El Día de la Victoria sabe a derrota en Rusia. El Día de Europa se celebra en Ucrania
Este 9 de mayo coinciden un triste desfile en Moscú y reflexión esencial sobre el futuro de la Unión Europea

El presidente ruso Vladimir Putin. | Reuters
Los drones de Ucrania amargan la tradicional celebración del Día de la Victoria en Moscú. Este 9 de mayo, la seguridad es la obsesión. Esos drones golpean casi a diario objetivos militares y económicos en Rusia. Llegan ya hasta Moscú, y solo faltaba que ocurriera algo en el desfile que conmemora el final de la Segunda Guerra Mundial. Por lo pronto, en esta edición, cuando han pasado más de cuatro años desde la invasión de Ucrania —aquella que iba a durar unas semanas—, se nota la guerra: no habrá exhibición de misiles, ni carros de combate ni vehículos militares pesados, y desfilarán menos soldados en la Plaza Roja. También habrá menos invitados extranjeros. Vladímir Putin, según el Financial Times, pasa cada vez más tiempo escondido en sus búnkeres por miedo a un atentado.
Moscú está perdiendo esta guerra. Despacio y sin ruido, porque tiene recursos, cuenta con la comprensión de Trump y además porque la castigada sociedad rusa asiste en silencio a la pérdida de cientos de miles de soldados en lo que todavía Putin llama una «operación militar especial». Mantiene a duras penas los frentes que controló en la invasión de 2022 en el este de Ucrania, pero ha perdido más de un millón de hombres en la guerra y, entre las bajas, la caída demográfica y los rusos que huyen de la autocracia, hay problemas de reposición en el Ejército y de mano de obra de todo el país. Los drones ucranianos alcanzan las refinerías y reducen la producción petrolera mientras las sanciones dificultan los préstamos internacionales. Con la poderosa excepción de China, hay aliados que caen, como Hungría, gracias a la derrota de Orbán, y el régimen castrista de Cuba, que bastantes problemas tiene con ser la siguiente ficha americana en el dominó de Donald Trump.
Ucrania está ganando esta guerra. Con muchas dificultades y muchos sacrificios, y con la ayuda europea, pero su ejército es el más dinámico de Europa, el primero del continente que ha entrado en el siglo XXI, el que más y mejor ha sabido desarrollar la innovación. Hace 14 meses, Donald Trump quiso humillar a Volodímir Zelenski en la Casa Blanca y, además de ser grosero y matón con el presidente ucraniano, le dijo que «no tenía ninguna baza». Ahora, Trump necesita más de una baraja para escapar del conflicto que ha organizado en Oriente Medio, mientras que Ucrania asesora y aporta equipamiento a los países del Golfo que están bajo la amenaza de los misiles y drones de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán.
La revolución tecnológica bélica de los ucranianos es asombrosa. Sus drones han destruido 300.000 armas pesadas rusas —carros de combate y piezas de artillería— y en los últimos tiempos están causando más de 30.000 bajas al mes, al tiempo que interceptan más del 70% de los ataques rusos. Ucrania fabricó 4 millones de drones en 2025, y casi duplicará la cifra en 2026, con una nueva generación de aparatos convertidos en armas estratégicas por su radio de acción y su precisión.
De aquí sale un elemento de enorme importancia: la resistencia de Ucrania y las torpezas de Trump están ayudando a poner en pie la nueva estructura europea de defensa. Después de toda una vida encargando su seguridad al paraguas norteamericano, los países europeos, liderados por Alemania, Francia y Reino Unido, entienden que ha llegado el momento: la defensa de Ucrania es la defensa de Europa y, si Ucrania pierde frente a Rusia, será Europa la derrotada.
El 9 de mayo, también Día de Europa, es momento de reflexionar —con Ucrania en primer plano— sobre el presente y el futuro de la seguridad del continente. El momento de asumir que su mayor amenaza existencial, hoy por hoy, es la Rusia de Putin, y que su principal crisis es la erosión del vínculo atlántico; y que, sin una Unión Europea más cohesionada, ninguno de estos dos retos se abordará como es necesario.
Queda casi todo por hacer, y las dificultades son grandes, porque, a pesar de las señales —no ha sido Trump el primero de los presidentes estadounidenses en avisar, aunque sí el más basto—, Europa no estaba preparada para la crisis de seguridad con Washington, y sigue sin estarlo: sin EEUU, Europa hoy no tiene defensa.
A medio y largo plazo, la única opción es poner en pie esa estructura, pero estamos hablando de 10-20 años. Mientras tanto, hay que elevar drásticamente el compromiso europeo de defensa —sí, dinero, mucho dinero, como quedó claro el año pasado en el acuerdo unánime de los países aliados de destinar de aquí a 2035 el 5% del PIB a la defensa y a inversiones relacionadas—; hay que empezar a diseñar una estructura propia, con un mando único europeo, hay que abordar la interoperabilidad de los ejércitos nacionales del continente y —muy difícil—, hay que empezar a hablar de la capacidad europea de disuasión: de una fuerza nuclear europea.
Las opiniones públicas europeas —desde luego, la española— no están en ese debate. Los Gobiernos —desde luego, no el español— sí empiezan a asumirlo. Hay un país fundamental en esta perspectiva: Alemania. El Gobierno de Berlín acaba de aprobar los objetivos presupuestarios de 2027 —sí, en todos los países europeos excepto en uno hay presupuestos anuales; en caso contrario, se convocan elecciones— y se prevé un endeudamiento de casi 200.000 millones de euros para defensa e infraestructuras. El contraste con las cifras de hace un par de años es espectacular. Alemania tira por la borda décadas de conservadurismo fiscal para reactivar la economía y liderar el esfuerzo defensivo del continente.
Si a esto se le une que la caída de Viktor Orbán en Hungría ha facilitado a Ucrania casi 100.000 millones de euros en ayuda económica y militar, estamos en una situación diferente este 9 de mayo: el posible comienzo de la sustitución de la OTAN y de la construcción de una Europa capaz de defenderse, que hablará en un mayor plano de igualdad con EEUU a la espera de que se restaure un vínculo atlántico que no será el de los últimos 80 años, pero que tendrá un papel básico en todo caso.
La volatilidad geopolítica es extrema, como no se cansan de repetir los expertos y garantizar ciertos líderes, y los pronósticos sobre el desenlace de los conflictos y el desarrollo del futuro son muy arriesgados. Pero este 9 de mayo hay elementos suficientes como para empezar a imaginar cómo será la nueva Unión Europea del siglo XXI. Es difícil, pero muchísimo más lo era imaginar una Europa próspera y unida después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, y eso es lo que aquellos gigantes —Robert Schumann, Jean Monnet, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, entre otros— hicieron. Nuestro homenaje a los constructores de esta Europa de hoy es avanzar hacia la Europa de mañana.
