Juan Antonio Bernier: el pájaro de siempre
Si no eres alguien bueno, no eres nadie. Si no eres bondadoso, no eres nada

Fotografía de Juan Marqués.
Hace algo más de 20 años, muy a finales de 2005 o tal vez ya a comienzos de 2006, andaba yo leyendo en el jardín de la Residencia de Estudiantes cuando pasó por allí Luis Muñoz, como cada mediodía, pues por aquel entonces trabajaba en la programación de actividades culturales de la casa. No recuerdo bien cómo fue —tengo una memoria espeluznantemente mala—, pero estoy seguro de que fue él, y fue ese día, quien me dijo que aquella misma tarde se presentaba en la Librería Rafael Alberti un libro muy bueno de un chico de Córdoba, y que me pasara por allí si podía, que iba a merecer la pena.
Le hice caso. Debió de ser una de las primeras veces que entraba yo en la Alberti, donde tantas cosas he vivido después, y en efecto me alegré muchísimo de haber ido, porque el libro que, sin ninguna prisa, se ponía de largo aquella tarde era Así procede el pájaro, publicado por la editorial valenciana Pre-Textos en noviembre de 2004.
Este pasado viernes, 22 de mayo, nos fuimos Juan Antonio Bernier, Carlos Pardo y yo mismo a comer una soberana milanesa en un restaurante argentino que hay en la Colonia del Pico del Pañuelo —un laberinto lleno de secretos— y fue todo tan divertido como confuso, ya que Bernier no recordaba haber presentado aquel libro en Madrid, y desde luego estaba seguro de que se lo hubiera presentado Muñoz. Pero al final quedó demostrado que varias desmemorias completan la verdad, y quedó claro que sí había ocurrido, aunque el presentador, recordó Carlos, fue Sergio Suárez. De modo que en ese momento la pregunta misteriosa cambió: ¿cuántas veces en la historia del mundo habrá sucedido que un mismo libro se presente dos veces en la misma librería con 20 años de distancia? Si lo pensamos seriamente, concluiremos que muy probablemente nunca.
Porque sucedió además que, pocas horas después, esa tarde de este pasado viernes, los tres comensales volvimos a reunirnos en la Alberti para seguir hablando, ahora ante el público, de aquel libro diminuto y milagroso, minúsculo y magistral, delicado y poderoso, que acaba de ser reeditado, y otra vez por Pre-Textos, pero esta vez no en la colección de «Poesía», sino en «El Pájaro Solitario», que se rescata después de varios años de desaparición para acoger muy oportunamente el que más o menos fue el primer libro del poeta cordobés, al que han seguido otros tres.
En fin. El libro, como digo, ha vuelto a la vida que le dan las librerías y las manos y los ojos, y lo ha hecho sin apenas cambios. No hay poemas añadidos ni tampoco se ha omitido ninguno —entre otras cosas porque, si se quitasen cuatro o cinco, el libro ya no podría tener lomo—, y solo se han modificado tres o cuatro detalles menudísimos que es un desafío encontrar: una dedicatoria que se desarrolla, una rima que se anula, una preposición que se reduce…
Lo fundamental sigue ahí, y es mágico. Como todas las obras maestras, no se deja explicar fácilmente, y además yo no creo que haya que hacerlo. No se sabe cómo funciona ese libro, y no es fácil tampoco determinar dónde reside su encanto alucinante y la fortísima sensación de firmeza y de seguridad que transmite, cuando es un libro lleno de preguntas, lleno de tanteos, lleno de merodeos. Todo lo que se dice en él es verdad; eso sí está claro. Y, de nuevo, no se comprende por qué: es algo que se sabe y que se siente, pero que no se puede razonar. Nos dejaríamos desollar por defender la exactitud de todas las cosas que aquí se descubren o se intuyen. No acaban de entregar todos sus significados, como hacen siempre los clásicos, pero todos son ciertos y, en el fondo, sencillos y buenos. Si no eres alguien bueno, no eres nadie. Si no eres bondadoso, no eres nada.
Muy deliberadamente no he citado ni una sola palabra del libro, que cada cual ha de ir descubriendo, más o menos implicado, más o menos cómplice, seguramente encandilado o, cuando menos, mecido, acompañado en un libro en el que se camina bastante. Pero me he dejado para el final la que yo creo que será la motivación definitiva para que quien esté leyendo esto corra a leer eso, que es el poema titulado Langueur, y que me parece no solo un poema constitutivo de su generación, sino un texto elemental para iluminar o entender cierta posible línea de la poesía —una línea que, por cierto, no ha tenido muchísima continuidad, porque quienes hemos cometido la temeridad de intentar escribir «a la manera del pájaro de Bernier» hemos hecho ridículos tremendos—. El poema es el siguiente, y con él me callo, porque ante él, después de él, lo único posible es el silencio.
Dulce y agudo dolor de estarse vivo.
Siento latir mi corazón
y a veces temo que,
de pronto, se detenga.
Dulce y agudo dolor: brizna amarilla.
