The Objective
Enfoque global

La tríada estratégica marroquí: Dios, patria, rey

«Marruecos dispone hoy de una cohesión doctrinal y operativa de la que carecemos»

La tríada estratégica marroquí: Dios, patria, rey

El rey de Marruecos, Mohamed VI.

Hay una definición de gran estrategia como «el arte de alinear poder, recursos y tiempo para asegurar los intereses fundamentales del Estado». En principio, habría que identificar cuáles son esos intereses —el primordial es la propia subsistencia del Estado— para, una vez definidos como objetivos, movilizar el poder y los recursos en planes a muy largo plazo, redefiniéndolos cuando sea preciso.

En el caso del Reino de Marruecos, un Estado joven en una nación antigua, podemos leer tres palabras en su escudo y en el de sus Fuerzas Armadas: Dios, patria, rey. Tres ejes que desbordan la Administración civil y militar para servir de guía a la política y a la gran estrategia marroquíes. Ninguno de ellos es prescindible; los tres forman un todo indisoluble con una potencia formidable en la creación de un fuerte espíritu nacional del que es partícipe la mayor parte de la población. Cada uno de los ejes se materializa en hechos concretos y en objetivos políticos de gran alcance y permanencia.

Dios

La religión, el islam malikí, es tradicional y moderada. Actúa como un elemento unificador en una sociedad diversa, un marco común de valores y un factor de continuidad histórica. Contribuye a la estabilidad social, a la reducción de las tensiones identitarias interiores y cuenta con su propio Ministerio en la Administración, que refuerza el vínculo entre el Estado y la sociedad. La religión se convierte en un instrumento que ayuda a evitar posiciones radicales que rompan la paz social. Desde el punto de vista de la política exterior, refuerza la posición internacional marroquí al ser percibida como un muro frente al radicalismo y un freno al terrorismo islámico. La religión como vínculo une al rey y al pueblo marroquíes, al considerarse a Mohamed VI príncipe de los creyentes, perteneciente a la estirpe de Mahoma. Apenas existe oposición interna a ese papel del monarca. Los movimientos islamistas, como Justicia y Caridad, que levantan la voz ante lo que ellos consideran desviaciones doctrinales del islam, tuvieron su auge a finales del reinado de Hassan II y principios del de su sucesor. Ahora, menos activos, son tolerados, aunque sigan representando una oposición extraparlamentaria a la autoridad religiosa del rey.

La radicalización, que conduce al uso del terror, es perseguida con energía por las fuerzas de seguridad del Estado; pero es, sobre todo, la moderación del islam oficial la que frena el radicalismo. El Estado marroquí, a través del Ministerio de Habus y Asuntos Islámicos, interviene en la formación de los imanes y la gestión de los bienes asociados a la religión, completándose así los instrumentos de control: el del liderazgo moral y doctrinal tradicional del monarca y el de gestión y control administrativo.

Los efectos del liderazgo y la acción ministerial no se limitan al espacio territorial marroquí; se extienden hacia el exterior a través de acuerdos con distintos países africanos, orientados a la formación de imanes como medio de lucha contra el extremismo, o con Francia o España, más dirigidos al apoyo a los residentes de origen marroquí en nuestros países. La religión se constituye así en un vector de acción exterior.

Patria

En 1975, a la Marcha Verde convocada por Hassan II se sumaron cientos de miles de personas que avanzaron hacia el sur con banderas marroquíes, alguna norteamericana y con el Corán en sus manos. La llama patriótica que se encendió entonces se mantiene hoy con fuerza, con el orgullo de un objetivo alcanzado. La modificación del mandato de la ONU para la misión MINURSO en el Sáhara Occidental, al añadir la propuesta de una amplia autonomía para el territorio, fue considerada oficialmente como la definitiva consagración de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y ha supuesto un nuevo impulso a su espíritu nacional. Un espíritu que se estimula, con más o menos disimulo, esporádicamente con reivindicaciones contra sus vecinos, España y Argelia.

La conciencia nacional se activó en el periodo previo al fin del Protectorado cuando, sobre todo en la zona francesa, se llevaron a cabo acciones violentas contra la potencia administradora, acciones que apenas se produjeron en el norte administrado por España. Continuó con acciones de guerrilla contra nuestras posesiones en Ifni; con la llamada Guerra de las Arenas con Argelia; de nuevo contra España con la Marcha Verde; con la guerra contra el Polisario por el control del Sáhara; y se mantiene con la reivindicación permanente de la marroquinidad de nuestras ciudades de Ceuta y Melilla, de nuestras islas y peñones y de las aguas atlánticas. En setenta años de existencia del actual régimen, cada uno de esos pasos expansivos ha ido reforzando el sentimiento patriótico marroquí y el orgullo por las grandes obras de infraestructura que se han realizado durante el reinado de Mohamed VI: tren de alta velocidad, autopistas, puertos y aeropuertos, proyectos de centrales eléctricas de vanguardia… Un sinfín de acciones que, acompañadas de un proceso industrializador, están permitiendo el aumento de la riqueza del país y, en definitiva, del bienestar de sus ciudadanos.

Los objetivos territoriales alcanzados y el orgullo por los logros se complementan con la posición privilegiada que la política exterior del Reino de Marruecos ha logrado. Una política exterior caracterizada por la perseverancia en la defensa de unos objetivos bien definidos con respecto a su concepto de integridad territorial y por su alineación con Estados Unidos y sus relaciones privilegiadas con la UE, sin cerrar las puertas a China y Rusia ni a la proyección de su liderazgo hacia el sur africano.

Un eje de su política exterior es el cuidado del marroquí expatriado; el marroquí no pierde nunca su nacionalidad. Marruecos acepta la doble nacionalidad, incluso para los hijos de marroquíes nacidos en el extranjero. En el caso español, aunque España exija la renuncia a la nacionalidad de origen para obtener la española, Marruecos no reconoce esa renuncia. El sentido patrio se extiende así hacia el exterior, en territorios ajenos a los de su soberanía, manteniendo el vínculo, reforzando la identidad nacional y actuando como un elemento de influencia y defensa de los intereses del Reino en el exterior.

Rey

Si la religión pudiera ser la cal y el patriotismo la piedra, el agua activadora de esta sólida argamasa que es hoy el Reino de Marruecos es el monarca. Una monarquía parlamentaria donde el rey mantiene un poder ejecutivo de primer orden, siendo responsable de la designación de los llamados ministros de soberanía y ejerciendo la jefatura de las Fuerzas Armadas, no de manera representativa, sino ejecutiva. En sus 27 años de reinado ha tomado iniciativas de largo alcance, como la reforma de la Constitución. Y, así como su padre fue contestado —hasta el punto de sufrir dos atentados muy graves y cuatro intentos más—, él es querido por la mayor parte de la población, que lo ve como un factor de progreso del Reino. Actualmente, se presenta en escena, prudentemente, a su heredero, que será el cuarto rey de este Marruecos moderno que se apoya en su historia y tradición.

El lema Dios, patria y rey, lejos de constituir una fórmula simbólica o tradicionalista, actúa como una arquitectura de poder orientada a la preservación de la estabilidad interna, a la continuidad del Estado y a la consecución de objetivos estratégicos permanentes. La religión, institucionalizada y subordinada al Estado, actúa como instrumento de control ideológico y de legitimación del poder, neutralizando actores alternativos y reduciendo el riesgo de fragmentación interna. El patriotismo, construido sobre una narrativa estratégica continua y reforzado por logros tangibles, moviliza la voluntad nacional y legitima el esfuerzo sostenido del Estado. La Monarquía actúa como eje vertebrador del sistema, garantizando coherencia, previsibilidad y continuidad al margen de los ciclos políticos.

En contraste, España ha seguido una evolución distinta, coherente con su historia. La separación entre el Estado y la religión, el concepto de patria fragmentado y la limitación del poder ejecutivo de la Corona responden a la voluntad nacional de pluralismo y de equilibrio institucional, evitando la concentración del poder. El resultado es una estructura estatal con menor cohesión interna y reducida capacidad para sostener una gran estrategia a largo plazo.

Desde una perspectiva geopolítica, la ventaja marroquí no reside en su tamaño, en sus recursos ni en su nivel de desarrollo, sino en la claridad de sus objetivos, la continuidad en el ejercicio del poder y la alineación funcional de sus recursos. España se ve condicionada por dinámicas internas disgregadoras y por la volatilidad del corto plazo político. En este contexto, Dios, patria y rey explican no solo la solidez interna del Reino de Marruecos, sino también su creciente peso regional y su capacidad para imponer ritmos en su entorno inmediato. Comprender esta realidad no implica asumirla —este régimen no está exento de tensiones sociales internas, tiene una dependencia excesiva del factor monárquico y un reducido perfil democrático—, pero sí reconocer que, en términos estrictamente estratégicos, Marruecos dispone hoy de una cohesión doctrinal y operativa de las que carecemos, con implicaciones directas para el equilibrio de poder en el flanco sur europeo.

Juan Bautista Sánchez Gamboa es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria

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