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Literatura

Tom McCarthy, corresponsal de la guerra entre eficiencia y sentido

La novela 'Caja 808' confirma la genialidad de un autor que esconde una trama fascinante entre chácharas ingenieriles

Tom McCarthy, corresponsal de la guerra entre eficiencia y sentido

Tom McCarthy. | Penguin Random House

Advertencia. Caja 808 (De Conatus) no es un libro fácil de leer. Su autor, Tom McCarthy, es muy raro. De hecho, es uno de los raros más celebrados del momento, como explica con detalle otro raro ilustre, Rodrigo Fresán, en un prólogo muy sustancioso. ¿Merece la pena afrontar tanta rareza? Depende. Si es usted un friki de la literatura y/o de la ingeniería, sí, sin ninguna duda. Si no… sigue dependiendo. Si tiene mucho tiempo libre o/y no tiene escrúpulos en trazar largas diagonales en excursos más bien insoportables, yo creo que sí, porque a cambio accederá a una forma muy especial de reflexionar sobre el tema de nuestro tiempo.

Y tampoco es para tanto. Caja 808 es, al fin y al cabo, una novela. Y parte de una intriga muy prometedora: en una investigación cuasi arqueológica sobre la codificación de movimientos en cajas por Lillian Gilbreth, histórica primera dama de la ingeniería y la psicología industriales en EEUU, una abogada se topa con unas misteriosas menciones a una de ellas, la desaparecida 808, que podría revolucionar la ciencia y, por supuesto, los negocios que la rodean.

El tratamiento de los personajes reales, con Gilbreth a la cabeza, gana riqueza y profundidad con la indudable maestría de McCarthy. Estamos ante algo más que un Dan Brown con ínfulas. Nos presenta a Gilbreth, y su improbable relación con un colega soviético, en flashbacks impulsados desde el rabioso presente de la empresa inglesa Pantarey Motion Systems, que ilustra el ecosistema económico creado alrededor del refinamiento del estudio teórico del movimiento y los principios del taylorismo. Sus clientes van desde un equipo de bobsleigh hasta el ejército, pasando por un hospital, la Policía o un estudio de arquitectura. A su alrededor, además, pululan competidores, consultoras e incluso los servicios secretos británicos. 

Cada uno de los clientes crea un relato dentro del relato, al modo cervantino. McCarthy los ceba con detalles a veces fascinantes. Sobre todo, con el cliente que más crece en la narración, la película de ciencia ficción Encarnación, una vuelta de tuerca a La guerra de las galaxias que terminará absorbiendo la cada vez más evidente intención metafórica de la novela. Vemos a los expertos de Pantarey trabajando una imagen del protagonista: «Bastaron un par de clics para que el labio superior de Peter empezara a curvarse hacia dentro y se desplegara su mejilla izquierda. Moviendo el puntero hacia la oreja derecha, Phocan despegó la otra mejilla, plegándola sobre lo que quedaba de la boca y fijando su vértice (ahora su punto más bajo) al largo saliente inferior del conducto submaxilar, donde la barbilla se curva hacia el cuello. Continuó practicando ese peculiar origami hasta que lo que antes había sido Peter quedó reducido a un garabato cubista, más parecido a una cantera o a un solar bombardeado que a una cara».

Fabuloso. Pero McCarthy no puede parar. No tiene problemas en cortar la trama para llenar párrafos y párrafos, a veces incluso páginas, de cosas como esta: «Es la relación inercia-viscosidad —responde van Boezem—. Es una cantidad adimensional, así que podemos usarla para ampliar o reducir una situación dada, o para establecer una similitud dinámica entre diferentes posiciones». Cierto que el dominio de la sintaxis es impecable, que los personajes crecen y muestran sus emociones de forma más que verosímil, que las descripciones son muy sugerentes y los diálogos fluyen a las mil maravillas. Pero… ¿y la elipsis?

El tema de nuestro tiempo

Cierto también que el lector es libre de trazar las ya mencionadas diagonales. Los territorios zigzageables son fácilmente reconocibles, no hay que ser un Messi de la lectura para saltar a la siguiente isla narrativamente significativa. Es más, juraría que el autor tiene prevista en la arquitectura de la trama esta táctica, que permite bucear de vez en cuando por alguna de esas abisales pozas técnicas, lo suficiente para imaginarse la vida en tales profundidades. Cuánto tiempo ya depende de lo que quiera o pueda aguantar la respiración cada uno. Un ingeniero o Rodrigo Fresán, a lo mejor todo el tiempo. Vaya usted a saber.

Pero al final siempre podemos emerger a las playas narrativas. Desde ellas, los personajes elevan con sus sentimientos, miedos y deseos el océano teórico hasta una reflexión tan interesante como necesaria sobre el punto al que la humanidad está llevando la automatización y la técnica. En algunos momentos, Tom McCarthy parece estar decodificando ese rumor de fondo que provoca el roce entre eficiencia y sentido, quizás el gran tema de nuestro tiempo, IA mediante.

A veces, en forma de escenas de gran belleza paradójica.

«Roger retrocedió, y los drones despegaron. Todos a la vez. En el aire, dio comienzo una danza de cangrejos, una cuadrilla de baile, parejas trazando figuras de paralelogramos alrededor de otras parejas […] Al llegar a la esquina, los drones encajaron en lo que parecía un capullo compacto dentro de su ángulo recto y luego, como estambres de un diente de león al viento, fueron abriéndose hacia afuera y se separaron de nuevo, fila tras fila, lanzándose a los confines más lejanos del cubo.

—A este numerito lo llamamos ‘Pequeña Red de Sueños’».

Paradójica por la tensión del thriller: el siguiente movimiento de los drones, por ejemplo, requiere «autorización más allá del Nivel 1», hay mucho poder y dinero (y muertes) en juego. Avanza así la trama, poco a poco, hacia un inmenso premio final para el lector perseverante: «Todo —el trabajo, el mundo, la política, incluso la física— parecía suspendido, redirigido a un modo de funcionamiento en el que el funcionamiento mismo había sido aplazado y, en esa misma pasividad, en esa inutilidad, abierto a todo uso posible. En un momento dado se le ocurrió que estaba contemplando nada menos que la vida, en su forma pura y concentrada, sin el camuflaje del propósito».

Toda la cháchara técnica va siendo derrotada, batalla a batalla, por las historias de unos personajes finalmente entrañables que se descubren en el quicio de la Historia: la pequeña Letonia escenifica la derrota soviética y el cansancio del capitalismo. ¿El siguiente paso? La novela arranca con una cita de Denis de Rougemont: «La encarnación es aquello con lo que se nos ha bendecido. Es por ella que existen el color, el tacto, la distancia y la música, la ágil resiliencia de la carne y el deseo que no cesa…»

Dice Agustín de Hipona que el mal es la ausencia de bien. ¿Qué es la máquina que nos quieren imponer como destino inevitable? Quizá no sea más que un montón de líneas que esquivar en amplias diagonales para disfrutar de la trama. De la vida.

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