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Cultura

Del amor, la locura y la muerte: la vida secreta de las grandes obras maestras rusas

Santiago Velázquez retrata en ‘Escribir en la nieve’ a 20 autores clásicos del siglo XIX y XX en un momento en que la cultura rusa está en el punto de mira

Del amor, la locura y la muerte: la vida secreta de las grandes obras maestras rusas

Santiago Velázquez | Foto: Virginia Carrasco | Cedida

Los muy puristas opinan que la biografía es totalmente prescindible en relación a la obra de su autor. Un libro es un libro. Es posible, sí, pero el buen amante de la literatura rusa ama tanto las palabras como las circunstancias en que se vertieron al papel. ¿Cómo disociar la literatura rusa de la propia Rusia, la poesía de Maiakovski de la Browning FN M1900 de fabricación española con la que se voló la base del corazón? Los rusófilos (en lo cultural) sentimos una devoción morbosa por la turbulenta vida de sus autores y por el gran desaguisado de la historia rusa, como si una llevara sin remedio a la otra.  

Al cerrar El Maestro y Margarita o Vida y Destino casi experimentamos una enfermiza gratitud por la tragedia y consentimos con las cínicas palabras de Harry Lime en El tercer hombre: «En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco».

Rusia ha suministrado más tiranos a la historia que relojes de cuco. Su aportación, en lo bueno y en lo malo, ha sido puramente idealista. «Incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor», decía Dostoievski. Tal vez sea eso: sufrir para contarla.

«Incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor»

Fiódor Dostoievski

«Son autores que fueron perseguidos, se enfrentaron al poder y quedaron doblegados, silenciados, torturados y hasta asesinados. Sus vidas no fueron fáciles: hay enfermedades, suicidios, alcohol. Pero muchos de ellos eran de una fuerza espiritual e intelectual sobrehumana, como Dostoievski, Chéjov o Mandelstam», cuenta Santiago Velázquez, responsable de Escribir en la nieve. Veinte breves biografías de genios de la literatura rusa (Caligrama). Estos camafeos, destilado de un gran trabajo bibliográfico, nos dan una visión de conjunto de esa gran familia rusa que logró generar obras maestras en medio de crueles regímenes tiránicos. La mayoría de estos ‘veinte de la gloria’ pisaron las cárceles zarista y comunista, acabaron en Siberia, tras la alambrada, algunos ante el pelotón de fusilamiento; el último de ellos, Solzhenitsyn, hizo prácticamente pleno: tortura, trabajos forzados y exilio; los más afortunados, como Boris Pasternak o Mijaíl Bulgákov, sencillamente fueron censurados y hostigados por no avenirse su literatura a los cánones del poder, o languidecieron presa de monomanías e ideas delirantes, como Gógol y Goncharov. 

También tuvieron tiempo para amarse y odiarse, envidiarse y ayudarse. El libro de Velázquez entrelaza sutilmente a estos autores, que compartieron tiempo y espacio especialmente en Moscú y San Petersburgo, las dos capitales de este país escindido entre Europa y Asia. Vemos cómo Dostoievski acabó en prisión por culpa de una carta de Bielinski a Gógol, los flirteos de Turgéniev con la hermana de Tolstói, la cuerda con la que Pasternak ató el equipaje de Tsvietáieva camino del exilio interior y que le sirvió para ahorcarse… Aprendemos cosas menos graves pero no menos importantes: que Gógol era capaz de taparse la nariz con el labio inferior, que Pushkin podía procurar hasta 20 orgasmos a sus amantes, o que Bulgákov pasó años escribiendo cartas a Stalin que firmaba con el seudónimo de Tarzán, cartas que luego rompía.  

«Este libro busca colocarlos en el contexto en que se producen sus obras e invitar al lector a que entre en ellas a través de anécdotas sugerentes -explica Velázquez-. La historia rusa de los dos últimos siglos es fascinante. Se pasa de un modelo zarista prácticamente medieval, más totalizador que las monarquías absolutas del XVIII en Europa, a una revolución que cambió el paradigma del mundo y que ni siquiera estaba pensada por Marx para Rusia; y luego, un totalitarismo de izquierdas, el estalinismo, que marca el siglo XX junto al fascismo». 

«Hay que separar precisamente esta cultura de la idea de urgencia. La necesidad de valorarlo todo de forma inmediata y a brochazos gordos nos lleva a confundir términos»

«¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?», se preguntaba Rafael Alberti desde su exilio romano. La misma pregunta cabría hacerse de la Rusia contemporánea. En la nueva tiranía instalada por Vladimir Putin, acelerada por la guerra de Ucrania, quizás se estén fraguando los Grossman del futuro. Entre tanto, el cáncer biempensante ha procurado conatos de cancelación de la cultura rusa en Occidente y que han afectado a las giras del ballet Bolshói, a directores de orquesta rusos, a seminarios sobre Dostoievski… «Es una cosa que no entiendo, hay que separar precisamente esta cultura de la idea de urgencia. La necesidad de valorarlo todo de forma inmediata y a brochazos gordos nos lleva esto, a confundir términos».

obras maestras rusas
Santiago Velázquez. | Foto Dos Passos.

El propio Velázquez, que arrancó el trabajo de organización y redacción de estas páginas hace dos años, en pandemia, se encontró este pasado invierno con dos negativas editoriales: «Me mandaron dos mails en los que decían que no era el momento oportuno, que se podía interpretar como un apoyo a las tropelías de Putin, que casi era una herejía publicarlo». Lo que está claro, mantiene, es que la gran literatura rusa «es más oportuna que nunca, hay que revitalizarla y poner el mapa literario de Rusia encima de la mesa, porque parece que se nos están olvidando los clásicos».

Las tendencias en hábitos de lectura tampoco parecen ayudar mucho a la preservación de los clásicos rusos, muchos de los cuales se van por encima de las 700 páginas, algunos decididamente sobrepasan las 1.000, como Guerra y Paz y Crimen y Castigo. «Me da la impresión de que tienen un público reducido, lo cual es una lástima porque, aunque son autores aparentemente difíciles, eso no es cierto. Cuando se vence la barrera mental, son fascinantes. El problema es que estos autores se van quedando para un reducto relativamente pequeño de lectores. Vivimos una cultura de la inmediatez y la brevedad, interesan cosas más asequibles; y estos escritores hablaban para un público del XIX o el XX donde el libro era el objeto de entretenimiento más importante junto al teatro. Requería de tiempo y reposo para disfrutar de grandes obras. Eso se está perdiendo».

En la gran familia rusa, hasta los libros, como objeto, tienen vida, biografía. Si hoy leemos y admiramos aún El doctor Zhivago es gracias a su viaje de incógnito en la maleta del agente de Feltrinelli, escondido entre pijamas; tres cuartos de los mismo con la red de colaboradores que custodiaron por partes el colosal Archipiélago Gulag de Sozhenitsyn; o el trabajo paciente de esposas y amantes que salvaron del olvido y de la quema los incunables. Como decía Bulgákov, «los manuscritos no arden». 

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