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Cultura

Anda suelto Belcebú 

La serie ‘El señor de las moscas’, sobre la novela de William Golding, reabre el debate sobre el mal

Anda suelto Belcebú 

La serie 'El señor de las moscas'. | Netflix

Es tal la popularidad de El señor de las moscas que todos tenemos la sensación de que o ya la hemos leído o ya la hemos visto. Es tan conocido su argumento que creemos que ya no tiene nada que aportarnos. O, dicho más frívolamente, como ya sabemos cómo termina, su historia pierde toda la intriga. En este tiempo, para abordar los grandes temas, nos conformamos con la sinopsis.

Se nos olvida que los clásicos lo son precisamente por su carácter inagotable, por abordar asuntos eternos, por mantener su vigencia independientemente del momento en que nos acerquemos a ellos. Y uno de los grandes asuntos que no ha dejado de inquietar al ser humano, desde que el mundo es mundo, es, precisamente, el mal. Cuántas interrogantes: ¿Somos malos por naturaleza?, ¿nos vuelven malvados las circunstancias?, ¿puede el bien vencer al mal? 

Pero vayamos por partes. Antes que nada, debemos saber quién es ese misterioso señor de las moscas. No es otro que el mismísimo Belcebú, que ha adoptado uno de sus múltiples nombres tras los que se esconde. Primero, fue el dios Baal-Zebub (literalmente «señor de las moscas») para, posteriormente, ser utilizado por la tradición judeocristiana para designar al mismísimo demonio.

La novela de William Golding —premio nobel de literatura en 1983— fue publicada en 1954. Solo nueve años después de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, era inevitable una reflexión sobre la maldad innata del ser humano, capaz de cometer crímenes como el Holocausto o de recurrir a métodos de destrucción masiva de sus semejantes como la bomba atómica.

Jack Thorne, creador de la también muy estremecedora serie Adolescencia, ha considerado que este es un buen momento para retomar la reflexión sobre la maldad humana, utilizando como guía El señor de las moscas. Guerras devastadoras, masacres de civiles, trato inhumano a los inmigrantes, pobreza extrema… es como si nada hubiera cambiado desde los cincuenta. En el fondo, la historia de Golding y la de Adolescencia tienen mucho que ver. Ambas son historias de púberes arrastrados por una violencia desatada. Y ambas son historias en las que se ha perdido cualquier principio de moralidad, en las que hasta la misma vida humana ha dejado de tener valor. Las diferencias, eso sí, la tecnología, las redes sociales o la violación de la intimidad, utilizadas hoy día como armas letales. 

La historia de El señor de las moscas es la de unas decenas de niños y adolescentes a los que un accidente de aviación —¿o tal vez un ataque?— acaba confinando en una isla desierta. Ninguno de los adultos que les acompañaban ha sobrevivido. No les queda más remedio que organizarse ellos mismos para poder sobrevivir. A quienes hayan visto la serie Perdidos les resultará familiar el argumento, ya que la icónica serie de J. J. Abrams está basada en la novela de Golding.

Entre los adolescentes, pronto comienzan a emerger personalidades singulares, con habilidades diversas para la organización y maneras diferentes de entender el mundo. Su primer propósito es mantener las señas de identidad de la civilización a la que pertenecen. Al frente, se sitúa el ideólogo, Piggy, un joven obeso, enclenque, cegato, con muy nobles ideas pero con poca fuerza para llevarlas a término. Junto a él, su amigo, Ralph, un chico fuerte, de una personalidad acendrada y resolutiva, que acabará asumiendo el liderazgo.

Enfrente, tienen al indómito Jack, un joven de aspecto ario, más interesado por la caza y la acción que por crear una comunidad civilizada. Boicotea todas las iniciativas de sus compañeros. Adopta medidas autoritarias para guiar a aquellos sumisos que se sienten más cómodos bajo la protección del jefe. Arrastra tras de sí a todo un ejército de cazadores, a los que convence de que Piggy y Ralph no son más que un estorbo, los enemigos a los que hay que eliminar.

La tensión sube de grado. El grupo de Jack adopta actitudes bélicas. Se sienten cada vez más fuertes, remarcando sus señas de identidad: pinturas de guerra en la cara, armas primitivas, ritos ancestrales, ceremonias en las que se da rienda suelta al éxtasis de la violencia contenida, la amenaza común —la bestia— que tanto une. Síntomas todos ellos de una vuelta a lo más primigenio y elemental del ser humano, actitudes previas a la civilización, que se manifiestan cuando la masa sustituye al individuo. Incluso han creado un ídolo al que adorar y al que temer. En un claro del bosque, se erige el rudimentario tótem. Lo corona, espetada en una lanza, una cabeza de jabalí, que se pudre poco a poco mientras bandadas de moscas parecen danzar a su alrededor.

El señor de las moscas ha tenido dos adaptaciones cinematográficas con desigual fortuna. La clásica, del gran renovador del teatro Peter Brook, en 1963, y la muy mediocre de Harry Hook, en 1990. Pero nunca se había convertido en serie. La adaptación de Jack Thorne y el director Marc Munden ofrece una visión actualizada de la novela, aunque el tiempo histórico sigue siendo el mismo. La combinación de paisajes coloristas y paradisíacos, propios de un documental de National Geographic, contrasta con la tensión y la violencia, con los cuerpos ensangrentados de los adolescentes, con el odio rebosando en sus inocentes rostros.

Un espectáculo cruel y macabro para recordarnos que el mal nos sigue acompañando. Muy oportuno en los últimos tiempos, en los que parecemos habernos olvidado de Satán. Nada que ver con aquella presencia continua en los setenta, cuando ya cantaba Aute aquello de «Parece que anda suelto Satanás […]. Parece que anda suelto Belcebú». Más o menos por la misma época, Queen, en su Bohemian Rhapsody, nos recordaba que «Belcebú tiene un demonio reservado para mí». Por no hablar de sus satánicas majestades, los Rolling Stones. Y es que el mal, no por mucho ocultarlo, deja de existir.

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