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Cultura

Eva Orúe, directora de la Feria del Libro: «Me gustaría que no se dejara de ir a las librerías»

La periodista explica en THE OBJECTIVE cómo funciona la organización de este evento

Eva Orúe, directora de la Feria del Libro: «Me gustaría que no se dejara de ir a las librerías»

Eva Orúe.

Cada primavera —o casi verano según las temperaturas de los últimos años—, durante poco más de dos semanas, el parque del Retiro deja de ser un solo un espacio natural y se convierte en un laberinto de lectores que se encuentran entre firmas, cables, colas, autores, libreros y estructuras temporales que parecen existir desde siempre, aunque hayan empezado a levantarse apenas unos días antes. Desde fuera, la Feria del Libro de Madrid conserva algo de ritual ciudadano, pero desde dentro, Eva Orúe, su directora, dice que se parece más a una obra pública.

«Ahora estamos con el montaje, porque la feria no existe, la feria se construye», así lo explica en una conversación con THE OBJECTIVE durante las jornadas de Barbitania. Orúe enumera una infraestructura que rara vez aparece en las fotografías oficiales: «Este año estamos montando casi 5000 metros cuadrados entre casetas, pabellones, stands, y todo eso no es tarima, todo eso es paredes, techos, que no se cuele el agua, que no se cuele el aire, electricidad, líneas telefónicas…».

La frase resume bastante bien la manera en que Orúe entiende la feria, menos como una postal cultural y más como un organismo complejo que hay que resucitar cada año. También resume algo de su propia trayectoria para llegar a este cargo, ya que antes pasó por el periodismo y la comunicación editorial, pero asegura que nadie le habló de las zanjas, los permisos o el cableado eléctrico que implicaba ser directora de feria. «Me faltaba la parte de obras públicas, esa parte no me la explicaron», afirma.

Antes de dirigir la Feria del Libro de Madrid, Orúe había pasado por redacciones y agencias de comunicación. Había publicado libros, trabajado en promoción editorial y fundado junto a Sara Gutiérrez una agencia especializada en comunicación cultural. «Vengo del mundo de la comunicación y de alguna manera todo eso cristaliza en la dirección de la feria», dice. Este tránsito, visto en retrospectiva, parece lógico, aunque dirigir la feria supone gestionar algo más parecido a una pequeña ciudad efímera que a la promoción de un evento literario convencional.

Para Orúe, la feria pertenece a los libreros. «Yo soy una empleada del Gremio de Librerías de Madrid» y esa declaración no es retórica, ya que buena parte de las decisiones organizativas parten de proteger el papel de las librerías dentro de un ecosistema editorial cada vez más desigual.

En la práctica, eso significa establecer reglas que muchas veces generan tensiones. Este año habrá 121 casetas de librerías frente a más de 200 casetas editoriales, aunque el número real de sellos presentes se multiplica por los espacios compartidos. Sin embargo, el problema es el de siempre: la limitación del espacio contra la creciente demanda.

«Las librerías todas tienen, si quieren, cuatro metros», explica Orúe. Ese privilegio no existe para las editoriales. Los editores, en cambio, deben demostrar que su catálogo justifica el espacio solicitado. «Tú como editor, por tu catálogo, puedes tener derecho a 4 metros. Pero si a mí no me cabe, te puedo dar 3 o te puedo obligar a compartir», explica.

Feria del Libro de Madrid y las disputas con los sellos independientes

Detrás de esa lógica hay una filosofía de equilibrio que Orúe defiende incluso cuando provoca malestar entre los sellos independientes, como ya ha ocurrido en pasadas ediciones. La feria utiliza como criterio el número de títulos vivos en catálogo. De 25 a 79 títulos, las editoriales acceden a espacios compartidos. A partir de 80, pueden optar a caseta propia o compartida. Para tener una individual de tres metros, el requisito sube a 250 títulos vivos; para cuatro metros, a 700 ejemplares dentro del catálogo.

«Es un criterio que algunos discuten, pero es lo más parecido a un criterio objetivo con el que nos podemos comparar», sostiene. La discusión aparece inevitablemente cuando se confrontan catálogos pequeños muy bien curados con grandes grupos editoriales más comerciales. Según la directora, todo se resume a un par de preguntas: «¿Qué es más injusto? ¿Que una editorial con 25 títulos vivos en catálogo tenga un metro de mostrador o que una editorial con 3.000 títulos vivos en catálogo tenga 4 metros y no podamos darle 5?».

Es evidente que el asunto sigue siendo delicado. Hace apenas unos años, en 2023, la feria atravesó una fuerte polémica con la editorial sevillana Barrett y otros sellos independientes, que denunciaron públicamente un endurecimiento en las condiciones para poder participar. Orúe evita reabrir el conflicto, pero deja clara la idea central: «Tenemos un espacio limitado y todo el mundo entiende que si en el Bernabéu entran 80.000, el 80.001 ya no entra».

Esta limitación condiciona todo, incluso a los árboles del Retiro. Este año, comenta Orúe, hubo que prescindir de una caseta porque un árbol impedía instalarla. También las normativas de seguridad han reducido espacio útil dentro de una superficie que, en apariencia, sigue siendo la misma. «Hace unos años entrabas desde la Puerta de Madrid y había casetas a los dos lados; ahora técnicamente no [se puede]».

Una feria comercial versus una feria literaria

La conversación deriva, entonces, hacia otra de las discusiones recurrentes de la feria: quién puede vender y quién no. Su directora insiste en que la feria es, antes que nada, «una feria de libros comercial» y por eso, la autoedición, los fanzines o determinadas publicaciones quedan fuera del modelo tradicional de casetas. No por una cuestión de calidad, aclara, sino de estructura.

«La autoedición y los fanzines no están incluidas porque nos parezcan mal negocio o mala manera de editar, simplemente porque es un modelo diferente que no encaja en el modelo que nosotros, como libreros que somos en origen, defendemos».

A pesar de este modelo, la feria ha ido abriendo espacios alternativos. El más visible es Indómitas, un programa temporal para editoriales pequeñas y proyectos gráficos que no participan durante los 17 días completos. «Son 44 editoriales y muchas no podrían estar toda la feria. De hecho, muchos días no podrían ni aunque les ofreciéramos espacio».

2026: una nueva edición de la feria

La tensión entre apertura y regulación atraviesa toda la organización. También las actividades paralelas, que en los últimos años han transformado la feria en algo más parecido a un festival literario. Desde 2022, la dirección trabaja con un tema central anual en lugar de un país invitado. Este año el eje será el humor.

«Nosotros organizamos una especie de columna vertebral en torno a ese tema», explica Orúe. Este año el programa reunirá nombres como Maitena, Edu Galán, Liniers, Kevin Johansen, Joaquín Reyes, Ignatius Farray o Eva Hache. Habrá homenajes a La conjura de los necios, una previa a la Generación del 27 del humor y debates sobre traducción humorística entre países iberoamericanos. «Ver de qué nos reímos juntos y de qué no nos reímos juntos», resume.

Este crecimiento de la programación cultural también ha generado una pregunta de fondo: ¿hasta qué punto la feria sigue siendo una feria comercial y no un festival? Orúe sostiene «que el festival de la Feria del Libro sin feria no tendría sentido», aunque admite que la programación podría funcionar por sí sola, como un gran evento literario, pero teniendo como premisa estar al servicio de la venta de libros y del ecosistema librero.

«Cada vez más tenemos una parte de festival», reconoce, «pero no nos interesa el festival solo; nos interesa el festival en la medida en la que se pone al servicio del objetivo de la Feria del Libro», afirma.

Ese equilibrio también afecta a la promoción lectora. La Feria del Libro de Madrid recibe miles de visitantes que simplemente pasean entre casetas, mientras otros llegan para conseguir una firma concreta en ese laberinto de autores. Comenta Orúe que «hay un fenómeno muy de feria y es el de los lectores adolescentes que te dicen que durante el año no van a librerías, pero sí se vienen a la feria». La organización intenta aprovechar esa energía mediante actividades infantiles y juveniles, concursos y encuentros escolares. Uno de los proyectos que más entusiasma a la directora es Pequeños Gigantes de la Lectura, una competición de lectura en voz alta para niños, en donde estudiantes de diez años leen fragmentos de varios libros delante de autores vivos que luego los acompañan al escenario.

Superventas e ‘influencers’ y su impacto en la feria

La Feria del Libro de Madrid también es una maquinaria de multitudes y pocas cosas ilustran mejor esa dimensión que las firmas masivas. Cuando un fenómeno editorial o una celebridad o un influencer convoca a cientos o miles de lectores, el Retiro se convierte en un problema logístico. «Si se me presentan 10.000 personas, tenemos que lidiar con ellas», lamenta Orúe.

En estos casos, la estrategia consiste en sacar las firmas multitudinarias fuera de las casetas y trasladarlas a pabellones específicos. Este año pasarán de cinco a siete espacios para grandes firmas. También se limita el número de personas que pueden acceder a cada sesión. «Yo sé que mi autor puede firmar en hora y media 300 ejemplares, pues doy 300 números», explica, pero después llega la parte más difícil de gestionar, la frustración de los lectores. «Si hay 600 personas, a las 300 de después no las puedo echar porque estamos en vía pública, pero sí que podemos decirles: ‘Usted es el 301, sabe que no le van a firmar el libro’», sentencia Orúe.

La directora comenta que una escena que se repite cada año es la de padres viajando desde otras ciudades, adolescentes llorando, colas que bloquean casetas vecinas o autores convertidos durante unas horas en estrellas pop. «Todos esos detalles los tenemos que manejar», resume.

Una feria sostenible

Orúe va desmontando la idea romántica de la feria como simple celebración literaria. Lo que aparece es una estructura de equilibrios entre cultura y negocio, paseo ciudadano y dispositivo de seguridad, entre festival y mercado editorial. También entre sostenibilidad y presupuesto, pues este año la organización profundizará cambios iniciados en ediciones anteriores, ya que habrá un nuevo diseño de casetas, materiales reutilizables y reducción de emisiones. «En los dos últimos años hemos reducido un 31% nuestra huella de carbono», afirma y continua, «es muy poquito para el mundo, pero es mucho para nosotros». 

Este año las casetas siguen siendo provisionales, pero cada vez se incorporan más materiales reutilizables. También se ha eliminado parte de la climatización más agresiva y aumentado el uso de energía limpia, aunque todavía dependen parcialmente de generadores tradicionales. «Me gustaría que toda la feria fuera solar», admite.

Esa mezcla de pragmatismo y entusiasmo atraviesa toda su manera de hablar sobre la feria. Orúe parece desconfiar de los discursos grandilocuentes y prefiere pensar en términos concretos: metros lineales, sombra, circulación de personas, librerías de barrio.

Quizá por eso el cierre de la conversación termina lejos de cualquier épica cultural. Lo que le preocupa no es únicamente que la feria funcione durante 17 días, sino lo que ocurre después. «Me gustaría sobre todo que la gente que viene a la feria como algo excepcional no dejara de ir a las librerías el resto del año». La feria ayuda a las librerías, dice, pero «no te salva el año, ni te salva el negocio». En una ciudad saturada de festivales y eventos culturales, teme que la excepcionalidad termine sustituyendo la costumbre cotidiana de leer, comprar libros o visitar bibliotecas.

«Está bien una feria del libro, está bien una feria del cómic, está bien un festival de literatura iberoamericana, pero está mejor que la gente no pierda nunca la costumbre de ir a librerías o a bibliotecas, de leer como algo habitual en sus vidas», concluye.

Este mes de junio, cuando el Retiro vuelva a llenarse de lectores, pocos pensarán en zanjas eléctricas, árboles problemáticos o cálculos de aforo. La feria parecerá haber estado siempre ahí y tal vez ese sea precisamente el éxito de la operación: construir durante semanas una ciudad provisional de libros para que parezca completamente natural.

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