THE OBJECTIVE
Opinión

Nadal, Arabia y la lluvia fina

«Quizás, el pensamiento romántico de Nadal es servir a una causa social de la que no se percibe más que un baño de oro»

Nadal, Arabia y la lluvia fina

Rafa Nadal. | Europa Press

Carlos Sainz ha ganado el Dakar (y Cristina Gutiérrez, categoría Challenger), su cuarto Dakar, con 61 años. Es una gesta que le convierte en leyenda después de sortear rocas, dunas, una etapa maratón de 48 horas, pinchazos, sustos y un sinfín de calamidades durante dos semanas junto a su inseparable copiloto Lucas Cruz. Un madrileño y un catalán que forman el equipo ideal sin necesidad de intérprete ni mediador. Sainz ha ganado el rally más duro de cuantos se han disputado en Arabia Saudí, ese país que nada en la abundancia, y la exhibe, que comparte religión y costumbres ancestrales con los vecinos, algunos más peligrosos que una caja de bombas, y que castiga sin compasión a quien incumple sus estrictas normas, fundamentalmente, mujeres, gais y disidentes. El mismo país que ha nombrado embajador tenístico a Rafael Nadal. No es una broma, Rafa reproducirá allí su «Academy», enseñará a jugar a los niños y a las niñas al tenis, blanqueará la imagen saudí, que para eso forma parte de la diplomacia del reino, y es de suponer que por todos los conceptos percibirá una buena suma de dinero. Por 240 millones –24 para Piqué– Rubiales llevó la Supercopa hasta allí para avanzar en los derechos de las mujeres; Rafa persigue la occidentalización del alumnado. Ahora bien, la pregunta es si, al término de la formación, los niños podrán hacer pública su homosexualidad sin que los condenen a muerte y las niñas pisarán la calle sin velo y sin temor a las represalias. Largo me lo fiáis.

Nadal, como tantos y tantos y tantos, ha picado. Como Cristiano, Brozovic, Mané, Benzema, Neymar, Laporte o Veiga. Para el futbolista, en general, entre el honor y el dinero lo segundo es lo primero. Ya se sabe, su carrera es corta, «carpe diem». Por eso nos ha sorprendido que Rafa haya capitulado y hecho lo que nadie esperaba de él. Arabia Saudí –y los países ricos del entorno– abruma con su imponente poder adquisitivo, su caudal inagotable de dinero y su ambicioso Plan Vision 2030. Hechiza a todos. Ha pagado 2.100 millones por el 9,9 por ciento de Telefónica. «No es una compra hostil», dicen los expertos. Es patrocinador de LALIGA (Visit Saudi). Ha abducido a Jon Rahm, paradigma del golf mundial, y patrocina el Aston Martin de Fernando Alonso. Organiza todo tipo de competiciones deportivas, ya sea tenis o boxeo, pádel o Fórmula 1, balonmano, ciclismo o motociclismo y ralis como el Dakar de Carlos Sainz (y Cristina Gutiérrez, odontóloga, burgalesa). Acapara estrellas en retirada y otras a punto de ebullición, organizará el Mundial de Fútbol 2030… Sólo es dinero, concentrado en una zona que pretende reducir la dependencia del petróleo y diversifica con astucia las inversiones. 

Otros ejemplos limítrofes. El 8,7% de Iberdrola lo controla Qatar, como el 25,1% de IAG (Iberia y Vueling). De Emiratos Árabes Unidos es el 63% de Cepsa y el 3% de Enagas. Sólo es la punta del iceberg, una colonización a gran escala para cuando el oro negro pierda rentabilidad. Y todo ello cala como lluvia fina, aunque sobre la conciencia (¿?) de Mohamed Bin Salman, primer ministro saudí y príncipe heredero, sobrevuele el asesinato del periodista Jamal Khashoggi, que entró andando y de una pieza en la embajada de su país en Estambul y salió descuartizado.

Ignoro de quién es esta frase, pero como me ha llamado la atención, la reproduzco: «La única manera de vencer a una tentación es sucumbir a ella». Y pregunto, ¿puede uno resistirse al dinero, al rendibú, a la vida disipada, a la ostentación y al lujo? Se puede si se quiere. Hace doce años, Luis López Jiménez, maestro de escuela, licenciado en Derecho y diputado del PSOE por Almería, apenas cumplió cien días en el Congreso porque le reconcomía no sentirse útil. No culpaba a nadie, si acaso a él, por su forma de ser. Cuando decidió renunciar al sueldo y a los privilegios, porque le daba vergüenza cobrar dietas de 1.823 euros por pasar el rato, dio el portazo: el hemiciclo se le venía encima. Así lo contaba en Crónica: «En el último pleno en el que participé, estábamos cuatro gatos. Había una votación a las tres y a las dos y media empezaron a llegar los diputados con bolsas de El Corte Inglés». Tampoco le agradaría la sumisión del rebaño, el voto colegiado, la aniquilación del individuo… «Hemos fallado en democracia, en honradez y en conciencia social –reflexionaba–. Debemos ser leales ante nuestra conciencia y que cuando hay un conflicto seamos capaces de marcharnos a casa y dejar paso a otros. Eso nos hará recuperar la credibilidad perdida».

Pues sí, hay quien se resiste y quien sucumbe a la tentación, quien compite en estos escenarios de color púrpura, antípodas de los ideales de Thomas Eduard Lawrence (de Arabia), y quien, iluso tal vez, va un poco más allá y acepta el puesto de embajador para iniciar la revolución desde dentro. Quizás es el pensamiento íntimo y romántico de Rafa Nadal, servir a una causa social de la que desgraciadamente no se percibe más que un sospechoso baño de oro y una excusa manida y peregrina: quien esté libre de culpa…

Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D