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Se acaba el tiempo para hallar supervivientes y habrá que empezar a reconstruir Venezuela

Las cifras oficiales dan cuenta de 1.719 muertos, 5.035 heridos y 15.866 familias damnificadas

Se acaba el tiempo para hallar supervivientes y habrá que empezar a reconstruir Venezuela

Un operario observa un edificio dañado en Caracas (Venezuela). | Fausto Torrealba (Reuters)

A las siete de la mañana de este lunes 29 de junio, un temblor de 4,6 grados, con epicentro a apenas 10 kilómetros de profundidad en el mar, sacudió la zona metropolitana de Caracas (Venezuela). Fue un recordatorio de que la pesadilla no ha terminado. Ese epicentro se localizó a 27 kilómetros de Caraballeda, una de las ciudades más devastadas por los dos terremotos continuos del 24 de junio.

Las cifras oficiales, actualizadas este lunes por el gobierno de Delcy Rodríguez, dan cuenta de 1.719 muertos, 5.035 heridos y 15.866 familias damnificadas, además de 189 edificios con colapso total y 776 con colapso parcial.

Pero también se destaca la solidaridad de un país unido. Se han inscrito más de 10.834 voluntarios en una plataforma organizada por el gobierno para llevar parte de esas 717.000 toneladas de ayuda humanitaria a los damnificados, buscar víctimas o apoyar a los rescatistas.

La solidaridad internacional también se ha expresado con la llegada de 3.390 rescatistas extranjeros y 140 perros, de 45 países distintos, según el balance oficial.

El temblor de este lunes se sintió en todo el estado La Guaira (antes Vargas), donde todavía brigadas de rescatistas, en medio del hedor de la muerte, agotan las últimas esperanzas de encontrar a alguien con vida, a cualquiera que haya soportado cinco días debajo de los escombros bajo el sol abrasador del mar Caribe venezolano.

Sí, algunos de estos pequeños milagros ocurren, como el hallazgo después de 86 horas de Belkys Josefina Barreto García, de 60 años. Ella fue sacada de la oscuridad de la muerte por un equipo de rescatistas de El Salvador en Caraballeda.

«Todo era negro, me llegué a poner nerviosa porque yo decía: ‘No es posible que en esta oscuridad no me pueda ver las manos’», dice la mujer en una entrevista ampliamente difundida por el presidente de El Salvador, Nayib Bukele.

Compara su rescate con un parto, porque para que la sacaran tuvo que desplazarse de espaldas como un bebé, reptando, hasta atravesar un orificio en el concreto entre los escombros y llegar a manos de los rescatistas. «Rompí en llanto y volví a nacer», narra desde una cama de hospital.

Otro rescatado con vida fue Aaron Levi Cantillo Vargas, después de que llevara 106 horas atrapado. La operación de rescate duró 43 horas en Tanaguarenas, este de La Guaira. Allí, en Tanaguarenas, también rescataron en la madrugada del lunes a Alejandro Kursinov Kondryn, dijeron sus familiares, que ya no abrigaban mayores esperanzas de encontrarlo después de cinco días del desastre.

Las réplicas, o los nuevos sismos como los de este lunes, suelen encender la alerta entre los rescatistas, porque si ocurren en medio de un salvamento, puede aumentar el número de víctimas.

Entre las personas en las ciudades donde se sintieron con más fuerza los estremecimientos del día de San Juan, las fibras del instinto se activan, mezcladas con el miedo y los recuerdos. Muchos salieron otra vez a la calle este lunes, aunque el temblor ni se aproximó en intensidad a los devastadores terremotos gemelos del miércoles pasado.

Los daños físicos y materiales en edificios e infraestructuras se concentran abrumadoramente en el estado La Guaira, una estrecha franja que queda atravesando las montañas donde destaca el emblemático cerro El Ávila, en el norte de Caracas.

Una página difundida por la NASA este lunes, con apoyo de imágenes de los satélites Sentinel, es un Google Earth del horror. Ahí se ve claramente cómo la gran mayoría de los edificios residenciales, espacios públicos e infraestructuras de La Guaira están barridos por el desastre.

Los daños afectan a entre el 50% y el 75% de todos los edificios en las ciudades balneario o dormitorio de Catia La Mar, Maiquetía, Caraballeda, Macuto y Naiguatá. Estas áreas están teñidas de rojo.

Esa es la zona cero del desastre. En la medida en que los esfuerzos por hallar supervivientes ceden al paso del tiempo y de las evidencias, comenzarán a ocuparse de recoger los cadáveres y de atender a los miles de damnificados que lo perdieron todo menos la vida.

La cifra oficial de 1.450 muertos no había sido actualizada desde el fin de semana por el gobierno interino de Delcy Rodríguez. Pero todos saben que estará muy por encima en las próximas horas, cuando las maquinarias pesadas muevan enormes placas de concreto en los 189 edificios que, según el Gobierno, colapsaron por completo.

Hasta ahora, 30 países enviaron grupos de apoyo, con un total de 3.681 rescatistas, 1.086 toneladas de insumos, 27 vehículos y 118 perros, según el gobierno venezolano.

Los números más allá de los muertos

Las cifras que maneja el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ilustran la proporción del desastre: 1,25 millones de toneladas de escombros, de los cuales 915.000 toneladas corresponden a edificaciones dañadas.

El análisis, apoyado en imágenes satelitales y programas de IA, identifica 5.700 edificaciones afectadas, de las cuales 3.100 son edificios destruidos, 745 con daños severos, 821 con daños moderados y 1.000 con daños posibles. El PNUD también calcula que las pérdidas materiales estarán en 6.700 millones de dólares, tal vez un 30% por encima o por debajo según su modelo.

«Si en un edificio de 10 pisos había cuatro apartamentos por piso, y en cada apartamento vivían, digamos, cuatro o cinco personas, estaríamos hablando de unas 160 personas por edificio», calculaba un superviviente del este de Caraballeda. Logró escapar de su predio semiderrumbado, con su esposa y su gata.

Pero refiere historias de amigos, vecinos, compañeros de trabajo de su esposa, estudiantes y exalumnos de una escuela cercana. Muchos de ellos murieron, y son los nombres que le ponen identidad a las estadísticas. Muchos vecinos fueron rescatados con vida por los equipos que lograron llegar a tiempo, inclusive con técnicas de rápel.

Se buscan explicaciones

Como se puede ver en los mapas, casi no hubo términos medios: los vecindarios y edificios quedaron destruidos por completo o, en el otro extremo, resistieron a los terremotos con pocos daños. Entre las construcciones destruidas o más golpeadas en La Guaira destacan varias de Misión Vivienda, un programa residencial de asistencia y control social inventado por Hugo Chávez y continuado por Nicolás Maduro.

Esta política ofrecía alternativas habitacionales en comodato a miles de venezolanos con la condición de que nunca hablaran mal del chavismo porque podrían ser desalojados. Varios de estos «urbanismos» están severamente dañados, incluyendo la ciudad Hugo Chávez, en Maiquetía, cerca del abollado aeropuerto internacional que sirve a Caracas. Edificios pequeños simplemente se cayeron de lado, muestran imágenes en redes sociales.

También hay edificios de Misión Vivienda con fuertes daños en el centro de la capital, en la emblemática avenida Bolívar. Centenares de familias damnificadas han sido llevadas a refugios temporales, como el Nuevo Circo de Caracas, que hace años era una sonada plaza de toros por donde desfilaron estrellas españolas y nacionales de la fiesta brava.

Por lo pronto, todo el gobierno de Delcy está bajo escrutinio, no solo por su lenta respuesta a la catástrofe, al punto de que grupos de rescatistas de Estados Unidos llegaron a algunos edificios antes que los militares venezolanos.

Los militares, en su mayoría, se limitan a observar, fusil en mano, mientras civiles desesperados siguen escarbando entre los escombros y les gritan a los uniformados su incompetencia y les piden agarrar picos y palas para ayudar en las búsquedas.

Pero la incompetencia parece ser de diseño y estructural, como los daños en la sociedad venezolana dejados por el chavismo tras 30 años de poder absoluto, ahora tutoreado por EEUU desde el 3 de enero.

El verdadero reto para el interinato de Delcy es cómo van a manejar la reconstrucción, después de que sean enterrados o cremados los cuerpos que sean localizados. Este es un país quebrado, sin instituciones sólidas, con un gobierno agarrado por pinzas por designios de Estados Unidos.

El régimen chavista todavía se define como «militar, policial y popular», pero su Fuerza Armada, mal dotada, todavía sangra por la herida del 3 de enero. Ahora enfrenta el desprestigio de no saber encarar esta emergencia. Ni siquiera se ven helicópteros de militares venezolanos sobrevolando las áreas, evacuando heridos, instalando sus propios hospitales de campaña.

En el paredón de las redes sociales abundan los testimonios de cómo un país siempre provisional sigue adelante, luchando, gracias a su sociedad civil, a miles de voluntarios anónimos que enfrentan al autoritarismo para recaudar y trasladar comida, agua, medicinas y ropa hasta donde están los damnificados y aliviar un poco su dolor.

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