Matías Costa y la Fujikina que aterriza en Madrid
El Festival Europeo de Fotografía de Fujifilm llega a Madrid con algunas de las voces más destacadas de la fotografía

Matias Costa.
Lo de poner el determinante «la» delante de un nombre propio imprime carácter. En español, hablar de una mujer como La Preysler, La Callas o La Veneno es síntoma de su poderío. Cuando alguien —o algo, vaya— alcanza un estatus, sobra el sustantivo. Raro sería oír decir «la actriz Carmen Maura». Se sobrentiende tanto, es un lugar tan común, que para un país como este, hablar de La Maura lo dice todo.
Lo mismo sucede con algunas citas. Su peso es tal que, con un determinante, hemos solventado la explicación. Por eso, aunque quizás para los neófitos pueda resultar conveniente hablar del Festival Europeo de Fotografía de Fujifilm, cualquier amante de este arte economiza el lenguaje, dando así su privilegiado lugar al evento, y dice: La Fujikina.
Para quienes no estén puestos en el asunto, hablamos de un punto de encuentro alrededor de la fotografía que, tras su paso por ciudades europeas de la talla de Estocolmo, Berlín y Londres, aterriza en Madrid los días 23 y 24 de mayo en el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM).
Estas son las fechas señaladas porque se trata del plato fuerte de la cita. Dos días en los que eminencias fotográficas de la talla de Álvaro Sanz, Estela de Castro, Joan Vendrell, María Santoyo, Sonia Celma, de PHotoESPAÑA, Nerea Garro, Rodrigo Roher, Samuel Aranda y Toni Amengual ofrecerán su visión de este omnipresente arte en nuestras vidas modernas.
Especial mención merecen estas ponencias al trovador visual de los márgenes leonés Alberto García-Alix, quien presentará La ausencia como estímulo: una ponencia visual que explora el impacto de la nostalgia y el vacío como motores de su arte y ejes de su universo fotográfico. La intervención se apoya en la proyección de 68 imágenes —casi todas inéditas— que recorren sus últimos 15 años de trayectoria. Para quienes han tenido la oportunidad de haber visto ya la ponencia, se trata más de una performance que de un speech. Algo para recordar en forma y fondo, solo al alcance de uno de los fotógrafos con mayor hondura del panorama patrio.
Ahora bien, La Fujikina, como buen festival de lo visual, no podía obviar algún tentempié en forma de revelado. Y la responsabilidad de dar cuerpo y llevar las riendas expositivas de los artistas antes mencionados, quienes andan de foto presente en el COAM, ha recaído en el fotógrafo Matías Costa (Buenos Aires, 1973).
Costa, quien fuera el primer ganador del programa Descubrimientos de PHotoESPAÑA allá por un lejano 1998, ostenta la batuta del encuentro como comisario, habiendo elegido él las fotografías representativas de los ponentes. Un compromiso con su punto de ironía, pues la exposición más extensa de un fotógrafo presente en el COAM (visible hasta el 24 de mayo) es de su autoría. Un rombo formado por paneles colgantes donde el trabajo del porteño puede disfrutarse en su ecléctica totalidad. No porque estén todos sus negativos (no hay COAM para empapelar con todos los disparos de este artista), sino por una selección personal de su trabajo con la que acercarse a su visión, a la par literaria y visual. Algo a lo que habrá de sumársele, en el exterior de la configuración, una muestra de todos los ganadores del premio hasta ahora.
En unos ridículos taburetes acolchados, asientos de media nalga rozando la genuflexión, Matías Costa recibe a THE OBJECTIVE en el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid para hablar de la Fujikina y sus retos.
PREGUNTA.- Vamos con la primera pregunta y la más lógica: ¿cuál ha sido la dificultad de comisariar esta exposición?
RESPUESTA.- El reto básicamente ha sido doble. Por un lado, vincular y poner en diálogo dos exposiciones de naturaleza tan distinta: una con un carácter muy familiar y la otra más expansiva, con distintos fotógrafos y diferentes estilos. Comisariar una exposición sobre mí mismo ha sido un reto. Ha sido un desafío porque enfrentarte a algo así te hace pensar: «Bueno, esto va a quedar un poco pretencioso». Pero como en mi trabajo hago mucha autoficción y está muy vinculado a mí… aunque esté fotografiando cosas de fuera o historias de otros, siempre acabo metiendo temas autorreferenciales o biográficos. Así que, en ese sentido, tenía lógica hacerlo.
P.- Has comentado alguna vez sobre tu trabajo que uno está renaciendo constantemente. ¿Cómo explicarías ese concepto de «renacimiento»?
R.- Para mí, el tema de renacer tiene que ver con las continuas e insoslayables crisis a las que se enfrenta cualquier persona que trabaje en algo creativo; ya sea un escritor, un fotógrafo o un director de cine. Cada cierto tiempo —en mi caso ocurre de forma cíclica— me enfrento a una crisis creativa, existencial o a ambas. A veces son más profundas, a veces menos, pero siempre me llevan a un cambio, a un punto de inflexión o a un giro en mi forma de trabajar.
A menudo no son cambios estructurales, sino de rumbo. Pero el proceso de tomar esa decisión casi siempre nace de una crisis, y esa crisis inevitablemente trae la muerte de lo que has sido hasta ahora y un renacer. Aunque, bueno, no siempre es tan dramático; a veces hay una continuidad real.
P.- Tu primer Premio Descubrimientos en PHotoESPAÑA fue en el 98. Viendo la evolución en estos últimos veintitantos años, ¿encuentras algún patrón o alguna pulsión clara hacia la que haya ido la fotografía?
R.- Sí, hay varias direcciones. Obviamente, en la fotografía no todo el mundo investiga en el mismo sentido. Pero si hay un patrón que puede unificar toda la evolución de los fotógrafos presentes, es la emancipación de ese viejo mandato que decía que tenemos que fotografiar obligatoriamente «lo real» o hacer pura fotografía documental. Ahora los patrones son dos: primero, «voy a fotografiar lo que yo quiera, sea realidad o sea ficción»; y segundo, la experimentación total con todo tipo de disciplinas y propuestas. Además, noto una clara tendencia a hablar cada vez más desde el intimismo y el universo propio.
P.- Eso que está tan en boca de todos, llamado autoficción… como ocurre ahora mismo en la literatura del yo.
R.- Exacto. Volver la mirada hacia lo pequeño, hacia la historia que tiene que ver conmigo. De hecho, el Premio Descubrimientos del año pasado fue para Sonia Celma con una serie que aborda todo el proceso de la enfermedad congénita de columna de su hija. Es un enfoque muy íntimo.
P.- Tú has vivido el salto salvaje de lo analógico a lo digital, y ahora estamos viendo una fuerte vuelta al origen. Con la democratización de la imagen, donde cualquiera con un iPhone se cree fotógrafo, ¿crees que se ha reducido el valor de la fotografía o, por el contrario, se ha revalorizado?
R.- Digamos que ha rebajado el valor en ciertos aspectos y lo ha revalorizado en otros. El hecho de que todo el mundo tenga una cámara excelente en el teléfono y que los archivos sean técnicamente impecables —porque hoy en día es difícil hacer una foto técnicamente mala—, unido a la facilidad de difusión en redes sociales, ha cambiado radicalmente el papel del fotógrafo. Ahora mismo, el valor de un fotógrafo radica en que sus imágenes tengan una intención: la intención de formar parte de una historia, de contar algo y de perdurar. La mayoría de las imágenes que la gente hace en su día a día son solo mensajes instantáneos, una remembranza de un momento que desaparece en cuanto cumple su función.
P.- De ahí también esa vuelta de tuerca de las nuevas generaciones…
R.- Está ocurriendo un fenómeno muy interesante con las generaciones que han nacido ya con el móvil y que nunca conocieron la fotografía química. No es que vuelvan a lo analógico, es que lo están descubriendo por primera vez. Y lo que les fascina es el error, el fallo. Lo digital es perfecto, todo se corrige inmediatamente en la pantalla (aunque luego, al imprimirlo, sea una mierda). Ellos alucinan con poder hacer fotos imperfectas porque no saben qué va a salir; buscan la magia del imprevisto y del misterio.
P.- Fotógrafas como Manuela Lorente sienten una predilección por el flashazo. Algo que a mí me recuerda al polémico Terry Richardson. En lo que respecta a la luz, ¿ves alguna tendencia clara en la fotografía actual?
R.- Tanto en las temáticas como en la técnica hay muchos caminos distintos; no existe una corriente totalizante, aunque sí modas. Está la escuela del flashazo directo —heredera de Martin Parr, Bruce Gilden o incluso Diane Arbus— que descubrió que el flash en la fotografía documental teatraliza la escena y la convierte en ficción. Ese lenguaje ha llegado para quedarse. Luego convive con una escuela de blanco y negro durísimo y muy contrastado al estilo de Daido Moriyama, o con corrientes de colores pastel. E incluso están volviendo modas del pasado, como el proceso cruzado, que distorsiona los colores por completo. Lo bueno de la fotografía actual es que acoge todas estas tendencias a la vez.
P.- Es inevitable hacerte «la típica pregunta de los cojones»: ¿qué pasa con la inteligencia artificial?
R.- [Risas] Sí, son preguntas inevitables: la IA y qué sentido tiene ser fotógrafo hoy en día. A ver, la IA es un cambio de paradigma evolutivo brutal. Va a definir incluso un nuevo tipo de humano: el transhumanismo ya está aquí. Es un cambio comparable a lo que supuso la producción industrial en su momento. Yendo a lo que nos afecta, yo personalmente no la uso para crear mis fotos. A veces uso herramientas de Photoshop con IA para quitar una manchita de forma más rápida, cosas operativas, pero no es un lenguaje que me interese como autor. Ahora bien, como comisario, ya estoy armando un proyecto con ciertos fotógrafos que trabajan con IA y están haciendo cosas muy interesantes. Para mí, el mayor peligro de la IA respecto a la imagen es la construcción de desinformación y falsedades. En la fotografía artística, la falsedad ya está implícita en la propia creación; ahí no afecta tanto. Pero en la fotografía documental sí es un problema grave.
P.- Para ir terminando, hablemos de la selección de fotografías de la exposición. ¿Cuál ha sido tu criterio de selección y conceptualización para que las imágenes encajen tan bien entre sí?
R.- Mi premisa principal fue que todos los trabajos mostrados fueran de carácter personal, es decir, que no fueran encargos comerciales, sino proyectos vinculados a lo que realmente le interesa a cada autor. A partir de ahí, busqué que hablaran de los temas universales de la fotografía de toda la vida: la familia, el retrato, el vínculo con el poder, la naturaleza… Quería armonizar las miradas de todos estos fotógrafos para que, aun siendo una colectiva, tuviera un sentido de unidad de cara al futuro.
P.- ¿Ha habido algún perfil que te haya sorprendido especialmente durante el proceso?
R.- Sí, Nerea Berra, que es la fotógrafa más joven de la muestra (nacida en 1993). No conocía a fondo su trabajo y me detuve a analizarlo para este proyecto. Me gustó muchísimo la espontaneidad y la frescura que tiene, combinada con ese intimismo a la hora de relacionarse con su entorno. Al resto de los fotógrafos ya los tenía más ubicados.
P.- Además de la exposición, el evento cuenta con conferencias y actividades. ¿Qué recomendación nos dejas que sea un imperdible total?
R.- Lo de Alberto García-Alix es un imperdible absoluto. Yo ya vi su conferencia el año pasado en un festival y es, literalmente, una performance. Él está en directo recitando un texto propio —que de hecho está publicado en libro— con esa voz cavernosa y profunda que tiene, mientras las imágenes se van proyectando de forma muy medida.
Alberto escribe increíblemente bien. Verlo es como asistir a una sesión de cine experimental. Y luego, por supuesto, la mesa redonda en la que participo el 23 junto a María Santoyo (directora de PHotoESPAÑA) y Sonia Celma (Premio Descubrimientos), donde debatiremos precisamente sobre toda esta evolución de la fotografía en los últimos años.
