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Envidia del encanto político francés: 'Promesas en París', Houellebecq, 'Baron Noir'

El cine, la novela y las series de televisión aprovechan en Francia la imaginación que dispara la erótica del poder. Aquí, pocos se atreven a aprovechar el tirón

Envidia del encanto político francés: 'Promesas en París', Houellebecq, 'Baron Noir'

Fotograma de 'Promesas en París'.

La política ha vivido un fin de semana intenso tanto en España como en Francia. En nuestro país, la insólita mayoría absoluta del PP en Andalucía ha abierto un nuevo panorama, sugiriendo incluso un cambio de rumbo en el ámbito nacional; en el vecino, se confirma la creciente desconfianza de la población hacia la (muy) ancha propuesta de Macron. Tiene sentido tal intensidad, con todo tipo de circunstancias (y, sobre todo, ahora, su repercusión en la economía) poniendo en la picota nuestra forma de vida. El pueblo, hoy, asimila y expresa su zozobra básicamente a través del consumo, y el más significativo en un ámbito, digamos, existencial, quizá sea el de narrativa. Por eso la industria del ocio no deja de crecer. En ese contexto, la política protagoniza lo más destacado de la oferta de ficción francesa de estos días. ¿Casualidad? En España estamos a la espera.

La polémica Promesas en París

El viernes, Filmax estrena en nuestras pantallas la película Promesas en París, que lleva seis meses en boca de toda Francia. Isabelle Huppert (de lo más granado del star system galo) interpreta a la alcaldesa de una de esas numerosas ciudades satélite de París que decide postularse como ministra. La intriga, por supuesto, bebe de la posibilidad de que el veneno de la alta política corrompa su idealismo, forjado en el trato con los más humildes. En España ya tuvimos noticia de la película en el Festival de Málaga. Aunque los críticos no terminaron de ponerse de acuerdo sobre su calidad, había una sensación general de admiración por el típico trabajo francés, o sea «serio» (¿profundo? ¿aburrido? Con «clase», al menos).

De El reino a Vamos Juan

En España han pasado ya cuatro años de un espléndido intento de algo parecido. El reino, de Rodrigo Sorogoyen, retrataba la corrupción en la política española sólidamente apoyado en las interpretaciones de actores de la talla de Antonio de la Torre o Josep María Pou. Aplauso de la crítica, premios Goya… Y el puesto decimoctavo en la taquilla de ese año (entre las producciones nacionales, ojo, con Superlópez en el primer puesto, ni hablar ya si entran en competición Hollywood y compañía). Muy parecido a lo que sucedió con la también muy meritoria El hombre de las mil caras (2016), sobre nuestro espía Paesa, o la menos lograda B, la película (2015), sobre Bárcenas. Prestigio sin público.

Estos días ha aparecido también lo último de la enésima encarnación de esa figura de novelista-estrella de rock que solo puede provenir de la grandeur cultural francesa. En Aniquilación, Michel Houellebecq, da rienda suelta a su filia (una de tantas, no la más perturbadora) por los políticos. Situada en 2026, ese futuro cercano del que se suele valer Houellebecq para dejar desbarrar a su imaginación, la protagoniza el hombre de confianza del ministro de Economía, un tal Bruno Juge…  que comparte nombre (para qué disimular) con el actual en la realidad, Bruno Le Maire, sospechosamente amigo personal del autor. Se puso a la venta con un lanzamiento inicial de 300.000 ejemplares. Seis meses después, sigue en el podio de la lista de libros más vendidos por Amazon en Francia.

Los novelistas españoles de prestigio también abordan los entresijos más shakesperianos de la política. Crematorio, de Rafael Chirbes, abrió en 2007 una interesante veta que últimamente ha minado poderosamente Javier Cercas. Este publicó el año pasado Independencia, que sitúa al mosso d’Esquadra Melchor Marín, protagonista también del premio Planeta Terra Alta, en el ángulo más propicio para retratar los nudos políticos y económicos que sujetan el relato nacionalista catalán. Sin llegar a los niveles de fenómeno nacional de un Houellebecq, Cercas sigue consolidando el tirón de Soldados de Salamina con una obra sólida apuntalada por una sensata estrategia comercial. Independencia, por ejemplo, tiró del soporte del Planeta para situarse entre las novelas más vendidas del año pasado, y su continuación, El castillo de Barbazul, recién publicada, tampoco está teniendo mala respuesta. Conclusión: a los lectores españoles sí les interesa la política.

No es de extrañar, por lo tanto, que nuestra gran apuesta por el género en el nuevo formato dominante de la ficción, el de las series de TV, haya sido precisamente la adaptación de Crematorio en 2011. En tiempos pre-Netflix, Canal+ tiró la casa por la ventana con un carismático José Sancho como rostro visible y una campaña de márketing notable. Se trataba, eso sí, de una miniserie cerrada desde el primer momento: solo ocho capítulos. Algo muy exclusivo. Muy de Canal +. No hubo ningún intento de crear una alternativa más popular… Pero la senda de Crematorio tampoco ha tenido mucho recorrido. Básicamente, las series españolas le dan la espalda a la política. El tímido intento de Antena 3 con La embajada en 2016, por ejemplo, apenas duró una temporada.

Hasta que llegó Vamos Juan. A principios del prepandémico 2019, TNT se animó a emitir una cosa pequeñita y bastante loca, ocho episodios de media hora escasa cada uno en el que un tipo demencialmente inútil hace de su mediocridad virtud para medrar en la política nacional. Para sorpresa de todos, el boca a boca hizo triunfar la serie hasta el punto de crear dos secuelas, Vamos Juan y Venga Juan, esta última ya emitida en las alturas de HBO. La química de los actores principales, unos soberbios Javier Cámara y María Pujalte, y la brillantez cómica de los guiones explica buena parte del éxito. Pero abriendo el análisis, quizá resulte significativo que este haya llegado por sorpresa (de los gerifaltes de la TV en España) y, sobre todo, a lomos del género más apreciado por los españoles en estos menesteres: la parodia extrema, incluso el esperpento valleinclanesco, por ponernos estupendos.

También las series

En Francia, las series también tiran de parodia para dar cuenta del panorama político. Parliament, sin ir más lejos, sigue la fórmula de episodios cortos poblados de gags para describir la vida de un joven francés en un lugar en principio tan poco divertido, pero con tantas posibilidades para el absurdo burocrático, como el Parlamento Europeo. Lo interesante de la cuestión, sin embargo, es que por aquellos pagos también puede triunfar algo tan denso como Baron Noir, estrenada en 2016 por Canal+ con clamoroso éxito de crítica. El argumento, la peripecia en los despachos del alcalde de Dunkerque en una carrera movida por la sed de venganza, no suena muy ameno a priori, pero sus tres temporadas no solo han cautivado al público francés, sino que se ha exportado estupendamente a diferentes países… incluido España. Ya se habla de una cuarta temporada, y hasta puede haber abierto una suerte de subgénero: Netflix ha tirado nada menos que de Gérard Depardieu para interpretar al alcalde de Marsella en la serie que lleva el nombre de la ciudad. ¿Podría funcionar algo parecido en España? Cierto que en Francia los políticos de la realidad resultan ya de por sí lo bastante novelescos como para excitar la sed narrativa de sus conciudadanos. La biografía de Macron supera la imaginación del mejor Alejandro Dumas. Aquí… Es bien sabido que Pedro Sánchez le recomendó Baron Noir a Pablo Iglesias. Curioso. Algún analista político insiste en que la motivación del personaje Sánchez ha sido la venganza desde aquella infausta dimisión forzada como secretario general del PSOE de 2016, cuando era la burla de los humoristas más crueles de España, sobre todo los de izquierdas (recuerdo un viaje en el tiempo a un par de Ilustres ignorantes de la época vía Youtube, posiblemente más revelador que muchos manuales de teoría política). Desde luego, hay material narrativo en nuestra política. Aunque quizá a las productoras no les apetezca mucho meterse en según qué aventuras, teniendo en cuenta que el ansia de venganza de los protagonistas de la política durante estos últimos años no parece tener frenos institucionales y/o morales. ¿Se animará alguien cuando algunos de estos personajes pierdan el control de lo que, según algunos analistas, se ha convertido en una maquinaria al servicio de sus venganzas? Lo del domingo pasado en Andalucía podría ser un buen prólogo…

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