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IA, el robo del siglo

El director del 'New York Times' denuncia «un saqueo sin precedentes de propiedad intelectual»

IA, el robo del siglo

Imagen generada con IA.

El pasado siglo, los grandes robos tenían un aura épica. A todos nos suenan lugares como el Palacio Imperial de Topkapi, donde se guarda el gran tesoro del Imperio otomano; la Jewel House de la Torre de Londres, donde se exhiben las joyas de la Corona; o Fort Knox, donde se apilan millones de lingotes de oro. El cine y la literatura mitificaron esos lugares inaccesibles para el común de los mortales. Fantasearon con robos imposibles por parte de ladrones de guante blanco, con inteligencias portentosas, capaces de burlar los más sofisticados sistemas de seguridad.

Títulos tan significativos como Atraco perfecto, Topkapi, Goldfinger, El golpe, Sospechosos habituales, Ocean’s Eleven o Misión imposible demuestran el interés por el subgénero a lo largo de los años. Podríamos remontarnos hasta Robin Hood. Hoy, los grandes atracos que relatan se quedarían obsoletos, a lo sumo darían para hacer películas históricas. El gran atraco del siglo XXI lo están cometiendo, a cara descubierta, las poco fotogénicas empresas que monopolizan la inteligencia artificial (IA).

No lo digo yo. Lo dijo hace unos días el director y editor del New York Times en su discurso de inauguración del Congreso Mundial de Medios de Comunicación, que la Asociación Mundial de Editores acaba de celebrar en Marsella. A. G. Sulzberger denunció, sin andarse con rodeos, que se está produciendo «un descarado robo de propiedad intelectual a una escala sin precedentes».

Pero vayamos por partes. Dejemos que Sulzberger aclare nuestras dudas. ¿Quiénes son los ladrones? «Las empresas de IA, que ya se encuentran entre las más ricas y poderosas de la historia de la humanidad», también conocidas como «los gigantes tecnológicos». Menciona específicamente OpenAI, Anthropic, Google, Meta, Microsoft y X.

¿Qué es lo que están robando? «Saquean los sitios web de noticias sin permiso ni compensación alguna. Empaquetan los bienes robados y los hacen suyos, apropiándose de las audiencias y los ingresos que corresponden a los medios que crearon este contenido. Y esto sucede innumerables veces al día». 

¿Qué efectos tendrá sobre la sociedad? «Las grandes empresas tecnológicas se apropian del debate público» y, a la vez, «se hacen con el control de nuestros datos y nuestra atención». Todo ello eludiendo cualquier responsabilidad y sin asumir la obligación que conlleva este poder: «garantizar que el público tenga acceso a información y a noticias fiables». 

¿Qué podemos hacer para evitar que esa sangría continúe? Sin duda, más de lo que hacemos. «Nuestra profesión ha permanecido demasiado silenciosa, demasiado pasiva, y se ha enfrentado de una manera demasiado fragmentada ante los abusos de las empresas que lideran la revolución de la IA […]. Debemos defender nuestros derechos, negociar con cautela, presionar a los legisladores, unir fuerzas». 

¿Qué pasará con el periodismo si no revertimos la situación actual? «Me temo que nos dirigimos a toda velocidad hacia un futuro en el que cada vez habrá menos reporteros para realizar la costosa y difícil función original del periodismo: ir a los lugares, hablar con la gente, desenterrar información, cubrir asuntos y acontecimientos importantes, aportar contexto y análisis e investigar a los poderosos». 

La proximidad en el tiempo de la publicación de la encíclica Magnifica humanitas (25 de mayo) y del discurso Inteligencia artificial, periodismo y el incierto futuro del espacio público, de A. G. Sulzberger (1 de junio), provocó que el importante mensaje del director del New York Times no recibiera toda la atención que se merecía.

Es cierto que el heredero de una tradición de editores y directores que se remonta al siglo XIX se refiere esencialmente al periodismo y el Papa a la sociedad en general. Sin embargo, los mensajes de ambos tienen muchas coincidencias. Los dos reconocen los muchos avances que puede traer consigo la inteligencia artificial, piden disculpas por llegar tarde en la advertencia de los excesos, denuncian la amenaza de una «Babel tecnológica» y reivindican la protección de la verdad frente a la desinformación.

No cabe duda de que se trata del mayor robo del siglo XXI. Nadie persigue a los ladrones, pese a que se hacen de forma ilícita con los bienes más valiosos de esta época: nuestros datos y nuestros contenidos. Los saqueadores no solo no se esconden, sino que alardean de sus fortunas (uno de ellos se convirtió el viernes en el primer billonario de la historia) y de su ilimitado poder para controlar y cambiar el mundo.

El mundo se ha transformado tanto que ya no son los ultrarricos los objetivos de los atracadores, sino que magnates y ladrones son la misma persona. Sería a ellos a quienes habría que robar por aquello de «quien roba a un ladrón…». Pero ya no existen lugares equivalentes a Fort Knox o a la Torre de Londres que atracar. Los tesoros de hoy en día se acumulan en la nube, muy poco fotogénica para dar lugar a películas o novelas. Si acaso, se podría intentar asaltar el China Telecom Cloud Inner Mongolia Computer Park, el mayor almacén de datos del mundo. O el más grande de Estados Unidos, el Switch Citadel Campus, en el estado de Nevada. Solo ver las fotos de esos monstruosos complejos ya desalienta al más osado. Al final, el único robo posible será entre los propios gigantes digitales. 

Nos recuerda A. G. Sulzberger cómo, en unos pocos meses, ChatGPT, el chatbot de OpenAI creado hace solo tres años y medio, alcanzó los 100 millones de usuarios, convirtiéndose en el producto de consumo de mayor crecimiento de la historia. Eso ocurrió hace solo tres años y medio. «Esta vez —concluye el editor del New York Times— no nos podemos permitir ser tan ingenuos. Mientras nos preparamos, debemos recordar que la información es valiosa. El periodismo es valioso». 

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