El regreso de Stalin
«¿Quién es el Stalin de hoy? ¡Vladimir Vladimirovich! Putin es nuestro Stalin, ¡con él ganaremos!»

Relieve de Stalin en la estación de metro Taganskaya de Moscú. | Cuaderno FAES
La noche del 5 de marzo de 1953 murió Iósif Stalin, secretario general del PCUS. Una cantidad importante de súbditos soviéticos –incluidos los internados en campos de concentración– lloraron al conocer la noticia. Durante el tiempo en que estuvo expuesto su cadáver en la Sala de Columnas del Kremlin, la multitud acudió a llorarle y despedirlo. Un sentido adiós al dictador por excelencia de la URSS. Seis décadas después de su muerte –ya en el siglo XXI– aparecieron, de nuevo, en las calles de Moscú, unos carteles con el retrato de Stalin. El texto de uno de los primeros carteles: «¡Salud a nuestro maestro, nuestro padre, nuestro líder camarada Stalin!».
De forma progresiva, los carteles de Stalin se han ido trasladando de la calle a las paredes de las estaciones del metro y a los libros de texto de la escuela, al tiempo que se han ido inaugurando los denominados «Centros Stalin» –iniciativa estatal que proviene del Kremlin e iniciativa privada de la mano de los viejos comunistas– en todo el territorio de Rusia. Así se rehabilita a Stalin. Una rehabilitación que Vladimir Putin lleva con tacto y mesura: no se niegan los crímenes de Stalin, pero se aduce que el comportamiento de un Secretario General no puede olvidar ni ensombrecer los éxitos de la Unión Soviética. Penalizar a Stalin es condenar a Rusia. «La excesiva demonización de Stalin ha sido una de las formas de atacar a la Unión Soviética», dijo Vladimir Putin al cineasta Oliver Stone.
Así se interpreta y reescribe la historia. Así –decíamos antes– se rehabilita un líder. Así se reeduca al pueblo: ¿Quién ganó la Gran Guerra Patria? Stalin. ¿Quién desarrolló la Unión Soviética? Stalin. El pueblo toma la palabra: «creo que Stalin es injustamente odiado y él hizo mucho por nuestra nación», «por supuesto que fue un tirano, pero aun así demostró su valía como líder», «no podemos culpar únicamente a Stalin, porque todo formaba parte de un sistema.»
«Putin rehabilita a Stalin. Una rehabilitación que lleva con tacto y mesura: no se niegan sus crímenes, pero se aduce que el comportamiento de un Secretario General no puede olvidar ni ensombrecer los éxitos de la Unión Soviética. Penalizar a Stalin es condenar a Rusia»
Una encuesta del Pew Research Center1 señala que la valoración de Stalin está al alza –«mucho» o «bastante»– entre el 58% de los ciudadanos adultos. Por otra parte, como afirma Maxim Trudolyubov2, Stalin se ha convertido en «el líder capaz de poner las cosas en orden» olvidándose el papel de «dictador asesino» –las purgas y el culto a la personalidad– que implantó en la URSS. A ello hay que añadir que, si a finales de los años 80 del siglo XX, la valoración y prestigio de Stalin como personaje más importante de la historia de Rusia alcanzaba el 12 % de los encuestados, ahora ha escalado a la tercera posición, después de Vladimir Putin y Leonid Brézhnev. Un ascenso que se explicaría gracias a la popularidad que Stalin está recibiendo desde el Kremlin y también desde la iglesia ortodoxa.
En las redes sociales de Rusia –un reflejo más o menos fiel de la opinión en que participan diversos estratos sociales y políticos– se debate sobre la actualidad y/o necesidad de Stalin3. ¿Por qué ha regresado Stalin? Tres respuestas: porque fue capaz de depurar a la quinta columna que ponía en peligro el Estado; porque es el signo de una época de fortaleza política y económica capaz de restablecer el vínculo con el pasado soviético; porque es capaz de defender el statu quo de la Rusia actual. Stalin o el líder que hoy necesita Rusia4.
El 15 de mayo de 2025 el líder soviético regresó al metro de Moscú de la mano de una campaña de rehabilitación implementada por Vladimir Putin. Regresó en forma de una escultura de Stalin en bajorrelieve, con un tamaño superior al natural, acompañado por trabajadores y niños que le ofrecen flores. Una réplica de la escultura que fue retirada en 1966 durante el período de la «desestalinización» impulsada por Nikita Jruschov. Del ayer al hoy: la reposición de la escultura y la amnistía de Stalin. Una amnistía en marcha desde hace ya un par de décadas que se ha acelerado desde la invasión de Ucrania en 2022. Una amnistía que viene precedida por la disolución del Memorial (2021) que denunciaba la represión soviética y especialmente la estalinista, por el cierre del Museo de Historia del Gulag (2024) con la excusa de que el edificio no cumplía la normativa contra incendios, y por el cambio de nombre del aeropuerto de Volgogrado que pasa a llamarse Stalingrado.
Vladimir Putin es nuestro Stalin, ¡Con él ganaremos!
Como afirmé en otro Cuadernos de Pensamiento Político5, Vladimir Putin no quiere recuperar un legado comunista con el que no comulga en muchos aspectos, sino que desea recobrar el legado imperial de antes de la Revolución de Octubre. Por eso, Vladimir Putin no simpatiza con Lenin y sí con el Stalin que, en palabras de Moshe Lewin ya citadas en el artículo anterior, «siempre tendió a hacer suya la gloria del pasado imperial zarista y a utilizar la tradición en beneficio de su sistema… el hecho de que Stalin enfatizara las afinidades de su régimen con el Imperio y reivindicara las raíces históricas comunes, especialmente en lo que se refiere a la construcción del Estado por parte del más cruel de los zares, hizo posible una redefinición radical de su propio carácter, pero también de la identidad ideológica y política del sistema». Una cita que establece un primer paralelismo entre Stalin y Vladimir Putin: la autocracia de ambos personajes.
Vladimir Putin convierte a Stalin en el símbolo de una –supuesta– época gloriosa que hay que recuperar y reconstruir. El pueblo toma de nuevo la palabra: «¿Quién es el Stalin de hoy? ¡Vladimir Vladimirovich! Putin es nuestro Stalin, ¡con él ganaremos!».
Si Stalin se distinguió por una política de las nacionalidades que culminó en la construcción de una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas por la vía de la unión de los territorios del imperio zarista; si Stalin hizo eso, Vladimir Putin quiere recuperar el territorio perdido. Para ello, hoy, hay que reconquistar Ucrania. Es decir, hay que anular la política de Lenin al respecto.
Ese Lenin que afirma que «ningún demócrata podrá negar el derecho de Ucrania a separarse libremente de Rusia. Solo el reconocimiento absoluto de este derecho nos permite abogar (…) por la asociación voluntaria de los dos pueblos en un solo Estado (…). Defendemos la más estrecha unión de los trabajadores del mundo contra los capitalistas ‘propios’ y de todos los demás países, pero para que tal unión sea voluntaria, el obrero ruso, que no confía ni por un minuto en la burguesía rusa ni en la ucraniana, defiende hoy el derecho de los ucranianos a la separación, sin imponer su amistad, sino esforzándose por ganar su amistad al tratarlos como iguales»6.
«¿Por qué ha regresado Stalin? Porque fue capaz de depurar a la quinta columna que ponía en peligro el Estado; porque es el signo de una época de fortaleza política y económica capaz de restablecer el vínculo con el pasado soviético; porque es capaz de defender el statu quo de la Rusia actual»
Ese Lenin que advierte que «como no queremos hacer ‘conjeturas’ vanas, estamos firmemente por lo que es indudable: el derecho de Ucrania a semejante Estado. Respetamos este derecho, no apoyamos los privilegios de los rusos respecto a los ucranianos, educamos a las masas en el espíritu del reconocimiento de este derecho, en el espíritu de la negación de los privilegios estatales de cualquier nación»7.
Ese Vladimir Putin que durante la invasión de Ucrania repetía que la «Ucrania moderna fue creada completamente y en su totalidad por Rusia, muy específicamente por la Rusia bolchevique y comunista» y que «Lenin y sus colaboradores lo hicieron de la forma más desastrosa en relación con Rusia: dividiéndola, arrancándole trozos de su propio territorio histórico». El pueblo toma de nuevo la palabra: «¿Quién nos devolverá Ucrania? ¡Vladimir Vladimirovich! Putin, nuestro Stalin».
Menos filosofía y más economía
Ese Vladimir Putin que recupera –sigue la amnistía de Stalin y la condena de Lenin, aunque al parecer contemple con reticencias el expansionismo soviético leninista– el programa de Stalin que da preferencia a la problemática del desarrollo social y político en detrimento de la dialéctica de la naturaleza –el materialismo dialéctico y la dialéctica como ciencias– que teoriza Lenin en los Cuadernos filosóficos. En lugar de hablar de la filosofía marxista-leninista y de las leyes de la dialéctica, en lugar de exponer la ley de la unidad y la lucha de los contrarios, en lugar de detenerse en la ley de la negación leninista; en lugar de hablar de semejante retórica leninista, Vladimir Putin apuesta –more Stalin– por la industrialización, la planificación, la transformación, la ciencia, el fortalecimiento de la familia, el sesgo nacionalista, el unitarismo que rehúye del federalismo y la construcción de un Estado fuerte, poderoso y estable.
«Vladimir Putin no quiere recuperar un legado comunista con el que no comulga en muchos aspectos, sino que desea recobrar el legado imperial de antes de la Revolución de Octubre. Por eso, no simpatiza con Lenin y sí con Stalin»
A ello hay que añadir una economía que –reza un ensayo de Stalin– acepte la ley del valor, «la circulación de mercancías, el intercambio de mercancías mediante la compraventa, el intercambio, principalmente, de las mercancías de consumo personal… Quien niega esta tesis, niega en el fondo la ciencia; y, al negar la ciencia niega toda posibilidad de previsión, es decir, niega la posibilidad de dirigir la vida económica… Por este motivo tienen hoy importancia para nuestras empresas cuestiones como el cálculo económico y la rentabilidad, el costo de producción, los precios, etc. Por eso nuestras empresas no pueden ni deben despreciar la ley del valor». Así, concluye el texto: se puede «asegurar la máxima satisfacción de las necesidades materiales y culturales, en constante ascenso, de toda la sociedad, mediante el desarrollo y el perfeccionamiento ininterrumpidos de la producción socialista sobre la base de la técnica más elevada». Así, concluye también el texto, «en vez de asegurar los beneficios máximos, asegurar la máxima satisfacción de las necesidades materiales y culturales de la sociedad; en vez de desarrollar la producción con intermitencias del ascenso a la crisis y de la crisis al ascenso, desarrollar ininterrumpidamente la producción; en vez de intermitencias periódicas en el desarrollo de la técnica, acompañadas de la destrucción de las fuerzas productivas de la sociedad, el perfeccionamiento ininterrumpido de la producción sobre la base de la técnica más elevada»8.
A todo lo dicho y deseado, hay que sumar la necesidad de tener unos fundamentos culturales e históricos sólidos –una tradición nacional centenaria con sus valores incluidos–, dotados de un principio espiritual. Conviene señalar el temor de Stalin ante una Europa siempre dispuesta a intervenir –la desmembración– en el destino de Rusia. Al respecto de la extensión territorial, Stalin no se abstuvo de calibrar la idea zarista, de finales del siglo XIX, según la cual Rusia debía extenderse al Este. De ahí, la construcción del Ferrocarril Transiberiano. De ahí, la mirada hacia Europa y Eurasia de Stalin. Ello, sin olvidar una Rusia, o una Unión Soviética, independiente y autosuficiente. Ello sin olvidar que ni Europa ni Eurasia estaban/están dispuestas a ningún tipo de cesión por el temor de fortalecer a Unión Soviética/Rusia. Vladimir Putin toma nota.
Un estado unitario, fuerte y poderoso
También toma nota Vladimir Putin de un discurso de Stalin en una recepción con motivo del vigésimo aniversario de la Revolución de Octubre. «Los zares rusos –recita Stalin– hicieron algo bueno: crearon un Estado enorme hasta Kamchatka. Heredamos este Estado. Y por primera vez nosotros, los bolcheviques, unimos y fortalecimos este Estado como un Estado único e indivisible, no en interés de los terratenientes y capitalistas, sino a favor de los trabajadores, de todos los pueblos que componen este Estado. Unimos el Estado de tal manera que cada parte arrancada del Estado socialista común no sólo no causaría daño a este último, sino que tampoco podría existir de forma independiente e inevitablemente caería en la servidumbre de otra persona. Por lo tanto, todo aquel que intente destruir esta unidad del Estado socialista, que se esfuerce por separar de él una parte separada y una nacionalidad, es un enemigo, un enemigo jurado del Estado, de los pueblos de la URSS»9.

Se podría decir que Stalin habría «modernizado» –la historiografía comunista le tilda de «capitalista» en la medida que traficaba con mercancías, clases sociales, dinero, salario, empresa o inflación– la ideología y la política de la Unión Soviética. Por eso, ha regresado. Por eso, Vladimir Putin lo ha recuperado.
Ese Stalin que ilumina el camino del presente y el futuro
Se podría decir, también, que Vladimir Putin –desde su ascensión al poder el año 2000– habría tomado a Stalin como faro que ilumina el camino del presente y el futuro. El objetivo, de nuevo more Stalin: construir un Estado –una potencia– fuerte capaz de sobrevivir, defenderse y desarrollarse por sí mismo. Cosa que habría entendido muy bien Stalin y que habría entendido también muy bien Vladimir Putin. Cosa que debería entender igualmente la población de Rusia. De ahí, la campaña de los carteles que promocionan la imagen y la política de un Stalin que, de nuevo, volvería a ser el «Padre de las Naciones» o el «Tío Joe» en palabras del presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt. De ahí, la transustanciación de Stalin en Vladimir Putin.
Yo, Vladimir Putin
Como sucesor que es de la corona de Stalin, Vladimir Putin toma posesión pública internacional de su reinado el 10 de febrero de 2007 en el marco de la Conferencia de Seguridad de Múnich10. Vladimir Putin se presenta y propone: «Hace sólo dos décadas, el mundo estaba dividido ideológica y económicamente y era el enorme potencial estratégico de dos superpotencias lo que garantizaba la seguridad global… Considero que el modelo unipolar no sólo es inaceptable, sino también imposible en el mundo actual… Las acciones unilaterales y a menudo ilegítimas no han resuelto ningún problema. Es más, han provocado nuevas tragedias humanas y creado nuevos focos de tensión… Debemos proceder buscando un equilibrio razonable entre los intereses de todos los participantes en el diálogo internacional… No hay razón para dudar de que el potencial económico de los nuevos centros de crecimiento económico mundial se convertirá inevitablemente en influencia política y reforzará la multipolaridad».

Vladimir Putin prosigue y avisa: «Entendí que el uso de la fuerza sólo puede ser legítimo cuando la decisión la toma la OTAN, la UE o la ONU. Si realmente piensa así, entonces tenemos puntos de vista diferentes. O no he oído bien. El uso de la fuerza sólo puede considerarse legítimo si la decisión es sancionada por la ONU. Y no necesitamos sustituir a la ONU por la OTAN o la UE… En opinión de Rusia, la militarización del espacio exterior podría tener consecuencias imprevisibles para la comunidad internacional y provocar nada menos que el comienzo de una era nuclear… Creo que es obvio que la expansión de la OTAN no tiene ninguna relación con la modernización de la propia Alianza ni con garantizar la seguridad en Europa. Al contrario, representa una grave provocación que reduce el nivel de confianza mutua. Y tenemos derecho a preguntarnos: ¿contra quién va dirigida esta expansión? ¿Y qué ha sido de las garantías que nuestros socios occidentales dieron tras la disolución del Pacto de Varsovia? ¿Dónde están hoy esas declaraciones? Nadie se acuerda de ellas…».
Vladimir Putin continúa con el aviso: «Ahora intentan imponernos nuevas líneas divisorias y muros, muros virtuales pero divisorios, que atraviesan nuestro continente. ¿Y es posible que una vez más necesitemos muchos años y décadas, así como varias generaciones de políticos, para disolver y desmantelar estos nuevos muros?».
«Vladimir Putin –desde su ascensión al poder el año 2000– habría tomado a Stalin como faro que ilumina el camino del presente y el futuro. El objetivo, de nuevo more Stalin: construir un Estado –una potencia– fuerte capaz de sobrevivir, defenderse y desarrollarse por sí mismo»
Vladimir Putin sigue y vuelve a proponer: «Estamos abiertos a la cooperación. Las empresas extranjeras participan en todos nuestros grandes proyectos energéticos… Las empresas rusas participen ampliamente en sectores económicos clave de los países occidentales. Recuerdo también la paridad de las inversiones extranjeras en Rusia y las que Rusia realiza en el extranjero. La paridad es de aproximadamente quince a uno. Y aquí tienen un ejemplo evidente de la apertura y la estabilidad de la economía rusa… La seguridad económica es el sector en el que todos deben adherirse a principios uniformes. Estamos dispuestos a competir lealmente. Por eso cada vez aparecen más oportunidades en la economía rusa. Los expertos y nuestros socios occidentales evalúan objetivamente estos cambios».
Vladimir Putin –generoso– concluye: «Hoy no vamos a cambiar esta tradición. Al mismo tiempo, somos muy conscientes de cómo ha cambiado el mundo y tenemos un sentido realista de nuestras propias oportunidades y potencial. Y, por supuesto, nos gustaría interactuar con socios responsables e independientes con los que podríamos colaborar en la construcción de un orden mundial justo y democrático que garantice la seguridad y la prosperidad no sólo de unos pocos elegidos, sino de todos».
Resumiendo: Rusia no admite la existencia de una sola potencia mundial; Rusia tomará parte en cualquier diseño o reparto del orden mundial; Rusia es un Estado y potencia indivisible que no se intimida ante cualquiera otra potencia u organización militar; Rusia considera enemigo a cualquier sujeto que se apropie de alguna parte de la extensión propia; Rusia acepta los pactos que favorezcan el equilibrio internacional; Rusia está dispuesta a formar parte del desarrollo económico mundial –cooperación, reciprocidad, competencia leal e interacción– en beneficio de la multipolaridad; Rusia desconfía de Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea; Rusia no es partidaria ni de las líneas divisorias impuestas ni de la militarización exterior por los peligros nucleares que conlleva.
Probablemente, para marcar perfil político y materializar su existencia, Putin, el neo-Stalin, el 15 y el 21 de diciembre de 2021, propuso un par de tratados –uno con la OTAN y otro con Estados Unidos– en donde se especificara la prohibición de incorporar a Ucrania y otros Estados exsoviéticos a la OTAN, así como la retirada de tropas y material militar –especialmente, los misiles de medio alcance– de la OTAN en la Europa Central y Oriental. La violenta respuesta al silencio de sus interlocutores llega el 24 de febrero de 2022 con la invasión de Ucrania. Putin no es precisamente un dirigente de consensos y pactos, un salvador mesiánico. Stalin –no hay que olvidarlo, a pesar de los carteles y estatuas en donde está rodeado con niños y niñas con flores en la mano– tampoco era un santo. Cosa que ya vislumbró en su día Winston Churchill: «Stalin se apoderó del país con un arado y lo dejó con una bomba atómica». Se desconoce lo que Vladimir Putin puede hacer.
Un exoficial de la KGB y admirador de Stalin
Stalin, el espejo en donde se mira un exoficial de la KGB llamado Vladimir Putin, ha dejado y deja su impronta en la Rusia de hoy. Una Rusia de vocación imperial, de carácter nacionalista, que se victimiza con una idea heredada del mismo Stalin según la cual Rusia es una «fortaleza sitiada» y por ello tiene derecho a defenderse. A la manera del Stalin que toma el poder en una coyuntura próxima a la catástrofe, Vladimir Putin representa la vuelta de la autoridad después de la caída del Muro y el colapso de la URSS y sus consecuencias. Una nueva Rusia –insisto– more Stalin
«En lugar de hablar de la filosofía marxista-leninista y de las leyes de la dialéctica, Putin apuesta por la industrialización, la planificación, la transformación, la ciencia, el fortalecimiento de la familia, el sesgo nacionalista, el unitarismo que rehúye del federalismo y la construcción de un Estado fuerte, poderoso y estable»
Una nueva Rusia que se caracteriza por una tecnología del poder en la cual el autócrata es el representante y ejecutor de un totalitarismo que no tiene límites y es capaz de implementar una represión preventiva.
Una nueva Rusia que está presente en la política internacional a la manera estalinista de la desconfianza fundamentada en el mutuo desconocimiento y la provisionalidad en función del interés inmediato. Una política internacional –depurada– de espías, amenazas, arreglos y proselitismo.
«Stalin, el espejo en donde se mira Vladimir Putin, ha dejado y deja su impronta en la Rusia de hoy. Una Rusia de vocación imperial, de carácter nacionalista, que se victimiza con una idea según la cual es una “fortaleza sitiada” y tiene derecho a defenderse»
Una nueva Rusia que busca –otra vez Stalin– el «salto adelante», la modernización, el progreso, el pragmatismo, las soluciones radicales, las inversiones, las nuevas fábricas, el personal cualificado, la calidad productiva y la exportación.
Según parece, Stalin, con sus últimos proyectos, «había asustado a casi todas las facciones de sus colaboradores históricos, y murió, oportunamente para estos, antes de poder consolidar una nueva generación de sucesores»11. Cinco décadas después de su fallecimiento, Stalin sale de su tumba seguido de una cohorte fantasmal.

