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Cultura

Salir del sufrimiento a través de la resistencia, una conversación con Miren Agur Meabe

Miren Agur Meabe es la primera autora en ganar el Premio Nacional de Poesía con una obra escrita originalmente en euskera, que acaba de publicar en castellano la editorial Bartleby, ‘Cómo guardar ceniza en el pecho’, con traducción de la propia escritora

Salir del sufrimiento a través de la resistencia, una conversación con Miren Agur Meabe

Miren Agur Meabe|Cedida por la autora

A pesar de ser una de las escritoras de referencia en lengua vasca, y después de haber publicado una docena de exitosos títulos de literatura juvenil e infantil (y habiendo recibido el Premio Euskadi de Literatura Infantil y Juvenil en 2002, 2007 y 2011), teniendo editados casi una decena de libros de poemas y un buen puñado de traducciones al euskera de la obra de otras escritoras, Miren Agur Meabe (Lekeitio, 1962) era hasta hace muy poco apenas leída fuera de los límites naturales del contexto cultural y lingüístico vasco. Gracias al respaldo del Premio Nacional de Poesía y a su libro de relatos Quema de huesos, que la editorial Consonni acaba de publicar en traducción de la misma Meabe, incluido en su colección El origen del mundo (los libros de color rosa), parece que esta situación comienza felizmente a cambiar y, poco a poco, los lectores castellanoparlantes se acercan a una obra rica en matices, polifónica y enérgica, que encuentra su fuerza en la resistencia al dolor, el sufrimiento y la adversidad.

Esto no es una autobiografía, pero no deja de ser mi vida

Destacó el jurado del Premio Nacional de Poesía en su comunicado que Cómo guardar ceniza en el pecho da cabida «a multitud de voces, estilos y tonos» y que «las reflexiones sobre el deseo y la muerte, la nostalgia y el paso del tiempo se combinan con una perpetua búsqueda del goce a través de las palabras». Y lo que es cierto para su libro de poemas es igualmente válido para su libro de relatos, Quema de huesos, pues, como nos dice la autora, al teléfono, «los dos libros pertenecen a una misma etapa vital y literaria». En ambos es central el peso de la memoria. «¿Y por qué está la memoria tan presente?» se pregunta retóricamente Miren Agur Meabe, y nos dice que esto es porque «hurgar en los archivos de la memoria es lo que nos hace entender mejor nuestro presente». Es una suerte de actividad alquímica que nos permite cambiar nuestro pasado, porque «nunca contamos nuestro pasado tal y como fue, toda vez que cuando el ordenador o el bolígrafo tocan un recuerdo eso ya se convierte en ficción».

«Hurgar en los archivos de la memoria es lo que nos hace entender mejor nuestro presente»

Y esta idea de la autobiografía inventada es central en la novelística de Meabe y, en particular, en Quema de huesos, pero tiene trampa. Nos lo explica así la autora: «Aunque parezca que la protagonista soy yo misma, porque los relatos la mayoría están expresados en primera persona… Aunque parezca que haya unas motivaciones autobiográficas, no lo son; sí que se puede ver un embrión de cosas que me hayan podido suceder a mí, pero eso está muchas veces completamente ficcionalizado». Esa primera persona le sirve a Miren Agur para que funcione como «un yo colectivo, porque ha habido muchas mujeres de mi generación que han tenido unas vivencias parecidas y se ven reflejadas en ello». Un yo colectivo que entronca con los ejes temáticos de su más reciente libro de poemas, un compendio de lo mejor de su producción lírica que ha escrito la autora durante los últimos diez años, temas que comparten ambos libros y son los siguientes: la preocupación por la infancia (y sobre la responsabilidad de ese aprendizaje), la metaliteratura y la intertextualidad y el viaje interior como forma de conocimiento. 

Los dos libros (y sucede de igual forma con toda su obra previa, que unos libros dialogan con otros) están ya conectados desde el título: «Quemar los rastrojos de nuestro jardín interior produce unas cenizas que son las que a nivel real se utilizan para abonar el jardín, pero esas cenizas son las que a nivel intelectual me han servido a mí para abonar mi libro de poesía», nos confiesa Miren Agur Meabe. Un fertilizante que ayuda a «cambiar lo que haya que cambiar, limpiar lo que haya que limpiar para poder reconstruirse una misma, para empoderarse, para poder ser coherente con lo que una piensa que le está pidiendo la vida en este momento», nos dice la escritora vasca. 

Imagen vía Editorial Consonni

No hay testigos que puedan verificar nuestro pasado

La experiencia de envejecer es fundamental en la producción última de Meabe, y deja un hondo poso en ambos libros. El tema de arrastrar los huesos es fundamental a lo largo de Quema de huesos, entendido como «todo ese conjunto de hechos de nuestro pasado, de frustraciones, de pasos legítimos e ilegítimos, de sueños no cumplidos, desengaños, duelos y traiciones que nos van pesando, pero que ya ocupan un lugar que no les corresponde y que por eso hay que dejar atrás». ¿Y cómo se dejan atrás?, pregunta en alto Meabe, a lo que ella misma se responde, diciendo que «en cierto modo hemos de seguir arrastrándolos, porque forman parte de nuestro yo, pero también dando el paso de quemarlos, quemarlos como se hace en cualquier jardín o huerto con los rastrojos, con aquello que ya estorba». En su producción artística, Meabe realiza la quema a través de la literatura, lo que no deja de ser una quema ritual, «ya que no hay literatura que pueda quemar la vida».

«Quemar los rastrojos de nuestro jardín interior produce unas cenizas que me han servido a mí para abonar mi libro de poesía»

Una forma de incendiar el pasado se realiza en Quema de huesos con una prospección hacia el futuro. Así, la protagonista coral de los 21 relatos que conforman el libro «siente una necesidad de recibir esperanza por algún lado y, por ello, sostiene una especie de vinculación simbólica con la naturaleza, de manera que cuando le parece percibir señales, entonces estas señales pueden entroncar o bien con una intuición muy profunda o, por otro lado, caer en la mera superstición». De cualquier forma, le sirven a la protagonista de los cuentos para interpretar y guiarse en el día a día. Y la consecuencia es doble, ya que en el despliegue práctico de la literatura, esto es, en la mano que efectivamente escribe (la real de Meabe), esta quema «produce la energía necesaria para que la propia escritora se empodere como mujer y como artista». Porque, como dice la escritora, poeta y traductora, «todo es uno, mi vida y mi obra son una».

Así, el libro de relatos y el libro de poemas, en última instancia, son un fiel reflejo de algunos de los problemas de la vida real de la autora y eso inevitablemente queda patente. Nos confiesa Meabe que «para mí escribir estos dos libros ha sido una manera de salir adelante. Escribir para mí ha sido resistir». Tras casi cuatro años muy desgraciados en su vida personal, Meabe nos confiesa que «al cabo, hay una voluntad de superar todo el dolor a través de la escritura».

Fragmentar el dolor

Se hace más evidente en el libro de relatos, pero igualmente puede rastrearse en las seis secciones que componen el postrer libro de poemas de Miren Agur Meabe, Cómo guardar ceniza en el pecho. Hablamos de lo que la propia autora llama «el juego de la fragmentación» y que vino trabajando en su anterior novela, Un ojo de cristal (Pamiela, 2014). En esta novela, Meabe defendía tres tipos de fragmentaciones: la de la memoria, la de la vida y la del arte. «Allí se trataba de una novela expresada en fragmentos muy breves -nos dice la escritora-, y aquí (en Quema de huesos) quería hacer lo mismo, pero a través de relatos que pareciera que estuviesen sueltos y que vistos de uno en uno dieran la sensación de ser autónomos, pero que, contemplados en una amplitud mayor y cogiendo cierta perspectiva, compusiesen el mosaico de toda una generación».

Quemar los huesos y Cómo guardar ceniza en el pecho se pueden ver como dos libros laberinto, fragmentados en pequeños pasadizos (no siempre) interconectados, aunque sí en diálogo, contra los que la voluntad de la escritora que los ha escrito ha opuesto la libertad de recuperarse a sí misma, más allá del sufrimiento, la aflicción y la pena. Así, Meabe, casi en la sesentena, ha aprendido que «cuanto más pronto o más rápido pongamos las bases de aceptación de los acontecimientos desgraciados de la vida antes salimos del círculo. Enrocarse, aferrarse a ello solo produce un estado mental improductivo». En ambos libros se nota ese esfuerzo vital del yo que enuncia por continuar con la escritura, por continuar con la vida. Por acabar, de una vez, con la muerte. 

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