The Objective
Opinión

Los derechos LGTBIQ hoy

«El 'Orgullo' aún tiene sentido, como recordar la larga animadversión comunista o el peligro del islam»

Los derechos LGTBIQ hoy

Bandera LGTB.

Estamos en los días en que se celebran o se van a celebrar, en todo el mundo occidental, manifestaciones y fiestas en favor de la igualdad y la justicia de las formas humanas de sexualidad que se apartan del código heteropatriarcal. Por evitar el largo acrónimo que dice lesbianas, gays, transexuales, bisexuales, intersexuales y queer (del inglés para: diferentes, raros, distintos), utilizo con el debido respeto la fórmula primigenia de Orgullo Gay, englobando todo lo demás. El actual Orgullo es la noche del 28 de junio, ya que, en semejante día del año 1969, en un pub gay de Nueva York, el Stonewall Inn, muchos gays y travestis se enfrentaron por primera vez, de modo muy activo, a la policía en defensa de sus derechos de manifestación y asociación. La palabra «orgullo» (pride, en inglés) se usa como réplica a «vergüenza».

Si ser homosexual había sido durante siglos una «vergüenza», desde ese momento —como lucha, como defensa— debía ser un «orgullo». Si esta sigue siendo la conmemoración actual, es muy importante saber que la cultura gay y la lucha por la libertad y la justicia de la diversidad sexual son muy antiguas. Especialmente notable, en el siglo XX, es el periodo de la República de Weimar, en Alemania. Y fue Berlín (y no Nueva York) la capital de esos derechos, abanderados por el Partido Socialdemócrata y por personalidades como el sexólogo Magnus Hirschfeld, que, en 1897, había fundado el Comité Científico-Humanitario, logrando enormes avances en el estudio y comprensión de la varia sexualidad humana. En 1928 —y en un clima todavía de clara tolerancia— el Parlamento alemán estuvo a punto de abolir el terrible párrafo 175 del Código Penal (no se lograría del todo hasta 1994), que era el que castigaba con dureza la homosexualidad. El ya fuerte influjo de los nazis en ese momento impidió la libertad de las variantes sexuales y, en 1933, con el nacionalsocialismo en el poder, el retroceso fue inmenso, al ser destruido el Instituto para el Estudio de la Sexualidad, fundado en 1919 y que incluía un Museo del Sexo, por las fuerzas de asalto nazis. La pérdida fue enorme, aunque era ya conocida la condición homosexual activa del líder de las SA y amigo personal de Hitler, Ernst Röhm. Hirschfeld (que contó con el apoyo de Einstein, Thomas Mann, Rilke o Stefan Zweig) no se hallaba en ese momento en Alemania, a la que nunca pudo volver. Nacido en 1868 en la antigua Prusia, murió en 1935 en el exilio de Niza.

Es cierto que fue la izquierda socialdemócrata la primera en impulsar los derechos LGTBIQ, pero no globalmente lo que hoy llamamos «izquierda». Es bueno recordar, y acaso hoy especialmente, que los partidos comunistas estuvieron totalmente en contra de la homosexualidad, que en regímenes como la Unión Soviética o la Cuba de Castro fue atrozmente perseguida con penas de cárcel, tortura y trabajos forzados. Siempre recuerdo al amigo Antón Arrufat, poeta y dramaturgo (solo mucho después aceptado), que, en los años sesenta y setenta, en Cuba, fue condenado al ostracismo —ser homosexual era estar contra el partido— y enviado a una escuelita de pueblo a barrer, sin que nunca lo vieran los escolares. Cuando una sencilla maestra vio su apellido, le preguntó: «¿Tiene usted algo que ver con el escritor Arrufat?».

Temeroso, contestó: «Soy yo». Compadecida, pero guardando el secreto, la maestra lo retiró de las tareas serviles y le puso al frente de la pequeña biblioteca de la escuela. Persecuciones más o menos similares tuvieron otros notables escritores (por no salir de la isla caribeña), como Virgilio Piñera o el tormentoso Reinaldo Arenas. No, el comunismo no puede arrogarse blasón alguno en la defensa de la diversidad sexual. Pier Paolo Pasolini o Jaime Gil de Biedma no fueron aceptados en los partidos comunistas de Italia o España por ser homosexuales. ¿Y la derecha política? Defensora del catolicismo y del orden burgués, la derecha tradicional estuvo en contra de la homosexualidad, pese a que abundaban, disimulados, los homosexuales de derechas. Bien conocido es el caso reciente del director teatral Luis Escobar, marqués de las Marismas del Guadalquivir. Aunque vivió su homosexualidad con la apertura y el cobijo de su título y amistades, fue conocida en su vejez aquella respuesta de «Yo no soy gay. Soy un maricón de toda la vida». También la despectiva palabra «maricón» podía conllevar orgullo. Como sea, la derecha política ha variado, afortunadamente, mucho y hoy se acepta la normalidad y libertad del Orgullo Gay. Incluso Vox —he oído— tiene homosexuales en sus filas.

Los avances en la normalización del mundo LGTBIQ, desde los pasados años setenta hasta hoy —con los matrimonios igualitarios, etc.—, han sido enormes, porque la sociedad (aunque haya homofobia, la hay) ha ido viendo como normal lo que es normal en la pluralidad humana. «Orgullo» —lo apunté— es una palabra defensiva en su origen; sería muy ridículo verla como supremacista. Nadie es más ni menos por su condición o gusto sexual, somos iguales. Será la inteligencia o la excelencia en nuestros menesteres lo que nos distinga, no el sexo. Pero no sería cierto decir que no existe homofobia (o transfobia) o afirmar que la igualdad está lograda. Queda mucho por hacer y hay muchos enemigos; a día de hoy, el islam es uno de ellos. Aunque no debe olvidarse que en la historia de los musulmanes hubo periodos de gran tolerancia, como muestra su poesía medieval, por ejemplo, pero no ahora. Si la Iglesia católica calla contra un mundo que no está en su doctrina (tampoco las relaciones prematrimoniales lo están), el islam radical ha ahorcado a jóvenes homosexuales en plaza pública. El «Orgullo» aún tiene sentido. Como recordar la larga animadversión comunista o el peligro —respecto a la diversidad sexual— del islam de ahora mismo. Queda camino.

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