Los mundos de la hegemonía múltiple: la interdependencia competitiva
«La multipolaridad no es suficiente para definir el nuevo entorno internacional post-liberal»

Cuaderno FAES.
La multipolaridad no es suficiente para definir el nuevo entorno internacional post-liberal, se necesita, por tanto, caracterizar con mayor precisión las notas principales de la reconfiguración de poder global que se está produciendo ante nuestros ojos. No hacerlo sólo nos conducirá a tomar las decisiones equivocadas.
Siempre es complicado vislumbrar la dirección que llevamos cuando todo se mueve bajo nuestros pies, pero la multitud de acontecimientos acaecidos en los últimos años puede darnos pistas sobre el rumbo que está tomando nuestro acelerado mundo.
Si marcamos 2008 como punto de partida arbitrario de nuestro recuento, tenemos la crisis de las subprime que degeneró en crisis financiera mundial; la Primavera Árabe y la caída de numerosos regímenes laicos junto con el surgimiento del DAESH; la retirada de Estados Unidos primero de Irak, y en diferido de Afganistán; el nuevo ciclo imperialista ruso, que se inició ese mismo año en Georgia y que culminó en 2022 con su invasión de Ucrania; la pandemia del SARS-CoV-2, la quinta más mortífera de la historia, con todas sus consecuencias, y no sólo en términos de salud pública; el imparable crecimiento económico chino, que en 2014 superó por primera vez a Estados Unidos en paridad de poder adquisitivo, y que va asociado a su impresionante desarrollo tecnológico junto a su creciente músculo militar; la expansión de los BRICS que ha obligado a añadir un + al acrónimo para dar fe de sus nuevos socios; la respuesta israelí a los infames ataques terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023, que puede culminar en una reconfiguración de las relaciones políticas de todo Oriente Medio; y finalmente, la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) como elemento disruptivo clave del momento.
Son sólo algunos ejemplos que ilustran la complejidad del actual entorno internacional. Conviene, pues, aclarar cuanto antes en qué mundo vivimos una vez que el Orden Internacional Liberal (OLI) ha dejado de ser la guía de interpretación y comportamiento de la mayoría de Estados, incluidos los más poderosos1.
Si no es liberal ni internacional, ¿Qué tipo de orden existe?
Efectivamente, esa es la primera pregunta que debemos hacernos si convenimos que el OLI ha pasado de estar en cuidados paliativos a convertirse en el penúltimo apéndice de nuestros libros de historia. Pero que el OLI haya perdido su ‘I’ no implica la ausencia de orden, sino más bien la proliferación de diferentes órdenes.
Siguiendo a Mearsheimer (2019), la tipología de órdenes es muy variada (Imagen 1). Para empezar, por su extensión distinguimos entre órdenes internacionales y limitados. Los primeros, los internacionales, deben incluir a todas las grandes potencias e idealmente a todos los países, ya que su fin es fomentar la cooperación entre sus miembros, como ocurre, por ejemplo, en el seno de Naciones Unidas (ONU). Por el contrario, los órdenes limitados están formados por un conjunto de instituciones con una participación restringida, es decir, no incluyen a todas las grandes potencias y suelen ser de carácter regional puesto que están diseñadas para permitir a las respectivas grandes potencias competir satisfactoriamente entre sí, como sucedió durante la Guerra Fría entre la Alianza Atlántica y el Pacto de Varsovia. En definitiva, tienen una amplitud (número de miembros) y un alcance (geográfico y funcional) mucho más restringidos.

Por su alcance los órdenes pueden ser robustos o ligeros en función del grado de su influencia sobre las áreas más importantes de actividad estatal, principalmente la seguridad y la economía, y en consecuencia sobre la propia actividad de los Estados. Mientras un orden robusto es capaz de constreñir el comportamiento de los Estados en todas o la mayoría de las áreas, los ligeros sólo pueden limitar la libertad de acción estatal en una de las áreas, o bien la militar o bien la económica, pero nunca en las dos a la vez.
«La caída del OLI nos permite descartar su extensión internacional, surgiendo diversos órdenes de extensión limitada cuyo alcance es más ligero bajo un liderazgo multipolar y cuya principal motivación es realista con tintes agnósticos e ideológicos»
Por el tipo de liderazgo los órdenes mundiales pueden ser unipolares, cuando una potencia dominante es capaz de ejercer su influencia sobre el resto de países, incluidas las grandes potencias; bipolares, cuando dos grandes potencias se disputan la influencia mundial sin que ninguna alcance el estatus de potencia dominante; y multipolares, cuando en ausencia de una potencia dominante, diferentes grandes potencias, más de dos, compiten entre sí.
Por último, en función de su motivación, y estrechamente ligado a lo anterior, los órdenes pueden ser realistas, agnósticos o ideológicos. En los órdenes realistas las consideraciones de seguridad son las primordiales y la competición entre las grandes potencias lo que caracteriza sus relaciones, ya sea a través de una lucha o de un equilibrio de poder; son, pues, los que predominan en escenarios bipolares y multipolares. Por el contrario, un orden unipolar se puede regir de dos formas, sin motivación universalista alguna, es decir, la potencia dominante no aspira a imponer sus valores y sistema de gobierno a escala mundial, aunque sí que ejercerá su poder para reprimir cualquier desafío a su autoridad, lo que Mearsheimer (2019) describe como un orden agnóstico; o bien mediante un impulso universalista, cuando la potencia dominante trata de convertir al mundo en su imagen y semejanza a través del ejercicio de su poder, lo que convierte al orden en ideológico, como sucedió con el liberalismo y el comunismo o sucede ahora con el yihadismo.
Una vez descrito qué tipo de órdenes mundiales son posibles, ya podemos tratar de describir el orden postliberal. En primer lugar, la caída del OLI nos permite descartar su extensión internacional, surgiendo en su lugar diversos órdenes de extensión limitada cuyo alcance es más ligero bajo un liderazgo multipolar y cuya principal motivación es la realista, pero con tintes tanto agnósticos como ideológicos según la gran potencia dominante en cada uno de los órdenes limitados.
En ausencia de una alternativa real al OLI y ante la falta de consenso para refundarlo, en el actual panorama internacional multipolar están surgiendo diversos órdenes limitados, cada uno de ellos liderado por una o varias grandes potencias y cada uno enfocado a un área en concreto (económica, de seguridad, tecnológica…). El fracaso de la ONU como instrumento de seguridad colectiva nos devuelve al proyecto inicial de F.D. Roosevelt, su plan de los Cuatro Policías, una empresa que se alejaba del universalismo democratizador de la Sociedad de Naciones para limitarse a la cooperación civilizada entre las grandes potencias y a la neutralización de amenazas comunes (Kissinger, 2000).
La diferencia respecto a la década de 1940 es que hoy en día a cualquiera de esas grandes potencias les resulta mucho más complicado dominar su respectiva zona de influencia, que además ha perdido su anclaje geográfico gracias a la globalización y los avances en las tecnologías de la información y comunicación (TIC), lo que convierte en más restringida, deslocalizada y flexible su capacidad de influencia. Es decir, esos órdenes limitados son más ligeros porque permiten una mayor libertad de acción de sus miembros, pasando de rígidas estructuras piramidales a otras más dinámicas de geometría variable.
En cuanto a su motivación, el actual entorno mundial está caracterizado por la competición estratégica entre grandes potencias, por lo que podemos deducir un predominio del componente realista, si bien en las capas inferiores subyacen estratos tanto agnósticos (como en los actuales Estados Unidos) como ideológicos (como en la Unión Europea o en Rusia, y en menor medida en China).
Pero este conjunto de órdenes limitados no opera en el vacío. Puede que ya no exista un orden internacional como tal, pero el entorno, la estructura mundial sigue intacta, y esta está basada en lo que Keohane y Nye denominaron en 1997 como interdependencia compleja y que en esencia resalta, por un lado, la influencia que las acciones de cualquier actor tiene sobre el resto de actores, lo que en la práctica implica una restricción en la autonomía de cada uno; y por otro, la diversidad de asuntos más allá de los relativos a la seguridad nacional, como los sociales o los económicos, cuestionando así la primacía que los realistas conceden a la lucha de poder como motor de las relaciones internacionales, abriendo la puerta a escenarios de colaboración (Keohane y Nye, 2012)
Así pues, si aunamos las visiones realista y liberal de las relaciones internacionales y las aplicamos a la descripción que acabamos de hacer del actual entorno mundial, podemos definirlo como un orden de hegemonías múltiples e interdependencia competitiva.
Definido el orden, ¿Cuáles son sus actores clave?
Para identificar los actores clave en la transición hacia el nuevo orden de hegemonías múltiples podemos seguir el esquema de Organski (1964) que, teniendo en cuenta el nivel de poder y satisfacción con el orden existente, clasificó a los Estados durante la Guerra Fría en cuatro categorías, a saber: los poderosos y satisfechos, los poderosos pero insatisfechos, los débiles y satisfechos y los débiles pero insatisfechos (Imagen 2).

En la primera categoría nos encontramos con las potencias que más se benefician del orden internacional del momento. Durante la vigencia del OLI, Estados Unidos, como potencia dominante, fue la que más partido sacó de él, seguida por sus principales aliados europeos y asiáticos. Pero como ya indicamos en otro momento2, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca esa percepción ha mutado en un descontento hacia el modelo liberal que ha dejado a las potencias europeas, junto a Canadá, Japón y Corea del Sur, como únicas defensoras del orden liberal.
El segundo grupo de Estados estaría formado por las potencias insatisfechas, aquellas que no se ven suficientemente recompensadas en el actual orden internacional. Son, por tanto, con su revisionismo, los principales oponentes al statu quo prevalente y la principal fuente de conflictos si alcanzan el poder suficiente como para medirse a las potencias satisfechas. Durante la Guerra Fría, tanto la URSS como China fueron ejemplos claros de este segundo tipo de Estados, y lo continúan siendo hasta el momento, con la diferencia de que la Unión Soviética ha dado paso a una Federación Rusa igual de opuesta al OLI y empecinada en recuperar su zona de influencia en Europa, y de que China ya no es el gigante pobre y atrasado de la Revolución Cultural sino que se ha convertido en el motor del crecimiento económico mundial y de su desarrollo tecnológico. Es decir, que lejos de perder poder, en el periodo de Postguerra Fría las potencias insatisfechas han ganado en poder relativo respecto a las potencias satisfechas, y mucho más desde que Estados Unidos se ha unido a sus filas, un crecimiento que a su vez provoca mayor desafección y puede ser una tentación para el uso de la fuerza, como ha sucedido con Rusia.
«Si aunamos las visiones realista y liberal de las relaciones internacionales y las aplicamos a la descripción del actual entorno mundial, podemos definirlo como un orden de hegemonías múltiples e interdependencia competitive»
En el tercer peldaño tenemos a los Estados débiles satisfechos, el conjunto de medianas y pequeñas potencias, junto a los países menos poderosos, que han encontrado su lugar en el orden internacional y obtienen ciertos beneficios del mismo. Son naciones que no representan ningún problema para el primer grupo por su grado de satisfacción y por su impotencia para alterar el statu quo, es más, incluso aportarán su grano de arena para neutralizar las acometidas de los oponentes.
Por último, el grupo de los débiles insatisfechos, aquellos Estados contrarios al orden internacional actual y a su lugar en el mismo, pero que carecen del poder para revertir su situación por sí mismos, si bien de unirse al segundo grupo pueden llegar a desequilibrar el equilibrio de poder mundial. De todos modos, como veremos más adelante, su oposición no es estrictamente antagonista, siendo capaces de compartimentalizar su acción exterior para maximizar sus recompensas, persiguiendo así un entorno mundial más igualitario (VV. AA., 2023).

Pero el mundo actual no es como el de la década de 1950, con su enfrentamiento bipolar y la pervivencia de imperios coloniales. En la actualidad, el modelo de Estado nación se ha extendido por todo el globo, sí, pero no ha asegurado su éxito, pues lejos de ello, en el mundo premoderno3 conviven Estados canalla con Estados débiles y fracasados en cuyo seno se expande la gobernanza criminal que permite a actores no estatales, como grupos terroristas y organizaciones criminales, controlar territorio y población. Es decir, la inestabilidad que irradia el mundo premoderno afecta por igual a todo tipo de países, poderosos y débiles, satisfechos e insatisfechos.
Así pues, del esquema propuesto por Organski (1964) pasamos al siguiente, donde la clave ya no es tanto el grado de satisfacción con el orden internacional, una vez que ha desaparecido, como la capacidad para crear esferas de hegemonía propias, y aquí las grandes potencias insatisfechas llevan la iniciativa, a pesar del surgimiento de potencias en ascenso como la India o Brasil, junto a polos alternativos como Indonesia, Turquía o Arabia Saudí.
En todo caso, la existencia del mundo premoderno y su prevalencia en numerosas regiones del mundo nos recuerda que «la multipolaridad no se aplica universalmente. Como resultado, este sistema es mucho más complejo que cualquier otro que cualquier persona viva haya experimentado. Tiene atributos de la unipolaridad, la bipolaridad y la multipolaridad al mismo tiempo, dependiendo de la región y del área en cuestión» (VV. AA., 2024).
Ya tenemos el orden y sus actores, ¿Cómo serán sus relaciones?
Según las dos grandes escuelas en el estudio de las relaciones internacionales, la realista y la liberal, dada la ausencia de una autoridad central respetada por todos, sólo hay dos modos en que los Estados pueden relacionarse en un entorno anárquico, o mediante el equilibrio de poder o a través de la colaboración. Pero en el periodo de transición en el que nos encontramos, con el paso de un OLI imperfecto a un orden de hegemonías múltiples, una taxativa distinción entre guerra y paz es incapaz de dar cuenta de la complejidad que impera en la actualidad.
Como señalan Kegly y Blanton (2011), «dado que los sistemas multipolares incluyen varias grandes potencias comparativamente iguales, son complejos. La interacción de factores militares y económicos, con grandes potencias compitiendo en igualdad de condiciones, está plagada de incertidumbre. Diferenciar a un aliado de un enemigo se vuelve especialmente difícil cuando los aliados en seguridad militar pueden ser rivales en relaciones comerciales». Es decir, mientras durante la Guerra Fría y bajo la primacía del OLI distinguir entre aliados y enemigos era relativamente sencillo, hoy ya no existe semejante claridad geo-estratégica.
«El modelo de Estado nación se ha extendido por todo el globo, pero no ha asegurado su éxito, pues lejos de ello, en el mundo premoderno conviven Estados canalla con Estados débiles y fracasados en cuyo seno se expande la gobernanza criminal»
A los tradicionales factores de inestabilidad sistémica, como son la propia distribución de poder en su seno y el equilibrio resultante, la ideología predominante en los Estados y el nacionalismo (Mearsheimer, 2019), y que en una etapa de transición como la que presenciamos tienden a exacerbarse, debemos añadir el grado de oposición al OLI, el respeto al principio de soberanía estatal (el orden de Westfalia) y la inestabilidad procedente del mundo premoderno.
Si nos fijamos únicamente en dos de ellos, el grado de oposición al OLI y el respeto al principio de soberanía estatal, comprobamos, como se muestra en el gráfico (Imagen 3), que la gran potencia más conflictiva es Rusia, como ha quedado patente desde 2008, seguida de Irán, debido a su injerencia en numerosos países de la región, e incluso de Sudamérica, mediante la expansión de Hezbolá. Curiosamente, Estados Unidos, a causa de su reciente desvinculación del OLI y su estrategia de America First,se ha convertido en una potencial fuente de inestabilidad mundial, no sólo en el área comercial, sino también en la geopolítica, como demuestra su uso de fuerza letal para luchar contra el narcotráfico procedente del sur del continente americano y sus constantes amenazas al régimen venezolano que han culminado con la detención de Nicolás Maduro. En definitiva, lo que supone el America First en la práctica es la recuperación de la Doctrina Monroe, y el arrinconamiento de la política de buena vecindad, como vía para asegurar la hegemonía continental, es decir, la conversión del sistema americano en un orden unipolar liderado por Estados Unidos.
«Según las dos grandes escuelas de las relaciones internacionales, realista y liberal, dada la ausencia de una autoridad central, sólo hay dos modos en que los Estados pueden relacionarse en un entorno anárquico, mediante el equilibrio de poder o a través de la colaboración»
Por su parte, China representa una amenaza moderada ya que su respeto a ciertas áreas del orden liberal, en especial en lo relativo a la económica-financiera, la convierte en un actor bisagra. Por un lado parece respetar las reglas del juego, pero por otro hace todo lo posible por desmontar la actual arquitectura económica-financiera con iniciativas como los BRICS+ y su Nuevo Banco de Desarrollo, el proyecto de la Franja y la Ruta o el sistema de banca paralela. De todos modos, su imparable auge pone en entredicho el equilibrio de poder mundial, y junto a su voluntad por recuperar Taiwán, son dos factores que colocan a China en el grupo de las amenazas.
En el campo contrario, potencias como Brasil o la India, a pesar de no estar satisfechas con el OLI, no se oponen frontalmente a Europa y Estados Unidos, sino que buscan ampliar su libertad de acción aliándose con las potencias insatisfechas para ver recompensado de algún modo su creciente poder (Vinjamuri, 2025).

Por su lado, Francia, en la parte inferior izquierda del cuadro, representa a las potencias y países débiles satisfechos con el OLI pero que carecen de los medios para defender su vigencia, y que por tanto están lejos de representar una amenaza para la paz mundial.
Si a la oposición al OLI y el respeto a la soberanía estatal, les unimos el resto de factores de inestabilidad sistémica podremos tener una idea más precisa de cómo se desarrollarán las relaciones entre los diversos actores. Si hablamos de la distribución de poder, como señala Mearsheimer (2001), «las grandes potencias raramente están contentas con la distribución de poder existente, bien al contrario, encaran un constante incentivo para cambiarlo a su favor. Ellas albergan casi siempre intenciones revisionistas, y usarán la fuerza para alterar el equilibrio de poder si creen que pueden lograrlo a un coste razonable». Es lo que ha sucedido con Rusia respecto a Ucrania y a la OTAN, en Moscú vieron una ventana de oportunidad, ante el repliegue estratégico estadounidense y la debilidad militar europea, para recuperar su tradicional zona de influencia. Y es lo que puede suceder en Asia con China y Taiwán, si el compromiso de Estados Unidos en la región se debilita.
Respecto a la ideología y el nacionalismo, cuanto mayor sea el componente ideológico y más importancia tenga el nacionalismo en los cálculos políticos de los respectivos líderes estatales, más probabilidades habrá de que el conflicto triunfe sobre la colaboración. Si la ideología mantiene unido a un pueblo con sus líderes, al mismo tiempo les separa del resto de pueblos que no comparten sus principios, haciendo de ese modo el conflicto mucho más aceptable y probable; mientras que el nacionalismo, con su énfasis en la soberanía y la identidad nacionales, junto con la autodeterminación, es una fuerza que suele vencer a empresas de colaboración supranacional. Si la UE es una de las pocas excepciones a esta regla, su inclinación liberal es la que explica en gran medida su oposición a todo nacionalismo, tanto interno como externo, y la que hace más improbable cualquier tipo de acuerdo con la Rusia de Vladimir Putin, cuya ideología ultraconservadora y ultranacionalista está en las antípodas del proyecto europeo. Eso explica también que sean los Estados Unidos de Donald Trump, a pesar de su nacionalismo, quienes intenten lograr un acuerdo de paz con Moscú, pues su agnosticismo les permite negociar libres de prejuicios ideológicos.
Si unimos todos los factores, en el siguiente gráfico podemos calcular el tipo de conflictividad de los Estados, con los más insatisfechos volcados hacia la derecha del pentágono, mientras lo más poderosos y beneficiados por el actual equilibrio de poder lo están hacia la izquierda (Imagen 4).

Por último, no debemos olvidar la inestabilidad procedente del mundo premoderno, en no pocas ocasiones instigada desde el exterior. En estas regiones, las grandes potencias no están tan interesadas en extender su zona de influencia directa, lo que les obligaría a intervenir e invertir en su desarrollo interno, como en obtener ventajas concretas, ya sea en forma de bases militares, materias primas o votos en la Asamblea General de la ONU. No sólo eso, el mundo premoderno también se ha convertido en escenario de competición entre grandes potencias siendo utilizado como punto de proyección estratégica frente a rivales. El Sudeste Asiático, Asia Central, Oriente Medio, el Cuerno de África y la región del Sahel, sin olvidarnos de Centroamérica y el Caribe, no han podido escapar de esta lógica y aún hoy en muchos de esos lugares se sufre por la incapacidad de crear estructuras estatales eficaces y legítimas. Como muestra de su trascendencia podemos mencionar las malogradas intervenciones occidentales en Irak, Afganistán o Mali; la injerencia rusa en el Sahel para convertirla en otra de sus retaguardias ofensivas, o el interés iraní por Sudamérica para la financiación de su influencia regional.
Y hay más. Hoy las amenazas graves no sólo provienen de los Estados, con conflictos clásicos como el que enfrenta a Tailandia y Camboya; y hace ya tiempo que estamos acostumbrados al horror terrorista, pero el peligro que suponen las organizaciones criminales es mucho mayor. El crimen organizado expande su gobernanza criminal por todo el mundo, no sólo en el premoderno, de donde surgió, sino también en el moderno y el posmoderno4, donde cuenta con poderosos colaboradores. Son esas pequeñas islas de impunidad desde las que corrompen nuestras sociedades con sus tráficos ilícitos y su dinero sucio, y que tan bien saben instrumentalizar determinados Estados en nuestro detrimento. La actual campaña estadounidense contra el narcotráfico en el Pacífico y el Caribe se inscribe en esta lógica, y es una muestra de cómo nuestra respuesta a la inestabilidad emanada del mundo premoderno será uno de los factores clave en el nuevo orden de hegemonías múltiples.
Pero hasta aquí sólo hemos hablado de la esfera geopolítica y del uso de la fuerza, es decir, de las posibilidades de conflicto, y en un orden de interdependencia competitiva hay muchas más áreas a tener en cuenta. Como indican Keohane y Nye (2012) al describir su concepto de interdependencia compleja, la multitud de ámbitos sin una jerarquía clara en su importancia y la variedad de canales de contacto entre las sociedades son dos condiciones básicas del actual entorno internacional. En las esferas económicas, tecnológicas, culturales o de gobernanza, aunque no están libres de disputas, la colaboración entre naciones es más factible que en la geopolítica, si bien las grandes potencias tratarán de instrumentalizarlas a su favor, limitando o extendiendo su amplitud y alcance, mientras intentan controlar sus instituciones (VV. AA., 2024). De todos modos, las coaliciones en esas mismas áreas pueden servir a las potencias medias y emergentes para resistir esos impulsos hegemónicos de las grandes potencias, como sucede con la ASEAN o la UE, y sin duda veremos en el BRICS+.
Conclusiones
Aunque nuestro mundo aún no haya terminado de formarse y el futuro sea más impredecible que nunca, con lo analizado hasta el momento podemos aventurar varios escenarios posibles:
• La guerra entre grandes potencias, aunque nunca se puede descartar definitivamente, será por el momento improbable debido tanto a la restricción nuclear como a ciertas características propias de los principales actores. En primer lugar, si China continúa por la senda del ascenso pacífico y su comunidad de destino compartido para la humanidad es más probable que fomente la interdependencia por encima del conflicto. En segundo lugar, el que Estados Unidos, hasta hace poco la potencia dominante, haya adquirido un tinte agnóstico en su estrategia exterior, renunciando voluntariamente a los costes de su primacía, elimina las posibilidades de que resista su declive relativo por todos los medios, incluido el uso de la fuerza.
• De todos modos, ni China ni Estados Unidos, y ni mucho menos Rusia, se abstendrán de intentar crear sus propias esferas de influencia. Pero ninguna potencia media ni emergente querrá permanecer subordinada de nuevo, no se han alzado contra el OLI para seguir sumisamente el liderazgo ajeno, por lo que buscarán pactos y alianzas mucho menos rígidos que los del pasado. En un mundo de lealtades volátiles el equilibrio de poder será siempre inestable, añadiendo mayor incertidumbre a los cálculos estratégicos de los principales actores mientras se amplían las posibilidades de acción de actores menos relevantes.
• La interdependencia competitiva no elimina el conflicto, es más, lo convierte en una de las características propias del sistema, pero no en la única, pues la conexión existente en múltiples campos entre todos los actores convierte en obsoleta, como ya dijimos al inicio, la distinción entre guerra y paz. Hoy todo el mundo se ha convertido en una gran zona gris donde conviven tácticas de guerra híbrida con estrategias de colaboración genuinas, y saber cómo, dónde y quién te está atacando será fundamental para elegir bien a tus posibles aliados y no cometer errores de cálculo.
• Por último, no debemos olvidar que la transición energética, de la descarbonización a las energías renovables, junto con el constante desarrollo tecnológico son una gran fuente de oportunidades, pero también de perjuicios, por lo que tendrán efectos profundos en el equilibrio de poder mundial, compensando a unos actores y sancionando a otros; añadiendo de ese modo mayor incertidumbre al sistema.
Así es, en definitiva, la hegemonía múltiple, la convivencia de diversos órdenes estrechamente relacionados entre sí por cambiantes dinámicas competitivas y colaborativas simultáneas. En un entorno internacional de estas características, sin grandes certezas, el binomio formado por la innovación y la adaptación será la clave para la supervivencia y el desarrollo de nuestras sociedades.

Keohane, R.; Nye, J. Jr (2012). Power and Interdependence. Longman.
Kissinger, H. (2000). Diplomacia. Ediciones B.
Kegley, C.; Blanton, S. (2011). World Politics. Trend and Transformation. Cengage Brain.
Mearsheimer, J. (2001). The Tragedy of Great Power Politics. Norton & Company.
(2019). Bound to Fail. The Rise and Fall of the Liberal International Order. International Security, v. 43 (2), 7-50.
Organski, K. (1964). World Politics. Scientific Book Agency.
Vinjamuri, L. (2025). Competing Visions of International Order. Responses to US Power in a Fracturing World. Catham House.
VV. AA. (2023). A Post-Western Global Order in the Making? Foreign Policy Goals of India, Turkey, Brazil and South Africa. Finnish Institute.
VV. AA. (2024). Managing Multipolarity. Coalition Building in a Fragmented World. American Enterprise Institution.
