Escalar para desescalar
«Debemos estar preparados, con un guion bien escrito de las acciones a tomar en cada una de las situaciones»

Vladimir Putin. | Vyacheslav Prokofyev (EP)
Sun-Tzu dijo: «En el arte práctico de la guerra, lo mejor de todo es tomar el país enemigo intacto; destruirlo no es tan bueno [… ] Por consiguiente, el líder capaz somete a las tropas enemigas sin combatir, captura sus ciudades sin asediarlas, derroca su reino sin largas operaciones en el campo de batalla».
Según observadores cualificados, la guerra —perdón, la operación militar especial— emprendida hace más de cuatro años por Rusia en Ucrania está volviendo la espalda al agresor. Las míseras ganancias territoriales de los últimos meses han ido decreciendo y recientemente han entrado en lo negativo (ver figura producida por el Institute for the Study of War). Ya no conquista, restituye, bien que a la fuerza. Debemos, por supuesto, alegrarnos, pues la agresión no puede ser premiada, pero ello nos obliga a considerar las posibles consecuencias, porque un sistema político despótico no funciona igual que otro democrático, y los reveses no se saldan allí con unas dimisiones o elecciones que lleven a otro político al puesto de responsabilidad, como sería deseable.

El diagrama es suficientemente explícito, aunque es preciso tener en cuenta que habla sólo de ganancias y pérdidas territoriales, no contabilizando otros factores, como la economía, la población en edad y disposición para ser reclutada y otros, en general también crecientemente desfavorables para Rusia, que, aparte de dificultar una terminación de la guerra digna para las armas rusas, están creando un clima político cada día más hostil al régimen. Se dice que en círculos próximos al poder hasta hace poco las referencias a las decisiones sobre el conflicto en Ucrania se hacían usando la primera persona del plural (hemos atacado aquí o allá, hemos tomado aquel pueblo…), pero que desde hace algún tiempo las mismas referencias se hacen cada vez más con la tercera persona del plural (han decidido esto o lo otro). Síntoma sutil pero indiscutible de una creciente desafección.
Mientras tanto, la laboriosidad, ingenio y entrega a la causa de los ucranianos, que por ahora están continuamente produciendo nuevas armas más baratas, más eficaces y en mayor cantidad, siguen mejorando esos resultados y el asunto se empieza a poner tan negativo para Rusia que la noción de una victoria, siquiera sea pírrica, ya deja de ser vendible.
Un detallado trabajo publicado el 22 de mayo pasado en la revista francesa Le Grand Continent pormenoriza el plan que, a juicio del autor, está desarrollando el Kremlin para disfrazar la que ya se presenta como inevitable derrota. Los detalles del imaginativo plan son menos relevantes que la descripción de la creciente convicción en los medios gubernamentales rusos de que la aventura en Ucrania no tiene una salida medianamente decorosa.
La situación, pues, desde el punto de vista de la reputación, tanto la de una nación tan orgullosa de su victoria en la ya lejana Segunda Guerra Mundial (y tan olvidadiza de fracasos como Afganistán o la Guerra Fría) como la del líder supremo Putin, que solía exhibir victorias tan dudosas como la segunda guerra de Chechenia, la independencia forzada de Osetia del Sur o la propia invasión apenas contestada de Crimea, está volviéndose tan comprometida que no tiene fácil salida: es impensable que, tras unos meses perdiendo terreno irremisiblemente, como parece probable, Putin declarase fríamente que ha fracasado en la operación militar especial y se retirara de Ucrania. Necesita, pues, si no encuentra una salida que considere digna (y es difícil imaginarla), una manera rápida de revertir la situación.
Esa manera existe: se llama arma nuclear, y es seguro que Putin piensa en ella. Hasta ahora se ha conformado con aludir oblicuamente a su posible uso («daños que no pueden ni imaginar» y expresiones similares) o más explícitamente cuando, a los pocos días del comienzo de la invasión, ordenó públicamente a los mandos militares poner a las fuerzas nucleares en «régimen especial de servicio de combate» (sin que esté claro lo que esto significa), pero se ha reprimido de ir más lejos por varias razones: la primera, porque hasta ahora, a pesar de todos los reveses, un 20% de terreno ucraniano ocupado y eficazmente defendido le ha permitido presumir de ir ganando; la segunda, tal vez la más decisiva, ha sido la advertencia contra su uso que, privada pero firmemente, le transmitió la administración Biden (es de lamentar que la advertencia no incluyera la invasión misma); la tercera parece que es otra advertencia de China, no amenazante pero seria.
Todo ello hay que reconsiderarlo ahora. La apariencia de victoria es ya inexistente; la administración Biden dio paso a la de Trump, y no es seguro que este la mantenga con la misma firmeza; y la posición de China es enigmática, porque nada autoriza a pensar que a priori aceptaría el uso del arma nuclear por parte de Rusia, pero más de cuatro años de apoyo y de petróleo barato cementan un compromiso ya difícil de romper.
Así pues, si la tentación de revertir una situación desastrosa por ese procedimiento fuera irresistible, es preciso considerar cuáles serían las circunstancias que rodearían al primer uso del arma nuclear desde Nagasaki, hace más de 80 años. En primer lugar, arsenales. Rusia tiene desplegadas (es decir, en disposición de uso inmediato) 1.720 ojivas estratégicas (de alrededor de un megatón), número similar al que tiene EEUU por los acuerdos de limitación de armas nucleares. La idea de estas armas y la paridad de sus números es cubrir la eventualidad de un ataque intercontinental repentino con suficiente armamento para una represalia masiva (la infame doctrina MAD, o mutual assured destruction).
Pero la gran diferencia es que, entre las no desplegadas, Rusia tiene unas 1.500 cabezas nucleares llamadas «tácticas» o «de teatro» (unos 15 kilotones) que, a pesar de estar en reserva, pueden desplegarse con rapidez y usar como vectores misiles de corto alcance, como el Iskander (500 km) o aviones de varias clases. EEUU sólo tiene de esta clase unas 200, cien de ellas desplegadas en Europa para ser utilizadas por aviones (Tornado, F-16, F-35) de países aliados (Alemania, Bélgica, Italia, Países Bajos y Turquía) como muestra de compromiso americano en la defensa de Europa incluso en el ámbito nuclear, pero para las que se reserva los códigos de activación.
Y son precisamente las armas nucleares tácticas las protagonistas de una controvertida teoría estratégica rusa, conocida como «escalar para desescalar», concebida tras la disolución de la URSS en vista de su inferioridad militar convencional, pero al mismo tiempo paridad con EEUU en armamento nuclear, heredado de la URSS e incrementado, por cierto, con el que Ucrania le cedió por el desastroso Memorándum de Budapest, 1994.
Vaya por delante que la expresión «escalar para desescalar» no existe en la doctrina oficial rusa, ni en esa forma ni en la de su teórico significado «usar el arma nuclear para forzar negociaciones», sino que es el resumen de lo que los analistas occidentales estiman que sería la manera rusa de responder a una determinada situación. Estos analistas han utilizado más elementos que meramente los documentos oficiales para llegar a esa conclusión: un cuidadoso estudio de los ejercicios rusos de despliegues nucleares; exégesis de comentarios de analistas rusos (que sí usan deliberadamente la expresión «desescalar» en este contexto); y desde luego consideran que es la explicación más racional a la enorme desproporción en armas tácticas entre las que tiene Rusia y las del resto de países nucleares, pues aparte de lo expresado más arriba para EEUU, las armas que las demás potencias nucleares —hasta donde llega el conocimiento público de algo generalmente mantenido en secreto— son todas estratégicas, ciertamente las del Reino Unido y Francia entre ellas.
Según la teoría «escalar para desescalar», la principal situación que podría desencadenar el uso de un arma nuclear táctica sería, precisamente, una en que las fuerzas rusas están siendo derrotadas en un enfrentamiento convencional, situación muy diferente a la de «riesgo existencial para el Estado», que sería el desencadenante de un intercambio nuclear estratégico.
Cabe, desde luego, argumentar que, para Putin, una derrota en el campo convencional de batalla no es muy diferente del riesgo existencial para el Estado, pues su supervivencia política estaría más que en duda, y su punto de vista es sin duda el famoso de Luis XIV, el Rey Sol: «L’État, c’est moi». Pero ateniéndonos a los hechos, y tratando de evitar interpretar la mente de un autócrata, algo siempre arriesgado y probablemente más en este caso, pues a todas luces cultiva la imagen de esfinge, tiene sentido la separación de las dos estrategias, la del intercambio intercontinental y la de escalar para desescalar.
La presunta escalada para desescalar se puede aún despiezar en escalones menores. El primero es un anuncio verosímil. Hay dudas sobre si las numerosas veces que Putin o sus adláteres han aludido elípticamente al uso del arma nuclear se pueden calificar como tal aviso creíble, pero parece que algo más explícito sería esperable para producir el efecto atemorizador deseado. El segundo subescalón sería una detonación táctica en un lugar inocuo, por ejemplo, el mar Negro. El salto es formidable, pero a ojos rusos tendría la balsámica cualidad de mostrar fuerza irresistible sin producir víctimas, infundiendo sin embargo pavor en el corazón de los decadentes y desmoralizados occidentales.
En el tercero, la bomba se lanzaría contra concentraciones militares enemigas. El problema es que este escalón, hasta hace muy poco fácilmente imaginable, está roto. La guerra moderna, por causas no relacionadas con lo nuclear, ha hecho desaparecer las concentraciones de fuerzas. La última concentración de fuerzas —carros de combate y vehículos de combate de infantería en grandes columnas, piezas de artillería atascando las carreteras— la vimos en los primeros estadios de la invasión de Ucrania, hace ya más de cuatro años. No parece que quepa esperar a ver tales imágenes ahora, a la vista del uso masivo de drones y otros artilugios letales, y no ciertamente en el lado ucraniano. Y este era precisamente el escenario principal que propició el desarrollo del arma nuclear táctica (llamada también por este motivo «de teatro»), aunque esas concentraciones se imaginaban en las llanuras europeas.
Una variante de lo anterior, igualmente improbable pero por diferentes razones, sería que, en caso de que las fuerzas rusas fueran expulsadas del Donbás y las ucranianas amenazaran con invadir Crimea, esta sí vital para Rusia por la base de Sebastopol, una o varias detonaciones nucleares tácticas sellarían el istmo de Perekop. Un efecto indeseable, pero menor, sería que ello también arruinaría el indispensable regadío de Crimea, que casi en su totalidad llega del Dniéper por medio del Canal de Crimea del Norte a través de Perekop.
Finalmente, el arma nuclear táctica se puede utilizar contra una población. Sus 15 kilotones son capaces de arrasar todo lo que se encuentra dentro de 1,6 km del punto de impacto, es decir, la destrucción total de 8 km² (las cifras para las estratégicas de un megatón son de 8 km y 200 km² respectivamente). Una ciudad como Toledo quedaría completamente devastada, por poner un ejemplo fácilmente imaginable, y otros efectos secundarios se extenderían muchos kilómetros más.
Naturalmente, este último subescalón llevaría aparejada, casi inevitablemente, la escalada nuclear total, por lo que cabe colegir que ya se habría abdicado de cualquier esperanza de «desescalar».
Es preciso, pues, estudiar las respuestas a los escalones uno y dos, principalmente.
Una advertencia explícita debería ser respondida con una amenaza igualmente explícita, emitida por el Consejo Atlántico, a ser posible en sesión de jefes de Estado o de Gobierno, pero de uso de fuerza convencional, que debería ser acompañada de importantes movimientos de fuerzas europeas hacia Ucrania, para hacerla creíble. Idealmente, las fuerzas aliadas deberían entrar en la propia Ucrania, escalando así el conflicto, pero todavía dentro del ámbito convencional.
Una detonación en un lugar no poblado parece que sería para Rusia el siguiente paso si las advertencias al primero no surten efecto y la situación, desde el punto de vista ruso, no se revierte. Aquí entramos ya en una acción irreversible. Unas declaraciones, por hostiles que sean, se pueden revertir, pero una detonación nuclear, por «táctica» e inofensiva que sea, es un asunto que no tiene vuelta atrás. El Consejo Atlántico debe inmediatamente considerar una respuesta adecuada. Sabemos muy bien que Ucrania no es aliada, por lo que el Artículo 5 a priori no podría ser invocado. Pero la descripción que el Artículo 6 hace de la zona en que las cláusulas defensivas del Tratado de Washington están vigentes (Europa, Norteamérica, las islas aliadas al norte del trópico de Cáncer, Turquía e, implícitamente, el Mediterráneo) proporciona margen para declarar que sí ha sido un ataque a un aliado. En efecto, en el Mar Negro (y pocos candidatos mejores hay para detonar una bomba en «tierra de nadie»), tienen costa nada menos que tres países aliados, Bulgaria, Rumanía y Turquía, que pueden muy justificadamente proclamar que su territorio nacional, que incluye el mar territorial y, a ciertos efectos, la zona económica exclusiva, ha sido afectado, sin importar cuál sea el objeto de la intimidación. Así pues, el Consejo Atlántico puede declarar tal acto como causa formal de guerra, y actuar en consecuencia.
Conclusiones
Preparémonos. Es cierto que, como se ha repetido, en las guerras se sabe cómo comienzan, no cómo ni cuándo acaban, pero lo que sí se sabe es que en algún momento acaban. Y si el balance de la terminación de la guerra de Ucrania es neta e inocultablemente negativo para Putin, como cada vez más va pareciendo, debemos estar preparados, con un guion bien escrito de las acciones a tomar en cada una de las situaciones que puedan surgir. Es cierto que, como se ha tratado de sintetizar más arriba, las opciones son escasas, así que la tarea de prepararlas es relativamente simple. No es menos cierto que Putin podría sorprendernos con algo que ahora no imaginamos, y tal vez no menos grave, pero como dijo el general Eisenhower: «Los planes son inútiles, pero planear es indispensable».
Fernando del Pozo es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria
