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Internacional

El mundo es de EEUU y China: Trump y Xi han quedado para organizarlo a su gusto

La visita del presidente estadounidense a Pekín consagra la era del G-2: el consenso de la desglobalización

El mundo es de EEUU y China: Trump y Xi han quedado para organizarlo a su gusto

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a su homólogo en China, Xi Jinping. | Daniel Torok (Europa Press)

«Esta fue una semana que cambió el mundo». Son palabras del presidente estadounidense Richard Nixon después de su histórico viaje a China en 1972. La visita —un acontecimiento geopolítico organizado por Henry Kissinger que marcó la apertura de relaciones entre las dos superpotencias y el comienzo del largo e imparable declive de Moscú— fue mucho más que una visita: fue un giro estratégico global. Y Nixon tenía razón: el mundo cambió desde entonces.

La revolución Washington-Pekín se consolidó con Bush, con Clinton y con Obama. Ahora, 54 años después de aquella primera visita, es el turno de Donald Trump, y los retos son seguramente más complicados. No estamos en la superación de la Guerra Fría de Nixon, ni en la consolidación de relaciones y la globalización de Clinton y Bush, ni tampoco en la mirada hacia Asia de Obama.

Estamos en la era de la desglobalización, el desequilibrio, la ofensiva arancelaria, la coexistencia armada entre las dos superpotencias en el marco de una rivalidad feroz. Estamos en la era del G-2.

Aunque en sus anteriores encuentros la relación entre los dos líderes no ha sido mala, la tensión ahora es obvia: está en el estilo de Donald Trump, con la improvisación, la confrontación, la negociación transaccional, los giros súbitos, la conexión con los autócratas que mandan en Pekín y Moscú y el distanciamiento de los aliados europeos. Está en el estilo de Xi Jinping, puño de hierro en el Partido Comunista y maestro de purgas y golpes internos que le han llevado a ser el líder chino con más poder desde Mao. Y está en el contexto global, con dos guerras en marcha y un nuevo paradigma internacional que sustituye al de los últimos 80 años.

Trump juega con su imprevisibilidad explosiva; Xi presume de estabilidad y cálculo. La autoridad personal es vital para ambos. A ninguno le gustan los límites institucionales, aunque es obvio que lo tiene más fácil el dictador de Pekín, que ha asegurado su control absoluto, que el autoritario y extravagante inquilino de la Casa Blanca. Y a los dos les interesa mantener la rivalidad —geopolítica, económica, comercial y tecnológica— sin romper la baraja, sin destrozos ni alteraciones de un sistema en el que los fuertes imponen su ley por encima de las normas internacionales.

En el capítulo de las relaciones económicas y tecnológicas, EEUU está revisando la que era su política oficial de enfrentamiento frontal con China. Los intereses de los techbros —los líderes de la élite tecnológica— y otros grandes empresarios de las finanzas y la energía no coinciden necesariamente con los de los fabricantes de automóviles y otros sectores manufactureros. Los primeros pueden buscar una cooperación respaldada por el Gobierno, a imitación del modelo chino. Los segundos necesitan protección frente a las capacidades asiáticas.

En cuanto a la geopolítica, Irán está en primer plano. La guerra ha alterado los suministros energéticos vitales para Pekín, aliado de Teherán. Pensando en eso, y a la vista de las dificultades que está teniendo Trump para salir del lío en el que se metió hace un par de meses, no sería extraño que Xi mediara en el intento de desatascar las negociaciones que apadrina Pakistán —con el respaldo oficial de Pekín— entre los estadounidenses y los iraníes. A Pekín no le mueve la generosidad, sino el interés. La economía china tiene menos crecimiento y mayor desempleo: el petróleo caro no le va bien a China, que se bebe todo el crudo que puede, desde el iraní hasta el ruso.

En cualquier caso, lo importante del encuentro entre los dos líderes de las dos únicas superpotencias, el G-2, no será tanto la lista de acuerdos que firmen como las señales que envíen al mundo que les está contemplando. Sus gestos, la escenografía, la confirmación de una visita de Xi a Washington este año, la voluntad de cooperación o de enfrentamiento y si se entierra o no el hacha de guerra de los aranceles.

Trump tiene un lastre del que Xi Jinping está libre: las elecciones. Las legislativas de mitad de mandato están solo a cinco meses y medio, y el electorado estadounidense está enfadado por los precios de la gasolina y de los alimentos y por el proceso lento y difícil de entender de la salida de la guerra de Irán. Habría que añadir también la irritación creciente ante la corrupción de familiares y amigos, el nuevo salón de baile de la Casa Blanca y los ataques al Papa, por mencionar solo algunos factores que podrían facilitar la victoria demócrata en la Cámara de Representantes en noviembre.

Por eso, Trump jugará este partido con la vista puesta en el electorado. Tratará de obtener victorias específicas relacionadas con el fin de la guerra de Irán y las derivadas económicas que puedan contener la inflación y empleará la ambigüedad estratégica que tanto le gusta para el resto de los asuntos en los que EEUU rivaliza con China. Xi jugará sus cartas pensando sobre todo en los beneficios a largo plazo (lo cual no es un factor de tranquilidad para los habitantes de Taiwán). La clase dirigente china está convencida —quizá demasiado— de lo inexorable del declive americano, y eso puede traducirse en concesiones a corto plazo que ayuden a Trump.

Por tanto, el desenlace de este encuentro, a pesar de las personalidades contrapuestas y de la disparidad de horizonte estratégico —seis meses para Trump, seis décadas para Xi— puede ser constructivo. Para EEUU y China, claro. La disrupción y la anarquía que a Trump le gusta exhibir parecen chocar con la disciplina, el control y la jerarquía de Xi. Pero ambos comparten la querencia por el ordeno y mando y el rechazo del modelo liberal internacional; los dos pueden llegar al acuerdo básico de EEUU y China, primero, y el resto, que se adapte como pueda.

Putin, que no puede rebelarse ante el patrón Xi, estará a lo que le digan. Y la Unión Europea, que necesita reparar los deteriorados vínculos con EEUU y afirmar su soberanía estratégica con las dos superpotencias, estará a lo que pueda. Este es, hoy por hoy, el mundo de chinos y estadounidenses.

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