Pre-Textos, 50 años editando contra el ruido
Fundada por Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez, es de los grandes refugios de la literatura en español

1980. | Editorial Pre-Textos
En una época en la que las editoriales parecen departamentos de marketing, Pre-Textos cumple 50 años publicando poesía, ensayo y narrativa con una obstinación casi anacrónica. Sin grandes campañas, sin autores de usar y tirar, sin someterse del todo a la lógica del mercado. Medio siglo después de su fundación en Valencia, el sello creado por Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez sigue siendo uno de los grandes refugios de la literatura en español: más de dos mil títulos, varias generaciones de lectores y un catálogo que ha sobrevivido a modas, crisis económicas y transformaciones radicales de la industria editorial.
Quizá la mejor manera de entender qué es Pre-Textos no esté en las cifras ni en los premios —aunque los tiene: el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes o el reconocimiento de las ferias del libro de Guadalajara y Lima—, sino en una escena mínima, casi doméstica.
Cuatro jóvenes reunidos —Manuel Arranz también estaba con ellos porque fue su primer colaborador— durante toda una noche, una botella de whisky sobre la mesa y la necesidad urgente de encontrar un nombre para la editorial que aún no existía oficialmente. Ninguno de los nombres les convence. Están cansados y frustrados. Entonces Manuel Borrás suelta una frase al aire: «Tenemos que buscar un pretexto». Alguien responde: «¿Y por qué no Pre-Textos?». El guion vino después, para añadirle todavía más ambigüedad.
La escena resume el espíritu de la editorial desde el principio: conversación, literatura, ironía y una cierta intuición de que estaban construyendo algo que no terminaba de encajar en ningún sitio. Precisamente por eso iba a durar.
El origen: una muerte, una intuición y una biblioteca
La historia de Pre-Textos empieza mucho antes de aquella noche. Empieza en la infancia de Manuel Borrás, en una casa llena de libros. «He tenido la gran suerte de nacer en una familia liberal, burguesa, con una gran biblioteca», recuerda en una entrevista para este medio. Para él, ese detalle aparentemente menor fue decisivo: «Ahí nace el lector».
A los 16 años entró precozmente en la universidad junto a su amigo Manuel Ramírez. Allí conocieron a un estudiante mayor que ellos, Eduardo, que les propuso colaborar en un pequeño proyecto editorial universitario. Aprendieron juntos los rudimentos del oficio durante apenas un año. Después, el joven se suicidó. La conmoción fue enorme. Borrás incluso pensó en abandonar la universidad. Entonces apareció la figura clave de su padre, que le dio un consejo que todavía hoy recuerda como una iluminación. «Eres muy joven todavía para sumar en tu haber un fracaso. ¿Por qué no seguís vosotros con aquello? Sería el mejor homenaje a vuestro amigo». Así nació realmente la vocación editorial.
Silvia Pratdesaba se incorporó muy pronto. Compartía el mismo entusiasmo y terminó convirtiéndose en una pieza esencial del proyecto. Durante años los tres hicieron literalmente de todo: corregían galeradas, cargaban cajas, diseñaban cubiertas, firmaban letras de cambio, empaquetaban libros. No había jerarquías claras ni departamentos. Había una mezcla de fervor y supervivencia.

Lo recuerda Borrás: «es verdad que, con el tiempo, cuando el trabajo se fue complicando y multiplicando, cada uno fue evolucionando hacia la zona donde se sentía más cómodo. Silvia hacia la parte económica y administrativa, Manolo se dedicaba a los aspectos artísticos, como era el diseño gráfico y la creación de las cubiertas. Las decisiones de la publicación de los libros se hacían mancomunadas. No se publicaba un solo libro si no era bajo la rúbrica de los tres. Bueno, incluso con la opinión también de Manolo Arranz. Yo me convertí en ‘director literario’ aunque creo que ese título no define bien la realidad: en todo caso debería ser ‘codirector’ puesto que, sin el apoyo de ellos, no hubiera podido hacer nada».
La sospecha de las autoridades
Fundar una editorial en la España de mediados de los setenta tampoco era exactamente sencillo. Mucho menos si los fundadores apenas habían alcanzado la mayoría de edad. Cuando Borrás fue a solicitar el permiso administrativo, el funcionario lo miró con desconfianza. «¿Usted qué edad tiene?», le preguntó. Tenía 17 años. El empleado le explicó que en España la mayoría de edad seguía siendo a los 21 y que necesitaba la autorización paterna. «Mi padre me dio la libre patria potestad para poder montar la editorial», cuenta hoy entre risas.
Pero las dificultades no acabaron ahí. Las autoridades tardaron dos años en concederles el permiso porque sospechaban de aquellos jóvenes valencianos que querían abrir una editorial en plena Transición. «Pensaban que debía de haber intereses clandestinos detrás», recuerda.
Pre-Textos nació, además, en una Valencia donde el clima cultural y político tampoco les resultó especialmente favorable. Borrás recuerda que muchas veces fueron marginados por publicar en castellano en una comunidad volcada institucionalmente en la «normalización lingüística» valenciana. También habla sin rodeos de censuras, silencios y hostilidad por parte de determinados medios culturales. Nada de eso los detuvo.
Los primeros autores ya dejaban clara la dirección del catálogo: Gilles Deleuze; Jacques Derrida, Maurice Blanchot. Mientras gran parte del mercado español seguía mirando hacia dentro, Pre-Textos abría ventanas al pensamiento contemporáneo europeo y recuperaba a escritores del exilio republicano español. «Nosotros teníamos dos obsesiones en nuestro ADN editorial», explica Borrás. «La recuperación de la memoria del exilio republicano y América Latina».
Ese interés por Hispanoamérica no fue una estrategia comercial, sino una convicción cultural y política. Pre-Textos empezó muy pronto a publicar autores latinoamericanos de países tradicionalmente ignorados por la gran industria editorial española. «No solo México o Argentina», dice Borrás. «También están Costa Rica, Bolivia, Ecuador o Guatemala». Para él existía una «deuda de amor» entre España y América. Ese vínculo latinoamericano aparece constantemente en los testimonios de autores y libreros.

La escritora argentina María Negroni habla de su relación con Manuel Borrás para este medio casi en términos afectivos: «Establecimos una conexión muy especial que terminó convirtiéndose en una verdadera amistad». Y añade algo importante: «Pre-Textos comparte una manera de entender la literatura por fuera de las modas y las agendas comerciales».
También el escritor cubano, afincado en Barcelona, Ernesto Hernández Busto subraya esa apertura hacia América Latina como uno de los rasgos distintivos de la editorial. «Han estado muy atentos a lo que pasa en Latinoamérica», dice. «Eso no solo transforma el catálogo poético en el mapa de una lengua, sino que ofrece posibles descubrimientos».
Canetti y el Nobel que salvó la editorial
Hay un episodio que resume mejor que ningún otro la fragilidad heroica de Pre-Textos durante sus primeros años. La editorial estaba prácticamente arruinada. Nadie les hacía demasiado caso. Vendían poco. Estaban cansados de pedir dinero a sus familias para mantener el proyecto vivo. Manuel Ramírez estaba haciendo el servicio militar y Silvia y Borrás se habían quedado solos al frente del sello.
Entonces sucedió algo extraordinario. Tenían en imprenta Las voces de Marrakech de Elias Canetti. Mientras el libro se imprimía, Canetti recibió el Premio Nobel. «Eso nos salvó», dice Borrás. «Nos hizo pensar que quizá no estábamos tan equivocados». La escena parece escrita por un novelista: una editorial periférica, al borde del cierre, rescatada por el Nobel inesperado de un escritor centroeuropeo.

Además, Borrás le conoció fortuitamente en un departamento de germanística de la Universidad de Innsbruck. «Canetti, allá donde estuviera, estaría muy sorprendido de que él fue el responsable de salvar un proyecto, la ilusión y el sueño de unos jóvenes periféricos españoles que estaban en Valencia, con planes de sacar adelante su empresa cultural». Décadas después, Hernández Busto sigue considerando aquel libro de Canetti «un objeto totémico».
La amistad como forma editorial
Hablar con los autores de Pre-Textos revela otra singularidad de la casa: la intensidad de las relaciones personales. El escritor Andrés Trapiello lo explica mejor que nadie. Su relación con los fundadores comenzó gracias al pintor y escritor Ramón Gaya y terminó convirtiéndose en algo familiar. «Ya formamos parte de su familia y ellos de la nuestra», dice para THE OBJECTIVE. «La literatura fue el vínculo inicial, pero la relación ha trascendido completamente lo profesional. Creo que lo importante de una editorial es su catálogo y el catálogo de Pre-Textos es impresionante. Es como para bucear en mil pequeñas joyas».
Trapiello recuerda además una escena decisiva. Después de que cinco editoriales rechazaran el primer volumen de sus diarios, decidió enviárselo a su amigo Manuel Borrás. «Si tú también lo rechazas, lo publico en mi editorial», le dijo sin ningún tipo de presión. Borrás le contó que pasó la noche leyendo el manuscrito y al día siguiente aceptó publicarlo.
Ese tipo de apuestas forman parte de la identidad histórica de Pre-Textos. Libros que no parecían comerciales, autores fuera de moda, clásicos difíciles, poesía en tiempos poco propicios para la poesía. «Ellos están más preocupados por editar que por vender», resume Trapiello. Y quizá esa frase explique a la perfección su medio siglo de catálogo.

La librería hermana
Este año, además, coincide otro aniversario simbólico: los 50 años de la librería Alberti en Madrid. La librera de esta mítica librería, Lola Larumbe, habla de Pre-Textos como si hablara de un pariente cercano. «Somos hermanos de historia, de concepto y de vida», afirma para este periódico.
No es una exageración sentimental. Alberti y Pre-Textos representan una misma manera de entender el ecosistema literario: el catálogo de fondo frente a la tiranía de la novedad, el lector antes que el consumidor, la conversación antes que la promoción. «La editorial ha construido un catálogo pensado para perdurar», dice Larumbe. «No para desaparecer de las mesas en tres semanas». También ella destaca el papel de Pre-Textos como puente con América Latina: gracias a la editorial, generaciones de autores latinoamericanos llegaron a la librería madrileña y encontraron allí lectores fieles.
Contra el ruido
A sus setenta y tantos años, Manuel Borrás sigue hablando de literatura con una mezcla de pasión y desencanto. Cree que el mercado editorial actual se ha convertido en «un mercadeo descarado» y que la publicidad determina cada vez más qué libros existen socialmente y cuáles quedan sepultados. «Hoy existe una censura económica clarísima», dice.
Pero también sigue defendiendo una idea casi ética de la lectura: «Hay que leer sin pedir nada a cambio previamente. Entregarse al libro». Quizá por eso Pre-Textos conserva todavía algo raro: prestigio lector. La sensación de que detrás de cada libro hay una conversación verdadera y no solo una estrategia de ventas. Ernesto Hernández Busto lo formula de manera precisa: «Con Borrás uno aún puede usar los argumentos de la literatura».

Y, sin embargo, quizá lo más sorprendente de Pre-Textos no sea haber sobrevivido 50 años, sino haber llegado hasta aquí sin parecerse demasiado a nadie. En una industria donde casi todo empuja hacia la homogeneización —las mismas apuestas, las mismas campañas, las mismas urgencias—, la editorial valenciana ha mantenido algo difícil de conservar: una voz.
Una voz hecha de intuición lectora, de fidelidad a ciertos autores, de riesgo, de conversaciones largas y de una confianza casi artesanal en la literatura. Porque Pre-Textos nunca terminó de asumir que editar consistiera únicamente en vender libros. Para Manuel Borrás, editar sigue siendo «compartir una emoción intelectual». Un acto de transmisión. Casi una forma de amistad.
Tal vez por eso tantos escritores hablan de la editorial como de una casa y no como de una empresa. Y tal vez por eso libreras como Lola Larumbe sienten sus aniversarios como propios. Hay sellos que publican libros; otros crean generaciones de lectores. Pre-Textos pertenece a estos últimos.
Dentro de unos años, cuando muchas novedades de hoy hayan desaparecido sin dejar rastro, seguirá quedando ese catálogo extraño y vasto donde conviven Canetti y María Zambrano, Eça de Queirós y Trapiello, poetas latinoamericanos secretos y clásicos improbables. Un catálogo construido a contracorriente, libro a libro, durante medio siglo.
Como si un catálogo pudiera seguir siendo una forma de pensamiento.
Como si la literatura todavía pudiera hacerse despacio.
