The Objective
Internacional

Las dos guerras de EEUU

El conflicto con Irán pasará más pronto que tarde. Superar el enfrentamiento en la sociedad norteamericana costará más

Las dos guerras de EEUU

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth. | Evelyn Hockstein (Reuters)

El intento de atentado contra Donald Trump durante la cena de los corresponsales de prensa del pasado sábado en Washington tuvo por lo menos dos efectos. El primero fue el de abrir un intenso debate —más de emociones que de razones— sobre el atentado en sí. El segundo fue desalojar temporalmente del escenario la representación de las negociaciones de paz entre EEUU e Irán, cuya segunda ronda debería haberse mantenido en Islamabad. Son dos conflictos distintos, el de Oriente Próximo y la guerra civil de la polarización estadounidense, y este segundo probablemente es más complicado de superar.

A los pocos minutos de que Cole Allen, un profesor californiano y desarrollador de videojuegos que entró en el hotel Hilton con un pequeño arsenal, fuera detenido por la policía, se desencadenó todo un tsunami de teorías de la conspiración. El intento de atentado no podía ser real: sin ninguna duda era una maniobra de la Casa Blanca para distraer la atención del problema de Irán y de la menguante popularidad de un tipo capaz de eso y de mucho más.

En sus 15 meses como presidente, más los cuatro años de su primer mandato, más toda su vida pública, Trump ha propiciado majaderías, dislates y arbitrariedades que llevarían a algunos —a muchos— a explicar que se produzca esta reacción conspirativa. La última ocurrencia, no menor, es que lo ocurrido en el Hilton justifica que el contribuyente pague millones de dólares para hacer un nuevo salón de baile en la Casa Blanca. ¿Es eso suficiente como para asegurar que lo del sábado fue la fabricación de un intento de atentado —el tercero, para colmo— con el objetivo de desviar la atención de los apuros que pasa y reanimar las malas perspectivas electorales de los republicanos en noviembre? ¿Son suficientes las dudas sobre la cobertura de seguridad de la cena y la actuación del Servicio Secreto como para no tener la menor duda de que todo estaba planeado por la Casa Blanca?

La reacción a esta reacción también ha sido previsible: el núcleo de fieles trumpistas —cada día un poco más diezmado— y los agitadores mediáticos que celebran sus gesticulaciones se han lanzado contra los medios convencionales y contra el Partido Demócrata, al que acusan de la autoría intelectual de lo ocurrido, prácticamente de poner en las manos de Allen la escopeta, la pistola y los cuchillos que llevaba. Da igual que el propio Allen dejara escrito una especie de manifiesto de unas mil palabras en el que decía que no le importaba si había periodistas entre las víctimas: «Son cómplices» por estar en un acto «con un pedófilo, violador y traidor». El autor del frustrado intento explicó también por escrito su sorpresa por lo que consideró nulas medidas de seguridad en el hotel, en el que se había registrado como huésped un par de días antes. Veteranos de las cenas han declarado que las medidas de seguridad eran similares a las de otros años.

Lo ocurrido no es nuevo: los atentados presidenciales, desde Lincoln hasta Reagan, pasando por los Kennedy, forman parte de la historia de la violencia política norteamericana. Tampoco es nueva la polarización que divide al país (y que tuvo ayer una feliz tregua con el iluminado discurso del rey Carlos III ante el Congreso). Pero la intensidad ha crecido, y los medios que antes no existían —las redes sociales— son un combustible para el enfrentamiento civil. Todo ello explica este frente bélico interno, que no debería ser atizado por aquellos que saben bien que los responsables de actos violentos son aquellos que los perpetran, y que ignorar este principio con el reparto de culpabilidades —Trump, la prensa, los demócratas— desemboca en la criminalización de las libertades constitucionales.

Ahora, la otra guerra: la de Irán, que ha desaparecido de las primeras páginas de los medios. También sus efectos inmediatos —precios del petróleo, alteraciones de los mercados de valores, preocupación en los países cercanos— se han difuminado desde que está en vigor la tregua. ¿Cuánto le queda al enfrentamiento? Si manda la lógica, lo cual es mucho decir, poco. Hay dos razones detrás de esta previsión.

A Irán le está matando el bloqueo de sus exportaciones de petróleo, en vigor desde el pasado 13 de abril. La actividad continúa, pero no hay manera de sacar del país el millón de barriles diarios de producción. Y el problema es que empieza a no haber espacio físico para almacenar todo el petróleo que no se está exportando. Cerrar los pozos es una opción, pero tiene graves consecuencias para la reanudación de sus capacidades, que pueden no alcanzar los niveles actuales de producción en meses. Los ayatolás saben que es muy urgente que se levante el bloqueo.

A la Casa Blanca le está matando el calendario. Estamos a seis meses de unas importantes elecciones legislativas en las que los republicanos pueden perder el control de la Cámara de Representantes. Si los precios de los combustibles no bajan y la inflación —que fue una de las causas principales de la derrota de los demócratas en 2024— sigue castigando los bolsillos de los estadounidenses, la cosa se va a poner muy complicada. El Pentágono cree además que harán falta meses para limpiar de minas el estrecho de Ormuz. Washington sabe que es muy urgente que se acabe la guerra.

Y dentro de las complicaciones, hay más posibilidades de que ocurra esto —por la presión sobre Teherán y Washington— que de que se suavice a corto y medio plazo el conflicto que desgarra a EEUU. El Centro de Investigación Pew publicó en 2014 que el número de estadounidenses con opiniones desfavorables del partido contrario se había duplicado desde 1994, y desde 2022 están en niveles de récord. En otoño del pasado año, el mismo centro de investigación encontró que el 85% de la población cree que la violencia política está aumentando. La mitad de los estadounidenses asegura que eso se debe a los puntos de vista de la izquierda radical, y la otra mitad afirma que el problema está en la derecha radical. La polarización está en los medios, las élites y los políticos mucho más que en los ciudadanos, pero la contaminación es general: ocho de cada diez norteamericanos afirman que los votantes son incapaces de llegar a consensos sobre las soluciones a los grandes problemas del país.

La guerra en Oriente Próximo —a pesar de sus consecuencias de siembra de nuevos conflictos, de mayor desorden internacional, de desestabilización política y económica— pasará. Pero costará más superar la división de la sociedad estadounidense, que en opinión de algunos expertos registra índices que no se veían desde su guerra civil en el siglo XIX, y cicatrizar las heridas abiertas por los enfrentamientos atizados por los gobernantes que levantan muros y hacen política del enfrentamiento. Costará en EEUU y en todos los países en los que el populismo siembra el odio, alimenta las frustraciones y destruye la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas.

Publicidad