Mario Alonso Puig: «Esta sociedad está enferma y no queremos reconocerlo»
El doctor analiza los desafíos de la salud mental y la necesidad de recuperar el humanismo
Cirujano de formación y humanista por vocación, Mario Alonso Puig ha transitado los pasillos de Harvard y las profundidades de la psique con una misma meta: aliviar el sufrimiento allí donde el bisturí no llega. El doctor repasa en El purgatorio la «ceguera» colectiva que nos impide reconocer nuestras propias heridas. Una brújula necesaria para entender que la verdadera curación no empieza con respuestas, sino con la valentía de hacerse las preguntas adecuadas.
PREGUNTA.- ¿Cómo recuerda su etapa universitaria en Harvard?
RESPUESTA.- En realidad, yo no estudié la carrera allí; lo que hice fue mi fellowship [especialización] en cirugía. Para entonces, yo ya era médico. Harvard se divide, a grandes rasgos, en la Harvard Medical School y sus hospitales asociados. Tuve la inmensa fortuna de que me ofrecieran una plaza para especializarme en cirugía siendo extranjero, algo nada habitual. Por eso siempre les estaré agradecido por ello. Al ser ya médico, mi labor era distinta a la de un estudiante de facultad. De hecho, yo impartía clases a los alumnos de cuarto de Medicina, el último curso que rotaban por mi hospital. Actualmente, sigo vinculado como miembro del Harvard Club of Spain y guardo un cariño inmenso a esa institución.
P.- ¿Durante cuánto tiempo estuvo allí?
R.- El fellowship dura un año, pero regresé en otras etapas. Es un proceso de una intensidad extrema donde rotas por todos los servicios y asumes una responsabilidad clínica y quirúrgica enorme. Estuve investigando sobre pancreatitis aguda y también trabajé en trasplante hepático con el profesor Roger Jenkins, pero no en el programa de fellowship, uno de los mejores especialistas del mundo. Posteriormente, estuve en la Clínica Lahey especializándome en cirugía pancreática y colorrectal. Fueron distintos momentos a lo largo de mi vida. Es un programa muy generoso, siempre y cuando estés dispuesto a un nivel de esfuerzo extremo. Recuerdo una sesión con el profesor Michael Steel, catedrático de Harvard, en la que estuvimos operando 18 horas seguidas. Hace falta mucho aguante, tanto físico como mental, así que es un programa que te cambia la forma de entender la medicina; te dota de herramientas que marcan un antes y un después. A pesar de lo poco que dormí y de lo muchísimo que trabajé, me formé con los mejores cirujanos del mundo.
P.- Es mi primera vez entrevistando a un doctor y es un honor recibirle, doctor Mario Alonso Puig.
R.- Mario, a secas, está bien.
P.- Está a punto de comenzar un tour por toda España: Valencia, Madrid, Vigo, Sevilla… En Madrid ya se han agotado las entradas y, además, estará firmando en la Feria del Libro el próximo 14 de junio. Con este ritmo, ¿ha logrado recuperar aquellas horas de sueño de su etapa en Boston o sigue viviendo al límite?
R.- Intento cuidar mucho el descanso. Aquella época en Harvard fue excepcional porque trabajábamos en un hospital de referencia nacional donde recibíamos casos que eran, por así decirlo, la última esperanza. La cirugía es una profesión preciosa, pero exige un aguante físico y emocional que hay que cultivar. Hoy en día viajo muchísimo, pero lo gestiono bien gracias a la meditación. También tengo la suerte de poder dormir en los aviones; en lugar de ver películas, aprovecho para descansar. Aunque sufro el jet lag como cualquiera, esa capacidad de serenar la mente a través de la meditación me recupera de forma increíble. Además, siempre viajo con ropa deportiva para entrenar en los hoteles. Aunque mis horarios no sigan un patrón convencional, considero que el sueño es un pilar fundamental para la salud.
«Cuando cambias tu forma de ver las cosas, las cosas mismas cambian»
P.- ¿Cuál es su rutina del día a día con una vida tan ajetreada?
R.- Cuando me levanto, lo primero que hago es rezar. Soy una persona que pone su día en manos de Dios y para mí eso es fundamental. Hago ejercicio dependiendo del momento y medito en distintos puntos del día. Reviso mi jornada entera y visualizo qué debo aportar a cada tarea: ilusión, alegría, entusiasmo o confianza. Suelo comer con mi mujer, que casi siempre me acompaña en mis viajes, y ceno con ella y mis hijos cuando estoy en Madrid. Tengo una vida de la que no me puedo quejar en absoluto.
P.- Se le conoce por buscar siempre el punto positivo de las cosas. ¿Ha sido así toda la vida o hubo un punto de inflexión?
R.- De jovencito era una persona muy pesimista y con poca autoestima. No era alguien exitoso en el colegio y no se me daban bien los deportes tradicionales. Mi percepción cambió cuando descubrí las artes marciales; aquello me abrió un mundo nuevo. La lectura, la reflexión y, sobre todo, un deseo insaciable de mejorar han transformado mi forma de ver las cosas. Estoy convencido de que cuando cambias tu forma de ver las cosas, las cosas mismas cambian. Me siento muy afortunado por tener un trabajo que me apasiona. Me encanta ayudar a las personas a través de conferencias y contenidos online. El cariño que recibo me impacta profundamente; a veces hasta me hace llorar. Sigo investigando cómo mejorar nuestra condición humana, reconociendo siempre mis limitaciones, pero me siento muy a gusto conmigo.
«El dolor pertenece a la condición humana, pero el sufrimiento es una perturbación generada por la mente»
P.- ¿Cuáles son esas limitaciones?
R.- Vas a tener que descubrirlas tú preguntando.
P.- ¿Cree que la pregunta es una de las claves del éxito del ser humano?
R.- Sin duda. Especialmente aquellas que no tienen una respuesta inmediata. Me interesan las que te dejan en un silencio reflexivo, las que te interpelan con tal profundidad que te obligan a considerar dimensiones que nunca habías tenido en cuenta, preguntas socráticas, la mayéutica: el arte de encontrar la respuesta dentro de uno mismo. Sócrates, Parménides y Heráclito, pero sobre todo Sócrates, entendieron que todos tenemos un «maestro interior» o «inconsciente creativo» o «sabiduría esencial» que nos da respuestas que nos llevan a enormes transformaciones. Hoy el coaching busca seguir esa estela: que en el silencio de la mirada contemplativa emerjan verdades impresionantes. Las preguntas, yo creo, son maravillosas porque para encontrar las respuestas a determinadas preguntas necesitas un silencio contemplativo. Solo de ahí salen las grandes verdades.
P.- En una época con tanto ruido, ¿cree que faltan preguntas o faltan silencios?
R.- No puede haber ni preguntas ni silencios sin voluntad de escucha, si nos limitamos a demonizar a quien tenemos enfrente. Si solo buscamos demostrar que tenemos razón y hacer que nuestro punto de vista sea sinónimo de realidad. Si carecemos de la humildad para abrirnos a otros puntos de vista, tenemos que olvidarnos de preguntas y silencios. Ahí, lo único que hay es un batiburrillo. Es un poco como juntar todas las notas de una melodía. Sin silencios, no hay música, solo ruido. A día de hoy, no hay música. Debemos entender que la única manera de resolver los desafíos actuales es a través de la conversación. Tuve la suerte de conocer a Colin Powell, que fuera secretario de Estado de varios presidentes estadounidenses, y recuerdo una ocasión en la que contó algo que nunca he olvidado. Mijaíl Gorbachov estaba intentando conectar con Ronald Reagan, entonces presidente estadounidense. Pero Reagan estaba muy tenso y era imposible para el premier ruso conectar con su homónimo americano. Pero en un momento, Gorbachov lo vio y lo entendió. EEUU había visto a la URSS como el «enemigo rojo», como el diablo, así que Gorbachov, en lugar de discutir sobre si era cierto o no, le dijo al republicano: «Presidente Reagan, se va a tener que buscar usted otro enemigo». Según cuenta el general Powell, en ese momento, la cara de Reagan cambió por completo; se puso de pie y dio la vuelta a la mesa —que, por lo visto, era enorme—, le dio la mano y dijo: «Me llamo Ronald». Gorbachov respondió: «Yo, Mijaíl». Powell dijo que fue en ese momento cuando entendió que la Guerra Fría desapareció. Nunca lo hizo del todo, pero empezó a caer a plomo. Pero hay que entender el progreso, y fue entonces cuando se abrió la comunicación.

P.- Con una comunicación tan truncada como la actual, ¿hacia dónde nos dirigimos?
R.- Honestamente, no vamos por buen camino. Dentro de todo, quiero creer que nos estamos empezando a dar cuenta de que no podemos seguir con este enfrentamiento global y local, con estos niveles de crispación y de cuadros de ansiedad, depresión, desapego y soledad… Hemos evolucionado durante millones de años y es el momento de replantearnos cómo queremos vivir, si queremos hacerlo bien, porque requiere un humanismo presente. A veces, tras la noche más oscura, está la promesa de un amanecer. Espero que seamos lo suficientemente sabios o despiertos para buscar ya el amanecer, no dejar que las cosas se oscurezcan más y que sea demasiado tarde.
«Si una partitura no tiene silencios y solo juntas las notas, no tendrás jamás música; tendrás ruido»
P.- Quería retomar un tema que conecta con algo que comentaba recientemente Alberto Herrera. En España, el consumo de psicofármacos en adolescentes ha subido un 20%. ¿Qué nos dice esto de nuestra civilización? ¿Por qué tantos jóvenes necesitan medicación para intentar ser felices?
R.- Déjame que te haga una pregunta, Mateo: ¿qué es más grave, tener una ceguera o no ser consciente de que la tienes?
P.- No ser consciente de ella.
R.- Pienso igual que tú. Si sé que tengo una ceguera, sé lo que puedo hacer; puedo guiarme con otros sentidos. Pero si no soy consciente de ella, me daré golpes y culparé al mundo y no a lo poco que puedo ver. El problema actual es que no somos conscientes de nuestra ceguera: nuestra sociedad está profundamente enferma y nos negamos a reconocerlo. ¿Cómo podemos presumir de avances científicos extraordinarios si nuestra juventud necesita tal nivel de fármacos? ¿Cómo podemos pensar que no estamos socialmente enfermos? El problema no es que los jóvenes seáis defectuosos. Al contrario, sois extraordinarios, lo he dicho en muchísimos foros. El problema es que no encontráis encaje en una sociedad tan profundamente deshumanizada y carente de espiritualidad. Lo que pasa es que intentamos paliar ese desconsuelo como se puede: con distracciones, con pantallas, con adicciones y con fármacos. Todo son parches. En medicina distinguimos entre la clínica, que son los síntomas —que no los podemos ver, no podemos ver el dolor, por ejemplo— y los signos —datos objetivos y contrastables, como la tensión—, y la etiología, el origen de la clínica. Imaginemos que en medicina solo abordáramos la sintomatología, la clínica. En ese caso, el paciente se sentiría mejor, pero a los tres días volvería peor porque no hemos tratado el origen. La juventud tiene una clínica concreta. Síntomas: se siente sola, incomprendida, que no tiene un futuro claro… Signos: está frecuentemente desatenta, ve lo difícil que es conseguir un trabajo en una época con tanto desarrollo tecnológico, sobre todo con la inteligencia artificial… Pero en lugar de atacar el origen individual y social, mitigamos los síntomas y signos. ¿Cómo? Reduciendo el desasosiego y la tensión con fármacos que no atacan el origen, sino la clínica… cuando funcionan. No digo que no sean necesarios, eso lo conocen mejor los psiquiatras, pero no podemos considerarlos la solución. Hay que entender que la solución arranca con la etiología.
P.- ¿Quizás puede estar en que se ha estirado demasiado el Estado del bienestar?
R.- El lenguaje puede ser tan engañoso… ¿Quién no quiere una casita confortable, comer cosas razonables, viajar de una forma segura? ¿Quién no quiere bienestar? No conozco a nadie que no lo quiera, salvo aquellos que quieren sufrir por cómo entienden el sacrificio. Yo creo que es que hemos perdido el valor de una conversación profunda como esta que estamos teniendo tú y yo, cara a cara, de algo que no es política, sino de humanidad. Pero la juventud quiere —y corrígeme si me equivoco— sentirse valorada y parte de un grupo, desafiada, apoyada y acompañada… pero para eso necesitamos un componente de humanidad a nivel social. Si te ves como un objeto o un medio para un fin, sufres, porque el ser humano no es un medio.
P.- ¿Y no cree que el sufrimiento forma parte de ese proceso vital?
R.- Siddhartha Gautama, el Buda, distingue entre dolor y sufrimiento. El dolor es parte de nuestra condición física; si me golpeo, me duele. Pero si le añadimos un componente mental, un autofustigamiento por golpearnos en público, por ejemplo, eso es el sufrimiento: una perturbación generada por la mente. El dolor es parte de la condición humana, pero el sufrimiento es una perturbación generada por la mente. Si pierdes un ser querido, es natural que nos desgarre por dentro. Pero en el momento en el que aceptas que la vida no tiene sentido, eso ya no es dolor, eso es sufrimiento y lo genera la mente. Por eso tenemos que aceptar el dolor como parte de la condición humana, pero no tenemos por qué hacerlo con el sufrimiento.

P.- ¿Qué miedos tiene, Mario?
R.- Los mismos que tú. El problema no es el miedo en sí, sino su intensidad. Puedo tener miedo a errar, pero si la intensidad es demasiado grande, evitará que tome una decisión. Tengo que asumir mis miedos, pero también entender hasta qué grado. Cuando veo que superan el nivel que deberían tener, tengo que ser capaz de rebajar ese nivel. Todo cirujano siente miedo antes de entrar al quirófano para una intervención altamente compleja, por miedo de no dar la talla. Hay operaciones muy complicadas, como la que te comenté con Michael Steel: tres intervenciones en 18 horas. Nos dio tiempo a ir al baño. Pero no vas ahí a la ligera. Vas con miedo, que te mantiene alerta, pero no asustado. Si estás asustado, te bloqueas. Lo que me importa no es si el miedo me acompaña o no. Es el grado en que me acompaña.
«A veces, detrás de la noche más oscura está la promesa de un amanecer»
P.- ¿Quién le ha inspirado y a quién siente que inspira?
R.- Mis inspiraciones son diversas. Espiritualmente, Jesucristo es mi máxima referencia. Todo lo que pueda hacer para parecerme a él un mero ápice en vida, merece la pena. En filosofía, Parménides, Platón, Byung-Chul Han… muchas personas. En ciencia, Ramón y Cajal, don Pedro Laín Entralgo, que le tuve de profesor, y neurocientíficos como Richard Davidson, que también me dio clase, o Antonio Damasio. También grandes escritores como Camus, Goethe o Dickens. En la meditación tengo de referente a Matthieu Ricard, un abad en Nepal. Pero la inspiración real está en el día a día: desde un pastor de ovejas en el País Vasco hasta mis amigos cocineros. Todo el mundo tiene grandeza si te acercas con curiosidad.
P.- ¿Y le inspira el cariño de la gente a la que ayuda?
R.- La gratitud que me han manifestado ha sido como queroseno. Cuando alguien me dice que mis palabras evitaron que se quitara la vida, comprendo que lo mío no es un trabajo, sino una misión. Me inspira saber que un paciente mejora de un trastorno autoinmune al entender su mente. Cuando alguien ateo me dice que mi libro le ha hecho plantearse la existencia de Dios, pues eso me conmueve e impulsa a seguir compartiendo.
P.- ¿No resulta agotador ser siempre quien tiene la respuesta?
R.- No, porque nunca pretendo tener «la» respuesta, sino solo «una» respuesta. Si me presentara como el único experto con la verdad absoluta, entraría en juego el ego, que siempre desgasta y genera tensión y separa. Yo ofrezco mi percepción sin invalidar otras interpretaciones. Ese matiz me permite vivir con serenidad.
P.- Si tuviera ahora mismo a su yo de niño delante y pudiese decirle una sola cosa al oído, ¿qué sería?
R.- [Risa] Que nunca se crea todo lo que piense.

P.- Hablemos del amor. ¿Qué es lo único que habrá merecido la pena haber amado en esta vida?
R.- Hay dos maneras de enfocarlo. La primera: ¿A quién amas, a quién merece la pena amar? La otra es: ¿Quién eres? Si la pregunta es a quién merece la pena amar, es fácil caer en la trampa de «merece la pena amar a aquellos que merecen amor», pero, como decía Paulo Coelho: «Quiéreme cuando menos lo merezca, porque es cuando más lo necesito». Es un amor en el que solo amamos a quien es merecedor. Pero existe una forma mucho más hermosa: ser amor. Si tú eres amor, es lo único que puedes dar, lo merezca el otro o no. Me gustan dos metáforas de la India: la del árbol, que da oxígeno y sombra sin plantearse si quien se refugia bajo él es digno. La otra es la rosagulla, una golosina que, cuando la aplastas, te dará lo único que puede dar: dulce. Es muy humano amar a quienes son dignos de amor, pero si me preguntas a mí cómo me gustaría marcharme de este mundo, no te diría que quiero marcharme habiendo dado amor, sino habiendo sido amor.
«Me gustaría irme de este mundo habiendo sido amor»
P.- Para remachar, las preguntas que siempre hago: ¿A quién o qué enviaría al infierno?
R.- Al ego.
P.- ¿Y al cielo?
R.- La voluntad de encuentro.
P.- ¿Qué enviaría al purgatorio?
R.- A la conciencia, para que espabilara.
P.- Mario, ha sido un placer recibirle.
R.- He estado muy a gusto. No lo he vivido como un purgatorio y mucho menos como un infierno.
P.- Muchísimas gracias por venir.
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