El Pentágono ha comprado 3.000 misiles para esconderlos dentro de contenedores
Tanto el misil como su sistema de lanzamiento auguran un cambio estructural en la doctrina militar moderna

Misil Barracuda de Anduril 3.
Escondidas a plena vista. Pueden estar depositadas en un puerto cualquiera, una explanada industrial o el remolque de un camión aparcado en un polígono industrial. Miles de cajas metálicas de seis metros, todas iguales, todas anónimas, viajan así por el mundo cada día sin que nadie les preste la más mínima atención. El camionero que se fume un Marlboro a su lado durante un descanso nunca podría saber que dentro hay un enjambre de misiles.
Porque dentro de una de esas cajas pueden ir hasta 16 misiles de crucero, todos ellos listos para volar casi 1.000 kilómetros. Nadie, ni el satélite de olfato más afilado ni el sensor más esotérico, podría saber cuál esconde una siniestra sorpresa y cuál solo lleva unas cajas llenas de zapatillas de baloncesto fabricadas en Vietnam.
El Departamento de Guerra estadounidense —que hace tiempo dejó de llamarse «de Defensa»— firmó el pasado 13 de mayo un acuerdo marco con la compañía Anduril. En el acuerdo estaba expuesto el deseo de producir un mínimo de 3.000 unidades del Barracuda-500M en su versión de lanzamiento desde superficie.

La entrega arranca en la primera mitad de 2027, a razón de al menos 1.000 ejemplares al año durante tres ejercicios. La guinda del contrato, lo atípico, es el accesorio que les acompaña: más de 60 lanzadores contenedorizados; sí, contenedores. El programa lleva un nombre que lo explica todo: Munición contenedorizada de bajo coste y lanzamiento terrestre.
Queda claro que lo singular no es el misil en sí, sino dónde vive. Hasta ahora, el Barracuda se concebía como arma disparada desde cazas o incluso expulsada por la rampa trasera de un C-130 mediante el sistema Rapid Dragon. La novedad es que ahora despega desde un contenedor de 20 pies idéntico a los que apilan los portacontenedores.
Remitido hacia su destinatario en dos fases de impulsión, un pequeño cohete lo saca de la caja; acto seguido, las alas se despliegan y el turborreactor toma el relevo. A partir de ahí, el aparato sale como cualquier misil de crucero subsónico, en vuelo bajo y pegado al terreno para esconderse de los radares.
Cada contenedor puede alojar 16 de estos misiles y fue diseñado para no necesitar infraestructura alguna. Carece de rampa de lanzamiento, no tiene torre alguna ni le resulta necesaria instalación fija. Se deja donde haga falta y se dispara.

Esa autonomía convierte cualquier descampado, cualquier muelle, cualquier polígono perdido en una batería de fuego de largo alcance. Como las cajas son indistinguibles de las miles que ya transportan material militar por medio planeta, localizarlas antes de que disparen se vuelve una pesadilla para el adversario.
El alcance declarado supera las 500 millas náuticas, unos 926 kilómetros, con una ojiva explosiva de algo más de 45 kilos. Es una carga modesta, cinco veces superior a la de un Hellfire, pero la quinta parte de la de un Tomahawk. Ahí está la trampa conceptual del arma. No nace para sustituir a los pesos pesados, sino para complementarlos. El Barracuda satura, distrae, abre brecha. Tras su llegada, los misiles caros entran después, por el hueco que han dejado abierto los de las cajas baratas.
Porque el verdadero argumento es el dinero. El coste de un Tomahawk ronda los dos millones y medio de dólares; un JASSM-ER de alcance similar anda por el millón y medio. El Barracuda-500 aspira a costar unos 200.000 dólares por unidad cuando alcance la producción en masa, alrededor de diez veces menos que sus compañeros de filas. A ese precio, el cálculo del enemigo cambia: ya no basta con tener buenos interceptores, hay que tener muchos.
La obsesión por abaratar nace de un miedo muy concreto. Repetidos juegos de guerra sobre una hipótesis de invasión china de Taiwán arrojaron siempre el mismo resultado incómodo: Estados Unidos agotaba su inventario de misiles antibuque de largo alcance dentro de la primera semana de combate en todos los casos. Con apenas unos cientos de unidades de los modelos más codiciados y un plazo de reposición que ronda los veinte meses, el arsenal americano resulta espléndido y, al mismo tiempo, finito de forma alarmante.
Anduril responde con una filosofía sencilla: Estados Unidos no debe ser el policía del mundo, sino su armería. La idea es fabricar en cantidades que conviertan a los aliados en erizos incómodos de pisar con un arma sencilla y barata. Cerca del 70% del Barracuda se construye con componentes comerciales corrientes; el resto se ha blindado con diseños de varios proveedores.
Se construye en un par de días
El resultado es un misil que, según la empresa, se ensambla en unas 30 horas con apenas 10 herramientas manuales de las que cualquiera tiene en el garaje. Esa banalidad fabril es el corazón de todo el asunto: lo difícil en la guerra moderna ya no es diseñar el arma más sofisticada, sino producirla en cantidades industriales antes de quedarse sin nada que disparar. Anduril promete tener capacidad para sacar varios miles de Barracuda al año, de modo que los 1.000 iniciales serían solo los entremeses.
El cerebro que los gobierna es Lattice, el sistema de autonomía con inteligencia artificial de la propia compañía, aunque admite cualquier otro software de control de tiro. Eso permite que los misiles se repartan blancos entre ellos, coordinen enjambres y vuelen sin depender de un enlace permanente con un operador. Hay incluso variantes sin carga explosiva, configuradas para reconocimiento o para perturbar las defensas como señuelos volantes.
Y próximamente en más países
Taiwán y Polonia ya han pactado fabricarlo en casa, y el Ejército de EEUU lo destina tanto al Indo-Pacífico como, llegado el caso, a ofrecer a los mandos de cuerpo en Europa otra opción de alcance contra la profundidad operativa rusa.
Sobre el papel todo es redondo, pero hay incógnitas en el aire. La precisión real de la guía, la resistencia a las contramedidas electrónicas y la fiabilidad de un diseño nuevo confiado a una sola empresa. Todo esto habrá de ser probado y demostrar su eficacia en las pruebas que vienen.
Lo que ya no es incógnita es el cambio de mentalidad que representa. Durante décadas, el prestigio militar se midió por tener el arma más exótica y más costosa. La caja anónima del Barracuda apunta justo en sentido contrario: gana quien pueda perder mucho material sin pestañear y mantener el fuego al día siguiente. La guerra del futuro, parece, no la decidirá el misil más brillante, sino el contenedor más aburrido del muelle.
