Prisoner 951 y Secret Service indagan en la decadente política tradicional en Gran Bretaña
La influencia de Rusia en los procesos electorales de Occidente o las complicadas relaciones con Irán son dos de los asuntos más decisivos de la geopolítica mundial

Cartel de la serie Secret Service.
Hubo un tiempo en que tenía cierto predicamento lo que se llamaba «cine de denuncia». Hasta el punto de que lo que se engloba con la etiqueta «cine social» constituía un género en sí mismo. Cómo no recordar muchas películas de este tipo de Costa-Gavras, de Giulio Pontecorvo, de Bernardo Bertolucci, de Elia Kazan o de Oliver Stone. No ha desaparecido del todo —ahí tenemos al incombustible Ken Loach o a autores comprometidos que han derivado hacia el documental—, pero parece reducido, como el propio cine, a la marginalidad.
Con el traslado de las salas a las plataformas, ese tipo de argumentos no necesariamente propagandísticos —«con mensaje», se decía antes— también se han mudado al formato predominante: las series. El cine político siempre ha sido menos popular que el de mero entretenimiento. De hecho, fue épica la lucha entre productores, a los que solo interesaba la rentabilidad de sus inversiones, y directores y guionistas, que se dejaban la piel para transmitir sus reivindicaciones.
Parte de esta decadencia puede achacarse a los creadores, incapaces de realizar productos atractivos sin perder su carácter de denuncia, pero no toda recae sobre sus hombros. También tienen su parte de responsabilidad las propias plataformas que, una vez encuentran una fórmula de éxito, la exprimen hasta el hastío. Y, cómo no, el propio público, que con nuestras decisiones —a través de los algoritmos— estamos elaborando el menú de éxito seguro para las plataformas. De ahí el dominio en la oferta audiovisual doméstica del «true crime», una truculenta forma de evadirse.
Por eso, sorprende cuando uno se encuentra series —miniseries, en este caso— tan reivindicativas, tan bien realizadas, tan actuales y tan efectivas como denuncia como las británicas Prisoner 951 (Philippa Lowthorpe, 2025) y Secret Service (James Marsh, 2026). Ambas están recién estrenadas en España por Movistar, con escaso alarde publicitario, pero con sellos de garantía de calidad en sus títulos de crédito: BBC e ITV.
Las dos tratan sobre la política británica, lo que no quiere decir, en absoluto, que solo tengan interés para los muchos frikis de las intrigas en Downing Street, Whitehall, Westminster, Scotland Yard o la muy cinematográfica Casa del Río (sede del MI6). Los ingleses —será por la herencia imperial— siempre han sabido dar un interés universal a sus cuitas domésticas. El espectador español, sin ir más lejos, encontrará paralelismos que, salvando las prudentes distancias, le harán reflexionar sobre nuestra agitada y estrambótica política nacional.
Prisoner 951 cuenta la historia real de Nazanin Zaghari-Ratcliffe, una joven mujer iraní casada con un inglés y madre de una niña muy pequeña. Reside en Londres, pero viaja a Teherán con su nueva familia para visitar a sus padres. Por motivos de trabajo, su marido tiene que adelantar su vuelta unos días antes de lo previsto. Días después, ella, con su hija, se dispone a volver a casa cuando, ya despidiéndose de su familia iraní en el aeropuerto, es súbitamente detenida sin más explicación que «problemas con el pasaporte».
Comienza un proceso kafkiano que durará seis años. Acusada por la Guardia Revolucionaria de espiar para Londres —trabaja para una empresa que se llama Reuters que nada tiene que ver con la agencia de noticias—, es sometida a interrogatorios demenciales, encarcelada en condiciones penosas en las prisiones más duras del país y sometida a una tortura psicológica cruel, anunciándole una y otra vez la inminente libertad para denegársela instantes después.
Mientras, en Londres, su marido intenta aclarar la situación con el Gobierno británico, que le traslada de funcionario en funcionario sin obtener más que buenas palabras. Protestas públicas, huelgas de hambre o denuncias en la prensa solo sirven para que los políticos se escuden en que la publicidad empeorará el trato a su mujer detenida en un país hostil.
Finalmente, se descubre el motivo real por el que fue hecha prisionera. En realidad, el Gobierno de los ayatolás la mantenía como rehén para forzar al Gobierno británico a pagar una deuda multimillonaria en armamento con Teherán, que se remontaba a principios de los años setenta. Londres siempre negó tal deuda, pero casualmente fue satisfecha el mismo día de la liberación de Nazanin Zaghari.
Además del drama personal, que se prolongó desde 2016 hasta 2022, Prisoner 951 pone de relieve cómo el brexit convirtió la vida política británica en un caos, con Gobiernos cambiantes, esclerotizados, ineficaces, conformados por políticos inútiles e irresolutos (con mención especial para Boris Johnson). Por el miedo a la prensa y por esa ineficacia, Londres permitió que una ciudadana británica estuviera secuestrada en cárceles inmundas durante seis largos años. La serie detalla también la crueldad del régimen iraní, su asfixiante burocracia, su justicia incongruente, la lucha entre distintas facciones y la resignación de los ciudadanos.
Secret Service, por su parte, no es una historia real, pero sí muy verosímil. Está basada en una novela con tintes distópicos de Tom Bradby, estrella de los informativos de la ITV y autor de libros de gran éxito. La trama parte de la dimisión del primer ministro a consecuencia de una enfermedad muy grave. Este vacío de poder da lugar a una encarnizada lucha de dos de sus ministros para convertirse en sus sucesores.
La pelea política se cuenta a través de los servicios secretos, que juegan un papel decisivo a la hora de dilucidar la idoneidad de los candidatos. En especial la sección dedicada a Rusia, ya que las informaciones de que disponen los agentes secretos indican que uno de los dos aspirantes puede estar siendo manejado desde Moscú y chantajeado a través de un magnate ruso, instalado en Londres, con quien ha contraído importantes deudas.
Las dos series no pueden ser más actuales. La influencia de Rusia en los procesos electorales de Occidente o las complicadas relaciones con Irán son dos de los asuntos más decisivos de la geopolítica mundial. La televisión británica ha tenido la habilidad de llevar ambos argumentos a sus programaciones, con una rapidez pasmosa que no repercute en su calidad, y unirlos por un denominador común: la decadencia de la política del país —y de Occidente— como consecuencia de la creciente expansión del populismo.
