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Tecnología

Chinos y americanos compiten en la carrera de los drones que nunca necesitarán aterrizar

La idea no es repostarlos en vuelo, sino recargarlos: los chinos con microondas y los americanos con rayos láser

Chinos y americanos compiten en la carrera de los drones que nunca necesitarán aterrizar

La industria china de los drones avanza a toda máquina.

Fueron 64 días, 22 horas, 19 minutos y 5 segundos en vuelo sin parar, récord Guinness como mayor periodo de tiempo de un avión en el aire. Ocurrió en diciembre de 1958, cuando una avioneta Cessna 172 despegó de Las Vegas con el nombre de un casino pintado en el fuselaje y una misión absurda: no volver a tocar tierra durante el mayor tiempo posible.

Patrocinados por el casino Hacienda, Robert «Bob» Timm y John Cook pilotaron aquella Cessna, en la que comieron, durmieron y a fin de cuentas vivieron durante más de dos meses. La clave consistió en los 128 repostajes ejecutados por el rudimentario procedimiento de bajar al nivel de la carretera y que les pasasen latas de combustible desde el techo de un coche en marcha. Alguien está a punto de ejecutar un plan similar, pero con un método muy distinto, al menos, con cierto tipo de drones.

No aterrizar jamás en un vuelo eterno. Esa ha sido siempre la fantasía de los planificadores militares cuando piensan en vigilancia aérea persistente. El sueño húmedo e inalcanzable de un aparato que se quede en suspensión en el aire, mire, escuche y retransmita sin descanso, ha estado de forma perenne en la mente de mandos y estrategas. Dos países, China y EEUU, han decidido tener algo así en sus arsenales, pero cada uno ha tomado un camino distinto.

Lanzamiento de un dron desde un coche en marcha

El 20 de abril, en la base aérea de Shaw, en Carolina del Sur, un láser disparado desde tierra recargó un dron en pleno vuelo sin que su misión quedase interrumpida. El aparato continuó en vuelo, siguió con el envío de imágenes y con su trabajo mientras la energía le llegaba desde abajo en forma de haz de luz. No hubo aterrizaje, no hubo ausencia en la misión de vigilancia programada, no hubo nadie en tierra a la espera con un cable. La empresa detrás del sistema es PowerLight.

El aparato que recibió la carga es un dron de diecinueve kilos y cinco metros de envergadura que cabe en una caja y se despliega en diez minutos. En 2023 ya había volado setenta y cinco horas sin aterrizar, más del doble del récord anterior para su categoría, gracias a su capacidad de recarga con placas solares sobre sus alas. Pero había un problema: la noche y el mal tiempo. Estas circunstancias, tan habituales como respirar, cortaban la generación energética. El láser elimina esa dependencia, aunque no es tan fácil.

Mantener el haz apuntado a un receptor en movimiento es una tarea compleja. El software especializado apunta al objetivo en vuelo, calcula su trayectoria y ajusta el foco en tiempo real para compensar el movimiento del aparato y las condiciones atmosféricas. El receptor instalado en el fuselaje pesa unos dos kilos —casi veinte veces menos que los primeros prototipos— y convierte la energía del haz de luz concentrada en electricidad. El sistema es capaz de entregar cerca de un kilovatio de potencia continua a casi un kilómetro y medio de altitud. Casi podría cargar un coche eléctrico.

Pero hay otras circunstancias que invitan a dar validez a la idea. El aterrizaje de un dron en un entorno hostil revela la posición de la base, requiere personal expuesto en tierra y abre una ventana sin cobertura aérea cuando abandona su hábitat natural entre las nubes. En zonas donde la vigilancia continua marca la diferencia, esas ventanas tienen un coste alto. Un sistema que las elimina cambia la lógica operativa, desde la vigilancia de fronteras extensas hasta el seguimiento de flotas enemigas en mar abierto sin necesidad de volver a cubierta.

Una frontera de varios cientos de kilómetros requiere hoy rotación constante de aparatos para mantener cobertura sin interrupciones: baja uno y sube otro. Con transmisores de energía distribuidos a lo largo de un perímetro concreto como el de una línea de costa, un número reducido de drones puede cubrir ese espacio de forma ininterrumpida durante semanas. No solo es aplicable a escenarios de guerra. Fronteras con alta presión migratoria, costas con tráfico de armas y corredores de suministro en zonas de conflicto son casos de uso obvio.

El Pentágono lleva casi una década con la financiación del desarrollo de esta idea, pero hay una segunda lectura. El mismo sistema que mantiene un dron en el aire tiene todo lo necesario para derribar uno enemigo con los ajustes pertinentes. Un láser puede alimentar las baterías del aparato amigo, o derribar al enemigo. Es una pieza de uso dual y ambivalente.

A cinco mil kilómetros de Carolina del Sur, un equipo de la Universidad Xidian publicó en marzo de 2026 en la revista Aeronautical Science and Technology los resultados de un experimento con el mismo objetivo, pero una tecnología muy diferente. En lugar de láser, microondas. Un emisor montado sobre un vehículo dirigió energía hacia una antena bajo el fuselaje de un dron. Fue capaz de mantenerlo en el aire durante tres horas y seis minutos mientras el vehículo también se desplazaba.

El principal obstáculo técnico fue mantener el haz alineado con el receptor mientras ambas plataformas se movían. Los responsables reseñaron que el problema de alineación era el desafío central que el equipo tuvo que resolver. La solución combinó posicionamiento GPS, seguimiento en tiempo real y los propios sistemas de control de vuelo del aparato para corregir de manera continua la dirección del haz y mantener una transferencia de energía estable.

Limitaciones y ventajas

La altitud de la prueba fue de quince metros y la eficiencia del sistema ronda entre el tres y el cinco por ciento: se pierde en el camino casi toda la energía transmitida. En cualquier producto comercial eso sería inaceptable, pero esto acaba de arrancar.

Láser y microondas son apuestas distintas con pegas y ventajas propias. El láser transmite con más precisión y a mayor distancia, pero la niebla, el polvo y la turbulencia atmosférica lo degradan con rapidez. No solo eso, sino que genera una firma infrarroja detectable por sensores enemigos. Por contra, las microondas aguantan mejor en condiciones adversas y un solo emisor puede alimentar varios drones a la vez. La escalabilidad hacia enjambres es su argumento más sólido.

El contexto en el que se mueve el proyecto chino no es un detalle secundario. La universidad a la que está adscrito tiene su origen en una escuela de radio militar del Partido Comunista Chino de 1931. El Instituto Australiano de Política Estratégica clasifica al entorno industrial del proyecto como muy relacionado y de alto riesgo en lo relacionado con la investigación de defensa. Como casi todo en China, el Estado está detrás.

Permanencia en el aire: el santo grial

El límite real de los drones tácticos, los que parece que no hacen nada, pero otean el horizonte de forma permanente, no es la aerodinámica: es la batería. Una de las grandes pegas que tienen es que sus acumuladores fagocitan hasta un tercio del peso a la hora del despegue. Reducir esa carga permite que el mismo aparato vuele más lejos, lleve más carga útil o se construya más pequeño para que sea más difícil de detectar. De forma paralela, un dron con recarga inalámbrica es más difícil de neutralizar que uno al que puedes esperar a que se le agote la energía.

La carrera no está decidida. El sistema estadounidense opera a mayor altitud y con mejor eficiencia energética, pero requiere unas condiciones atmosféricas favorables. El chino es hoy menos eficiente, pero promete solvencia en entornos degradados y escalabilidad hacia múltiples aparatos desde un solo emisor. Ninguno es todavía operativo en campo real. Pero los dos han demostrado lo único que de verdad importaba: que el problema tiene solución. Lo que falta por resolver es quién llega antes al campo de batalla.

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