en un momento de alta exposición internacional.
Más allá de su dimensión táctica, Islamabad confirma una realidad más profunda: no existe, en estos momentos, un canal negociador consolidado. En su lugar, proliferan contactos indirectos, exploratorios y altamente volátiles, sujetos a cambios en cuestión de horas. En este contexto, la posible ruptura del alto el fuego no debiera interpretarse como un accidente, sino como la consecuencia lógica de un entorno donde la diplomacia no logra estructurarse y la dinámica militar vuelve a imponerse como principal mecanismo de interacción entre las partes.
El precedente de 2025 y la degradación incompleta
Los ataques de junio de 2025 sobre infraestructuras nucleares iraníes lograron una degradación significativa, aunque insuficiente para eliminar determinadas capacidades críticas. Este precedente es fundamental para comprender la dinámica actual: la estrategia intentó ser de eliminación, pero pasó posteriormente a una erosión o degradación progresiva.
El resultado ha sido la transformación del aparato estatal iraní hacia una estructura más fragmentada, donde el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica ha reforzado su peso relativo. Figuras como Ahmad Vahidi representan la consolidación de sectores más duros, menos proclives a la negociación y más orientados a respuestas asimétricas. Vahidi, quien está sometido a fuertes sanciones por parte de Occidente y está vinculado a ataques terroristas en Argentina, representa la facción más extremista de Irán, que ha marginado a los «moderados» de Teherán (si se puede introducir este término), incluidos aquellos que lideran las negociaciones actuales con EEUU.
Aunque EEUU hubiera logrado llegar a un acuerdo con la delegación iraní, es posible que no hubiera tenido ninguna influencia real en Irán, mientras Vahidi y sus aliados sigan al mando. Desgraciadamente, a Vahidi y también a Soleimani, ya eliminado, se les suele atribuir «el mérito» de haber sentado las bases para el florecimiento de los grupos terroristas afines a Irán, incluido Hezbolá en el Líbano.
Nos encaminamos, pues, hacia una fragmentación del poder y un auténtico comportamiento estratégico imprevisible en Irán. Uno de los elementos más relevantes del escenario actual es la ausencia de un centro unificado de decisión en Irán. Este fenómeno complica los procesos de negociación y aumenta la probabilidad de respuestas no coordinadas. Los sistemas políticos fragmentados sometidos a una presión externa tienden a generar respuestas superpuestas y de cierta escalada. En este sentido, la fragmentación no implica debilidad operativa inmediata, sino una mayor imprevisibilidad.
Y el estrecho de Ormuz continúa consolidándose como un vector clave de presión estratégica. Más allá de su valor táctico y operacional, su interrupción potencial introduce una dimensión global al conflicto, vinculando la dinámica militar con la estabilidad de los mercados energéticos. Durante el alto el fuego, la relativa estabilidad en precios de petróleo y gas generó una percepción de normalización… ficticia. Y, como siempre, a la vez que mueren civiles y militares, hay quien hace negocio en grandísimas cifras con las bajadas y subidas de la Bolsa.
La pausa operacional como instrumento estratégico
La prórroga del alto el fuego con Irán por parte de EEUU (no hubo plazo, sino quizás un tiempo de 3 a 5 días) no debería ser interpretada como un simple ajuste técnico del calendario negociador, sino como la manifestación de una fase de transición estratégica, caracterizada por una elevada incertidumbre y fragmentación de la toma de decisiones dentro del propio régimen iraní.
Por un lado está lo que queda de CGRI y, por otro, lo que queda del gobierno iraní. En este paréntesis, la dinámica del conflicto había sido condicionada menos por factores puramente militares y más por la capacidad del sistema político iraní para articular una posición coherente frente a la presión externa ejercida por EEUU e Israel y la enorme presión interna en el liderazgo iraní.
Resulta fundamental entender también que la República Islámica no constituye en estos momentos un actor monolítico. Deben tener muchas e interesantes disputas internas. Pero es que el régimen nunca fue un ente monolítico, caracterizándose su estructura de poder por la coexistencia de múltiples centros de decisión, entre los cuales destacan el gobierno formal, los órganos religiosos y, de manera especialmente relevante, la Guardia Revolucionaria.
Esta última no solo desempeña funciones militares, sino que actúa como un actor político y sobre todo económico de primer orden, con autonomía operativa suficiente para influir de manera decisiva en la orientación estratégica del régimen iraní. El ala dura no quiso moverse y la prórroga del alto el fuego sugería la existencia de importantes disonancias internas en torno a la conveniencia de negociar o continuar la confrontación con EEUU e Israel.
La continuidad de esta tregua o alto el fuego podía responder a un cálculo racional, que buscaba explotar dichas divisiones internas en Irán mediante una combinación de presión militar limitada y apertura diplomática condicionada. Además, EEUU e Israel necesitaban también reponerse logísticamente. El alto el fuego previo debe interpretarse como una pausa operacional más que como un avance diplomático sustantivo. Diversos indicadores apuntaban a necesidades logísticas por parte de EEUU, incluyendo reposición de munición y reajuste de despliegues.
Este tipo de pausas encaja en patrones observados en conflictos contemporáneos, donde la alternancia entre intensidad y contención responde a ciclos operativos más que a progresos negociadores.
Y la posible ruptura del alto el fuego no va a ser completamente inesperada. Entre los indicadores más relevantes se encuentran los movimientos navales sostenidos en la región, la persistencia de medidas de presión económica y militar, la ausencia de avances diplomáticos verificables, la retórica estratégica ambigua y la falta de un interlocutor iraní consolidado. Asimismo, la elección del intervalo entre el cierre de los mercados estadounidenses y su reapertura sugiere una consideración táctica del impacto financiero y mediático de la escalada.
En el corto plazo y en los últimos días, se había observado una convergencia de indicadores militares, diplomáticos y operacionales en torno al Golfo Pérsico y su periferia estratégica. Entre ellos destacan el incremento de actividad aérea logística, el refuerzo de la presencia naval, las evacuaciones diplomáticas y determinadas advertencias a ciudadanos norteamericanos y de otros países en el Líbano.
Ninguno de estos elementos por sí solos constituye una evidencia concluyente y clara de una acción militar inminente. Sin embargo, su concurrencia en el tiempo y el espacio configura un patrón consistente con fases avanzadas de preparación para escenarios de conflicto o coerción estratégica. El aumento de vuelos de aviones cisterna y de transporte militar estadounidense hacia la región representaba de nuevo un indicador crítico. Este tipo de activos en zona iban a permitir el sostenimiento de operaciones aéreas prolongadas, el reposicionamiento rápido de capacidades en armamento y munición vitales y también, el aseguramiento de las cadenas logísticas necesarias en el teatro de operaciones.
De la guerra decisiva a la estrategia de desgaste
La evolución del conflicto confirma el desplazamiento desde una lógica de resolución rápida hacia una estrategia de desgaste prolongado. Ante la imposibilidad de un colapso inmediato del sistema iraní, el objetivo ha pasado a ser la reducción sostenida de su capacidad de resistencia y supervivencia.
Este enfoque incluye una presión económica continuada, ataques selectivos sobre infraestructuras clave y una degradación progresiva de capacidades militares. En conjunto, configura un escenario de confrontación prolongada, con implicaciones regionales y globales.
La posible ruptura del alto el fuego no representa un fracaso puntual, sino la confirmación de una tendencia estructural. El conflicto con Irán ha entrado en una fase donde la gestión del tiempo, los recursos y la resiliencia y «paciencia» estratégica serán determinantes.
Podemos interpretar la situación actual con dos hipótesis. La primera sería la preparación para una acción militar limitada, pero muy fuerte y coordinada, ante el previsible deterioro irreversible de las negociaciones con Irán (por la postura intransigente del CGRI). El despliegue observado facilitaría la ejecución de operaciones de alta intensidad, potencialmente descritas como «overwhelming but surgical» (en terminología de EEUU), orientadas a degradar capacidades específicas y asestar duros golpes económicos e industriales. Otra opción sería continuar con la coerción estratégica, sin intención inmediata de empleo de la fuerza. Pero esto con Irán no vale… pues ellos tienen paciencia estratégica, resiliencia y prefieren aguantar y ganar tiempo. El tiempo juega a favor de Irán y en contra de EEUU/Israel.
Y aquí convendría parar, reflexionar y hablar de cultura estratégica iraní. El comportamiento estratégico de Irán introduce una variable de difícil cuantificación en nuestros análisis occidentales y «deberíamos meternos en su piel y cerebro». Su enfoque se caracteriza siempre por una orientación al largo plazo donde el tiempo es importante, la resiliencia frente a una presión externa y la priorización de objetivos estructurales a medio y largo plazo sobre respuestas inmediatas.
Y es, en este marco, donde se reduce la eficacia de señales de urgencia por parte de EEUU y complica las posibles respuestas o escaladas. Este alargamiento del alto el fuego ha creado tranquilidad en las Bolsas y los precios de carburantes, gas, etc., momentáneamente. Volvemos a iniciar la partida de ajedrez. Una nueva ventana de oportunidad, que no se va a repetir ni va a durar más allá del verano. El intervalo entre el cierre de mercados en EEUU y la reapertura del lunes puede ofrecer ciertas ventajas, como son la reducción de impacto inmediato en mercados financieros y el control del ciclo informativo inicial. Y tenemos el riesgo de una expansión multiteatro (Gaza, sur del Líbano (zona del Litani), Yemen).
La estrategia inicial de EEUU
Pero volvamos un poco atrás. En el inicio de este conflicto, Trump necesitaba enviar un mensaje simultáneo a Irán, a Rusia, a las monarquías del Golfo y a China. El cálculo era que una operación intensa, rápida y contundente permitiría destruir capacidades estratégicas iraníes, imponer un nuevo equilibrio regional y reforzar el peso diplomático de EEUU en todos los demás frentes. El problema es que esa victoria rápida no ha llegado y estamos donde estamos.
EEUU necesitaba que Rusia percibiera que los norteamericanos conservan la capacidad de imponer límites. También quería que la OTAN entendiera que la protección estadounidense no es gratuita… de ahí su decepción. También necesitaba que China leyera en Medio Oriente una advertencia para el futuro escenario de Taiwán. Y, además, necesitaba mostrar a sus aliados regionales que EEUU aún está dispuesto a castigar de forma dura a quien desafíe el orden que pretende construir.
Más pronto que tarde, casi con seguridad, van a suceder determinadas acciones. El problema central sigue en pie: el régimen sobrevivió, la Guardia Revolucionaria mantuvo el control, el aparato militar no colapsó, las capacidades de misiles balísticos no desaparecieron por completo, se quiere continuar el enriquecimiento de uranio y el eje regional iraní sigue muy dañado, pero ciertamente operativo.
La campaña golpeó, pero no ha sido resolutiva. La sensación de que el sistema resistió a una campaña conjunta estadounidense e israelí ha generado una percepción de firmeza que no debiera crecer, pues puede proyectarse tanto hacia adentro de Irán como hacia afuera.
A esto se suma otra consecuencia estratégica todavía más grave: la guerra probablemente reforzó dentro de Irán la convicción de que la única garantía definitiva de supervivencia del régimen pasa por disponer de armamento nuclear.
La comparación implícita con Corea del Norte es evidente. La figura que más se fortalece en este contexto es la del actual comandante de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi. Su conducta reciente sugiere que no solo está dispuesto a llevar la crisis al límite, sino que además busca utilizar el control sobre Ormuz como un instrumento de poder interno.
La situación interna del régimen, como decíamos, es fragmentaria. Hay disputas entre facciones, falta de coordinación entre sus órganos formales de poder y dificultades reales para producir una línea negociadora coherente. Pero en medio de ese desorden, Vahidi parece ocupar la posición más influyente después de que parece que el actual líder supremo, cuya capacidad real estaría comprometida por su estado de salud o incapacidad, ya que no da señales de vida. Eso convierte a la Guardia Revolucionaria en el verdadero centro de gravedad del sistema.
Como decíamos, una estructura fragmentada, pero armada y sometida a presión externa, tiende a producir respuestas improvisadas, superpuestas y agresivas. Por eso la lógica que empieza a imponerse es la de una guerra de desgaste y asfixia económica. No necesariamente una ocupación, ni una gran invasión terrestre, sino una combinación de bloqueo marítimo, destrucción sistemática de infraestructura crítica, presión sobre puertos, industrias, redes logísticas y nodos energéticos. Si el objetivo inmediato ya no puede ser el colapso rápido del régimen iraní, entonces pasa a ser la destrucción y el «vaciamiento» progresivo de la capacidad iraní de sostener la confrontación.
Conclusión: fin de la ilusión de control y riesgo de escalada
La situación en Oriente Medio atraviesa uno de sus momentos más inciertos de las últimas semanas. El intento de reactivar la vía diplomática ha quedado en suspenso, tras la cancelación de las conversaciones previstas en Islamabad, lo que refleja hasta qué punto las posiciones entre las partes siguen alejadas.
Aunque no se ha producido una ruptura formal del alto el fuego, la realidad sobre el terreno apunta a un deterioro progresivo: el alto el fuego se mantiene en términos oficiales, pero su cumplimiento es cada vez más frágil y parcial.
La posible ruptura del alto el fuego no marca simplemente el fracaso de una pausa operacional, sino el colapso de una premisa más profunda: la idea de que este conflicto podía ser gestionado, contenido o acelerado hacia una resolución rápida. Nada de eso ha ocurrido. EEUU e Israel no han logrado quebrar a Irán, y quizás tengamos un adversario más fragmentado, más opaco y potencialmente más peligroso.
Al mismo tiempo, Irán no ha conseguido imponer una disuasión efectiva, pero sí ha demostrado capacidad de resistencia suficiente como para bloquear cualquier desenlace inmediato. El resultado es un equilibrio inestable, donde ninguno de los actores puede ganar rápido, pero todos pueden escalar.
En este contexto, la lógica dominante deja de ser la de la victoria decisiva y pasa a ser la del desgaste: degradar, presionar, asfixiar, esperar. Una estrategia que, por definición, desplaza el conflicto en el tiempo y amplía sus riesgos sistémicos, desde la seguridad energética hasta la estabilidad financiera global.
La secuencia de Islamabad ha puesto de manifiesto que ni siquiera existe, por ahora, un marco mínimo de negociación. Sin canales claros, sin interlocutores definidos y sin sincronización política, la diplomacia queda relegada a un plano secundario, incapaz de competir con la inercia militar. Y cuando la diplomacia desaparece como instrumento operativo, la guerra deja de ser una opción y se convierte en el único lenguaje común.
En los próximos días, el escenario más probable no es desde luego la paz ni quizás una guerra abierta a gran escala, pero sí una prolongación de esta zona gris caracterizada por fuertes incidentes puntuales y una tensión constante. El riesgo de escalada sigue presente: si los enfrentamientos limitados se intensifican o se multiplican, se podría abrir la puerta a un conflicto regional de mayor alcance.
Por eso, la pregunta ya no es si habrá nuevas escaladas, sino cuándo y con qué intensidad. La pausa ha terminado. La ilusión de control, también. Lo que comienza ahora no es una nueva fase más del conflicto, sino su forma más peligrosa: aquella en la que nadie dirige completamente los acontecimientos, pero todos conservan la capacidad de empeorarlos.
Carlos de Antonio Alcázar es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria
