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Cómo ser más sabio y feliz gracias a los antiguos escépticos

En ‘Sabios, ignorantes y felices’, Daniel Tubau pone a disposición de los lectores un entusiasta alegato en favor de los filósofos escépticos grecolatinos

Cómo ser más sabio y feliz gracias a los antiguos escépticos

Willem van der Vliet, 'Un filósofo y sus alumnos'. | Wikimedia Commons

Este libro le hará más inteligente. A más de uno esta promesa le puede parecer exagerada, pero quien lea el nuevo ensayo de Daniel Tubau comprobará que su contenido es sumamente poderoso y responde a ese ofrecimiento. Además de abordar con amenidad y erudición el legado del escepticismo filosófico, Tubau nos invita a reinterpretar la realidad con un conjunto de de soluciones que además de eficaces, también son ingeniosas. La ironía del asunto estriba en que Sabios, ignorantes y felices se ocupa de una materia intelectualmente sofisticada, pero lo hace con una claridad y un afán pedagógico que lo convierte en una caja de herramientas mental.

En ocasiones, es necesario retroceder para poder avanzar, y eso es lo que nos plantea este libro: recuperar el legado cultural del pasado, sin rebajas en la calidad divulgativa, para aceptar una noción del presente y del futuro que nos ayude a progresar. En esta oportunidad, Tubau se fija en una serie de filósofos que no son tan populares como, por ejemplo, los estoicos. ¿A qué pensadores apunta en estas páginas? Pues, entre otros, a Diágoras de Melos, Pirrón de Elis, Anaxarco, Carnéades y Cicerón, sin olvidar la tradición escéptica de China y la India. Para evitar una especialización indigesta, el autor amplía el panorama con artistas, políticos e historiadores que también recurrieron con éxito a esta línea de pensamiento.

¿Y cuál es el núcleo de Sabios, ignorantes y felices? Podríamos organizar un debate sobre ello. Algunos lectores, acaso, dirán que Tubau parte de esta pregunta: «¿Cómo sabes que la manera en la que percibes las cosas es igual que las cosas mismas?». Aunque sea tentadora esa opción, sobre todo en estos tiempos en los que se solapan lo real y lo virtual, el propio ensayista formula un enfoque aún más nítido: «En vez de preguntarnos directamente por cómo son las cosas, teníamos que preguntarnos antes: ¿cómo puedo saber cómo son las cosas? y ¿cómo puedo poner a prueba mis conocimientos y demostrar que es cierto lo que yo afirmo que es cierto?».

Portada del libro

Aunque una entrevista no debe sustituir jamás la lectura de un libro, y menos en un caso como este, propongo a Daniel Tubau una pregunta muy básica que nos acerque al tema principal: ¿cómo definir el escepticismo filosófico? «Los filósofos —responde— se han acercado al escepticismo de diversas maneras. Una de ellas, a la que presto especial atención en el libro, es mediante la creación de una escuela que adopte el escepticismo como manera de ver el mundo. Las dos grandes escuelas escépticas son la pirrónica, que sigue a un curioso pensador llamado Pirrón, y la académica, porque se estableció ni más ni menos que en la Academia fundada por Platón. Para muchos será muy sorprendente descubrir que los seguidores de Platón, considerado habitualmente como un filósofo dogmático, fueron durante siglos escépticos. Pero también me interesa mucho el uso del escepticismo por pensadores no adscritos a escuelas escépticas, desde poetas, entre ellos Homero, a dramaturgos (de manera especial Eurípides), políticos, oradores o los sofistas, que pusieron todo patas arriba con su escepticismo acerca de las leyes, los dioses y las opiniones establecidas».

Estoy casi seguro de que el uso indiscriminado entre los periodistas del término «pensamiento escéptico» ha convertido el escepticismo en un simple sinónimo de incredulidad. Por eso mismo, le propongo a Tubau despejar esta confusión. «En cierto sentido», explica, «todos somos crédulos e incrédulos al mismo tiempo. Alguien puede ser incrédulo en la ciencia y crédulo en la homeopatía, el reiki o la astrología; o alguien puede ser incrédulo respecto a la religión y la existencia de Dios o los dioses y muy crédulo acerca de una ideología revolucionaria que promete un mundo mejor que está a la vuelta de la esquina. La diferencia con escépticos como los que aparecen en mi libro es que un escéptico puede ser llamado incrédulo, desconfiar de que existan verdades indiscutibles, al menos en muchos asuntos, pero no debería ser posible llamarlo crédulo: quizá crea en algo, opine que algo es plausible, verosímil, como decía Arcesilao, o probable, como decía Carnéades, pero siempre guardará un resto de duda y estará dispuesto a cambiar de opinión».

Resulta inevitable insistir en la fama actual de los estoicos o los epicúreos, tratados como estrellas del rock en comparación con los antiguos escépticos, bastante alejados de la estantería de los best-sellers. «Creo que una de las razones de ese distinto trato es que los antiguos escépticos no eran farsantes. No hacían grandes promesas y no prometían revelar grandes verdades, puesto que más bien decían que no existen esas grandes verdades, o al menos que todavía no las conocemos con certeza. También porque van más allá de lo obvio, cuestionan las seguridades, nos hacen dudar, y muchas personas lo que quieren es estar seguras de todo y encontrar la felicidad con una receta fácil o difícil, pero receta al fin y al cabo. Lo curioso es que, como intento demostrar en el libro, quizá también se puede ser feliz gracias al escepticismo, aceptando vivir con cierta incertidumbre e ignorancia, sin engañarse a sí mismo. Muchos escépticos, como Pirrón, Arcesilao, Carnéades o el propio Cicerón no solo decían que eran felices, sino que además parecía que lo eran, cosa que no se puede decir de algunos estoicos, que parecen un poco frustrados o amargados en su aparente resignación».

En distintas ocasiones, Daniel Tubau reivindica la figura de Demócrito. Le pregunto por cómo nos puede servir hoy uno de sus consejos más actuales: buscar la causa de todas las cosas y no dejarnos engañar o convencer sin investigar. «Demócrito ocupa un lugar importante en el libro entre los precursores del escepticismo. Hay muchas razones para sospechar que es el pensador que más influyó en Pirrón, de donde surge el escepticismo pirrónico. Es el perfecto ejemplo de escéptico, si interpretamos la palabra skepsis en su sentido original: ‘seguir investigando’, ‘examinar’, ‘mirar con atención’. Por un lado, es un investigador incansable, que busca el porqué de las cosas y descifrar lo que se oculta bajo las apariencias: ‘En apariencia lo dulce y lo salado, en realidad solo átomos y vacío’. También decía: ‘Prefiero descubrir una ley causal que ser rey de los persas’. Es decir, buscaba la verdad, la respuesta a cualquier enigma y, sin embargo, se mantenía escéptico, como se ve en su célebre juicio entre la razón y los sentidos, en la que la razón reprocha a los sentidos sus engaños, pero los sentidos responden que, a pesar de ello, la razón obtiene de los sentidos sus únicas certezas».

«La ciencia moderna —añade— nació gracias a la adopción del método escéptico, y en este sentido Demócrito es el primer científico consciente de que toda búsqueda de la verdad debe ir acompañada por la duda, el experimento y la comprobación constante».

Al leer Sabios, ignorantes y felices, resulta inevitable pensar, una y otra vez, en la opinión pública actual. En la era de Twitter y TikTok, casi nada se calcula con prudencia e imperan la polarización, el debate infructuoso y las burbujas de pensamiento. Frente a esa olla a presión, los escépticos grecolatinos encarnan la quintaesencia del sentido común. «No cabe duda —comenta Tubau— de que si algo le falta al mundo de hoy es un poco de escepticismo. Es cierto que quizá no existen grandes verdades que lo dominen todo, una o dos cosmovisiones o ideologías únicas, pero a cambio existen decenas de explicaciones dogmáticas, cada una en su burbuja, como dices, inmunes a cualquier influencia y satisfechas en su aislamiento, dándose la razón a sí mismas y que basan su identidad en la confrontación con las ideas rivales».

«Como decía Chesterton a comienzos del siglo XX —concluye—, no es que el mundo ya no crea en nada al abandonar la creencia en el dios del cristianismo, es que ahora cree en todo. Éramos crédulos en aquella época, que tan funesto desenlace tuvo, y volvemos a ser crédulos ahora. Así que, retomando la pregunta inicial, no nos vendría nada mal un poco de duda, de tolerancia hacia la opinión ajena, de escucha atenta, de voluntad de entender a los que no piensan como nosotros. No necesariamente convertirnos en incrédulos, pero al menos sí en sanos escépticos, en sabios conocedores de nuestra ignorancia. Y si puede ser, además, felices».

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