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La otra cara del dinero

Peter Hall: «El deporte del populismo ya no se practica solo en Latinoamérica»

El profesor de estudios europeos de la Fundación Krupp de Harvard cree que hemos entrado en una nueva era menos liberal y más intervencionista

Peter Hall: «El deporte del populismo ya no se practica solo en Latinoamérica»

Peter Hall, profesor de estudios europeos de la Fundación Krupp de Harvard.

Para muchas personas, la política económica es una religión. Son liberales o socialistas o lo que sea y están convencidas de que existe una forma adecuada de gestionar las finanzas públicas y que todas las demás son desviaciones, motivadas, en el mejor de los casos, por la ignorancia y, en el peor, por la mala fe.

Peter Hall, profesor de estudios europeos de la Fundación Krupp de Harvard, concluyó muy pronto que existen, por el contrario, múltiples estrategias de crecimiento igualmente legítimas. El capitalismo del Reino Unido no es, por ejemplo, el mismo que el de Alemania. Y el capitalismo del Reino Unido no es el mismo hoy que hace 40 años. «Me imagino que acabé interesándome por estas transformaciones porque estudié en Inglaterra en los años 70», me cuenta por videoconferencia. Fueron tiempos convulsos. La filosofía que había inspirado hasta entonces la gestión de las finanzas públicas era hija de las terribles enseñanzas de la Gran Depresión. Como explicó Hall durante su conferencia en la Fundación Areces, «el desempleo masivo [posterior al crack del 29] contribuyó decisivamente a la caída de la República de Weimar, el colapso de las democracias occidentales, la guerra mundial y el Holocausto» e indujo a los Gobiernos a adoptar a partir de 1945 «niveles de intervención sin precedentes» para «garantizar un puesto de trabajo a todo el mundo». Aquellas disposiciones inauguraron un periodo dorado «que los franceses denominan les Trente Glorieuses [los Treinta Gloriosos]»: tres décadas de expansión vigorosa e igualitaria.

Entonces llegaron Margaret Thatcher y Ronald Reagan y lo tiraron todo por tierra. ¿Por qué?

La era de la modernización

Se han elaborado muchas teorías para justificar los cambios en las estrategias de crecimiento. Algunos expertos sostienen que dependen del tipo de problema que se afronte en cada momento: en los años 30 era el paro y en los 70, la inflación, y la respuesta no podía ser igual. Otros apuntan que lo auténticamente relevante son las ideas y los avances académicos, y hay quien asegura que la clave son las fuerzas políticas, el eterno pulso que libran el capital y el trabajo.

Hall cree que todos llevan parte de razón. Para que se produzca un relevo de paradigma deben converger tres factores: motivación, medios y motor. Volvamos a 1944. ¿Qué tenían en mente los estadistas que acudieron a la conferencia de Bretton Woods? La Gran Depresión, el auge de los totalitarismos, la guerra. La obsesión de que aquello nunca más se repitiera «proporcionó a los políticos la motivación para intentar algo radicalmente diferente».

Naturalmente, no basta con querer algo para que se materialice. Hace falta que se disponga de los medios intelectuales y estos los aportó John Maynard Keynes y su hallazgo de que «las economías capitalistas distaban de ser tan estables como la teoría clásica suponía» y que, en determinadas circunstancias, los Gobiernos debían estimular la demanda e impulsar el consumo.

En cuanto al motor, «radica en el ámbito de la política electoral». Los Gobiernos cuentan con asesores que les instan a hacer esto o lo otro y sufren el acoso constante de lobistas de toda laya, pero sin el respaldo mayoritario de los votantes jamás acometerán una acción radical. Y en los años 40 el debate en Occidente seguía dominado por la urgencia de mejorar las condiciones de los más humildes y de crear una red de seguridad.

Hubo un momento en que los ciclos parecían dominados. Si el empleo caía, se abría el grifo del dinero y, si los precios subían, se volvía a cerrar. El mecanismo funcionó como un reloj hasta la guerra del Yom Kipur. Cuando, en respuesta al alza del petróleo, los responsables de finanzas cerraron el grifo, los precios no reaccionaron. De pronto, se encontraron con un aumento simultáneo del paro y la inflación: la famosa estanflación.

La era liberal

Aquel choque brutal proporcionó la motivación para acometer otro cambio de paradigma. «Prácticamente todos los partidos que ocupaban el poder a finales de los años 70», recuerda Hall, «fueron destituidos en las siguientes elecciones». Su lugar lo ocuparon políticos inspirados por Milton Friedman y la escuela de las expectativas racionales. De acuerdo con sus análisis, el grifo keynesiano no funcionaba porque los agentes ya no se dejaban engañar. Sabían que cualquier aumento del gasto público se traduciría tarde o temprano en más impuestos y, para afrontar su pago futuro, reducían el consumo y la inversión presentes. Esta expectativa racional había socavado la eficacia de las inyecciones fiscales y monetarias. ¿Cómo se podía, entonces, estimular el crecimiento? Mediante programas de privatización y liberalización que incentivaran la competencia y forzaran a las empresas a ser más eficientes.

Esta argumentación, aunque avalada por varios premios Nobel, no fue nunca demasiado popular. ¿Cómo no impidió el electorado la revolución liberal? Porque la cuestión social no dominaba ya la agenda pública. «La prosperidad de la posguerra había alterado la estructura ocupacional», dice Hall. La transición de la industria a los servicios había difuminado el tradicional enfrentamiento entre burgueses y proletarios. Y la propia eficacia de las iniciativas de Reagan y Thatcher convenció a los socialistas, cuyos partidos dejaron de ser obreristas para sumarse con la furia del converso a la nueva corriente. ¿Quiénes impulsaron, en efecto, el cambio en Occidente? Líderes de izquierdas: Felipe González en España, Tony Blair en el Reino Unido, Gerhard Schroeder en Alemania, Bill Clinton en Estados Unidos.

Y hay que señalar que al mundo no le fue mal. El porcentaje de población que vivía en condiciones de pobreza extrema pasó del 44% en 1980 al 10% en 2013. Una vez más, el capitalismo parecía domesticado. El Nobel Robert Lucas afirmó en 2003 que «el problema central de la prevención de la depresión se ha resuelto» y, en 2004, el futuro presidente de la Fed Ben Bernanke se refirió a la nueva era como la Gran Moderación.

Cuatro años después, se hundía Lehman Brothers.

La gran deserción

Si aplicamos el esquema de Hall a la coyuntura actual, no tardamos en detectar la motivación. «Existe una preocupación creciente por la desigualdad», que la Gran Recesión ha exacerbado. El mundo afronta además una severa crisis climática y, en su opinión, ambos desarrollos «equivalen al desempleo masivo de los años 30 y la estanflación de los 70».

También el motor está presente. Igual que el público dio la espalda a los políticos que ostentaban el poder durante los choques petrolíferos, se aleja ahora de las formaciones moderadas que dominaron la política durante la fase liberal. En los principales países occidentales (Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Suecia, Noruega, Holanda y Estados Unidos), el apoyo al centroderecha y centroizquierda ha caído del 86% de 1980 al 62% de 2018. En esas mismas tres décadas, las formaciones radicales han pasado del 9% al 24%.

La explicación de este movimiento tectónico es que los trabajadores más perjudicados por la globalización, o sea, los asalariados poco cualificados de la industria y los servicios, han emigrado a la izquierda populista, diezmando las filas socialdemócratas. Entre los conservadores se ha dado una deserción similar hacia la extrema derecha, aunque por razones culturales: muchos pequeños empresarios y trabajadores poco cualificados se sienten amenazados por la llegada de inmigrantes y la discriminación positiva.

Hacia la era del conocimiento

Tenemos la motivación y tenemos el motor. ¿Tenemos también los medios para salir de este atolladero? Las teorías de Gary Becker y James Heckman sobre la importancia del capital humano han animado a los Gobiernos a reforzar sus sistemas educativos, pero Hall no cree que baste. Los datos revelan que el hecho de cursar una licenciatura no te garantiza un puesto a la altura de tu titulación.

«No hemos encontrado aún una buena respuesta», dice Hall. «Los políticos han depositado su fe en la acción milagrosa de una formación de calidad» y, en el largo plazo, seguramente lleven razón. Pero entre tanto recomienda recuperar algunas instituciones de los Treinta Gloriosos, como las leyes de salario mínimo o unos sindicatos potentes. Hall piensa que, del mismo modo que la izquierda asimiló en los años 90 buena parte del credo liberal, le toca ahora a la derecha aceptar postulados más intervencionistas.

«Yo soy relativamente optimista», me confiesa. «Creo que los países desarrollados van a culminar la transición a esta nueva era de la economía del conocimiento y que la tecnología nos va a hacer más productivos y va a impulsar nuestro bienestar».

Ahora bien, no conviene bajar la guardia, especialmente en Europa. Como escribía en un artículo reciente: «El deporte del populismo ya no se practica solo en Latinoamérica».

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