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Cultura

Once esquirlas sobre Jorge Luis Borges

Borges siempre estuvo obsesionado por el libro como sustancia y artefacto contentivo de los pasillos de la memoria

Once esquirlas sobre Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges. | Wikimedia

1.- En el mundo de Jorge Luis Borges, la lectura constituye el gran mapa de un itinerario hacia el infinito. Borges no se contentaba con los libros que efectivamente había leído. Se aventuraba a trazarlos de nuevo y los reescribía fantasiosos. Inventaba actores y autoridades literarias. Trataba de despistar al lector con hilos falsos, con eventos históricos que jamás ocurrieron, al tiempo que fundaba reinos y civilizaciones ilusorias. Así, de su obsesión lectora derivan sus artificios, sus torceduras de los caminos de la imaginación, sus bibliotecas fictas, sus juegos de dobles, sus entresijos y sus espejos apócrifos.  

2.- La lectura en Jorge Luis Borges es a un tiempo la punta del iceberg y el mar de fondo. La materia prima de un tracto literario inolvidable, escrito desde los contornos del fin del mundo. Borges siempre estuvo obsesionado por el libro como sustancia —susceptible de anotaciones, ediciones, alteraciones y adulteraciones— y también empeñado con la idea del libro como artefacto contentivo de los pasillos de la memoria, como recipiente de las más largas travesías del tiempo. Borges aprovechaba sus lecturas —muchas de ellas tempranas, casi umbilicales— para nutrir su teoría de las letras, para dotar de verosimilitud a lo fantástico, para darle una socarrona pátina de erudición a lo ensayístico. 

3.- En materia de estilo, Jorge Luis Borges generalmente prefería las formas nórdicas, casi glaciales. Son de fama sus frases cortas y agudas: «Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche…», para mayor ejemplo. Qué diferencia con las florituras y barroquismos de su contemporáneo Alejo Carpentier: «En los crepúsculos se encendían grandes hogueras, que despedían un humo bajo y lardoso, antes de morir sobre montones de bucráneos negros…» O los pincelazos de melancolía ilustrada —en los que destaca su obsesión con el viento— de Juan Carlos Onetti: «El viento no quería acercarse, limpiaba el cielo encima del río, se estiraba y volvía con un tesón maniático, con un rumor explicativo, con la voluntad de prescindir de los árboles y sus hojas…».

4.- Muchas veces da la impresión de que el cerebro anglosajón, septentrional, de Jorge Luis Borges le dictara en español esas frases precisas, a la vez que meticulosas. Como si en su afán de síntesis, Borges quisiera esquivar las florituras y las inexactitudes ibéricas. Aunque sin sacrificar lo sonoro y las sensualidades de la adjetivación, porque la prosa borgeana, estricta, milimétrica, construida bajo un microscopio, es también radicalmente poética: «En la alta noche ese descubrimiento es inevitable».

5.- La elegancia de la renuncia, llama el crítico James Wood a la vocación del estilo mínimo: «Los ricos estilistas (los Bellow, los Updike) se hacen nuevamente conscientes de su riqueza; pero el estilista más sencillo (Hemingway, por ejemplo) también toma consciencia respecto de su sencillez, que asemeja una forma altamente controlada y minimalista de riqueza, una elegancia de la renuncia…».

6.- Buena parte de la noción del estilo en Borges radica en su capacidad de encajar el adjetivo perfecto, con el fin de imprimir su ritmo casi algebraico y para dar forma, finalmente, a la idea deseada. Es virtud borgeana —la adjetivación— no solamente puntual, sino también heterodoxa. Huye de lo obvio, le da la espalda a lo evidente. Acá unos pocos ejemplos pescados en las Ruinas circulares, relato célebre por más de una razón: «los árboles incesantes», «la muralla dilapidada», «el colegio ilusorio», «la selva palúdica», «sílabas lícitas».

7.- Tlön, Uqbar, Orbis Tertius representa el ejemplo de relato borgeano perfecto. En todo sentido. Así, a través de pesquisas bibliográficas y de juegos de enfoques, ardides y crujías, en este mecanismo borgeano una versión de la clásica Enciclopedia Británica lleva a descubrir a su vez la enciclopedia de Tlön, una región imaginaria, un planeta hasta esos momentos desconocido. En Tlön operan de modo distinto el lenguaje y el pensamiento; el tiempo también transcurre de una forma diferente. Este planeta imaginario deriva de una especie de sociedad secreta (Orbis Tertius) organizada al estilo inglés —esto último tan del gusto de Borges: la excentricidad británica— en el siglo XVII y luego reaparecida en América. Al final, Borges, que asume una difusa posición de narrador, protagonista y pesquisa, predice que pronto desaparecerán los idiomas y que el mundo, tal como lo conocemos, se convertirá en Tlön.

8.- En este relato, la ficción termina por invadir la realidad. «El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo. Encantada por su rigor, la humanidad olvida y torna a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles», argumenta Borges al final del texto.  El idioma primitivo de Tlön ha permeado en las escuelas y la enseñanza de su historia va ganando terreno, la memoria ficticia se superpone a la verdadera y las ciencias terrenas aguardan también su paulatino reemplazo. El relato empieza con simulaciones de la realidad —Borges y Adolfo Bioy Casares cenando en una quinta de Ramos Mejía— y cierra con la invención permeando la realidad.

9.- En Tlön también están muchas de las ideas que le son tan caras a Jorge Luis Borges. Por ejemplo, el tiempo como conjugación total, la narración grave y aparentemente verosímil de unos mundos inexistentes. Para empezar, la enciclopedia de la que deriva el descubrimiento de Uqbar es inexacta y morosa, y los hechos descritos por Borges en el relato han ocurrido cinco años antes, como para nublar la memoria, como para generar ciertas dudas: posibles otras versiones sobre la fidelidad de la crónica. 

10.- Borges se relame los bigotes con esa aparente inocencia: jalar el hilo de la pista bibliográfica, para desenrollar madeja tras madeja. En esa misma línea están los testimonios de personajes figuradamente verdaderos, para dar fe de hechos y acontecimientos falsos. Néstor Ibarra, Ezequiel Martínez Estrada y Drieu La Rochelle avalan en Tlön las teorías desarrolladas por Borges al tiempo que aportan a esas conjeturas algún grado de credibilidad. «También son distintos los libros [sentencia Borges sobre estos mundos de la imaginación]. Los de ficción abarcan un solo argumento, con todas las permutaciones imaginables. Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto». La verdad de la ficción. La falsificación de la realidad libresca. 

11.- Jorge Luis Borges nos sigue engañando con el montaje de miniaturas acerca de lo inaudito. Con sus relatos sobre lo inverosímil, a modo de caleidoscopio. Con sus ensayos en escala reducida, trufados por una inteligencia distinta, macerada en los libros. 

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