Basura espacial: el plan para frenar el nuevo vertedero orbital
El auge del espacio como negocio y el aumento de lanzamientos reabren el debate sobre los residuos que nos rodean

Maniobras de los satélites. | UC3M (Europa Press)
La Agencia Espacial Europea estima que hay más de 16.200 toneladas de objetos en órbita y alrededor de 1,2 millones de fragmentos de entre uno y diez centímetros. Muchos no se ven, pero viajan a velocidades capaces de destruir un satélite. Entre los objetos de mayor tamaño, solo una parte está activa; el resto son piezas de chatarra, restos de colisiones y satélites inactivos.
La preocupación ha crecido en un momento clave para la industria cósmica. La empresa espacial de Elon Musk, SpaceX, prepara una de las mayores salidas a bolsa de los últimos años, con una operación que podría alcanzar los 75.000 millones de dólares (64.949 millones de euros al cambio). Este movimiento financiero coincide con el auge de los satélites, la inteligencia artificial y las nuevas misiones lunares.
El caso Falcon 9 ha servido como aviso. Una etapa superior del cohete, lanzada el 15 de enero de 2025, podría impactar contra la Luna este 5 de agosto. No supone un peligro para la Tierra, pero sí evidencia la falta de control sobre los residuos espaciales. Por ello, hay dos proyectos en marcha: MIRA, centrado en anticipar reingresos atmosféricos, y DRAAS, que busca convertir la retirada de basura orbital en un servicio comercial.
El proyecto MIRA
MIRA está impulsado por el Centro Interdisciplinario de Estudios Espaciales de la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina. Su objetivo es monitorizar objetos y anticipar posibles reingresos atmosféricos. El sistema utiliza datos abiertos de seguimiento espacial para clasificar restos según su tipo, altura y nivel de riesgo. Después, genera simulaciones sobre trayectorias de caída, ventanas de reentrada y exposición territorial.
El proyecto no se encarga de limpiar la órbita, pero resulta importante para la defensa civil, la aviación y la coordinación regional. Su principal límite es que permite gestionar el peligro cuando el residuo ya existe; no puede evitar que se siga generando basura espacial.
DRAAS: el camión de la basura espacial
La segunda vía apunta a la retirada de residuos. Portal Space Systems y Paladin Space han planteado un modelo llamado Debris Removal as a Service, o DRAAS. La idea es que la limpieza orbital deje de ser una misión aislada y pase a funcionar como un servicio comercial.
El sistema combina la nave Starburst, de Portal, con la carga útil Triton, de Paladin. Según el proyecto, podría capturar entre 20 y 50 fragmentos de menos de un metro en una sola misión. Después, esos residuos serían desorbitados de forma controlada para destruirse durante la reentrada.
El objetivo es reducir costes y hacer adaptable la limpieza. El problema es que capturar piezas pequeñas, sin control y a gran velocidad sigue siendo muy complejo. Además, continúa en duda quién paga por retirar residuos que muchas veces nadie quiere reconocer como propios.
Un problema que amenaza servicios cotidianos
Estos dos proyectos buscan afrontar el problema de la basura espacial y situaciones como la etapa de Falcon 9 de SpaceX. Catalogada como 2025-010D, mide unos 13,8 metros y quedó abandonada tras impulsar dos misiones lunares: Blue Ghost Mission 1 y Hakuto-R Mission 2. Desde entonces, ha seguido una trayectoria inestable entre la Tierra y la Luna. El impacto previsto sería cerca del cráter Einstein, a una velocidad superior a los 8.700 kilómetros por hora. En principio, no afectará a misiones activas ni provocará consecuencias directas para la Tierra.
La órbita baja terrestre es una zona estratégica. Allí operan satélites de internet, navegación, meteorología, defensa y observación. Un fragmento pequeño puede provocar daños graves si impacta a miles de kilómetros por hora.
La ESA (Agencia Espacial Europea) ha advertido de que, aunque mejoren las normas de moderación, no basta para frenar el aumento de residuos. El escenario más temido es el llamado síndrome de Kessler. Consiste en una cadena de colisiones en la que un impacto genera nuevos fragmentos, estos golpean otros objetos y la cantidad de residuos se multiplica. Si ocurriera en zonas clave, algunas órbitas podrían quedar inutilizables durante años.
El problema también se extiende a la atmósfera. Cuando satélites y restos espaciales vuelven a entrar en ella, muchos se desintegran, pero no todos desaparecen por completo. Algunas piezas pueden sobrevivir y caer sobre la superficie. Además, la combustión de materiales como el aluminio genera partículas en capas altas de la atmósfera.
