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Cultura

El festival Barbitania convierte Barbastro en la casa de la literatura

El certamen reúne a escritores, lectores y periodistas en torno a la memoria, el exilio y los libros como refugio común

El festival Barbitania convierte Barbastro en la casa de la literatura

El festival Barbitania convierte Barbastro.

En Barbastro, durante unos días de mayo, la literatura deja de ser una actividad solitaria para convertirse en una forma de hospedaje. Las plazas se llenan de escritores que se reconocen entre sí aunque apenas se hayan visto antes; los hoteles se comunican a través de calles donde los borrachitos de plaza habituales hablan con los transeúntes como si toda la ciudad fuera una sobremesa interminable con vino de Somontano; las conversaciones se alargan entre cervezas, libros y cigarrillos. Hay algo doméstico en el Festival Barbitania, algo que este año encontró además una formulación precisa en su eslogan: «La casa de la literatura».

En su quinta edición, el festival dirigido por María Ángeles Naval asumió la casa como tema, metáfora y refugio. La casa física, pero también la casa simbólica: la lengua, la memoria, la patria, la comunidad efímera que crean los libros. Naval, que es una especie de madre literaria del encuentro —y que dejará la presidencia en esta edición—, lo formuló en el discurso inaugural: Barbitania ya no es un experimento extraño aterrizado en Barbastro, sino «un hecho consumado», un lugar al que se vuelve porque allí, aunque sea por unos días, nadie necesita preguntarse qué hace allí.

Esa idea atravesó todo el festival. Las mesas de conversación sobre exilio, la memoria familiar o la identidad acabaron girando, de un modo u otro, alrededor de la pérdida de un hogar. La escritora Gioconda Belli, en la conversación inaugural moderada por las periodistas Cristina Consuegra y Ana Segura, habló del despojo político y material desde la experiencia del exilio nicaragüense. «Me he convertido en una tortuga con mi casa a cuestas», dijo. Luego corrigió el desamparo con otra certeza: «Hay una casa que no me pueden quitar, que es la casa de las palabras». La frase condensaba el espíritu de esta edición, y es que cuando las casas desaparecen, la literatura intenta construir una.

La conversación resonaba especialmente en una Europa atravesada por guerras, desplazamientos y crisis de la vivienda. En el discurso de Naval se cita al escritor invitado Zülfü Livaneli al reflexionar sobre Estambul como una ciudad hecha de casas abandonadas y ocupadas por otros fugitivos, donde los hogares son heredados por el desastre y las viviendas son convertidas en restos de la historia escrita con mayúscula. En esta edición del festival, la literatura parece sugerirnos que no solo se habla de las paredes, sino de las personas que las pierden.

Esa misma sensación atravesó muchas de las novelas presentadas alrededor de las diferentes conversaciones. Natalia Moreno llevó Madonna no nació en Wisconsin (Galaxia Gutenberg), una novela sobre una mujer que, a los 46 años, termina viviendo en una especie de casa-gallinero rural imposible de convertir en hogar. En la presentación de su libro en la librería Moisés de Barbastro, Moreno habló de feminismo, adicciones y silencios familiares sin caer en la nostalgia complaciente. «Yo no quería caer en eso de que los tiempos pasados eran mejores», dijo. Su protagonista parece habitar justo el lugar contrario al mito del hogar, ya que habita en una vivienda donde todo lo que debía protegerla termina revelando la precariedad emocional de su vida, a pesar de haber cambiado de nombre como fórmula supersticiosa que intenta cambiar su pasado.

En estas mismas jornadas, el escritor Juan Trejo presentó Nela 1976 (Tusquets), una novela que reconstruye la memoria de una hermana muerta demasiado pronto y de una generación atravesada por la heroína. La casa familiar aparece allí como archivo roto de una sociedad que aún cocinaba la esperanza. «Esa generación buscaba un cambio de estilo de vida», recordó Trejo y agregó que esa sociedad española de la transición «aún podía imaginar que el mundo podía transformarse» antes de que el mercado colonizara la idea de futuro.

En otra sala de encuentros, la escritora checa Monika Zgustova habló con Radio Nacional de España sobre el exilio y las dictaduras. «Sí existe la literatura del exilio», afirmó. Luego lanzó una frase que atravesó la conversación política sin necesariamente hacer proselitismo: «Lo contrario a una dictadura de derecha no es una dictadura de izquierda», afirmó. En Barbitania, las ideas circulaban en preguntas abiertas sobre cómo vivir juntos.

Incluso la poesía terminó regresando a la noción de casa. Los poetas Luis García Montero, Jon Juaristi y Joaquín Pérez Azaústre dialogaron junto a Jordi Amat sobre el legado poético de los setenta y ochenta. En la conversación coincidieron en que la literatura y, en especial la poesía, necesita convertir la experiencia privada en un espacio habitable para otros. «La poesía es pasar el yo biográfico al yo literario», dijo García Montero, «es el hecho poético que puede estar habitado por el lector». Juaristi añadió que «la experiencia personal hay que transformarla» a partir de la creación. Tal vez eso sea exactamente una casa literaria, un lugar donde la intimidad deja de pertenecer solo a quien la vivió y la comienza a compartir con otros. La lectura como acto de empatía.

Vale acotar que el festival Barbitania crece gracias a los premios que se entregan durante esta fiesta literaria. Este año Marina Perezagua ganó el LVII Premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro con una obra ambientada en un Japón posterior a un accidente nuclear, una reflexión sobre la viralidad de la información y la distorsión de la realidad; mientras Javier Vicedo Alós obtuvo el Premio Hermanos Argensola con un poemario descrito por la poeta e integrante del jurado Aurora Luque como un libro fragmentario sobre un mundo «quebrado y astillado». Incluso en los premios aparecía la misma sensación que se llevaba cocinando desde el inicio del festival, esa conciencia de vivir entre ruinas, intentando todavía construir lenguaje como habitáculo.

Quizá por eso Barbitania funciona, porque en un mundo donde casi todo parece provisional —las ciudades, los trabajos, las relaciones e incluso las identidades— el festival ofrece la sensación de una comunidad temporal. Los escritores, periodistas y lectores llegan desde lugares distintos, se juntan con los barbastrenses y durante tres días comparten esa ilusión, que parece estar extinguiéndose, de que una conversación todavía puede reunirnos alrededor de algo común donde refugiarnos.

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