Los cazatesoros ya no buscan oro bajo el agua, sino un tipo de metal más deseado aún
Menuda sorpresa se llevaron aquellos arqueólogos cuando se encontraron un agujero en el fondo del mar

Submarinistas al lado de un pecio.
Es absurdo. No tiene explicación aparente y carece de todo el sentido, pero el plomo de un galeón español del siglo XVIII puede acabar dentro de un detector de neutrinos en Kamioka, Japón. El trayecto que hizo en tiempos del Imperio español es una batallita comparado con lo que hizo después para salir del agua y acabar en un mecanismo tan complejo. Y es un negociazo.
El 22 de febrero de 1942, el crucero pesado HMS Exeter se fue al fondo del mar de Java tras un violento combate contra una escuadra japonesa. Se llevó consigo a cientos de marineros en una de las peores derrotas navales que sufrió el bando aliado en el Pacífico. 75 años después, un equipo de buceadores localizó el pecio a 60 metros de profundidad, al noroeste de la isla indonesia de Bawean. El casco de 10.500 toneladas estaba casi intacto.
La sorpresa llegó cuando otra expedición regresó al lugar en 2016, y lo que encontró fue un agujero en el lecho marino. El buque entero se había evaporado. No quedaba ni un remache. Submarinistas equipados con compresores y explosivos lo habían desguazado y subido a la superficie pieza a pieza. No era el primer navío canibalizado hasta sus huesos. Los buzos chatarreros ya habían sacado del agua a los destructores HMS Encounter y HMS Electra, el submarino USS Perch y dos cruceros holandeses.

La pregunta obvia es por qué alguien se toma la molestia de arrancar diez mil toneladas de acero del fondo del océano. La respuesta sencilla es el dinero. Hay otra más compleja que involucra a bombas atómicas, física de partículas, lingotes romanos de dos mil años, vidrieras medievales y hasta las sondas Voyager.
Todo gira alrededor de un concepto que suena a ciencia ficción, pero es tan poco discutible como la declaración de la renta: el acero de baja radiación de fondo. Ese término designa a cualquier metal fabricado antes del 16 de julio de 1945. Esa mañana, a las 5.29, la primera bomba atómica de la historia, bautizada como Trinity, detonó en el desierto de Nuevo México, la de la película Oppenheimer.
Aquella explosión, y otras posteriores, liberaron a la atmósfera una cantidad incalculable de isótopos radiactivos que nunca habían existido en la naturaleza. Desde ese momento, echaron a volar partículas de plutonio-239, estroncio-90, cesio-137 y tecnecio-99, entre otros. Durante los siguientes 35 años, más de mil ensayos nucleares aventaron esos isótopos por cada rincón del planeta.
Flotando en el aire
El problema reside en la metralla radiactiva que todas esas explosiones desparramaron a los cuatro vientos. El proceso Bessemer para fabricar acero requiere soplar aire atmosférico a través del hierro fundido, y ese aire, desde 1945, arrastra trazas de aquella radiación.
Para la inmensa mayoría de usos industriales, la contaminación resulta irrelevante, muy por debajo de los niveles de fondo naturales. Pero para ciertos instrumentos científicos de alta sensibilidad, incluso esa ínfima radiación genera una serie de interferencias que convierten en inútiles estos dispositivos. Es ahí donde los barcos hundidos se convierten en minas de oro.
El ejemplo más claro son las llamadas salas de recuento corporal total, dispositivos empleados en hospitales y centrales nucleares para medir la cantidad de material radiactivo que absorbe el cuerpo humano. Para que las mediciones sean fiables, estas salas deben blindarse con un metal que no emita ninguna radiación. Solo el acero anterior a 1945 cumple ese requisito. Y la fuente más accesible de ese acero, durante décadas, fueron los buques de guerra desguazados o hundidos antes de la era atómica.
Soluciones traídas de las profundidades
Las planchas del casco del USS Indiana, un acorazado botado en 1942 y desguazado en 1962, se emplearon para construir salas de medición en el hospital de veteranos de Illinois y el centro médico de Utah. Pero la fuente más célebre de acero prenuclear se encuentra en las islas Orcadas, Escocia. Los restos de la Flota de Alta Mar alemana, hundida por sus propios tripulantes en Scapa Flow en 1919. Planchas del SMS Kronprinz Wilhelm blindaron un hospital escocés.
Existe incluso el rumor, nunca confirmado por la NASA, de que acero del acorazado SMS Markgraf, también hundido en Scapa Flow, fue utilizado en los detectores de radiación del Explorer 1, el primer satélite estadounidense, y de las sondas Voyager 1 y 2. De ser cierto, sería el único acorazado de la historia que ha llegado al espacio.
Y hay más, porque el negocio no se limita al acero. El plomo prenuclear es aún más codiciado, ya que, además de la contaminación atmosférica, sufre una contaminación natural: el isótopo plomo-210, presente en todo el mineral recién extraído. En los años ochenta, fabricantes de microchips descubrieron que las emisiones radiactivas del plomo convencional afectaban a la producción de semiconductores. Su solución fue desmontar vidrieras medievales de 400 años y sustituir el plomo antiguo por material moderno.
En 2010, el Instituto Nacional de Física Nuclear de Italia necesitó blindaje para un detector de neutrinos subterráneo llamado Cuore. Para obtener el plomo más inerte posible, consiguió permiso del Museo Arqueológico de Cagliari para fundir 270 lingotes de un pecio romano hundido frente a Cerdeña hace casi dos milenios. Los Laboratorios de Los Álamos han usado tuberías de plomo del viejo sistema de fontanería de Boston con la misma finalidad.
El plomo de Felipe V
Las universidades de Duke y Chicago recurrieron al lastre del galeón español San Ignacio, un navío del siglo XVIII cuyo plomo llevaba 300 años en el fondo del mar, aislado de cualquier contaminación atmosférica. El catálogo de fuentes resulta tan variopinto que parece el inventario del supervillano de Superman acumulando kriptonita. Cada pieza de ese plomo ancestral cumple una función que ningún material moderno puede replicar: ser invisible para un detector de partículas.
Lex Luthor, el archienemigo del hombre de acero, era un gran villano, pero también archimillonario. Pagaría lo que fuera a cambio del armamento que derrotaría al héroe procedente de Krypton, y para el metal prenuclear harían falta muchos como él. Los lingotes de plomo del galeón español San Ignacio se vendieron a 33 dólares por kilogramo, casi 12 veces el precio de mercado del plomo convencional, un pelotazo para el vendedor. Pero hay algo más.
Mercado negro para un fin blanco
No todo el plomo de baja radiación que aparece a la venta tiene procedencia documentada. El detalle alimenta la sospecha de que parte del material disponible en el mercado proviene de saqueos ilegales de pecios arqueológicos protegidos. Se trata, pues, de un negocio turbio que destruye patrimonio histórico a cambio de unos lingotes imprescindibles para un laboratorio.
La buena noticia es que la demanda de acero prenuclear se ha reducido de forma notable. En 1963, Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos, que vetó las pruebas atmosféricas. Francia y China continuaron hasta 1980, pero desde entonces la contaminación radiactiva ha caído a 30 veces menos que los niveles habituales en 1963.
Los avances en electrónica también han permitido que los instrumentos científicos compensen las emisiones radiactivas residuales, lo que hace menos necesario el acero prenuclear para todos los aparatos salvo los más sensibles, como los detectores de neutrinos. Es probable, por tanto, que el HMS Exeter fuese desguazado por su valor como chatarra convencional —bronce, cobre, latón— y no por su acero limpio. Un consuelo menor para quienes consideran el pecio una tumba de guerra sagrada.
Un negocio boyante
En Scapa Flow, los tres acorazados alemanes que aún descansan en el fondo, el König, el Kronprinz Wilhelm y el Markgraf, recibieron en 2001 la protección de monumento catalogado por el Gobierno escocés. En 2019, los tres se vendieron por eBay a una empresa de Oriente Próximo por 25.500 libras cada uno. El comprador adquiría los derechos, no el permiso de desguace. Pero que un acorazado se venda en una subasta online da la medida de lo estrambótico de este mercado.
La era atómica contaminó hasta el acero. Y mientras exista un laboratorio en algún lugar del mundo que necesite un blindaje del todo puro, habrá alguien dispuesto a bucear hasta un pecio centenario para arrancarlo del fondo del mar. Es el legado más inesperado de aquella mañana de julio en Nuevo México: Trinity no solo cambió la guerra, cambió la química del planeta. Cada hongo nuclear trajo un pan debajo del brazo, pero solo para muy pocos.
