A la espera de las negociaciones de paz: matar en Teherán, especular en Washington
No hay bombas, pero dictadura iraní no cambia, y Trump y su equipo son acusados de manipular información privilegiada

Trump atiende a los medios en el jardín de la Casa Blanca. | EP
La tregua en la guerra de Irán, cuyo plazo finalizaba este miércoles, se ha ampliado. Mientras tanto, nada nuevo bajo el sol: el régimen de los ayatolás sigue ejecutando casi diariamente a los presos políticos iraníes, y el entorno de la Casa Blanca sigue aprovechando la información privilegiada que recibe sobre reuniones y declaraciones para hacerse de oro en el mercado de futuros.
Trump se ha cansado de la guerra. Ha repetido varias veces que la ha ganado, y no deja de enviar mensajes agitados y contradictorios que probablemente entorpecen las conversaciones (aunque los negociadores de Washington necesitan poca ayuda: son nada menos que el yerno del presidente, Jared Kushner, y Steve Witkoff, enviado especial para Oriente Próximo: dos empresarios millonarios sin experiencia en asuntos internacionales).
Se ha cansado, pero salir del embrollo no es fácil. El pasado viernes, dijo que Teherán había aceptado todo lo que Washington le había exigido, incluida la retirada de material nuclear. El sábado, los iraníes, que no estaban al tanto de que habían aceptado todo, dispararon contra un buque francés y un carguero británico. El domingo, Trump acusó a Irán de romper la tregua y añadió que, si Irán rechazaba el acuerdo previsto, iba a «destruir todas y cada una de las centrales eléctricas y todos y cada uno de los puentes de Irán».
Después del tira y afloja, el vicepresidente JD Vance aplazó su viaje a Islamabad. A pesar del mareo, es posible que haya pronto una segunda ronda de conversaciones entre norteamericanos e iraníes en la capital de Pakistán (o que se reanuden los bombardeos). Según The New York Times, la mayor dificultad para el acuerdo sigue estando «en el alcance del programa de enriquecimiento de uranio de Irán y el destino de sus reservas de uranio enriquecido». Según The Washington Post, «Trump se plantea un acuerdo con Irán que incluye muchas de las concesiones por las que criticó duramente a Obama».
Según Axios, el presidente «ha dado a las facciones beligerantes iraníes un breve plazo para que se pongan de acuerdo en una contraoferta coherente; de lo contrario, el alto el fuego que prorrogó el martes llegará a su fin». La Casa Blanca ha especificado que ese breve plazo es «entre tres y cinco días». Pero no se sabe muy bien quién tiene que reaccionar, quién está al mando en Teherán, si los llamados clérigos conservadores o la Guardia Revolucionaria, la línea dura. En todo caso, no discrepan a la hora de matar a sus conciudadanos.
Si todo esto no parece serio, es porque no es serio. Según el día de la semana o la hora del día, el estrecho de Ormuz está cerrado, abierto o entornado. De vez en cuando, EEUU lo bloquea. De vez en cuando, Irán apresa cargueros que intentan cruzarlo.
No se sabe si la semana próxima el barril de petróleo costará 130 dólares o 90, pero los amigos y familiares del presidente estadounidense seguirán haciendo pequeñas y grandes fortunas con las oscilaciones del precio del crudo. Según la BBC, Trump y su equipo están acusados de utilizar información privilegiada y manipular los mercados financieros. Para llegar a esta conclusión, «la BBC ha analizado datos sobre el volumen de operaciones en varios mercados financieros y los ha comparado con algunas de las declaraciones del presidente que más han influido en los mercados».
Se ha observado un patrón constante de picos de actividad apenas unas horas, o a veces minutos, antes de que se hiciera pública una publicación en las redes sociales o una entrevista en los medios de comunicación.
Mientras tanto, a los ayatolás les da igual lo que cuesten la gasolina y los alimentos. Nunca se han distinguido por su amor hacia los ciudadanos, y no hay a la vista elecciones democráticas en este régimen dictatorial. Es cierto que parte de su arsenal bélico se ha volatilizado y que la economía del país está por los suelos, pero China está encima para que no les falte de nada. Y sin exigir tonterías relacionadas con los derechos humanos. Prácticamente todos los días hay ejecuciones de presos políticos en Teherán. Las horcas no paran.
Trump tampoco parece que pierda el sueño por estos lejanos asuntos, a pesar de sus declaraciones de hace mes y medio sobre los heroicos manifestantes iraníes. Pero sí le tendría que preocupar, además de las acusaciones de que su entorno está aprovechándose económicamente del conflicto, la acumulación de malas noticias en el frente doméstico. Los crueles abusos de los matones del ICE han movilizado a cientos de miles de personas; empieza a haber grietas en el Ejecutivo —las peores ministras de Trump han sido cesadas; el eslabón débil, porque la mayoría de los ministros son peores y siguen ahí—; aún hay jueces en Washington —el Tribunal Supremo votó en contra de los aranceles el pasado 20 de febrero—; y muchos de los fervientes seguidores del presidente están diciendo en voz alta —y enfadada— que no le votaron para que hubiera una guerra con Irán o con el Vaticano ni para que los precios siguieran por las nubes.
Consecuencia: los índices de aprobación del presidente —economía, respaldo a la guerra de Irán, popularidad— baten récords hacia abajo. Trump necesita acabar con esta guerra ya, y aun así, los problemas no se resolverían de la noche a la mañana. La inflación desbocada fue una de las razones por las que buena parte de su electorado le llevó a la Casa Blanca. Y el Pentágono acaba de decirle al Congreso que para limpiar las minas que hay en el estrecho de Ormuz podrían ser necesarios hasta seis meses.
La posibilidad de que el precio del petróleo se mantenga elevado de aquí al otoño, en el mejor de los casos, sería un factor importante en las elecciones legislativas de noviembre. Perder el control de la Cámara de Representantes —una posibilidad muy real, porque los republicanos tienen una mayoría muy apretada, y las elecciones especiales que ha habido en los últimos meses han sido favorables a los demócratas— supondría una grieta irreparable en el muro que sostiene la actual sumisión del legislativo hacia la Casa Blanca.
