Una interminable pesadilla
«La próxima cumbre de la OTAN, el 31 de mayo en Ankara, es una oportunidad para oficializar la postura atlántica»

Un ataque a la refinería de petróleo Bapco, en el marco del conflicto entre Estados Unidos e Israel e Irán, en la isla de Sitra, Baréin | Stringer (Reuters)
La guerra en el Golfo Pérsico sigue condicionando el contexto geopolítico mundial. Las acciones bélicas son la causa de la reconfiguración de las cadenas de suministro globales y ponen a prueba las alianzas tradicionales. También quedan en evidencia las limitaciones de seguridad y estabilidad en todo Oriente Próximo. A su vez, se constatan las limitaciones de la superioridad militar para influir en profundidad en el cambio geopolítico deseado.
La Guerra de Irán se presenta como una potencial candidata a protagonizar uno de los momentos cruciales de la historia, dado que su influencia no se mide únicamente por los resultados de la acción militar, sino por las consecuencias del profundo impacto que estos tienen en la posición política y simbólica de las grandes potencias, así como en su autoimagen y capacidad para moldear el mundo según sus voluntades. Actualmente, mientras la guerra de Irán continúa, Estados Unidos se enfrenta a una situación crucial: adaptarse a un mundo donde el mantenimiento de la hegemonía unipolar es difícil y las limitaciones para aplicar la superioridad militar se hacen cada vez más evidentes.
Contradicciones
La decisión de Donald Trump de declarar la guerra a Irán vulneró el contenido de la Estrategia de Seguridad Nacional que su administración publicó en noviembre de 2025. Según dicho documento, la administración priorizaría el hemisferio occidental y el Indo-Pacífico, mientras que la importancia de Oriente Próximo «disminuiría».
Al iniciar, junto con Israel, el ataque a Irán sin comunicaciones previas a los aliados, Trump ha demostrado una profunda indiferencia por las consideraciones estratégicas y económicas. La OTAN, ya dividida por las repetidas amenazas de Trump a la Alianza y por sus intenciones respecto a Groenlandia, muestra nuevas señales de fractura interna, al depender también del resultado de la guerra de Ucrania.
La situación ofrece ventajas para China y Rusia, que desde hace tiempo buscan sacar provecho de las fisuras entre Estados Unidos y sus aliados. La ironía reside, una vez más, en que la guerra de Irán coincidió con el impulso de la visión unilateral de Trump de Estados Unidos como potencia hegemónica en el hemisferio occidental, circunstancia que, alegando cuestiones de derecho internacional y legitimidad, permitió a Washington derrocar a Nicolás Maduro en Venezuela, sustituyéndolo por un líder más dócil y abriendo un impasse de cambio de régimen.
La disposición de Trump para acabar negociaciones e ir a la guerra, junto con la retórica contradictoria que emplea a lo largo del conflicto, ha debilitado el prestigio de Estados Unidos como mediador imparcial. Este hecho deja abierto un espacio a Beijing para impulsar «poder blando» y refuerza la visión china de que el orden internacional unipolar, liderado por Estados Unidos, camina hacia su fin. Si bien China se ha venido beneficiando, en cierta medida, de la continuación del conflicto, su predisposición a ayudar a negociar un alto el fuego puede enmarcarse en un ejercicio de coliderazgo global.
Para algunos, los acontecimientos de la guerra en Asia Occidental parecen confirmar la hipótesis de que el lobby judío ha logrado desviar la finalidad de la política exterior estadounidense de la búsqueda de un interés nacional racional, realista y agresivo. Para otros, Israel es el chivo expiatorio del error al admitir que Trump representaba un retorno a la «política realista de las grandes potencias» y a la Presidencia de la Paz.
Europa
El escepticismo europeo hacia las intervenciones estadounidenses no es nuevo. Cuando el presidente Donald Trump, con la guerra reavivándose en Oriente Próximo, pidió a la OTAN que apoyase a Estados Unidos e Israel en su guerra contra Irán, los gobiernos europeos, en términos similares, respondieron que defenderían a sus ciudadanos, bases militares, socios y rutas marítimas, pero no se unirían a una guerra que ni habían elegido ni sobre la que habían sido consultados.
La pregunta es si dicha negativa se debe a que no perciben la amenaza procedente de Moscú o a que, al contrario que Washington, su atención militar y política no está centrada en Irán. Estos factores son importantes, pero no suficientes para explicar su reticencia. Europa ya se ha enfrentado a divergencias similares en la percepción de la amenaza y a otras preocupaciones estratégicas, pero esto no impidió la participación europea en guerras anteriores lideradas por Estados Unidos.
Parte del problema es producto del clima político que ha marcado las relaciones transatlánticas desde el regreso de Trump a la Casa Blanca. Los Gobiernos europeos han sido menospreciados y marginados. En la retórica de la administración Trump, Europa es aludida no tanto como un socio, sino como un ente militarmente débil, económicamente marginal, políticamente decadente y condenado al declive civilizacional. La presión de Trump sobre Dinamarca en relación con Groenlandia fue considerada la expresión más obscena de la nueva postura de su administración hacia los aliados europeos.
Otra posible explicación reside en la renuencia de Trump a negociar. Como demuestra el pasado, algunas contribuciones europeas se obtuvieron mediante contraprestaciones explícitas o implícitas. La explicación más simple e importante parece ser un cambio estructural en las relaciones transatlánticas. Los gobiernos europeos se unieron no porque compartiesen la interpretación de la amenaza por parte de Washington, sino porque enemistarse con Estados Unidos se consideraba peligroso.
Varios gobiernos temían, sobre todo, las consecuencias de debilitar su relación con la Casa Blanca, un factor que influyó en sus decisiones de apoyar los esfuerzos estadounidenses aun cuando se mostraban reacios a unirse a las consecuentes campañas militares. En la Guerra del Golfo de 2003, las potencias europeas no querían quedar excluidas del momento en que Estados Unidos parecía estar reconfigurando el orden posterior a la Guerra Fría. Por ello, gran parte de la «nueva Europa» apoyó la invasión de Irak como muestra de lealtad al líder del mundo libre.
La lógica que ha sustentado el apoyo europeo a las guerras estadounidenses se ha debilitado. Si bien muchos gobiernos han considerado indispensable el respaldo de Estados Unidos, a casi cualquier precio político, ahora están dispuestos a arriesgarse a provocar la ira de Washington. La dependencia de Estados Unidos, tanto en asuntos militares como económicos, no ha desaparecido, pero un número creciente de capitales europeas ha comenzado a actuar bajo una premisa que antes parecía impensable: la necesidad de aprender a desenvolverse en un mundo donde el poder estadounidense ya no podrá considerarse el centro indiscutible del orden internacional.
El Reino Unido se encuentra en una posición marcadamente diferente. Sigue dependiendo profundamente de Estados Unidos, sobre todo en el ámbito militar. La defensa británica depende en gran medida de las capacidades avanzadas estadounidenses, especialmente en las áreas de disuasión nuclear, inteligencia y aspectos del poder aéreo. Esta dependencia también es económica: en 2025, Estados Unidos fue el principal socio comercial del Reino Unido, representando el 17,5 % del comercio británico total. Esta asimetría podría ayudar a explicar por qué el actual gobierno británico parece estar considerando cómo puede brindar algún tipo de apoyo a Estados Unidos en la guerra contra Irán.
Sin la OTAN, Europa está indefensa y seguirá estándolo
Se puede criticar a la OTAN, sus costes y su burocracia, o lamentar que Donald Trump pida dinero, despliegue tropas o derechos de sobrevuelo, pero no se pueden negar algunas certezas. Francia y el Reino Unido poseen en conjunto alrededor de 500 ojivas nucleares, frente a las 6.000 de Rusia; una cifra respetable, pero insuficiente como elemento disuasorio para defender un continente de 500 millones de habitantes.
Los ejércitos europeos convencionales son instrumentos resultantes de la tutela de la OTAN tras la Guerra Fría. En caso de conflicto, se estima que Francia, en el mejor de los casos, podría desplegar 20.000 soldados durante unos pocos meses. La mayoría de los Estados europeos no disponen de defensa antimisiles, ni se puede hablar de una flota europea.
Frente a Rusia; Argelia, que acaba de firmar un acuerdo estratégico con Moscú; las milicias islamistas en el Sahel y los flujos migratorios instrumentalizados, a lo que hay que añadir Turquía, que, aunque posee el segundo ejército más grande de la OTAN, persigue sus propias ambiciones imperiales, Europa, sin Estados Unidos, es un gigante económico con pies de barro. Incluso en el escenario más optimista, tardaría al menos entre 10 y 15 años en alcanzar una verdadera autonomía estratégica.
Hasta entonces, quienes en Europa abogan por abandonar la OTAN o por la neutralidad son, cuanto menos, imprudentes. En este momento, Trump está considerando abandonarla primero.
Una pesadilla
¿Es prudente que Europa adopte una lógica antiestadounidense y se abstenga de ayudar a Estados Unidos en su guerra contra Irán? Algunos sostienen que tal postura podría acelerar aún más la retirada estadounidense de Europa, como indican las recientes decisiones de disminuir el contingente de tropas norteamericanas en Alemania.
No obstante, el proceso de desvinculación estadounidense de Europa ya está en marcha, independientemente de las decisiones europeas. Otros, por el contrario, argumentan que la toma de decisiones estadounidense sigue siendo errática en lugar de estable y que aún existe la posibilidad de que Estados Unidos, quizá bajo una administración diferente, reconozca la importancia estratégica de Europa y mantenga su compromiso en el futuro.
Es difícil saber si la resistencia europea, si llega a concretarse, tendrá un impacto significativo en las futuras acciones estadounidenses. Por el momento, no parece haber perspectivas de cambio sustancial en la postura de los gobiernos europeos, a pesar de la creciente intensidad de los amagos de las amenazas estadounidenses.
La lógica que sustentaba el apoyo europeo a las guerras estadounidenses se ha debilitado. Si bien muchos gobiernos europeos consideraban indispensable el respaldo de Estados Unidos, a casi cualquier precio político, ahora están dispuestos a arriesgarse a provocar la ira de Washington. La dependencia de Estados Unidos, tanto en asuntos militares como económicos, no ha desaparecido, pero un número creciente de capitales europeas ha comenzado a actuar bajo una premisa que antes parecía impensable: la necesidad de aprender a desenvolverse en un mundo donde el poder estadounidense ya no puede considerarse el centro indiscutible del orden internacional.
¿Será esa premisa compatible con fenómenos como las fronteras abiertas, el descenso de la natalidad, las políticas ecologistas radicales, el aumento de la población inmigrante —a menudo ilegal— procedente del radical Oriente Próximo, así como el pacifismo barato?
La próxima cumbre de la OTAN, el 31 de mayo en Ankara, es una oportunidad para oficializar la postura atlántica.
Enrique Fojón es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria
