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Cultura

La hija del carnicero se llama María José Fuenteálamo

Cuenta la autora las contradicciones del movimiento anticarnivorista y, lo que es peor, sus trucos y falsedades

La hija del carnicero se llama María José Fuenteálamo

La periodista y escritora María José Fuenteálamo. | EP

En Meditaciones del Quijote, Ortega plasmó su, quizás, más famoso y repetido pensamiento: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo». Si la idea la expresamos sobre la base genética que nos une con nuestros predecesores, hemos de apropiarnos de lo que escribió Edward O. Wilson: «La genética es la ciencia de la humanidad común».

María José Fuenteálamo es fruto —como todos, por más que algunos quieran renegar— de sus genes y de su circunstancia. En su caso, de un padre, un abuelo y un bisabuelo carniceros allá por la tierra manchega. Su casa era la carnicería o, quizás, la carnicería era su casa, porque estaban unidas, tan juntas que era un todo inseparable la vida en el cuarto de estar y en la tienda. No había horario o, si se prefiere, allí nació el horario continuado. Las conversaciones se mezclaban con sabores y olores que, a veces, se convertían en voces (pág. 81). De alguna manera, la intimidad era carnal y, claro está, deja marca en quien lo vive. María José Fuenteálamo lo vivió con amor/admiración/entrega filial, con sus enormes ojos observadores, pero también con la firme convicción de no inaugurar una nueva generación al frente de Carnicería Antón.

La hija del carnicero se crió entre animales abiertos en canal, embutidos, cuchillos, macrofrigoríficos, mostradores, despieces, huesos, un matadero y, naturalmente, regueros de sangre (como en el Rastro), y la hija del carnicero siempre supo que su vocación era contar historias, para lo que debía romper la tradición, escapar de su destino. Como dice la autora: «Este libro no es más que un ejercicio de memoria con un toque de etnografía y arqueología humana… en definitiva, la narración de unos recuerdos». 

Daniel Defoe, cuyo padre también era carnicero, no se atrevió a rememorar su infancia y adolescencia, ni a reivindicar la centralidad de la carne en la vida de las personas, en nuestra historia y cultura. Sí parece hacerlo, sin embargo, la artista belga Berlinde De Bruyckere, que ha expuesto en Madrid este año, cuyas esculturas son nominadas «reliquias cárnicas», y es que la profesión de su padre puede ser la explicación de que sus piezas se asemejen a «cuerpos desollados».

A mí me ocurre como a María José Fuenteálamo y no encuentro el punto al disfrute ni de Tarantino con las orgías de sangre (pág. 55), ni de los aztecas que defendían que para que el sol saliera cada día debía ser alimentado con sangre humana, a la que llamaban «agua preciosa» (págs. 60-61). Como a María José, me encanta una comida que tenga por protagonistas las chuletas de cordero lechal o el entrecot a la brasa, por supuesto al punto menos. Quizá, como defiende Mulet, comemos lo que somos y lo que nos diferencia de otros animales es que nosotros cocinamos, aunque, también —como apunta el mismo Gandhi—, cómo tratamos precisamente a los animales (págs. 78-79). 

Cuenta Fuenteálamo las contradicciones del movimiento anticarnivorista y, lo que es peor, sus trucos y falsedades. Pero huye de cualquier dogmatismo, porque prefiere sembrar alguna duda (se confiesa «moderadita») sobre todo ante la desaparición de la ganadería mimada por el ganadero y la carnicería atendida con esmero por el carnicero de siempre, ante la destrucción de una forma de ser y vivir para convertirla en un negocio de otra naturaleza.

María José Fuenteálamo pone la pluma de ganso en la diana y pide a las Administraciones públicas menos trabas burocráticas, evitar asfixiar a los pequeños con la normativa. Ha hecho decenas de reportajes y conoce perfectamente lo desanimante que es soportar una traba tras otra, una inspección tras la siguiente, un requisito más que el anterior. Prefiere contar historias y lo hace con enorme gusto, empezando precisamente por contar la de la casa en que había nacido (pág. 175). En las páginas de La hija del carnicero, María José Fuenteálamo demuestra sus dotes para el dibujo impresionista, repleto de detalles melancólicos con olores que embriagan al lector.

He disfrutado de su lectura, de conocer detalles sobre el porqué de tantas cosas que nos rodean en nuestro día a día, de aprender que la carne no es solo alimento, sino seña de identidad. Pero también, María José, he disfrutado por permitirme rememorar algunos momentos de mi infancia, pues soy nieto y sobrino de tendero. En una época en la que se exalta con demasiada naturalidad el engaño, la obra de María José Fuentetaja representa justo lo contrario: pondera lo auténtico, lo veraz y genuino.

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